Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 19

JUNIO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Mopri

Por: Juan Fernando Andrade

In my youth I pray to keep
CHRIS CORNELL 

Imagen generada por David Riera con la IA Dream e intervenida por Juan Contreras.

El cuarto de mi primo David era bacanísimo. Tenía un televisor Sony pantalla gigante, horrenda huevada, un equipo de sonido Toshiba con dos parlantotes más grandes que yo y un ecualizador lleno de luces verdes que se hacían rojas. Un Nintendo y unos juegos que nadie más tenía y que yo ni sabía que existían. El que más jugábamos era Contra porque podíamos jugar los dos al mismo tiempo y el man hacía el truco de las treinta vidas y ganábamos siempre. Un futbolín con jugadores azules y amarillos a los que les pintamos números en la espalda con marcador, me acuerdo que Luis Capurro y Hólger Quiñónez eran los capitanes y se daban la mano al final de cada campeonato que nos pegábamos. Un aire acondicionado que congelaba, pero así, congelaba, y sonaba como motosierra. El hijueputa también tenía un aro de los Chicago Bulls en la puerta, pero era más alto que yo y me daba la del zorro.  

David era hijo único y tenía todo y yo no quería vivir en mi cuarto sino en el suyo, forrado con posters en todas las paredes. Posters de Mötley Crüe, de Poison, de Guns N’ Roses, de Skid Row, de Bon Jovi, de Tesla y hasta de grupos como Slaughter o Scorpions que hablando la plena eran turros pero se vestían bacán, y mejor Scorpions que esos globos de colores como la gaver que mi vieja había puesto en mi cuarto. O sea, los manes se veían como nosotros queríamos vernos algún día, más claro. El papá de David, mi tío Mario, era piloto de Ecuatoriana, viajaba hartísimo a Miami y cada vez que regresaba le traía unos chocolates de coco que le gustaban y revistas Circus y Rolling Stone y Hit Parader. Y discos. Discos en gajo.  

David me llamaba para que lo ayudara a sacar los posters de las revistas, a veces con tijeras y a veces con el estilete que usaba en las clases de dibujo técnico. El man parecía un doctor cuando cogía esas revistas, hacía todo despacito, y de ahí pegábamos los posters en las paredes con cinta scotch. Una vez arranqué a la fuerza uno de Tommy Lee y se rompió y mi primo casi me caga, nunca lo había visto cabreado, nunca tanto como esa vez, pero igual me lo regaló y todavía lo tengo por ahí, aunque no lo miro mucho. David siempre me regalaba par posters para mi cuarto porque sabía que a mis viejos no les gustaba que me gastara la plata en esas revistas carísimas que vendían en la Agencia Victoria, en el centro. David era horrendo dato.

Mi tío Mario y mi tía Vivi, la mamá de David, se divorciaron cuando yo todavía estaba en la escuela y me parecía rarísimo, la palabra divorcio me sonaba como a telenovela, yo no conocía a nadie que se hubiera divorciado o que fuera hijo de padres divorciados. David era el único, pero yo nunca le preguntaba nada porque a mí no me hubiera gustado que me preguntaran por qué chucha mis papás ya no se hablaban. Mi tío Mario vivía en Guayaquil, en Urdesa, y a veces David se iba para allá a pasar los fines de semana y me invitaba y pasábamos increíble. Íbamos a vagar al Policentro, comíamos pizza en El Dólar, nos metíamos al cine a ver cualquier película que estuvieran dando y si no nos gustaba nos poníamos a conversar y la plena que David nunca hablaba tanto como en las películas, aunque tampoco dejaba de ver la pantalla. Después mi tío nos llevaba al Burger King y mi primo no me dejaba comer hasta que me pusiera esa corona de niño, porque el man también era medio cargoso.

Lo más bacán de estar en la casa de mi tío Mario era encerrarnos en el cuarto de David. No era igual al de Portoviejo, no tenía las mismas cosas, era más pequeño, como estrecho, pero tenía televisión por cable y pasábamos toda la noche, hasta que amanecía, viendo MTV y grabando videos en VHS y tomando Coca-Cola de dos litros: el man en su cama y yo en un colchón, al lado. Teníamos que aprovechar porque a Portoviejo todavía no había llegado el cable y aunque mi tío Mario nos jodía por pasar ahí encerrados medio como la gaver, nunca nos castigaba ni nada. Nos decía salgan a ver peladas, pero no nos castigaba. Yo llevaba casetes en blanco y los llenaba con videos y algunos de esos los vendía en Portoviejo, porque nadie más tenía esa música, con eso sacaba para un sánduche de pollo con mayonesa, que era lo más aniñado que había en el bar del colegio.

