Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Corrección política
La XV Bienal de Cuenca a la luz de la cancelación del futuro

El Pensamiento de las Plantas de Paúl Rosero. Cortesía de la Bienal de Cuenca / Santiago Escobar.

Hay un elefante en la habitación. Más bien, un dinosaurio. Una mañana mientras trabajo como funcionario de una institución municipal, un padre y un hijo se presentan delante de las puertas de la Casa Cultural del ***. Su expresión está agitada, su respiración nerviosa. Acaban de llegar en una camioneta blanca espolvoreada de lodo, sobre cuya paila resalta una lona negra; el carro está parqueado en la doble línea sin intención de moverse. Se nota el agotamiento de los viajeros, les invito a pasar.

En la casa estamos un funcionario administrativo, la guardia, una vecina del barrio y yo. De modo que, cuando el padre pregunta quién está a cargo, los demás se liberan de cualquier compromiso. Queda a mi cargo, al del licenciado. Mientras el padre insiste en hablarme en privado, el muchacho de quizá siete años, cuenta el famoso chiste de los presidentes en un avión que se desploma y en el que no hay suficientes paracaídas. El padre y yo nos alejamos. Sin embargo, en cuanto alcanzamos la oficina, el hijo se escabulle de su audiencia e intercede antes de que consigamos decir palabra. «Tiene que ayudarnos, señor» —su padre lo detiene—. «El señor ni siquiera sabe de qué le estás hablando —dice, apartándole levemente con el haz de su brazo— déjame hablar».

El padre me explica que su profesión lo habría llevado al Oriente, que habría trabajado con las grandes mineras. Sus palabras se entremezclan pero entiendo que sus quehaceres no eran siempre lícitos, además, que ahora es una especie de fugitivo. Me habla de tierras, permisos, concesiones, amenazas, disputas territoriales, ambición mineral, abogados, máquinas perforadoras, limpiadoras, mezcladoras, rompedoras y taladradoras… Su relato se fragmenta en escenas imposibles. Entonces, toma aire. «Papá, cuéntale del dinosaurio» —suelta el hijo aprovechando el silencio—. El padre se acelera, menciona la compañía que lo habría contratado para desaparecer un dinosaurio, precisamente un Yamanasaurus que tiene ahora en la paila de la camioneta. Mi cara de sorpresa lo devuelve a ese instante y espeta: «Sí, un dinosaurio de tres metros de altura, un pequeño herbívoro que rondaba hace cientos de miles de años por los Andes». Me froto los ojos para saber sí estoy soñando. El padre continúa con su historia… «Desaparecer al dinosaurio es imperativo para alejar a los pipones del MAE de los asuntos de la empresa». Ahora bien, hacerlo así sin más, le parece inadmisible, especialmente después de escuchar los argumentos del hijo, un apasionado de las especies extintas. «Por eso he venido hasta aquí, Señor —continúa el padre— quizá usted puede ayudarme y esconder al dinosaurio como una de las obras de arte que se exhiben en esta casa».

***

Valdría empezar señalando que los artistas no son libres. Tampoco lo son las instituciones públicas, las privadas, los museos ni las galerías. Esto se debe a que, por ejemplo, las instituciones responden al subsistema de la política y la necesidad. A su vez, los políticos responden ante sus votantes, quienes replican a menudo las opiniones de los medios de comunicación que se sostienen sobre el sistema productivo. Este último crece para satisfacer las necesidades de un pueblo en expansión. Este mismo pueblo, agotado, presta poca atención a sus hijos y engendra más artistas…

A pesar de esto, existe una libertad sin libertad en la creación artística que tiene que ver con la apertura de un campo formal que, en ocasiones reafirma los límites de lo real, empujando en una dirección u otra. La libertad del arte es que puede soñar incluso «lo que no ha ocurrido todavía». De ahí que, esté en la capacidad de explicar, definir y desdibujar los objetos cotidianos. Ahora bien, empujar unos límites, aceptar un imaginario previo sobre el que se dialoga, involucra también someterse a unas reglas de juego, a un lenguaje y a una(s) tradición(es).

