Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 19

JUNIO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Las manos y la muerte

Por: Carlos Prieto

An encounter. / Imagen libre de derechos intervenida por Juan Contreras.

Abrió los ojos tras una modorra que venía venciendo a sus párpados por intervalos, y se percató del panorama que se difuminaba entre la sombra de la tarde y la realidad acuosa de su mirada. Era apenas el enésimo día en aquella eternidad y se vio a sí mismo, perdido para siempre en la vastedad del olvido. Luego se repuso a desgana, porque su compromiso consigo mismo, desde que asumió la responsabilidad de forjarse en la serena templanza de los huesos, era seguir adelante sin importar que a esas alturas había aceptado con solemnidad su declive y aquella vejez estéril, sin otra consecuencia más que la muerte. Su nombre, que permanecía grabado en las placas de la pared desde las épocas de gloria y seguiría ahí con el lustre ensombrecido por los años y con aquella corrosión imperceptible que también minaba su cuerpo desde adentro. Pero qué importaba todo eso ahora, si él mismo había sido el principal causante de su aislamiento desde mucho antes de emprender su declive. Había comprado una casita de campo luego de que muriera su cónyuge y le había dicho, con la más entera determinación, a cada uno de los familiares y amigos, que se fueran al carajo. Cuando creyó que no podría con aquella vida de ermitaño, buscó la asistencia de una febril campechana de pómulos anchos y risotada fantástica, que habitaba las inmediaciones, para que le llevara dos comidas al día y le frotara ungüento de marihuana en las articulaciones artríticas.

Aquella tarde, cuando faltaban tres horas para que la muerte llegara, ella no había acudido ni para el desayuno, ni para el almuerzo, que era la última de las comidas del día. No hizo mella, ya había ocurrido otras veces y se conformaba con comer pan duro con agua azucarada. Lo hizo una sola vez y el resto del día se sentó a contemplar sus recuerdos en el paisaje baldío a través de la ventana. Cuando recapacitó sobre su pasividad fue que se repuso para lo que sea que fuera. Colocó sus pies, forrados con una venda hasta las pantorrillas, en el piso de madera y se deslizó con la parsimonia de los redimidos hasta la sala amplia. Dirigió la mirada hacia el viejo piano, casi destartalado, que conservaba junto a la chimenea, como si entendiera que algún día cualquiera, uno de los dos tendría que irse para siempre. Rogaba que fuera él. Permanecía con la tapa puesta. Era inútil descubrirlo e intentar una sola nota con aquellas manos limitadas por la artritis. Pero procuraba al menos pasar su palma derecha a lo largo de la cubierta como si acariciara a un animal vivo, capaz de entender su soledad. Era un acto que buscaba reconciliar la nostalgia con el presente. En aquellas teclas se fundaban sus más profundos anhelos de juventud y se ataban como un hilo capaz de sostener su vida.

Se sentó frente a él y evocó la grandeza de su porte. Su magnitud gloriosa le traía una sensación dulce a la boca y a la memoria. No obstante, mientras intentaba escarbar en el sumidero de la ensoñación, se vio inmerso en una especie de traba emocional. Su soledad ambigua y la sensación de no haber hecho lo suficiente le obligaron a mirar hacia atrás con un rictus de amargura. Para aquel momento, no podía recordar fechas específicas o enfocarse en el incidente que había originado aquella crisis de ánimo. Todo lo que recordaba giraba en torno a lo que había sido, un prodigio de la música con abundantes méritos y reconocimientos. Pero ahí, al mirar hacia el ocaso inminente del futuro se preguntaba: todo, para qué, qué influencia tenían ahora sus desbordados acordes que llenaban teatros en aquella época, cuando pomposo y deslumbrante se sentaba frente a ese piano negro y, con la precisión de un maestro, inundaba de la vibración límpida, aquel recinto. Nada más importaba entonces, sin embargo, ahora se contemplaba hueco, como un caparazón vacío, engendrado por un instinto mecánico que no hacía, sino repetir la secuencia de las partituras. Era una revelación lúgubre que se presentó de pronto, como si fuera una araña ponzoñosa en el fondo del baúl de los recuerdos.

