Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 19

JUNIO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Una Calle de Nadie

Por: Natalia García Freire

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

«Les hablaré de mi definición personal de libertad —dice Ursula K. Le Guin, en uno de sus ensayos (todos magníficos)—: la libertad es el acceso a los estantes de la Biblioteca Widener».

En ese ensayo Le Guin nos da un paseo por sus bibliotecas. Un viaje de fantasía, de ciencia ficción para muchos de nosotros; un camino en el que miramos, desde muy abajo, esos estantes altos, altísimos, casi inalcanzables, y transitamos los pasillos largos, que nos parecen infinitos, calladitos, porque ¿quién nos ha permitido entrar ahí?

Imagino, vuelvo a ser niña, porque solo la imaginación infantil me puede llevar a ese lugar en el que habría derramado horas, días; un sitio en el que habría podido entrar sin importar quién, cómo, dónde; un sitio que se habita solo por existir: el sitio del lenguaje, de todas las posibilidades.

En casa, teníamos una pequeña biblioteca compuesta de clásicos y libros pirateados que mi padre compraba en la Terminal Terrestre con algo del dinero que conseguía cuando volvía de sus viajes eternos, los que solo valían la pena, porque él volvía con un libro y a veces con algún cassette. También teníamos diccionarios enormes, porque mis padres habían mantenido (hasta cuando no pudieron endeudarse más) un Centro Cultural, y libros de historia y arte ecuatoriano. Y prometo que leí esos libros, los más grandes, los más bellos, una y otra vez, y me quise quedar a vivir ahí solamente porque eran enormes, porque no era posible que yo mereciera tener libros como esos, con pasta dura, con un papel que de solo tocarlo te ponía a soñar.

Y ahora que lo recuerdo, todavía siento que no lo merecía, que fue una suerte, que algo debo pagar por haber tenido esos libros, porque en Ecuador, no es que no exista el derecho a la lectura, es que incluso nos han convencido de que no lo merecemos.  

La idea de merecer, por otro lado, es macabra. Hace poco, en un club de lectura, Edmundo Mantilla nos recomendó un texto de Giorgio Agamben que me abrió los ojos a la crueldad de la palabra y que, como a Le Guin, me hizo pensar también en la libertad, en la felicidad, en la idea obscena de que en este país no hay cultura —porque no hay plata o porque hay otras prioridades— o que en este país se lee muy poco —mi tontería periodística favorita—. Si por no merecer —hay quienes en Ecuador no merecen ni vivir o morir con dignidad—, imaginen si vamos a tener el lujo de leer.

En ese texto, «Magia y felicidad», Agamben escribe:

Los niños, como las criaturas de las fábulas, saben perfectamente que para ser felices es preciso tener de su lado al genio de la botella, tener en casa el asno cagamonedas o la gallina de los huevos de oro. Y en cada ocasión, conocer el lugar y la fórmula vale mucho más que proponerse honestamente y dedicarse con todas las fuerzas a alcanzar un objetivo. Magia significa, precisamente, que nadie puede ser digno de la felicidad; que como sabían los antiguos, la felicidad, para el hombre, es siempre hýbris, es siempre arrogancia y exceso. Pero si alguien llega a reducir la fortuna con el engaño, si la felicidad depende, no de lo que esa persona es, sino de una nuez encantada o de un ábrete-sésamo, entonces y solo entonces puede decirse verdaderamente feliz.

El derecho a la lectura es la magia, las criaturas de las fábulas, el genio de la botella, entrar en la habitación y ver un avestruz, encontrar a la gallina, justamente esa, la de los huevos de oro. Y ese derecho solo habita en las bibliotecas públicas. Y mientras estas y todos los intentos de democratizar la lectura sean parte de un esfuerzo titánico de las Casas de la Cultura, de algunos municipios, de algunos ministros de cultura que tratan de revivir el Plan Lector como si fuese un animal agonizante; de iniciativas de personas que tratan de suplir la carencia de un Estado obligado a garantizar a su pueblo el derecho a imaginarse, a leer; entonces seguiremos viendo niños que crecen sin haber sido de verdad felices, sin magia.

Vivir en un país así y que sigamos siendo testigos de cómo aparecen por aquí y por allá escritores y escritoras maravillosas es casi un milagro. Y quiero hablar de esos autores y autoras que han escrito desde este país para buscar lectores y lectoras en este país, como quien trata de buscar al conejo en el fondo de un sombrero roto. Escritoras y escritores enormes, que hacen actos de magia palabra a palabra; quizá por eso siempre son romantizados, como si fuesen los detectives salvajes, poetas moribundos de los libros de Bolaño, pero sin Bolaño, sin las aventuras que les crea un demiurgo, sin lectores, sin la esperanza ni siquiera de ser recordados, porque muchos de esos grandes escritores y escritoras han muerto en la soledad, en el olvido. Se han hecho polvo y ceniza: ellos, ellas y sus libros.

El 27 de septiembre de 2021, «de traje, bastón y corbata» (dice la nota periodística), Mario Vargas Llosa recibió una medalla de parte de su amigo personal, el presidente Guillermo Lasso, a quien conoció años atrás en foros del liberalismo (que no libertad). Días antes, murió Jorge Velasco Mackenzie, en el hospital Teodoro Maldonado Carbo y Eliécer Cárdenas en su casa, sin bastón, sin traje, sin corbata, sin medalla, sin palabras para devolverles todas las que nos dieron. No eran Vargas Llosa. Al parecer, no se lo merecían.

Pedro Gil, quizá uno de los poetas que mejor nos ha escrito, murió en un accidente de tránsito en enero de 2022 y su cuerpo estuvo en la morgue una semana antes de que fuese reconocido. Pedro Gil no le temía a la muerte, sino a la agonía; no encontró fama, sí pobreza:

En el banco tengo 50 miserables centavos

mis pertenencias: un par de zapatos, un dvd, unas decenas de películas

dos jeans algunas camisas y camisetas

regalos de Secaira y Cisneros,

y pare de contar.

También Pedro Gil nos anticipó sobre el país que vivimos, en su poema «Los asaltantes»:

el ingenuo se acerca

con un pan en la billetera.

los asaltantes esperan,

ya acostumbrados

a la mirada del cielo.

Saben

que hay de Todo en una Calle de Nadie.

Salgo de la biblioteca a la que me llevó Ursula K. Le Guin y me encuentro en la Calle de Nadie. Escribir, leer, imaginar en este país es un último acto de magia, porque nos han dicho tantas veces que no merecemos nada y, si merecemos algo, será solo trabajando duro y con mucho esfuerzo, tanto que al final puede que nos rompamos, pero mereciendo.

No podemos desear el genio de la botella, la gallina de los huevos de oro, el bosque de las fábulas, el tiempo sin tiempo de los cuentos y las leyendas. Somos esa Calle de Nadie en la que vivía Pedrito Gil, en la que se otorgan medallas en nombre de la libertad a autores de traje, corbata y bastón, mientras nuestra libertad de imaginarnos muere en los estantes altos, altísimos, inalcanzables de una biblioteca pública en la que la mayoría de los ecuatorianos no tenemos el derecho a entrar.

Natalia García Freire (Cuenca, 1991). En 2016 cursó el máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid y el Diplomado de Enseñanza en Escritura Creativa de la Universidad de Alcalá. Actualmente trabaja como profesora de Escritura Creativa, Relato breve y Novela en la Escuela de Escritores de Madrid. Nuestra piel muerta, su primera novela fue traducida al inglés, turco, francés, italiano y danés. Trajiste contigo el viento es su segunda novela. Tiene un jardín, un gato y escribe.

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