Toda tradición es, por tanto, un limitante y en cierta medida exige una adecuación. El concepto de ‘corrección política’ podría usarse para describir su actuar. Este apela a la idea de que ciertos usos del lenguaje imposibilitan ver la ‘realidad’ o «lo que verdaderamente está sucediendo», que acaba disimulado en eufemismos. En su reformulación del concepto marxista de ideología, la idea de la ‘corrección política’ —normalmente empleada de manera burda— es decidora, especialmente cuando se aplica a aquello que «no podemos decir», no debido a algún impedimento externo sino porque carecemos del lenguaje adecuado.

Aunque ya me extiendo demasiado… ¿Existe algo de la ‘realidad’ que no sepamos mencionar?, ¿nos priva el presente de la capacidad de señalar alguno de sus componentes? Y especialmente, ¿les ocurre esto también a los artistas?, ¿en su libertad sin libertad pueden los creadores abordar «lo que pasa en realidad» al hablar, por ejemplo, sobre la crisis ecológica y el futuro de la humanidad? Paseando por la Bienal de Cuenca me fascino con algunas de sus obras. La Bienal invita a desdecirse, a emborronar críticamente el legado moderno, a limpiarse los pies en frases idiotas de prohombres pasados. Entiendo que algunas obras buscan comunicarse con los objetos inanimados, como los libros de hielo de Basia Irland que escriben paisajes para que sean contemplados ¿nunca? (…) Otras, en cambio, imaginan escenarios deshumanizados en una cierta ansiedad gozosa que fantasea con la desaparición. Lo veo, por ejemplo, en el jardín de plásticos y fungi de Paúl Rosero, donde (…)

Alfombras, 2021 de Avelino Sala y Eugenio Merino. Cortesía de la Bienal de Cuenca / Santiago Escobar.

Llegado a este punto estoy algo incómodo. Algunas obras parecen obviar que ante la crisis ecológica existe la posibilidad de tomar otra postura que no sea la melancolía o la contemplación (gestos de moderna heredad). Y es que la crisis ecológica no es algo del futuro ni del pasado, o más bien, lo es en la medida en que estos tiempos se condensan en nuestro presente. No obstante, la invitación a soñar futuros distintos parecería haber sido recibida por varios artistas como una invitación para soñar universos paralelos, armatostes de (in)significación. Imaginar «el fin de los tiempos», fantasear con sus derroteros me parece redundante cuando esto está ocurriendo justo delante. Acaso la obra que evita este ofuscación de manera más radiante es Ríos de gente de Regina José Galindo, donde la memoria del río, los cuerpos regados por este y el ritual se juntan para reocupar un territorio.

Porque me hostigan las prisas formulo la siguiente hipótesis: el límite de la corrección política al hablar de la crisis ecológica es la pregunta por el poder. Al preguntarnos sobre los efectos del sistema productivo capitalista y cómo otras configuraciones o modelos sociales permitirían un futuro distinto, resulta preciso brindar una respuesta a cómo esto podría ocurrir. Los artistas detestan los relatos totalizadores como ‘proceso democrático’, ‘insurgencia popular’ o ‘constitución de un estado de derechos’. Acaso soñar ecosistemas repletos de esporas y de polvo es la manera de obviar la confrontación que es propia del actuar humano; quizá los escenarios en los que el mundo-ya-terminó, distraen de la imaginación de la violencia inherente a los procesos de transición social que permitirían escenarios de continuidad. En relación con esta problemática, la disputa por el significado de la figura de Humboldt me parece decidora: siguiendo las interpretaciones de Fabiano Kueva y Cristina Lucas, ¿fue Humboldt un depredador o un ecologista?

