Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 19

JUNIO 2024 | CUENCA, ECUADOR

El erizo

Por: Asdrúbal Urrieta

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Había acabado de cumplir quince años y después del colegio no encontraba nada mejor que masturbarme, aunque en el fondo me asqueaba el olor y la textura de mi propio esperma. Pero así sucedía siempre: alrededor de las seis de la tarde, llegaba del colegio, lleno de sudor y con los huesos casi atrofiados, por todo el ejercicio que me obligaban a hacer en la premilitar de la Isla de Margarita, en Venezuela; saludaba a mis padres, entre dientes y de muy mal humor, y cerraba la puerta de un portazo, metiéndole seguro. En aquellos años no había nada peor que mis padres supieran quien realmente era yo. Pero, ¿quién era yo?

Tenía una habitación bastante decente, con una ventana que daba directo hacia un puñado de palmeras y, un poco más allá, el mar Caribe hirviendo de azul. Sin embargo, yo mantenía cerradas las persianas, porque, más que la vista, me molestaba la violenta claridad de la tarde. Cuando las abría, era únicamente por necesidad, para que el olor a esperma saliera de mi habitación y no se desparramara por debajo de la puerta y llegara a la sala de estar que mamá mantenía siempre reluciente.

Una vez se coló aquel olor nauseabundo por toda la casa y le obligó a mamá a entrar en mi habitación cuando estaba en el colegio, entonces se encontró con apenas una verdad de mí. Las sábanas y casi toda mi ropa estaban llenas de manchas blancuzcas que crecían como un charco glutinoso por todos lados. Cuando llegué, desde el umbral de la puerta, divisé una montaña con toda mi miseria acoplada entre los muebles viejos de la sala. Quise huir, pero mamá salió rápidamente del baño, quería confrontarme.

       —Por el amor de dios, ¿cuántas veces te masturbas al día, Bal? —preguntó sosteniendo su poderosa chancla en la mano.

          —Pero ma, yo no hago eso. Eso que ves son solo mo… Sabes que soy alérgico al gato.

Ella sonrió de manera pirata y, con un gesto de pura furia y compasión, me miro:

          —Crees que nací ayer, ¿verdad­­­­­?

Y yo supe que había perdido esa discusión. No hay nada peor que hacerle creer a una madre que está loca. 

Me llevaron donde una psicóloga, una amiga de mamá, demasiado aburrida y vulgar que no hacía más que ver lo que tenía entre las piernas, mientras me daba consejos, de esos que comparten las tías con una foto de Piolín a un lado: 😊 VIVE LA VIDA, ES HERMOSA 😊.

          —Deja de masturbarte o te romperás el pipi —soltó.

Y a mí solo me dio ganas de sacármelo y masturbarme frente a ella.

***

From: tupsicomelany@hotmail.com
To: marivi35@gmail.com
Subject:

Hola amiguita.
Espero que Bal se encuentre mejor. Procuremos evitar las pantallas hasta la noche y los jugos energizantes. Asimismo, oblígalo a hacer una hora más de ejercicio, de preferencia que practique boxeo.
Como todo proceso conlleva recaídas, procuremos evitar el exceso: si notas que las manchas en las sábanas son como un charquito y no como un leve rocío, quiere decir que a Bal se le está yendo la mano en el asunto… (la paja). Je je je.
A veces el semen es inoloro, a veces.
Atentamente, Melany.

Después del sucinto correo electrónico y la mirada fulminante de papá, acepté practicar boxeo. Pocos días después, vestía ropa ligera, guantes y usaba un protector bocal que me provocaba náuseas. El gimnasio era grande y estaba atestado de pósteres de chicas Pilsener, iban puros hombres, la mayoría de ellos frisaban los cuarenta años y solían venir acompañados de niños: eran padres de familia que traían a los suyos para demostrarles que todo funciona mejor si es a patadas.   

A casi tres semanas de practicar boxeo mi libido se había reducido notablemente, no tenía deseo de tocarme porque cuando trataba de hacerlo enseguida venía a mí el rostro de mi madre. Entonces paraba y procuraba dormir, procuraba dormir profundamente hasta olvidar lo que solo dios sabe… Mi vida había trascurrido de manera normal, hasta que un sábado por la noche me escurrí sigilosamente al cuarto de mamá, tomé su laptop y la llevé conmigo al cuarto. Lo juro: no deseaba hacer nada malo, mi plan era ver algo que me distrajera. Por aquel tiempo había descubierto el anime y… y así fue: vi anime hasta el amanecer. Quien diría que algo tan trivial sería un empujón hacia lo desconocido o, mejor dicho, hacia algo que conocí tanto a través del placer y el dolor, y que demoraría años en articularlo a través de unas palabras, una frase, un lenguaje que sangrara tanto como una boca rota.  

