Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 19

JUNIO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Barbie nos sigue desacomodando el culo de la silla

Por: Issa Aguilar Jara

 

Fotograma de Barbie (2023). Imagen de Warner Bros intervenida por Juan Contreras. Cortesía.

Desde hace un mes y medio, Daniela, la barbie psicoterapeuta, ha hecho de mi vida un lugar más amigable. Le bastó una tercera cita para activar mis lagrimales, me dijo que mi orientación espacial —esa habilidad humana que nos permite ubicarnos y saber dónde estamos— era defectuosa, pero que, gracias a esta condición, me había desconectado de mis traumas infantiles, de mis carencias, en suma, de todos los dolores acontecidos en mi existencia. Salí de su consultorio un sábado por la tarde y lloré como una niña… vaya analogía tan poco sensible, vaya manera lastimera de tildar a las niñas de lloronas, vaya vergüenza el asumir que el llanto es una debilidad.

Mi yo de siete años caminó sobre una extensa avenida sorbiendo mocos y penas. Fue mi miniyo y no otra quien le pidió a mi novio que la acompañara a ver Barbie (2023), así como para olvidar los diagnósticos y las fibras que la Dani había tocado con toda la intención del mundo. Ni el plan distractor ni las buenas intenciones funcionaron. No hice más que llorar en el cine, aunque también reí en cuotas iguales.

Paren, por favor, ya paren

Este agosto se cumplirá un mes del estreno de Barbie en Latinoamérica, ese conjunto de países en el que nos tomamos todo tan en serio, aunque nadie nos tome en serio a nosotros. Aquí seguimos explotando las redes sociales con análisis sesudos sobre la película rosa, da igual si la hemos visto o no. He leído exigencias muy descabelladas para una muñeca creada hace algo más de sesenta años; he leído, incluso, que el final de Barbie es transfóbico y me he echado a reír, disimulando, por supuesto, la tirria que provocan estas lecturas tan soberbias/absurdas. Parecería que seguimos filmando esa escena en la que, sobre una mesa de madera con cubierta de vidrio reposan quietecitas varias líneas de coca y, junto a ellas, yacen dos poetas que gritan, se interrumpen y hablan sobre los libros o los autores que les cambiaron la vida. Cómo olvidar que el cine y la literatura están cortadas con el mismo cuchillo de ego con el que siempre nos herimos nuestras ganas de opinar sobre absolutamente todo. Justo así nos vemos cada vez que sobreanalizamos Barbie.

Ese mismo sábado vi por primera vez el trabajo de Greta Gerwig. ¡Por favor!, ¡qué poco cinéfilo de mi parte! Nos sentamos en la tercera fila. Mi novio reía mucho, dos niños ubicados a mi izquierda también reían. Yo empañé mis lentes desde el primer minuto. Me sentí extasiada con el guiño a 2001: Odisea del espacio (1968) —súper cinéfilo de mi parte entender la referencia—. Luego, el matriarcado exclusivo en el que vivía Margot Robbie, la barbie protagonista, se pintaba como un escenario que nos explotaría en la cara. Allí estábamos, en una sala llena, siendo testigos de cómo todos nos desacomodábamos de los asientos. Greta puso sobre la mesa una parte de las necesidades de las mujeres, no todas. Habló de una minúscula parte de la lucha feminista, no de toda. Se mofó y satirizó, en parte, a los grandes imperios y al machismo como estructura. Pero, la incomodidad que puede provocar una película, incorrecta para muchos, fue total.

Lo que sí me ha hecho reír con gusto es que una que otra reseña ha hablado de una cinta de corte progre y de altísima corrección política: así nos llaman a los tontitos que soñamos con que a las mujeres dejen de matarnos. Algo de interesante habrá en que se piense en el feminismo como algo políticamente correcto. Gracias a Barbie, los medios nos han puesto a hablar de feminismos, nos han recordado que todos los males tienen su origen en el patriarcado y nos han hecho exigirle, desde el veinte de julio pasado, a una muñeca de plástico y a una directora de cine que no conocemos, lo que debemos demandar de los gobiernos y el Estado. Nuevamente, los seres humanos nos hemos indignado ante la ola desatada por un producto destinado al entretenimiento, creyendo —una y otra vez— que se trata de la panacea para nuestros males. Los más puritanos exigen un mensaje que piense en las guaguas, clásica y somera práctica adultocentrista de creer que las niñas y los niños son tan limitados e incapaces de discernir entre lo real y lo ficticio; los más pañuelos azules acusan al opening de Barbie, que homenajea a Kubrick, de ser una explícita escena «matabebés».

 
 
 
 
 
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Una cosa parecida sucedió cuando Bad Bunny usó vestido, tacones y tetas falsas en un video musical y, yo incluida, le reclamamos por hacer exactamente lo que quiso: ser un producto del marketing que usaba su éxito para hablar de situaciones de las que debían hablarse. Hemos visto, para no ir tan lejos, a entidades bancarias que financian festivales de poesía sin saber nada de poesía; a gobiernos locales que organizan festivales de cine sin conocer sobre cine; pero asistimos a regañadientes a esos magnos eventos porque nosotros, los pocopoderosos trabajadores de la cultura, jamás podríamos financiar nada de aquello. Y, si existe un grupo de políticos o de marketeros, medio lúcidos y medio giles, dispuestos a hacerlo, pues asistimos y el mundo no se acaba por eso. Les juro. ¿Por qué no ver Barbie teniendo en mente que, después de todo, es una película sobre una muñeca?

