Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 19

JUNIO 2024 | CUENCA, ECUADOR

El recurso de volar

(Fragmento)

Collage de un vuelo. / Imagen libre de derechos intervenida por David Riera.

Ascendimos de manera despreocupada, pues el tiempo en aquel día transcurría lento, no como en otras ocasiones que caía la tarde cuando menos lo esperábamos, y la tía nos llamaba hacia ella porque en la sombra del ocaso era más difícil seguirnos la pista. Pero aquella vez no, el sol resplandecía manso, metódico y parsimonioso, y sin darnos cuenta, nos vimos en la cima del cerro, quizá jadeantes y extenuados por nuestra edad o por nuestras extremidades cortas, es por eso que nos parecía descomunal, porque mucho tiempo después, cuando emprendí la adolescencia, lo escalaba «en menos que cantara un gallo», cuando la tía me pedía que fuera a espantar a los gavilanes que venían por sus pollos. Descubrimos entonces lo que había detrás de ese horizonte eterno, detrás de ese promontorio encantado y nos quedamos pasmados de fascinación. El mundo estaba a nuestros pies, porque parecía no haber nada más grande que nuestro pequeño cerro, que nuestro gran otero. Pero luego alargamos la vista y vimos que sí, que el mundo se diseminaba tanto en lo ancho como en lo alto y, cuando dimos algunos pasos hacia el frente, supimos que también se diseminaba hacia abajo, hacia las profundidades. Era un acantilado terrible, donde flotaban los gavilanes en el aire a escasos metros de nosotros; otros, en cambio, estaban más lejos, tan lejos que, más bien, parecían aves diminutas en aquella oquedad del vacío, en aquel espacio herido por la lejanía. Yo me acerqué hacia la orilla y la Romina me dijo que no fuera, era evidente el pavor en su semblante de niña, aunque también era el mismo pavor colosal que yo sentía, pero fui porque quería demostrarle que no, que no era verdad el miedo que me helaba los huesos y me desorbitaba las entrañas. Asomé la cabeza y vi la oscuridad del vacío perpetrada por el ocaso que en esa parte del mundo ya se había acentuado. Quizás con el corazón descontrolado asomé la cabeza hacia el abismo y divisé un suelo extremo al otro lado de la vida, una profundidad que me arrancaba el aliento y me estrujaba la cavidad torácica. En aquel momento me imaginaba cayendo en ella desde el primer instante y para siempre, o para nunca más, porque fue la primera vez que comprendí la magnitud de la tragedia y me sentí responsable de la protección de Romina y de mí, y fui condescendiente con las palabras de la tía Eulalia, y las recordaba y las sentía dentro, las sentía dúctiles, aquellas palabras que parecían duras y que parecían no tener otro propósito más que fastidiar a los niños. Pero eran palabras buenas, palabras amables porque me vi en la necesidad de pronunciarlas en ese momento para precautelar nuestra vida y sentirnos a salvo de aquel pánico que nos devastaba los ánimos. «Vámonos de aquí», le hubiera dicho, o tal vez: «Toma mi mano y no te acerques», cualquier cosa con tal de tranquilizarla, de mantenerla libre de aquella catástrofe interior que se podía avizorar en sus ojos asustadizos, pero todo fue a destiempo. 

