Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Yo soy Betty, la fea y otras idealizaciones del amor

Por: Nicole Torres


Si hay algo que permite sobrevivir a las desigualdades sociales de América Latina y seguir creyendo en el amor son sus telenovelas. Una de las más exitosas es la colombiana Yo soy Betty, la fea, estrenada en 1999 y transmitida hasta la actualidad. No puedo recordar cuándo la vi por primera vez, pero sí que la terminé hace un par de años. Debo admitir que, al inicio, tenía activado el detector de estereotipos y me negaba a disfrutarla.

Capítulo final de Yo soy Betty, la fea. / Cortesía. Imagen libre de derechos intervenida por Juan Contreras.

Pero, poco a poco, sus personajes bien construidos, sus diálogos, sus historias, las situaciones con las que me sentía identificada y «El cuartel» me hicieron reír a carcajadas.  Después fue tarde, sentía a Betty como una amiga cercana y quería lo mejor para ella. A estas alturas, con 24 años al aire en todos los canales nacionales y plataformas digitales, espero que la hayan visto y no dañarles el momento.

Empezaré contándoles el final verdadero, ese que viene del amor romántico, en el que la protagonista se casa con «el galán» Armando. No importa que antes, él se haya burlado de su físico, ni que la enamorara y usara para maquillar los balances de su empresa Ecomoda. Tampoco que él tuviera una prometida a la que engañaba, gritaba y humillaba constantemente. Porque claro, él «cambió» para quedarse con la brillante y transformada Betty. Este final me dejó insatisfecha, quizá por esa idea de que el amor todo lo puede y lo soporta… idea que finalmente, termina con mujeres viviendo círculos de violencia. 

Me apena escribir que mi primer final alternativo no es tan diferente. Tiene que ver con Michel, un francés que ella conoce en su viaje de transformación. Él se enamora de una Betty en evolución y nota su potencial mucho antes que ella. Pudo ser el perfecto amor compañero, alguien que la ve como igual y valora su talento. Ambos debían terminar juntos, sin embargo, al observar con detenimiento, idealizar este tipo de amor es tan peligroso como el primer final. ¿Puede alguien mostrarse como un compañero y resultar no serlo? Cuenta la leyenda que sí.

Esto me lleva a mi segundo final, el más feminista: Betty renunciando a la presidencia de Ecomoda, fundando su propio negocio de moda para mujeres reales. Ella, dueña de su vida, triunfando y viajando. Perdonando a quien la dañó y eligiendo no tener una pareja.  Conociéndose, sanando, disfrutándose y disfrutando de las personas que quiere: ¡el final! Aunque glorificar al amor propio y darle estándares inalcanzables puede convertirse en una presión extra, difícil de llevar.

¿A dónde quiero llegar? A mirar al amor como un proceso humano, subjetivo y propio. A verlo como una construcción compleja, pero trascendental. Entender que tenemos más opciones que nuestras antecesoras para identificar patrones y elegir estar solas o acompañadas. Cuestionar nuestras propias contradicciones, decidir conservarlas o desaprenderlas, sin un feministómetro que nos haga sentir incoherentes. Aprender  de las que han escrito sobre amor, de las amigas, de las hermanas.

Entonces, tal vez «el diablo ya no sea tan puerco» y no haya necesidad de decirles a las personas «flu, flu, voló» aunque «la pobreza nos esté respirando en la nuca». A lo mejor, la próxima vez que vea a alguien tropezarse con sus propios pies o a algún político latinoamericano que no da pie con bola, ya no piense: «esa soy yo en el amor». Quizá, y solo quizá, el amor sí sea ese antídoto para contrarrestar la violencia en Ecuador. Un recurso colectivo y «un sueño que nos dura todavía».

Nicole Torres Arévalo. Mujer ecuatoriana, amazónica y mestiza. Periodista graduada de la carrera de Comunicación Social por la Universidad de Cuenca, 2021. Su trabajo ha sido publicado en medios de prensa escrita como El Mercurio, El Tiempo, El Telégrafo y LatFem, Argentina. Ha sido parte de espacios radiales en La Cigarra y Ondas Azuayas. Es cofundadora de Camaleón, un programa radial creado en 2016 y que más tarde, mutó a medio digital. Ha investigado y escrito sobre los derechos de las mujeres, de las personas con discapacidades y de la población LGBTIQ+ en Cuenca.

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