En las muñecas el amor, en las muñecas la cura

Nunca fui buena hablando de cine desde niveles actorales, paletas de colores, fotografía y demás complacencias. El gusto por las películas me llegó de mi padre, al tiempo que el amor por las muñecas barbie. La primera película que vi en una pantalla gigante fue El rey león (1994). Tenía seis años, jugaba con barbies y veía a mi padre marcharse de casa cada dos o tres meses. Cuando papá regresaba de sus viajes, yo me botaba a sus brazos y esperaba ansiosa a que abriera la maleta negra con clave indescifrable, sabía que allí estaban esas muñecas perfectas que me curaban el corazón, las ansias, las ausencias. Como buena hija única jugaba sola, creaba guiones extraordinarios sobre sus dolorosas, aunque fantásticas vidas, cortaba las partes superiores de mis medias de vestir para confeccionarles vestidos nuevos con escotes escandalosos, cambiaba su look y las contemplaba como si fueran la creación más bella del planeta, porque, para mí, lo eran.

Las contemplé tanto que, un día, las dejé durmiendo en el parque cercano a casa. Mi madre siempre lo cuenta riendo, después aclara que perdí tres barbies sin comprender lo costosas que eran; esa historia empieza con cháchara y acaba con tristeza porque recuerda las buenas épocas económicas de las que gozamos y ya no existen más. Yo no recuerdo mucho, pero el día del abandono a mis muñecas —cuando me convertí en la dueña de juguetes más desalmada de Juguetelandia— fue la primera vez que jugué acompañada. Flora, mi vecina, las amaba tanto como yo y, quizá, fue ella la que me convenció de que, al volver, las encontraríamos en el mismo sitio donde las dejamos. Dice mamá que lloré mucho por ellas, ahora mi memoria solo registra a las que llegaron después y me acompañaron por años: la pelilarga castaña con vestido disco dolly, la de melena color sol y gafas rosas, la morena de pantalón azul con vuelos enormes y, mi favorita, la rubia que tenía brillitos de colores en el cabello, ojos celestes y una colección de zapatos que duraron nada. Todas ellas despampanantes, divinas, con la sonrisa de publicidad a lo Margot Robbie: estereotípicas y orgullosas de serlo, clásicas y sin pretensiones, por supuesto.   

No sé en qué momento nos convertimos en la policía de la superioridad moral o en el club militar del buen cine y nos olvidamos de disfrutar de los placeres más banales del capitalismo. Cuando dejamos de aceptar que, para muchas personas, Barbie es la muñeca con la que escapamos de una realidad tormentosa. Doblegué, sin remedio, al ver en la pantalla a la magnífica America Ferrera interpretar a Gloria, una niña que, como yo, aprendió a esconder lo que dolía en un juego con barbies. Me hizo notar que, además de mi torpe orientación espacial, ese tiempo con mis muñecas se convirtió en el lugar más seguro para imaginar que papá seguía a mi lado. En cada reina de Mattel yo veía la esperanza de volver a abrazarlo. Un día cualquiera, él dejo de comprarme juguetes caros y, apenas hace tres años, me enteré que mi vecina Florita falleció con cáncer de mama. Esas muñecas que yo tanto amaba me dejaron recuerdos hermosos de personas que me regalaron toda la felicidad que les fue posible.

Fotograma de Barbie (2023). Imagen de Warner Bros intervenida por Juan Contreras. Cortesía.

Los juguetes, los que podemos tener, los aniñados, los baratos, los rotos, las réplicas, los que nunca sacamos de la caja, los que rayamos con esfero, los regalados, los prestados nos permiten desear aquello que, a lo mejor, nunca suceda y, con eso, ya han cumplido su misión en el mundo. No sé si los análisis vertiginosos de las películas cumplan con alguna consigna. No sé si culpar a Mattel y a Greta porque un juguete estereotípico lo haga, pero si queremos curarnos del ego podríamos empezar por tomar agüita de valeriana y escucharnos desde la diferencia, ponernos en evidencia como seres humanos llenos de contradicciones. Quisiera justificar ciertas posturas bajo la afirmación de que yo también fui una veinteañera promedio que gritaba a los cuatro vientos sus lecturas selectas y su odio al reggaetón —que ya es parte del pasado—, que usaba palabras como guilty pleasure o kitsch como lo más rimbombante que aprendió en su léxico… pero la contradicción me alcanza cuando leo o escucho argumentos similares de personajes que, seguramente, ya tienen canas en sus genitales. ¿Será posible que la arrogancia dure tanto? Quiero decir, si dejáramos de reclamar disparates a los productos del entretenimiento, quizá y solo quizá, nos animaríamos a infestar las calles, a exigir e interpelar lo que compete a quienes realmente nos tienen jodidos.

Ahora mismo, quiero montar la de pretenciosa y decir que el final de Barbie es poético, demencial y absolutamente impredecible. Si leyeron El segundo sexo de Simone de Beauvoir, piensen en cómo se caga en las condiciones más serviciales de ser mujer, para luego determinar las situaciones reales que permiten llegar a serlo, más allá de la biología y del supuesto destino. Y si no lo leyeron, qué poco sororo de su parte. Ya, en serio, muchos estamos un poco hartos del sobreanálisis, de los influenciables que creen tener la razón absoluta, de los delirantes que parecen estar parados sobre una de las manos del Cristo Redentor cargando un feministómetro bajo el cuello. A mí, Barbie me arrugó el corazón, reconocí —por inagotable vez— la bondad infinita de mis padres, me llevó a pensar en mi mejor amiga de la infancia y, sobre todo, me dejó saber que Daniela, mi psicoterapeuta, hace que mi culo se desacomode de la silla, tal y como la barbie de Ruth Handler lo ha hecho con ustedes, seis décadas más tarde.

Issa Aguilar Jara (Cuenca, Ecuador, 1988). Es periodista, escritora e hinchapelotas como si no hubiese un mañana.

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