Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

María Auxiliadora Balladares, entre el mar y la ternura

Por: Andrea Rojas Vásquez

María Auxiliadora Balladares es poeta, crítica y catedrática universitaria. Imagen cortesía del archivo personal de María e intervenida por Juan Contreras.

Ardo obsesionada por el mar. Aquí. Aquí entero. Aquí entero y llameante. Aquí entero y llameante, entrego mi cuerpo al agua que recibo de la ducha y, así, con la piel vaporosa, pienso en el mar asediado por la niebla; en María, serenada por Ana. Me pregunto cómo es amar a un «animal de músculos trágicos», cómo «reconocer la lengua en la que habla el océano» y qué hay del juego en el «laboratorio de la marea». Me interrogo en torno al agua y a través de A la hora del mar sé la niebla, la nueva propuesta artística y el quinto libro de la poeta, crítica y catedrática de la Universidad San Francisco de Quito, María Auxiliadora Balladares (Guayaquil, 1980), autora publicada bajo el sello editorial Recodo Press.

En esta colección de poemas, acompañados por las fotografías análogas de la cineasta Ana Cristina Barragán y diagramados por el artista David Jarrín, hay una voz que explora la relación con el mar, el luto que deviene de la muerte de los animales cercanos, el goce de la corporalidad y, sobre todo, un encuentro celebratorio con el enamoramiento. Pero, más allá de este libro, en el universo poético de Balladares, hay una moldura de seducción, una pulsión deseante.

Para conversar con María me dirijo hasta su hogar, en donde me recibe con la piel ataviada de negro, el cabello revuelto y el brío de sus perros que caminan y saltan, entre muebles y plantas.

¿Cómo el estado de enamoramiento acompaña tu exploración poética?

Tiene que ver con lo que en psicoanálisis se llama pulsión erótica. Hay un contrapunto entre la pulsión tanática y la erótica, siendo la tanática aquella que te lleva o te encamina hacia la muerte, la parálisis, la destrucción; la pulsión erótica te impulsa hacia la vida, la creación y el deseo. Creo que ambas conviven en mí, pero, quizá, prima la erótica.

Vivo para el amor, digamos, en términos amplios. Amo a la gente cercana, mis plantas, los animales con los que vivo, mis cosas; no desde el apego que es problemático, sino su existencia en el tiempo. Teniendo perros es difícil que las cosas permanezcan inmutables, ellos destruyen todo y ese es el aprendizaje más importante de vivir cerca de ellos. Amo esas mutaciones del universo objetual. En ese sentido, entonces, el enamoramiento acontece. Hace más de un año tuve la ruptura de una relación larga, lo que me instaló en un duelo y, en ese proceso, me aconteció un nuevo enamoramiento.

¿De qué se trata A la hora del mar sé la niebla?

A la hora del mar sé la niebla es el índice de esa convivencia entre el duelo y el nuevo amor; es un libro límbico, umbral, sobre todo, de convivencia. Hay poemas que son luminosos, celebratorios del encuentro, de la vida, del sexo; y hay textos que revelan mi necesidad por pensar la muerte y la separación.

Barandúa es la playa de Ana y se alude a ella en A la hora del mar sé la niebla. Imagen cortesía del archivo personal de María e intervenida por Juan Contreras.

¿Y qué hay de las decisiones editoriales? ¿Cómo se dio el diálogo para seleccionar los poemas que conforman este libro?

Fue muy rica la relación creativa con Recodo Press. La decisión editorial del título fue la que más canas nos sacó. El libro tuvo tantos títulos (risas). Quería que se llamara El cuaderno de Ana y que aludiera al mar, porque ese es un espacio de hermosa vulnerabilidad, al que tratamos de volver siempre. Desde el mar logramos formas de encuentro que la ciudad y su vértigo no nos permiten. En el agua, algo de nosotras persiste con un estado de naturaleza.

Dices «de niña / el cuarto de juegos que compartía con mi hermano / se llamaba el laboratorio de la marea / Vivir en la montaña nos hacía melancólicos / pero la promesa del mar nos redimía». ¿Qué hay acerca de tu relación con el mar?

