Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Ecuador es un país en el que no se lee, no importa cuándo leas esto

Por: Alicia Martínez

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Cada año, cuando algún diario publica sobre los hábitos lectores de las y los ecuatorianos, el loop de la verdad desoladora nos pega directo: en el país de la mitad del mundo no hay hábitos de lectura. Según la última encuesta, el promedio nacional es de un libro entero y dos a medias (OEI, 2022, s.p.). Quien haya llegado hasta acá estará dudando si continuar, pensará que se trata de la típica interpelación que señala las virtudes elitistas que produce la lectura y una oda del tipo: «Donde se lee poco, se dispara mucho». Sin embargo, esa expectativa no podría estar más equivocada, este texto tiene otro objetivo.

Para empezar, si comparamos los hábitos lectores de nuestra república con los de otras naciones a las que vemos con envidia civilizatoria —por cuestiones como: «Allá si leen» o «Allá hay un mercado editorial y se respeta al escritor»—, podremos concluir que el hábito lector difícilmente se asocia con la modificación de patrones societales que promueven comunidades más justas o democráticas. Más bien, los hábitos lectores están directamente asociados a los ingresos de los habitantes de determinado país (Rodríguez, 2022, s.p.) y, por lo tanto, a la suerte o el privilegio de gozar de mejores condiciones de vida. Porque sí, leer es una práctica costosa, tanto por el precio mismo de los libros como por el valor del tiempo destinado para ello. No en vano, hace algunos días, un soberbio que tiene micrófono abierto —y por ello ejerce su libertad de expresión en mayor proporción que otras personas— se alzaba con su prédica de recomendaciones literarias, lamentándose vivir en un país de «monos con cuchillo» (léase con arrogancia: personas-que-no-leen).

Sin duda, las cosas no serán blanco o negro, y habrá quien señale la increíble voluntad de ciertas personas que, aún en condiciones precarias, sortearon los obstáculos que dios puso (y pone) a sus mejores guerreros —es decir a las y los pobres—, se atrevieron a desafiar el destino manifiesto del exilio de los bienes de la cultura y lograron hacerse lectores o, en casos más extremos aún, escritores. Pero recuerde, hipócrita lector1, una golondrina no hace verano.

Habrá que admitir: leer en nuestros tiempos y en este país es un placer, una suerte y un privilegio.

  • Placer, en el sentido del hedonismo epicúreo, según el cual este orienta los actos, es decir: disfrutar del hecho en sí mismo, sin que medie el consumo extático que promueve el sistema capitalista.
  • Suerte, porque, en contextos como el ecuatoriano, es casi un azar provenir de un entorno social donde se promuevan los hábitos lectores y se transfiera el tan afamado «capital cultural».
  • Privilegio, en tanto existan las condiciones materiales para leer. Y, mientras vivamos en una sociedad en la que la capacidad de una persona depende del despojo de las demás, será necesario reconocer esto como punto de partida.

De lo anterior: leer no nos hace mejores ni peores personas y no construye, per se, mejores sociedades.

El privilegio de leer da cuenta de una realidad lacerante donde pagar, al menos, 15 dólares por un Anagrama está bastante por fuera de las capacidades de acceso de la gran mayoría de habitantes del Ecuador, quienes viven con el salario básico. Que un libro represente el 3,33 % del ingreso mensual de una persona parece poco, pero implica mucho si ese libro bien podría transformarse en 15 fundas de leche o en 50 pasajes de bus.

La suerte de leer refleja el estado cuasirepublicano (de república bananera) y la precariedad de un sistema educativo que, además de no contar con bibliotecas escolares ni profesionales que trabajen en ellas, hace gala de políticas de austeridad que desmontan los incipientes esfuerzos de promoción de la lectura, como el Plan Lector. A esto, se suma: el poco reconocimiento a la asignatura de Lengua y Literatura —a la que, casi que por sorteo, se le asigna el más gil de los profes, en atención al déficit de graduados en la rama—; la para nada atractiva metodología de enseñar más reglas gramaticales que asegurar la adquisición de destrezas de lectoescritura a partir del disfrute —no puedo olvidar la dinámica catequista con la que el concepto de la oración gramatical refería al: «conjunto de palabras con sentido completo y autonomía sintáctica». ¿Alguien se detuvo a pensar cómo explicar la palabra sintaxis a estudiantes de nueve años?—.

Por su parte, «el placer de leer por leer», contrastado con el chulla libro anual que se lee, indica la poca formación/capacidad —creada por la estructura social— para desarrollar estímulos capaces de segregar dopamina por fuera del hiperconsumo o la hiperestimulación sensorial de las industrias del dopamining. En este punto tendrá que atenderse, para consuelo de la ecuatorianidad, que esto es un problema global, ya bastante bien analizado por Guy Debord, en La sociedad del espectáculo, y por Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio.

De la misma forma que el placer unilateral en una relación sexual no es algo de lo que deberíamos enorgullecernos, dice mucho de nuestra sociedad el arribismo de quien se pretende culturalmente superior porque lee y también dice mucho más esa vanidad, frente a la exclusión forzada de un enorme grupo de personas, respecto al ejercicio del derecho a la pereza de la que hablaba Lafargue.

Ante un contexto como este, vale cuestionarse: ¿para quién escriben los y las escritoras ecuatorianas? Al igual que el mejor banano, el cacao o las flores, la literatura ecuatoriana tiene que cruzar la frontera y llegar «Allá, donde sí leen», debe peregrinar el exilio e ir «Allá, donde hay mercado editorial», para ver si al menos así logra constar en el chulla libro que se lee acá. Como es sabido, publicar en Ecuador sigue siendo el arte de mantenerse inédito, hecho que oscila entre lo cínico y lo estoico, entre lo necio y lo revolucionario.

Necios escritores soñadores, aún queriendo vencer molinos a lomo de su Rocinante, acá hay hipócritas lectores que, sin hacernos nuestras señas particulares2, vivimos aún entre la identidad y la esquizofrenia3.

1 «¡Es el Tedio! —los ojos preñados de involuntario llanto, / Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa, / Tú conoces, lector, este monstruo delicado, / —Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!» (Fragmento de «Al lector» de C. Baudelaire).

2 Lea Ecuador: señas particulares de Jorge Enrique Adoum (Editorial Eskeletra, 2000).

3 O Ecuador: identidad o esquizofrenia de Miguel Donoso Pareja (Editorial Eskeletra, 2007).

Referencias bibliográficas

Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura [OEI]. (2022, junio 14). En Ecuador se lee en promedio un libro completo y dos libros incompletos al año, según la Encuesta de Hábitos Lectores, Prácticas y Consumos Culturales. https://oei.int/oficinas/ecuador/noticias/se-presento-los-resultados-de-la-encuesta-de-habitos-lectores-practicas-y-consumos-culturales

Rodríguez, D. (2022, julio 22). Así se relaciona el nivel de lectura de los países del mundo con el PIB per cápita. La República. https://www.larepublica.co/ocio/asi-se-relaciona-el-nivel-de-lectura-de-los-paises-del-mundo-con-el-pib-per-capita-3429170

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