En el anime llamado Evangelion, niños de catorce años —tenían mi edad exacta— pilotean robots gigantescos para luchar contra ángeles de apariencia demoníaca que habían aparecido sobre la Tierra tras el impacto de un meteorito que exterminó a la mitad de la población. Yo no era tan diferente al tonto de Shinji Ikari, el protagonista de la serie, un adolescente desgarbado cuyo padre también lo obligaba a pelear contra monstruos desconocidos. Durante una entrevista, Hideaki Anno, el creador de Evangelion, contó que una vez subió hasta el último piso de un edificio y se dijo: «Si no siento miedo salto al vacío, pero si lo siento, no lo hago y comienzo a trabajar en Evangelion». Lo que no sabía era que, al decidirse por lo segundo, en realidad había optado por tirarse al vacío, pero de una manera lenta, lentísima y, de cierto modo, elegante.  

La escena que terminó de darme lo que necesitaba ocurre así: Shinji visita en el hospital a una compañera llamada Asuka, porque agoniza. Ella trató de cargar con todo y se quebró. A un niño que ha aprendido a matar, del otro lado, solo puede esperarle la muerte. Asuka está recostada sobre una camilla de hospital atiborrada de cables. Shinji trata de despertarla, desesperado; extiende la mano, empujándola levemente, pero el cuerpo de Asuka, en posición horizontal, no responde. Shinji insiste y, entonces, Asuka queda bocarriba, los senos desparramados como una colisión de galaxias lejanas. Shinji ha dejado de pensar: la imagen que sigue es su mano embarrada de esperma. Shinji ha dejado de pensar, pero se dice a sí mismo, afirma: «Estoy jodidamente enfermo». Yo habría hecho lo mismo.

Fotograma del episodio 25 de Neon Genesis Evangelion. Imagen libre de derechos intervenida por Juan Contreras. Cortesía.

Terminé de ver Evangelion un domingo a las cinco de la mañana. El aire de sal y el olor a café recién colado por mi mamá se trasladó a mi cuarto. Quise llorar, llorar mientras me tocaba. Acabé: fue lento, violento, una suerte de renacer que dejaba una herida de muerte. El chorro de esperma me había salpicado la cara, lo probé despacio, reteniéndolo entre la lengua hasta confundirlo con la blancura de mis dientes. Luego sentí que otro líquido, también caliente, que se escapaba entre los dedos, era sangre, mi propia sangre.

Roto

              roto yo

                               y ahora mi pipi.

No les dije nada a mis padres, podían llevarme de nuevo con aquella psicóloga loca o, en el peor de los casos, me internarían por ser un adicto al porno. Ahí sí dejé de masturbarme por completo, no porque se me fueron las ganas, sino porque me dolía al tocarme.

El olor que solía habitar en mi cuarto ya no estaba, ahora olía a nada y eso fue mucho peor. Yo, nada sentía. Aprendí a engañar a mamá para que no se fijara en mí, doblando mis sábanas al despertar. Cuando lo hacía, ella parecía estar siempre feliz. Fue fácil, pues para mamá el orden era estar bien. Lo que yo no sabía era que mucha gente triste también dobla sus sábanas al despertar y eso no los hace menos tristes.  

Pasaron días, notaba que se me volvía difícil comunicarme con los demás: era un «hola» y luego solo estar. Mis huesos parecían más pesados, correr e incluso caminar eran ahora una extenuante tarea, pero no dejé de practicar boxeo. Durante mis luchas me imaginaba que era una sexy chica de pelo rojo, con el traje de piloto de un EVA —así se llaman los robots gigantes de Evangelion— y que yo debía darles una paliza a unos ángeles que, bueno, en este caso eran unos viejos sudorosos, casi calvos, llenos de hijos e inseguridades. Ganaba, casi siempre ganaba. Recuerdo mi gozo cuando los golpeaba directo en sus caras y veía cómo tambaleaban para, luego, venir corriendo por más, y pataplum: era golpe tras golpe y, de pronto, uno definitivo resonando en el cielo de la boca, dejándose caer. Me paraba en el centro del cuadrilátero a celebrar de manera afeminada, hacía corazones con las manos y lanzaba besos solo para enojarlos más. Me miraban, aturdidos, desmesurados, en sus ojos podía intuir un extraño charco, entre odio y deseo.  

