Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

La sonrisa de Elizabeth y otras formas de resistir

Por: Jacky Beltrán

¿Sabes qué más da miedo? Volver a casa sola. Pero una continúa haciéndolo. Coge al miedo de la mano y a seguir viviendo. Porque hay que vivir, señores, hay que vivir hasta el final.

NAIROBI, LA CASA DE PAPEL

Plantón de las colectivas feministas en el puente Vivas nos queremos. Cuenca, septiembre 2022. / Cortesía de Rafael Idrovo Espinoza.

Si caminan por el puente Vivas nos queremos, en donde termina el centro de Cuenca, encontrarán más de 1100 nombres grabados con pintura violeta. Más de 1100 nombres de mujeres asesinadas en Ecuador desde el 2014 por sus parejas, exparejas, amigos, conocidos. Si caminan por el puente Vivas nos queremos, y no sienten escalofrío con la abultada cifra, pueden detenerse unos minutos y leer: Rosa, María, Amanda, Jakeline… Y, tal vez, en una tarde de dolor, indignación y cabreo podrían sentir que esas Rosa, María, Amanda, Jakeline son las mujeres que forman parte de su vida, o incluso ustedes mismas.

Ser mujer en un país como Ecuador es vivir con esa sensación extraña, escalofriante, de saber que hay peligro hasta en los lugares que se suponen más seguros: la casa, la universidad, la oficina, una escuela de policía.

Ser mujer en Ecuador es saber que podrías gritar desesperadamente por 20 minutos, implorar: «¡Auxilio, me matan!» y que nadie volteará a mirarte y, mucho menos, a salvarte la vida.

Ser mujer en Ecuador es saber que pueden arrancarte la vida con una boleta de auxilio en la mano, que tu cuerpo puede aparecer en una quebrada, un río o un terreno baldío. Es saber que, si te matan, siempre habrá quien hurgue en tu pasado para justificar al femicida.

Ser mujer en Ecuador es eso: vivir en una película de horror.

La violencia machista nos explota en la cara, pero seguimos mirando a otro lado. Entre el 1 de enero y el 3 de septiembre de 2022, 206 mujeres fueron violentamente asesinadas por razones de género. La cifra incluye 6 transfemicidios y 115 femicidios por delincuencia organizada, según el mapeo que llevan las organizaciones sociales.

Si miramos a otro lado, olvidamos rápido.

¿Quién recuerda a María, Eliana, Julissa, Glenda o Tania? Las mujeres asesinadas en mayo de 2022 en Azuay, una de ellas una niña de cinco años. ¿O a Maribel Pinto, asesinada cruelmente con 113 puñaladas el 3 de noviembre de 2020?

Sí, olvidamos rápido.

El atroz crimen de María Belén Bernal, la abogada que un día ingresó a la Escuela de Policía y a la que —suponemos por versiones de testigos y las pericias judiciales— su esposo estranguló hasta matar, nos ha devuelto la mirada al problema. Ha vuelto colectivos la indignación, la rabia, el miedo, el coraje y esas ganas de quemarlo todo.

Sí, las mujeres estamos indignadas porque cada día que pasa nos queda la certeza de que, en realidad, nuestras vidas no le importan al Estado, a ninguna autoridad que debería poner freno a la violencia que nos atraviesa. Pero, para las autoridades bastará con iluminar de violeta un edificio o anunciar que derrumbará otro. Ya nos dimos cuenta de que eso resulta más fácil que entender que la violencia machista está dolorosamente arraigada en la sociedad y que no se resuelve en una reunión de Gabinete. Y para que no queden dudas: en una reunión de hombres tomando decisiones sobre nosotras.

Ante eso, todo lo que nos queda es resistir. Enfrentar al miedo y resistir. 

En estos días, cuando se habla de resistencia, no puedo dejar de pensar en Elizabeth Otavalo, la madre de María Belén Bernal:

Elizabeth Otavalo, sola, buscando a su hija entre los matorrales y las piedras.

Elizabeth Otavalo, sola, gritándole a la Policía, al Gobierno, a todos: «Me arrebataron a mi hija».

Elizabeth Otavalo abrazada por una multitud que canta: «Cantamos sin miedo. Pedimos justicia. Gritamos por cada desaparecida. Que resuene fuerte nos queremos vivas. Que caiga con fuerza el feminicida».

Elizabeth Otavalo con una media sonrisa en la cara, el puño en alto y una camiseta blanca estampada con el rostro feliz de su hija.

Elizabeth, la madre coraje de estos días, sonríe a medias. Como un gesto de gratitud con quienes la han abrazado en su dolor. Sonríe a riesgo de que el troll center, activado para desprestigiarla a ella y a su hija, le diga que esa no es la forma de llevar el luto. Que es mejor llorar en lugar de alzar la voz y poner en evidencia la inhumana forma de actuar de la Policía y el Gobierno.

Pero Elizabeth sonríe y resiste. Sobre todo, resiste.

***

Hablaba de lo significativo que es el puente Vivas nos queremos, para la lucha contra la violencia machista: es una infraestructura que, al igual que los cuerpos de las mujeres violentadas, ha sido atacado por su simple existencia.

Pareciera que cuando alguien lo ataca, lo blanquea, lo destruye, está haciendo lo mismo con cada una de nosotras.  Por eso el puente se ha convertido en un espacio de protesta permanente. En ese lugar en el que, cada vez que la violencia nos toca, confluyen la rabia, la impotencia, la solidaridad, la sororidad, el deseo de justicia, el deseo de querernos vivas.

Y querernos vivas es, en estos días, otra forma de resistir.

Jackeline Beltrán (Cuenca, Ecuador, 1991). Periodista. Ha publicado en medios de Ecuador, Colombia y España. Fue parte del equipo de Amazonía Viva, un especial periodístico publicado en 2022 con el apoyo del Centro Pulitzer, trabajo ganador del tercer lugar del premio Periodistas por tus derechos, de la Unión Europea en Ecuador. Actualmente es editora en diario El Mercurio, corresponsal del medio digital Primicias y docente en la Universidad del Azuay.

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