Creo que una elucidación efectista de la sentencia «es más sencillo imaginar el final del mundo que el final del capitalismo» es la causa de este impasse. Para comprenderla, la clave no está en el más-allá del final, en el mundo después del capitalismo, sino en lo que ocurriría antes. El subsistema de la imaginación y la filosofía se ha enfrascado en la ciencia ficción, anhelando un mundo distinto pero ignorando la pregunta por la política. Ahora bien, el reto para el pensamiento es nimio si únicamente fantasea con utopías, sin preguntarse por el camino que las fraguaría.

Josué Durán H. Cursó un pregrado en Estudios Literarios en la Universidad de Barcelona y una maestría de investigación en el mismo tema, en la Universidad de Ámsterdam. Además, cursó los tres años del Itinerario para Narradores de la Escuela de Escritura del Ateneo Barcelonés. Con su primer libro de ensayos, El abandono de la experiencia, obtuvo el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit. Actualmente, se desempeña como docente de Comunicación en la ESPOL.

Recorrido por la Historia (Secreta) del Rock Cuencano

We rock at dawn on the front line
like a bolt right outta the blue.

ANGUS YOUNG, BRIAN JOHNSON
AC/DC

 

Cristina Navas por Gabriela Parra / Cortesía.

La Casa de las Posadas albergó la muestra fotográfica «Historia (Secreta) del Rock Local», en la que se expuso el registro visual de varios de los principales y subterráneos artífices de nuestra gloriosa y trajinada música.

Esta propuesta pergeñada y curada por Jaime Martínez, es una suerte de bifurcación de otro gran proyecto del investigador Jhonatan Torres, que en 2018 presentó la obra «Rock cuencano, la Historia», en la que Jaime figura como coautor. La relevancia de dicho trabajo tendió varias ramificaciones que derivaron en la necesidad de montar una muestra fotográfica que refleje a aquellos artesanos casi invisibles para el gran público, pero que cargan sobre sus hombros con la responsabilidad de revitalizar un género musical siempre controvertido y precarizado.

Jaime Martínez con su estilo mesurado al hablar, hace hincapié en que una de las necesidades de la exposición fue presentar las propuestas musicales que, a propósito o por designios incomprensibles, no son parte del mainstream. Las grandes bandas que ha parido la ciudad, justamente por su larga sombra, no figuran en este recorrido visual. Recalco. Si hay una historia que sostiene la narrativa de la autogestión, la independencia creativa y el desdén hacia lo «masivo», es aquella que se nutre de músicos, personajes y proyectos que han optado por el verdadero y evidentemente doliente underground.

En la introducción de «Rock cuencano, la Historia», Martínez define al rock como un ejercicio ritual, un trance en el que la colectividad y la sonoridad son puentes para la comunicación suprema; la muestra fotográfica en que devino la obra investigativa logra transmitir —mediante instantáneas de personas y conciertos— ese trance, esa desnudez espiritual que animaliza la electricidad y nos devuelve, grandiosos y diminutos, el reflejo de lo que nos rodea.

La catarsis, el ciberpunk criollo, y la bohemia entre el abismo y la contención

Al empezar el recorrido por la primera tanda de fotografías, me encuentro con la banda Plaza Malatión en plena ebullición ante un público frenético, en estado extático; es la primera gran foto que me impacta hasta la médula. Puede sentirse la corriente en las astillas de los huesos, el sudor y la mística desenfrenada de la Granja Learnaya. Se sabe que fue una tocada armada casi al paso, mientras uno de los integrantes de la banda visitaba Ecuador.

De ese desenfreno catártico, la mirada se posa en una fotografía en la que el aire ciberpunk es infranqueable. El músico Gero Molina con el torso desnudo asoma su existencia, un gran casco en la pensadera y un teclado son los elementos de una imagen sosegada y a la vez sugerente. Acto seguido, volteando la mirada, veo a Cristian Tenorio en una foto que tiene al retrato espiritual como narrador absoluto. Gran conocedor técnico de la música, virtuoso guitarrista, este personaje de las seis cuerdas muestra toda la gama de una lucha entre el espíritu y el abismo. Como perfecto contraplano, la siguiente fotografía me deja ante una escena contenida, mesurada; el músico Bernardo Arévalo de la banda Pastizales, aparece ante mí con guitarra en mano, donde la composición da señales inequívocas de equivalencia con su música. Quizá, como bien dice Jaime, una lectura de dos tipos distintos de la bohemia y proyección musical cuencana, vista a través de dos artífices igual de comprometidos.