La primera vez que perdí fue contra un treintañero abarbado y robusto —una premonición de cómo habría de ser yo físicamente, años después—, tenía una gran fuerza de agarre, de modo que cuando intenté empujarlo en posición de defensa —un puño delante del otro—, me lanzó una patada que me botó de costado contra el cuadrilátero. Agotados, empezamos a juntar nuestros cuerpos como dos animales que sobreviven a un naufragio, empapados, temblorosos. El roce de los vellos de su mano sobre los míos, sus venas anchas, marcadas hasta la altura de su codo reseco me distrajeron. No supe cuándo, no supe cómo, pero lo estaba viendo a los ojos —en el box los cuerpos se tocan sin intimidad alguna, mirarse a los ojos es desarmarse por piedad; por eso, la regla es ver los hombros en todo momento—, a su protector bocal por donde desaguaba un río, una tormenta, un mar donde no existía ni comienzo ni fin. No podía, no debía ganar esa pelea. Fue la primera vez que me desagradó luchar. El treintañero se lanzó encima de mí, dejándome indefenso, con los brazos debajo de sus entrepiernas: sentí su goteante y tibia saliva sobre mi cuello. Entonces me golpeó brutalmente en la cara, una vez, bastó una vez. Mi primera derrota y todos aplaudían; agaché la cabeza y allí me encontré con mi pene erecto, rápidamente lo cubrí con ambas manos, quise desaparecer, salir corriendo lejos de ese lugar. Tiempo después lo logré.

Un mundo que se acaba: un castillo medieval tomado por leprosos hambrientos. Empecé a odiarme. Quería eso: degradarme, ensuciarme, arruinarme. Echarme al suelo y revolcarme como un animal herido. También odiaba ver a mis padres directo a los ojos, porque en el agua de sus pupilas se prolongaba el mar abierto detrás de la ventana de mi cuarto, vuelto uno con el horizonte. Luego, aparecía una isla solitaria, impertérrita ante la absurda inmensidad del océano, pero esa isla naufragaba enseguida en el agua de aquellos ojos. Me había quedado a la deriva.

Todos se cansaron de mí, porque había dejado ese miedo lógico que cada uno tiene a que lo vean tal como es. Ya no me importaba que mamá me viera masturbándome, no me importaba ni siquiera cerrar la puerta. El olor acabó por desparramarse y no solo fue hasta la sala de estar, llegó a la puerta de entrada, a las narices de quienes recibíamos en casa. Creí que esa sería mi vida, hasta que un día mamá tuvo un último encuentro conmigo o, mejor dicho, con quien entonces era realmente yo: una mancha de sangre.

Un bóxer, eso fue lo que me desenmascaró. Mamá me obligó a desnudarme frente a ella, no tuve miedo de hacerlo. Ella lloró, lloró rápida, diligentemente, pese a haber esperado tanto para hacerlo. Me tomó fuerte del brazo, me llevó al baño, me empujó con la dulzura que aún le sobraba contra la ducha y jaló toda la llave del agua fría. Ella se fijó en el suelo, a la espera de algo. El agua helada me quemaba, mientras caía en el enlozado de la ducha y comenzaba a dispersarse entre gotas de sangre y la mirada calma de mamá. Luego, mamá cerró la llave de agua y se quedó ahí, se dejó estar. Eso era lo que esperaba ver desde hace tanto.

Primero, me llevaron a que me revisaran el pipi, luego la cabeza. El doctor que nos atendió, les dijo a mis padres que era un asunto delicado: «Seguramente, no sentirá más placer». Después vino el diagnóstico del psicólogo: una depresión profunda, una carencia que llenaba con dolor y pornografía. Cuando escuché aquellas palabras, fue la primera vez que sentí miedo a mí mismo. El miedo, mi miedo, empezaba por las manos.

Dejé de asistir al colegio por un mes. Le hicieron creer a todos que había tenido una lesión grave en mis clases de boxeo. No dejaron que nadie viniera a visitarme. Me quitaron todas mis consolas de videojuegos y mi teléfono. Por suerte, convencí a mamá de que me dejara ver anime, pues era lo único que me haría feliz. Volví a ver Evangelion, quizá buscaba algo, no sé. Fue la primera vez que sentí que unas púas salían de mi carne, hasta llegar al techo y atravesarlo todo.

El dilema del erizo, todo Evangelion trata sobre esta parábola de Arthur Schopenhauer, quien narra cómo una camada de erizos se junta en invierno en busca de calor, inútilmente, pues acaban sacando sus púas e hiriéndose entre ellos, por lo que, al final, deben distanciarse para evitar salir lastimados. Yo también era un erizo, lo fui por mucho tiempo, todavía conservo las púas, lastimo, lastimamos sin querer. Quizá en eso radica quiénes somos: en herir y herirnos de otros. Por eso huyo de todo, hasta que las púas no vuelven a salir, al menos, durante un tiempo, pero a veces me las arranco. Así, duro unas horas, unos días. Luego el olor a esperma seco aparece de nuevo, pero de manera menos intensa, y sonrío. Al menos, ya no huele entre mis dedos.

Asdrúbal Urrieta. Nací en una pequeña isla del Caribe, en Venezuela, por allá en 2003. Soy un poco existencialista y, a veces, también algo estoico. La mayoría del tiempo trabajo o leo en casa. Cuando me harto de las palabras recurro a mi Play.

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