Creo que soy un poco acuática. Pascal Quignard, en El origen de la danza, cuenta que somos seres que aprenden a danzar en el líquido amniótico del vientre de la madre. Creo que hay algo en el agua que detona una potencia sanadora, alegre. Si yo no fuese literata, me hubiese hecho arquitecta o bióloga, porque me interesa la vida en el mar. Allí coincidimos con Ana, en La piel pulpo, su última película, hay una mirada muy atenta a los seres acuáticos.

En el libro, además, reflexionas en torno al luto por tus perros.

Por coincidencia, la muerte ha tomado forma animal. En agosto pasado murió mi perro Eclipse. Él llegó ya muy viejo a la casa, un día amaneció colapsado y tuvimos que dormirlo. Eso activó la memoria de la muerte de una perrita que tuve a los dieciséis años y descubrí que el dolor seguía intacto. El poema que le dediqué es «Mi voz diciendo su nombre o la cumbre de mi educación sentimental». Ese aprendizaje fue radical: me separó de la voz de dios, entendí que no podía pedirle nada, supe que la relación del humano con los perros es atávica y que mi vida iba a girar alrededor de los perros.

María Auxiliadora con Roque, Lara y Fede. Imagen cortesía del archivo personal de María e intervenida por Juan Contreras.

¿Qué detona en ti la muerte?

Después de leer tanta literatura y teniendo esta edad, vivo la muerte naturalmente, lo que implica sentir el dolor provocado por la ausencia y el tiempo que acontece aplastando el espacio vacío. Ajá. Es así, no le temo, pero me deja devastada.

¿Y cómo te sobrepones?

Con la misma vida. Hay un cuento de Di Benedetto que se llama «Caballo en el salitral», es la historia de un caballo que vive una cosa terrible. Este animal tira de un coche con su humano a bordo. Comienza a llover y el jinete se guarece bajo un árbol, pero un trueno lo alcanza y le quita la vida. Entonces, el caballo se queda solo en medio de la nada, arrastrando un coche sin rumbo. El tiempo transcurre y, eventualmente, el caballo muere. El cuento cierra con una imagen fuerte: el cráneo del caballo, desprendido de la carne y la piel, sirve de nido a unos pájaros recién nacidos. Es alucinante. En circunstancias, más o menos normales, la vida se impone con su fuerza. A la muerte solo le sigue la vida.

Hablando de la vitalidad y el amor, ¿cómo crees que se ha ampliado tu concepción del amor con el tiempo y tus vínculos?

Mi vida amorosa no ha sido demasiado excéntrica, pero, quizás, un tanto fuera de lo común, para el ecuatoriano promedio. Mi primer gran amor, con quien estuve 7 años, era un hombre 34 años mayor a mí. Cacha. Después, surgió mi relación de 16 años con Alicia. Podría estar con un hombre, porque me siento muy libre y abierta a la vida y al amor, pero ahora acontece que estoy enamorada de una mujer. Claro, en los círculos artísticos en los que tú y yo nos movemos, que dos mujeres sean pareja, capaz no es tan extraño, pero en términos amplios en Ecuador, es marginal. Sí, en ese sentido, me he apartado y me he ubicado en los márgenes, pero no los he padecido. En el país, hay muchas parejas homosexuales que padecen tanta violencia. En mi caso, he estado en un lugar en donde ha primado el cuidado y el amor de las personas que me rodean.

Creo que las relaciones amorosas son un continuo, una corriente subterránea que sostiene la trayectoria de la vida. El amor, eso es lo que me interesa y lo que signa mi vida. Hay personas a las que les signa —qué sé yo— su trayectoria intelectual, su crecimiento económico, ¿no? A mí me signa el amor y, por lo tanto, mi obra habla de eso. Mi nuevo libro es la constatación renovada de que ese es el signo de mi vida. Es hermoso saber que el amor vuelve con toda la belleza y la ternura.

A la hora del mar sé la niebla (2023). Imagen cortesía de Recodo Press e intervenida por Juan Contreras.

Socialmente, la mentalidad está todavía muy permeada por el influjo del amor romántico y la idea del amor eterno, ¿crees que adoptas una actitud desafiante en cuanto a esas nociones?