El retrato con el que culmina el recorrido por la primera sala es de la artista Cristina Navas, quien ha formado parte de Smoking Dolls y Los Animales Lisérgicos. Retrato directo, honesto, que deja ver a una Cristina en pleno canto, con ese rictus tan de ella en el que el temple y la furia permiten vislumbrar una transparencia y genialidad impecables.

La galería de la tríada intergeneracional

Paso por un portal arqueado. La segunda sala que en realidad es una extensión de la misma habitación, alberga tres retratos de otros músicos y gestores de gran quilataje en la escena local. Tengo en frente la captura de un momento especial, donde se muestra a varios músicos en pleno acto performático, interpretando una canción de la banda Nébula durante el tributo a Esteban el Loco Íñiguez. Neneco Orellana y Jaimicho Martínez en primer plano, la batería y la guitarra en un diálogo en el cual el pulso eléctrico y la estampida percusiva impregnan todo el encuadre. Una de las fotos más sentidas de la muestra. En esta parte del recorrido, claro está, hubo una indiscutible intención de continuar con el frenetismo visual. La siguiente fotografía es del gran vocalista Fredy Ordóñez a la cabeza de la banda Alias. En una postura intimidante con un puño llevado a la boca, como quien intenta dosificar la furia que caracteriza a su banda, aparece uno de los poderosos frontmans de la escena under cuencana. Cierro el trayecto de la galería con un retrato sobrio y altivo de Eduardo Moscoso. Eduardo no necesita presentación. Gracias a él, se ha articulado todo un engranaje de auto regeneración del movimiento rock como plataforma contracultural. El centro cultural El Prohibido ha sido la trinchera de un par de generaciones que han encontrado en la música y el arte extremo una fuente de supervivencia.

Esteban Íñiguez (+) por Andrés Jara / Cortesía.

Eduardo Moscoso por Xavier Caivinagua / Cortesía.

La galería del claroscuro y los guerreros caídos

Llego a la tercera y última estación que contiene el grueso de esta muestra. Como primer protagonista está José Alfredo Maldonado, el Novela. Thrasher de vieja escuela y uno de los gestores y productores musicales de más calado en la escena. Su estudio de ensayo y producción ha sido frecuentado por casi la totalidad de músicos de la ciudad. Avanzo y caigo ante la imagen de la baterista Doris Rodríguez, gran instrumentista que ha desfilado por Carne de Cañón y Black Purple. Toda la actitud y la técnica de esta intérprete pueden apreciarse en la fotografía colgada.

La muestra fotográfica reserva un pasaje especial para aquellos músicos que decidieron anticiparse en su viaje hacia lo innombrable. Cuatro seres que dejaron un hueco inmisericorde en la psique y el tejido musical de Cuenca. Tres de ellos resolvieron por mano propia, ponerle fin a su periplo en este mundo. Otro, en un accidente confuso que le arrebató la vida luego de una jornada en la que la música y la libertad debilitaron su trajinado andar.

Cristian Loco Flores, Juan Diego Tamariz, Mauricio Hernández y Esteban Íñiguez son los músicos que dejaron su legado, su impronta y su convicción en las tablas. Bandas como Kulto Klown, Alias, Protervia, Nemesek, Evil, Ciudad Santa, Morbid Sin, Nébula, Nahual y Aerolíneas del Placer no hubieran tenido el impacto y la trascendencia sin su genio, sin esa transparencia que los definía como músicos y seres humanos. La emergencia sanitaria, el virus desparramado por la angustia y el silencio comunicacional contribuyeron a hacer mella en sus espíritus altivos pero vulnerables. Se sabe que el oficio del músico es un campo precarizado en este país de infames y gloriosos derroteros. El cierre y la cancelación de eventos masivos, la dificultad de alcanzar una estabilidad laboral, debilitan el temple en cualquier cultor de la música. Artistas con letras mayúsculas: el mundo es basura y ustedes ya no soportaron el peso de aguantar el vendaval. Para ellos el fulgor, el ímpetu, los decibelios entronizando la rabia y su catarsis.

