Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Los cuerpos y las marcas

Por: Gabriela Chiriboga Herrera

 Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Dice Rita Segato que la raza es signo, más propiamente, el signo del lugar que uno ha ocupado en la historia. Cuando pienso en las marcas, en las cicatrices, en lo que uno carga en el cuerpo o en lo que el cuerpo permite manifestar del propio ser, pienso inevitablemente en mi hija y en el modo en que su ceguera es percibida por otros.

Alejandra empezó a usar su bastón blanco hace pocos años —más tarde de lo que otros niños ciegos lo hacen—. Antes de eso, al caminar en espacios públicos, de la mano, éramos una pareja normal: una madre guiando a su hija. Pero ahora, al llevar el bastón casi a todas partes, somos el centro de la mirada de muchos, siempre. Este accesorio parece ser una extensión del cuerpo y, en ese sentido, es una marca. Es curioso que este signo habilite encuentros insospechados, de los más variados: algunos son pintorescos, otros son más bien indecibles, no precisamente por ser sublimes, sino porque, aunque pasen los años, siguen despertando una mezcla de rabia y dolor, al solo pensar en ellos. Ciertamente, las marcas pueden tender puentes, pero también construir muros. Nos han acercado a personas desconocidas que han tenido expresiones gentiles en medio de tumultos y sonrisas sinceras en días adustos, pero también han supuesto un umbral invisible aun entre quienes dicen estar unidos por la sangre —aunque no sepan cómo responder a la discapacidad ni cómo manejarla—.

El cuerpo y lo que le falta —una mano, una pierna, la estatura promedio—; el cuerpo y lo que se le añade —un implante coclear, una prótesis, muletas—; el cuerpo y lo que falla —los ojos que no procesan la luz, la boca que no articula, el cerebro que no razona como se espera—; el cuerpo y cómo se muestra —gestos, movimientos extraños e involuntarios, gemidos, gritos—. Los cuerpos —las marcas— nos colocan de un modo violento frente a un entorno hostil, acelerado y hambriento de explicaciones. Seguramente, es por eso que la pregunta más común ante la vida de una persona con discapacidad no sea un cálido «¿Cómo estás?» o un generoso «¿En qué te puedo ayudar?», sino un ansioso ¿por qué?: «¿Por qué tiene ojos y no puede ver?», «¿Por qué no camina, no habla, no escucha?», «¿Por qué se porta tan raro?», «¿Por qué no es normal, como uno?».

Reducir nuestra existencia a lo que nuestros cuerpos muestran y a lo que son capaces o no de hacer, no solo responde a una lógica productivista que valora y premia lo económicamente rentable, lo estéticamente bello y deseable, lo políticamente correcto, sino que, además, nos ciñe cruelmente a una materialidad que no hemos escogido. Esto es absolutamente desalmado, además de ser injusto para quienes —como mi hija— portan una enfermedad congénita. Pregunto entonces: ¿quién tiene un cuerpo normal, un cuerpo sin marcas? o, yendo un paso más allá, ¿quién dice ser normal?, ¿en dónde —fuera de un dibujo del siglo XV, una escultura del siglo XVI o una imagen impecable, creada con inteligencia artificial— está la encarnación de la idea de la perfecta normalidad? Me parece que todos nos equivocamos, unos más y otros menos, pero nos equivocamos porque olvidamos que lo único certero que tenemos, en tanto humanos, es nuestro ser finito y necesitado de lo más elemental y cotidiano: afectos, agua, pan, abrigo.

El peso que nuestra sociedad le sigue dando a las marcas corpóreas coloca a las personas con discapacidad en un vaivén entre tener un carácter angelical y ser un objeto de la curiosidad ajena. De este modo, la humanidad de las personas con discapacidad siempre está en tensión: o bien se las considera seres amorales —regalos divinos e incapaces de lo malo— o se les deja fuera de todo relato social, lo que los convierte en infrahumanos, más bien, objetos de estudio de las ciencias médicas, la antropología, pero también de la caridad y la asistencia pública.

Quiero creer que al despojarnos del ideal de la normalidad y dejar de sorprendernos ante los cuerpos y sus heterogéneas marcas, probablemente, podamos reconciliarnos, en primer lugar, con la imagen que vemos en el espejo y, luego, como un cuerpo social diverso, imperfecto y necesitado, que respeta, cuida, arropa y no juzga; un cuerpo social que no es sino la suma de todas sus partes.

Acompañar a Alejandra en su día a día y aprender cómo percibe el mundo que la rodea, me ha permitido experimentar la vida de un modo distinto, conmovedor y desafiante. Tengo que reconocer que verle desenvolverse me hace sentir muchas veces como una espectadora privilegiada. Hace poco, casualmente, había olvidado su bastón en la escuela. Pudimos volver a buscarlo al día siguiente y al caminar sobre la acera, sin otra guía que mi brazo y mi voz, comenzó a reírse mientras me decía: «Solo siento el piso… esto es, como raro». Al reflexionar en su particular concepción de la rareza, pienso que mientras no limitemos las libertades ajenas, deberíamos procurar ejercer las nuestras, habitando nuestros cuerpos y nuestras marcas, y sintiéndonos enteramente a gusto con ello.

 

Gabriela Chiriboga Herrera. Es politóloga, madre de Alejandra y activista por los derechos de las personas con discapacidad y sus cuidadoras. Actualmente, se desempeña como consultora para agencias técnicas de cooperación y organismos internacionales y humanitarios presentes en la región latinoamericana. Además, es miembro de la International Association for Feminist Economics (IAFFE) e integrante del grupo de investigación Kaleidos, Etnografía Interdisciplinaria del Departamento Interdisciplinario de Espacio y Población de la Universidad de Cuenca.

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