Antes de nada, pudimos distinguir un ave formidable volando entre los gavilanes, la cual nos había llamado la atención desde un principio. Quizás quintuplicaba en envergadura al resto de aves, pero nos hicimos a la idea de que era otra de aquellas lúgubres planeadoras del abismo y nos centramos únicamente en nuestro temor creciente por ese precipicio insidioso que parecía seducirnos para que caigamos en él y nos aterraba todavía más. Sin darme cuenta, Romina se había acercado hacia el borde y se había posado sobre la superficie más irregular que debió haber, estaba hacia un costado de donde yo permanecía y la miraba sin poder articular las palabras para pedirle que se alejara, o tal vez le dije, tal vez le advertí con énfasis: «Quítate de ahí», pero mis palabras se las llevó el viento, porque, quién sabe, a lo mejor ella nunca advirtió ningún peligro, o a lo mejor ella también quería demostrarme que no sentía miedo. Resbaló y cayó inexorablemente. A partir de ahí mis recuerdos fueron más difusos, porque no sé si fui tras ella queriendo evitar su caída a riesgo de caer yo también, o me quedé estático, paralizado por la estupefacción de verla morir. Seguramente fue el instante que me embargó el sentimiento de la muerte como un golpe duro en el alma, como una puñalada en la conciencia. Tal vez estuve llorando desconsoladamente durante varios minutos que duraron una eternidad, cómo saberlo ahora. No lo recuerdo. ¿Qué pasaría por mi mente en ese momento? Solo de pensarlo me produce espasmos en la piel. ¿Cómo enfrentar a la tía Eulalia?, ¿cómo decirle que la Romina murió?, ¿con qué cara? ¡Dios Santo! Y ella, tan desconsolada, luego de tratar de sacarme a estrujones la verdad, viéndome sumido en llanto, presintiendo lo peor desde el primer instante y yo sin poder hablar, porque el abrupto sollozo entrecortado me lo impediría. O quizás ni querría regresar a casa para no enfrentar ese tormento. Irme para siempre o caer también en aquel abismo para sortear el peso indescriptible de la culpa. ¡Cómo saberlo ahora si no lo recuerdo! Sin embargo, puedo recordar tan nítido, como si hubiera sido ayer, tan claro como una película que se repite en mi memoria una y otra vez, aquel sublime, aquel bendito, aquel mágico suceso en el que emergió de entre las profundidades, con la Romina en brazos, un hombre con unas alas de gavilán, enormes y lustrosas. Se posó en el filo del precipicio con sus pies de humano, pero con unas garras largas que le crecían de los dedos. Tenía el rostro hilarante y su cabello largo se alborotaba en él, agitado por el viento. Su voz era igual a la de los personajes heroicos de la televisión y sus palabras aplacaron de inmediato la tormenta interior que se había desatado en mí, y más aún cuando puso a la Romina en suelo firme y ella aferrándose a su muslo desnudo, no quiso despegarse de él. Aunque no pueda recordarlo con precisión, sí puedo asegurar que la intención de aquel ser alado era procurar que olvidemos el mal rato con sus palabras lenitivas. Cuántas veces he cerrado los ojos en pleno sosiego tratando de imaginar el hilo facundo y contundente de sus palabras que en ocasiones hasta las he vuelto a escuchar. «He venido para salvarlos, pero no traje golosinas» —habría dicho—, porque yo me reía entre sollozos, o: «Vengo de un lugar lejano, en donde a los humanos les está permitido volar, pero una vez perdí las alas». «¡Qué descuidado! —pensaría yo—si tuviera unas alas jamás las perdería». Son tantas las posibilidades que se diseminan en la imaginación, pero jamás alcanzan el tesón de una realidad explícita, o articulan, por así decirlo, las piezas desperdigadas de una memoria rota. Pero qué bueno que sea así, me digo a veces, porque me permite pensar que no fue verdad, que la Romina jamás cayó en aquel abismo desolador y que su vida nunca estuvo en riesgo. Al mismo tiempo me angustio y una nube gris se posa sobre mi corazón al querer negar aquel quimérico, aquel fabuloso acontecimiento que no le pudo pasar a niño alguno sobre la tierra y me fuerzo a creer nuevamente, a luchar contra mis propias negaciones, porque al fin y al cabo, creo ser más feliz de esta y no de otra manera. Vuelvo entonces a revivir los hechos, algunas veces así y otras, de distinto modo, y creo que también depende del estado de ánimo en el que me encuentre, porque en ciertos recuerdos lo hallo orondo, presuntuoso y me aterra la expresión mesurada de su rostro, y luego comienza a decir: «¿Por qué no hacen caso a sus mayores?», y yo me siento sumiso, regañado y trato de no mirarlo en mis recuerdos; y en vez de alas de gavilán, lo veo con alas de pavorreal con su colorido rabo y todo, y la Romina se aleja inmediatamente de él porque es brusco, es malhumorado como la tía cuando se «cabrea». Pero en el fondo le digo que tiene razón, que así tienen que ser los héroes para que los niños les hagan caso, quién sabe si no nos amenazaría también con su cinturón plateado, que la próxima vez nos propiciaría una tunda, quién sabe.

Algunas veces, entre meditabundo y somnoliento me acuesto sobre el pasto fresco a contemplar el azul del cielo, veo rondar a los gavilanes a lo lejos, aquellas aves de las más majestuosas que hay por acá. Son como puntitos negros casi inmóviles, casi imperceptibles y me cuesta creer que están ahí porque no puedo dejar de vincular su existencia a aquel ser quimérico de mi infancia y me digo en el último lapso de lucidez: «No es cierto», pero mi conciencia se agudiza tras un breve sopor y lo veo aparecer rodeado de las otras aves. Es por un instante solamente.

Carlos Prieto (Cuenca, Ecuador). Escritor de formación autodidacta. Ha publicado dos novelas en distintas plataformas digitales. Es un ávido lector y está comprometido con los asuntos culturales de su entorno.

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