***

David era tres años mayor que yo, pero como que nunca me di cuenta. O sea, no parecía un man mayor. Lo único raro era que no le gustaba salir de caleta. Yo me podía pasar toda la tarde en la cancha o andando en bicicleta por la ciudadela o tumbando jobos y mangos de los árboles del patio de mi casa, pero él nunca quería, su huevada era escuchar música desde que se despertaba hasta que se dormía. Puro rock. Hacía como que tocaba la guitarra con una raqueta de tenis, cantaba mirando a la pared, pero como si estuviera en un estadio lleno de gente. Me tenía armada una batería con tarros de galletas y siempre me decía buena tocada, gordito, buena tocada, y después se ponía una toalla en la nuca, como boxeador.

Había grupos que mi primo tenía en disco y en casete. Yo lo jodía por eso, le decía no seas angurriento, oe, crúzate ese material, oe, regálame los repetidos, oe, pero el man me explicaba que los casetes los podía escuchar en su walkman y en el carro de mi tía Vivi, pero los discos no, y él sólo escuchaba originales. Entonces me grababa la música que yo quería en mis casetes y yo se la pasaba a los panas. Al man le cabreaba que hiciera casetes mezclados, decía que uno tenía que escuchar los discos de principio a fin, que por algo estaban las canciones en ese orden y que esa mariconada de mezclar canciones era para bailar en las quinceañeras. Pero David era como un DJ profesional, pensaba mil veces qué canción poner antes que otra, la primera del lado B es más importante que la primera del lado A, me acuerdo que decía y yo escribía la lista en el cartoncito ese, primero el nombre de la canción y después el del grupo. Todo en orden y hasta con los minutos que duraba cada canción. Pasábamos días enteros armando casetes. Éramos unos duros. 

***

Un día pasó una huevada más tuca que cualquier otra que nos hubiera pasado antes. Yo había estado toda la tarde fuera de caleta, andando en bicicleta con los panas de la ciudadela. Me acuerdo que nos fuimos hasta la Avenida del Ejército, lejísimo, y dimos vueltas por el Parque del Niño hasta que los manes de ahí nos miraron mal: mi primo decía que la Avenida del Ejército era como Seattle y que la Avenida Manabí era como California. Pero bueno, cuando llegué a mi casa, como a las seis de la tarde o capaz a las siete, porque ya estaba medio oscuro, me lo encontré a David acostado en la vereda, frente a la puerta, como muerto. Tenía un discman en el pecho —yo solo había visto esa nota en revistas—, los audífonos en las orejas y la música sonaba a todo volumen. 

Mi primo estaba como perdido en el espacio, como loco estaba el man. Dejé mi bicicleta en el suelo y me le acerqué. David tenía los ojos abiertos, pero no me miraba. Era una cosa rara, miraba a través de mí, como si yo fuera un fantasma o un espíritu o una de esas huevadas que uno veía flotando en las películas de Monstrocinema. Le pregunté ¿qué te pasa?, pero no me respondió. Le volví a preguntar, oe, ¿qué te pasa?, y nada. Y ya pues, me le senté al lado y me quedé ahí porque me parecía que había que cuidarlo, que le podían robar el discman. Después de un ratote me pasó los audífonos y escuché lo que él había estado escuchando.

Ese día mi tío Mario le había traído a David el discman y un disco nuevo, Nevermind. Me acuerdo que me quedé colgado viendo la portada, ese niño nadando en la piscina detrás de un billete de un dólar. Qué hijueputa, nunca había visto algo así, y eso que me gustaban las portadas de Iron Maiden. No sabía qué hacer, me parecía maldita, pero también me hacía cagar de la risa. Como dice mi vieja cada vez que algo le gusta: es diferente. En Portoviejo todavía no había cable, pero ya cazábamos que, a la media noche, después del himno nacional, Ecuavisa ponía la señal de MTV Latino y desde que escuchamos Nirvana grabábamos cualquier cosa que sonara a Nirvana y si era Nirvana mejor, aunque fueran propagandas. Yo seguía tomando Coca-Cola, mi primo ya la mezclaba con café y hablábamos por teléfono, cada uno en su casa, para estar pilas. No importaba si al otro día había clases y a veces me quedaba ruco en el sofá. El que se dormía, perdía. David nunca perdió.