Era un magnífico intérprete y todo su reconocimiento giraba en torno a ello, pero, también se vio seducido por el instinto de compositor y en las noches clamaba por la esquiva Euterpe. En la espera siempre de la obra maestra que lo catapultara al éxito se le marchitaron los pétalos de la imaginación y se le entroncaron los dedos. Ahora, que le acometía la desidia, reparaba en toda la fertilidad echada a perder. Pero no era hombre de llorar por la leche derramada: lo hecho, hecho estaba, y se hacía, más bien, con la certeza de haber creado un aporte suficiente y superior a cualquier ser humano promedio. Sin embargo, había una pregunta que volvía a surgir en su cabeza: ¿para qué? Aún no terminaba de convencerse si toda la repercusión de su arte había sido fundamental, como la de un agricultor que produce la tierra o un constructor de máquinas o instrumentos útiles. «¿Para qué sirve el arte?», le preguntó un niño una vez y él no supo qué responderle, ahora tampoco sabía. ¿Era acaso, una especie de complemento ideológico para calmar la frustración humana de no saber o solo una distracción para atenuar el dolor producido por la ignominia del tiempo?, ¿un tipo de sedante para retardar el duro despertar hacia una realidad indolente con la complicidad de los artistas, los grandes gestores del engaño colectivo?, ¿eran los poetas, músicos y pintores los artífices de la colosal estafa a la razón?

Sintiéndose burlado por su destino estrafalario, dio un golpe con fuerza sobre la cubierta lisa del piano que levantó parte del polvo. Notó que ya no le dolían las lesiones de las articulaciones y por primera vez en mucho tiempo, pudo desplegar todos sus dedos a lo largo de la mano. Luego levantó la tapa. Mientras tanto, al otro lado de la pared, la muerte había llegado y se había posado al pie de la ventana para ver al interior, aún a una hora y treintaisiete minutos de propiciarle la estocada final, le gustaba observar a sus víctimas en sus últimos momentos de vida. El viejo ya lo había presentido, gracias a una habilidad extraña que le sobrevino de pronto y se había estremecido en su momento, pero ahora estaba resignado, sereno, viendo el brillo inmaculado del marfil que no había sido contaminado por el polvo. Empezó una ejecución lenta de cada una de las teclas con el índice derecho, confirmó regocijante que su armonía no se había escamoteado con el tiempo. Se sintió expectante por comprobar si podía ejecutar alguna melodía, entonces empezó en un metódico abrir y cerrar de manos a manera de calentamiento sin importar que le dolieran o le tronaran las articulaciones como si estuvieran desprendiéndose de su sitio. Presentía a la muerte mirándole a través del cristal frío y la muerte esperaba que hiciera algo para entretenerse. Luego de un tiempo tuvo por fin las manos prestas o eso creía, suspendidas por encima de las teclas; no iba a perder el tiempo en la ejecución de cualquier tema, sino en el más sublime jamás ejecutado, aquel que llevaba clavado en el alma y no lo podía desprender, porque ahora se sentía capaz y resuelto. Empezó ejecutándolo en su pensamiento y se estremeció hasta lo más profundo de su ser al comprender la naturaleza excelsa del arte. Dejo caer cada uno de sus dedos en la secuencia metódica que anhelaba y se inundó los oídos con la melodía salvaje que por fin podía asir. No le dolía nada y podía mover sus dedos con la más absoluta soltura, incluso, por momentos, creyó que aquella melodía extraordinaria estaba solamente dentro de su cabeza, pero ante el éxtasis de su resonancia, comprendió de una vez y para siempre, toda la magnitud y toda la relevancia que tenía el arte, y era inútil tratar una descripción o una utilidad terrenal, porque más bien era un asunto del alma. La muerte estaba de rodillas al otro lado de la pared.

Carlos Prieto (Cuenca, Ecuador). Escritor de formación autodidacta. Ha publicado dos novelas en distintas plataformas digitales. Es un ávido lector y está comprometido con los asuntos culturales de su entorno.

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