Cristian Flores (+) por Vaisecito / Cortesía.

Juan Diego Tamariz (+) por Shamuco / Cortesía.

Mauricio Hernández (+) por Juan Freire / Cortesía.

La última tanda del proyecto engloba a otros admirables músicos. Mi mirada se posa en José el Coshco Crespo, trepidante guitarrista, una bola de ruido eléctrico. Llego a Juan Diego Arias, pues si el indie tiene un cultor abnegado y prolífico, ese es Juan Diego; un experimentador nato, sus propuestas musicales marcan el derrotero de un ser que ha visto en la innovación su liana para sortear abismos de fe, búsquedas y desencuentros. El penúltimo artista de este desfiladero del under cuencano es el músico y productor Mala Vibra. Una fotografía en la que el propósito es mostrar a través de la composición, todo lo sugerente y ecléctica que puede ser la obra musical de este artista. En el recorrido, los rostros de los protagonistas muestran su dolor, sus anhelos, sus incógnitas y su vitalidad, pero al llegar al retrato de Juan Rojas, líder de Santa Muerte, veo que su rostro es esquivo, se funde en un oscuro que es contrastado por el terciopelo de un sillón inmaculado. Mística y transfiguración del guitarrista de esta banda.

En palabras de Jaime Martínez, la obra intercede para generar un lugar donde los reinos del rock local puedan converger y retroalimentarse. La presencia de un diálogo de clases ineludible en procesos culturales, configura un espacio con una infinidad de aristas que son necesarias visibilizar y ponerlas sobre la mesa de debate. A través de la institucionalidad, que muchas veces hace de la vista gorda ante propuestas de esta índole, se ha aprovechado una casa emblemática para articular una experiencia visual que intenta dar cuenta de un desfiladero underground donde sus protagonistas dejan el aliento y el pellejo. El ojo desnudo de inefables fotógrafos y fotógrafas de la escena subterránea han ido recogiendo fracciones de estos rituales eléctricos. Fabiola Cedillo, Dennys Tamayo, Diego Toral, René Martínez, Gabriela Parra, Xavier Caivinagua, Vaisecito, Shamuco, Andrés Jara, Juan Freire, Juan Diego Criollo y Juan Daniel Peña son aquellos nuevos maestros que nos han permitido acceder a estos momentos fugaces, capturando el espíritu en ebullición, el candor o las búsquedas de estos artífices del rock secreto cuencano.

El rock es un ente que, hace rato, se muerde su propia cola. Gracias a la muestra «Historia (Secreta) del Rock Local» podemos tomar el pulso y ofrendar gratitud a aquellos que han contribuido a dignificar la escena rockera de la ciudad de los cuatro ríos.

Jorge Aguilar. Piñas, 1986. Poeta y ensayista. Ha publicado los poemarios «Encendido Animal de la Noche» (Proyecto UTMACH, 2015) y «Poemas como escaramuzas y espejos extraviados» (Tinta Ácida, 2019). Ganador en dos ocasiones del primer lugar del Poetry Slam organizado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay. Poemas suyos han sido incluidos en varias antologías ecuatorianas e iberoamericanas, tales como: «Cirugía Inflamable» de Ninacuro Editorial Cartonera; «Sonidos de la lluvia», segunda antología poética de la Editorial Mandrágora; «Diacronía» del proyecto de creación literaria y visual Salud a la Esponja Nº 7; revista literaria «La Esquina y la Orilla» de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de El Oro; y en la «Antología de Poesía Hispanoamericana (1970 – 2000)» de la plataforma literaria Liberoamérica.

Scroll al inicio