***

Nada fue igual después de Nevermind. Una tarde David me pidió que fuera a su casa a sacar todos los posters de las paredes. Al principio, como el gran cojudo que soy, no entendí muy bien qué le pasaba, pero lo acolité de todas maneras, porque era mi primo y pensaba robarme cualquier cosa que fuera a botar: el man ya estaba en otra y yo seguía más o menos en la misma, porque siempre he sido medio lenteja. Sacamos los posters y los guardamos en cajas de zapatos, y los más grandes los enrollamos y los metimos en un clóset, fue como un entierro o como cuando me fui de la casa de mi primera mujer. David tenía otros posters, unos nuevos, todos de Kurt Cobain, de Nirvana, y forramos el cuarto con esos y recién ahí entendí por dónde iba la jugada. Mi primo me ofreció algunos posters viejos, pero yo ya no los quería, qué iba a hacer con esos muertos.

***

Era invierno y hacía un calor recontra que maldito, pero nos poníamos camisas manga larga de franela, a cuadros, como los mechones que salían en MTV, yo quería pintarme el pelo de rojo o de verde, pero mi vieja me amenazó con cambiarme del colegio de curas al colegio militar y me ahuevé durísimo. Andábamos era con pantalón largo, jeans con huecos en las rodillas, esa nota, y por lo menos no nos picaban los mosquitos. Pasábamos todo el día encerrados en el cuarto de David escuchando Nirvana y a veces teníamos que apagar el aire, porque mi tía decía que se gastaba mucha luz y que mi tío Mario, que era el que pagaba la luz, se ponía bravo y que ya tenía suficientes problemas con ese hombre. Así le decía: ese hombre. David se trepaba en el escritorio donde hacía los deberes y se lanzaba desde allí a la cama y se revolcaba como Kurt Cobain. Todo el día. Todos los días.

***

Yo no me di cuenta porque era pelado, ahora sé que era un pelado, un peladito, pero de ley que mi primo como que se traumó. A los panas del curso del man ya les prestaban los carros sus viejos y salían a dar vueltas en la Avenida, con peladas guapas y otras no tan guapas que igual se veían buen dato, pero David siempre estaba encerrado en caleta, escuchando música, grabando casetes, escuchando las mismas putas canciones, viendo los mismos putos videos. Escuchaba música hasta en la mesa, mi tía Vivi nos llamaba para la merienda y el man se sentaba a comer con los audífonos puestos, era un pobre hijueputa. Tenía un cuaderno donde había escrito todas las letras de Nirvana en inglés y en español, y una vez lo repelaron en el colegio, porque en un examen de inglés escribió toda la letra de Polly en vez de responder las preguntas. Un día me invitó a dormir y me hizo leer todas las letras y escuchar todas las putas canciones como mil veces y después quería conversar, pero yo le dije estás loco, primo, y me quedé ruco. Nunca más me invitó a dormir, ni cuando pasaron un concierto de los manes en MTV, por un año nuevo, creo.   

David se volvió un enfermito y yo me cagaba de risa y le decía: habla, Nirvana. Le pidió a mi tío Mario todos los discos que iban saliendo y cuando le llegaban me llamaba y nos sentábamos a escucharlos y él me explicaba por qué cada uno era mejor que el otro. Son más salvajes, me decía, se nota que al man le cabrea lo comercial, va a destrozar la industria, vas a ver. ¿Qué industria?, pensaba yo, y me imaginaba a Kurt Cobain con un lanzallamas en una fábrica de discos. Me le seguía cagando de la risa, pero él nada, ponía cara seria, cara de caballo, cara de grande. Yo quería hablarle de una pelada que me gustaba, una amiga me estaba haciendo el chance con la man y ya le había dicho que yo también le gustaba y que no me dijera nada, pero él quería escuchar otra vez el Incesticide: la primera vez que escuché ese disco me valió verga, par canciones buenas, pero ninguna como las de Nevermind, ahora pienso que capaz es el mejor de todos.

Yo quería contarle que ya me había amarrado con la man, que la había besado en la boca, con lengua, que ella cerró los ojos, pero yo no, que le apestaba la trompa, pero él ya estaba perdido en el In Utero, que para qué, era la huevada más bacán que habíamos escuchado en la vida. Nos quedamos afónicos cantando esas canciones y David decía que Kurt Cobain hacía eso todas las noches y que esa era la diferencia entre él y nosotros.