Intencionalmente, nunca he vivido ni hecho nada pensando en escandalizar, adoctrinar o ser ejemplar. Nunca. Sin embargo, lo que sí me ha sucedido, a partir de mi relación de largo aliento con Alicia, es que he asumido mi lesbianismo como una postura política, aunque, en este país, que te vean como lesbiana es terrible. Recuerdo que, en el inicio de mi relación con Alicia, me habitaba la idea de no sentirme lesbiana, o sea, pensaba: «Amo a una mujer, pero no soy lesbiana». Con el tiempo, ser lesbiana se convirtió en un lugar de enunciación desde el cual me interesaba habitar, escribir y hablar. Me acuerdo de que cuando salió Guayaquil, en el 2017, era consciente de que los poemas que estaban allí iban a molestar. Ahora, pensando en el sustrato de la escritura que es racional y consciente, creo que en mi acto escritural hay una declaración política.

Como investigadora y lectora, ¿qué aspecto ha llamado tu atención al explorar la literatura desde una perspectiva LGBTIQ+?

Me interesa lo que me ha ofrecido la lectura de la obra de escritores de generaciones posteriores a la mía, los más jóvenes, como el caso de Diamante de Azael Álvarez, en el que encuentro un vitalismo profundo, ligado a su militancia política.

La vida me fue llevando a asumir ciertas posturas políticas respecto de mi sexualidad, pero, en el caso de esta generación, es al revés, ellos asumen su sexualidad desde una postura profundamente política. Es una generación que se pronuncia por los derechos de las personas seropositivas, que piensa en la legalización de la marihuana, que se manifiesta en contra de la violencia de género. Entonces, son muy activos y, en ese sentido, esa poesía me convoca, porque es muy radical en su atención a lo político, en su falta de vergüenza, su honestidad, su ternura y su apuesta por el amor.

¿Qué irradia en ti la influencia de Roy Sigüenza?

Siento como fundamental a Roy, también a David Ledesma Vásquez. Roy Sigüenza es quien más me ha influenciado en términos creativos. Leerlo me hace pensar que no hay escritura poética posible sin una profunda honestidad, lo que significa que hay que llamar a las cosas por su nombre, hablar del amor en todas sus vertientes, no callarse, sino ser valientes, como en ese poema tan famoso, «Piratería», que dice: «Iré, qué importa, caballo sea la noche». El «qué importa» es brutal, porque ese yo poético está diciendo: «Voy a culear», «Voy a ir a tirar con otros hombres». El «qué importa» es el signo de que a lo mejor me pegan, matan, violan, pero igual salgo. Hay que entender que es fundamental la visibilidad de las formas del amor.

Por otra parte, eres visible en colaboraciones interdisciplinarias como el performance realizado con el productor musical NTFL o el proyecto editorial polifónico y multimedial Estado Fósil. ¿Cómo crees que estas colaboraciones nutren tus posibilidades expresivas?

Me interesa full colaborar, sobre todo, con artistas jóvenes, porque los admiro mucho. Me parece que allí, en ellos, hay vitalismo. Claro, sin detrimento del trabajo de mi generación. Creo que me interesan esas derivas que hacen que nos salgamos de cómo leemos normalmente las cosas. El diálogo con otros artistas hace que los poemas vivan de otras formas.

***

En María Auxiliadora Balladares la materia poética vive de forma luminosa y dialogante. En su voz se sostiene el reconocimiento de su potencia política y en su aliento hay una apuesta que explora el universo afectivo y traza una especie de cartografía del deseo, un mapa del encuentro con el otro o, quizá, un registro de las derivas del amor que se acentúa, no solo en el alivio de las pulsiones eróticas y en los pliegues humanos, sino en el mar, la animalidad y los cuerpos primitivos de la naturaleza.

Si algo resuena a través de María, es lo rico de mirarse con desnudez celebratoria y reconocer que la visión puede ser más generosa, porque las formas de la vida también son abundantes y múltiples. Siempre acontece que hay cuerpos que jadean, agazapados, más allá del misterio de una misma.

Andrea Rojas Vásquez. Es escritora y profe. Recibió el reconocimiento Ángel Felicísimo Rojas (2024) y el Premio Nacional de Poesía Ileana Espinel Cedeño (2021). Ha escrito Ay mi conejito era tan picarón en ritmo de raro adagio (Y punto, Loja, 2018), Matar a un conejo (El Quirófano, Guayaquil, 2020), Llévame a casa, por favor (Libero Editorial, España, 2022) y Furia (Ruido Blanco, Quito, 2023). Actualmente estudia Lengua y Literatura en la UTPL y trabaja como freelance en labores editoriales. Ama a una sábila bebé, a Almendra del Mar y a Gatito Bigotes.

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