***

El 8 de abril de 1994, me acuerdo clarito porque faltaban diez días para que yo cumpliera 13 años, pasó otra cosa, peor que cualquiera que nos hubiera pasado antes. Era viernes y estábamos de vacaciones. Ese día me levanté temprano para grabar videos. En mi casa ya había cable, pero mi viejo no me dejaba tener televisión en el cuarto y entonces tenía que ir a la sala, el TV Room, decía mi viejo hecho el gringo, y ahí me la pasaba, acostado en el sofá, comiendo plátano asado y  rockeando. Vi la noticia apenas prendí el televisor, que siempre estaba en MTV. Habían encontrado a Kurt Cobain muerto en su mansión, se había volado la cabeza con una escopeta. Así dijeron: se voló la cabeza con una escopeta. Turrísimo, no lo podía creer. Llamé a la casa de David, me contestó mi tía, me dijo ese chico no quiere salir del cuarto, mejor vente que yo no sé qué le pasa y estoy haciendo oficios.

Lo llamé un millón de veces más, pero nada, y cuando fui a su casa mi tía Vivi me dijo otra vez que mi primo no quería hablar con nadie. Igual le toqué la puerta del cuarto durísimo, a veces siguiendo el ritmo de las canciones que estaba escuchando, pero nunca me abrió. Me cansé y me fui donde mi pelada, que era un año mayor que yo, le compré unos Clorets, me acuerdo, porque eran los que chupaba mi papá después de fumar. Me vio bajoneado y le conté de Kurt, de David, y ella me dijo que tenía una amiga que le podíamos presentar a mi primo y que capaz podíamos salir los cuatro a dar vueltas por la Avenida y a comer en el Big Burger. Me alegré, lo juro. Quizás después de la muerte de Kurt, pensé, David pueda tener una vida normal.

Lo encontraron en la cocina, tirado al lado del fregadero. Se había tomado un frasco entero de Pinoklin y no sé qué otra huevada, porque tenía vómito negro en el pecho. Lo llevaron al hospital, mi tía Vivi me dijo que le habían lavado el estómago, y le pusieron un suero. Cuando entré a verlo, parecía que estaba durmiendo. El man estaba pálido, pero yo creía que se iba a despertar porque estaba sonriendo. Sonreía, lo juro, y yo pensaba este man es el auténtico bacán, se va a despertar y nos va a mandar a todos a la mierda. El man estaba sonriendo y yo creía que se iba a despertar. Pero nada. De ahí mis tíos se lo llevaron en un avión-ambulancia a un hospital en Miami, se quedaron endeudados y después andaban haciendo hasta rifas. Pero nada. Mi primo nunca se despertó. Era tres años mayor que yo, ya había cumplido los dieciséis.  

Lo enterraron en el Cementerio General, al lado del colegio Rey de Reyes. Eso siempre me ha parecido como la gaver, porque a David lo botaron de ese colegio en segundo curso y el man siempre decía que los curas estaban enfermos. Yo lo vengo a visitar todos los años, de noche, cuando sé que mis tíos ya se han barajado de aquí. Mi tío Mario ya no volvió a comprar discos, pero mi tía Vivi me dio todos los de David, y el walkman, y el discman. Traigo el discman y me pongo a escuchar Nirvana frente a su tumba: Ángel David Cevallos Loor, 1978-1994. Escucho todos los discos y termino con el Unplugged, que fue el que mi primo nunca llegó a escuchar. Quién sabe, de pronto si veía a Kurt tan feliz como estuvo esa noche el man se salvaba. Quién sabe. David todavía no se despierta, pero yo igual le hablo, aunque el man no me diga nada. Pasamos bacán. ¿Sí o no, primo?

Juan Fernando Andrade (Portoviejo, 1981). Como reportero de las revistas SoHo y Mundo Diners, publicó varias de las crónicas periodísticas más leídas de su generación, una de ellas fue llevada al cine por Sebastián Cordero —la película se llama Pescador— y se convirtió en un éxito en taquilla que consagró al actor guayaquileño Andrés Crespo. En 2009, publicó Hablas Demasiado, su primera novela, la que alcanzó múltiples ediciones y fue leída, sobre todo, por colegiales y universitarios. Luego de una década como editor adjunto en Mundo Diners, volvió a la ficción con Adicto + Comedia Romántica (2023), una novela de más de 700 páginas, cuya primera edición se agotó en cuatro meses y de la cual ya se preparan nuevos ejemplares.

Scroll al inicio