Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Karol Noroña: la periodista que, en un contexto de muerte, insiste en contar la vida

Por: Issa Aguilar Jara

Karol Noroña es una periodista ecuatoriana especializada en investigación de cárceles, violencia y crimen organizado desde un enfoque de derechos humanos. Fotografía cortesía de Karen Toro.

Hay cosas de las que una periodista se cansa de hablar, pero habla. Y hay otras, sobre las que le han prohibido hablar, pero lo hace. Karol Noroña es un nombre incómodo para el poder y también es un nombre esperanzador para sus lectores. La periodista ecuatoriana, especializada en investigación de cárceles, violencia y crimen organizado desde un enfoque de derechos humanos, tiene 31 años y es la única mujer en su primer núcleo familiar. Dice que siempre, desde niña, vivió cuestionándose cosas y que el periodismo ha sido una gran ancla a este mundo. En esta entrevista habla del porqué de su necedad y los porqués de todo.

Cuéntame, solamente lo que tú quieras, sobre tu exilio en marzo de 2023.

Suelo decir que ya no quiero hablar sobre eso, porque lo he hablado un montón, pero lo haré. Solo puedo decirte que el exilio está muy romantizado. Tristemente, fui una de las personas, sumada a miles, que han sido forzadas a salir del Ecuador de manera intempestiva. Antes de 2023, recibí varias amenazas, más cuando empecé a profundizar en el tema carcelario; fue con el texto sobre la cárcel de Turi que las amenazas se intensificaron, aunque luego de su publicación hubo una tensa calma. En enero de 2024, cuando fue declarado por primera vez el conflicto armado interno por el gobierno de Daniel Noboa, empezó a verse el clímax de las prácticas extremas que hoy son parte de la realidad nacional: coches bomba, secuestros y tantas otras.

Lo que pasó conmigo fue lo que pasa cuando te metes a hablar de crimen organizado en el contexto carcelario, porque, cuando investigas sobre derechos humanos, es evidente que no puedes separar lo uno de lo otro. Tuve dos alertas, la segunda fue la más grave. A la primera persona que le conté fue a mi expareja, recuerdo que yo era muy temeraria, pero luego conversé con mis jefes de ese momento y finalmente me fui.

El factor común del exilio es el desarraigo, no hay oportunidad de despedida, es desastroso. Pero lo más difícil es el regreso, ha sido muy retador esto de quitarme, todo el tiempo, el segundo apellido de «periodista exiliada». Porque claro, aunque es parte de mi historia personal, no define quién soy o qué hago.

¿Por qué escogiste los derechos humanos como perspectiva en el oficio?

En 2018, cuando empecé en el diario El Comercio, hacía periodismo cultural. Luego, me cambiaron al área digital, en una época en la que los digitales éramos considerados «periodistas de segunda», porque no hacíamos trabajo de campo. Mientras era parte del diario, asesinaron a mis compañeros Javier Ortega, Paúl Rivas y Efraín Segarra. Todo esto me hizo entender que quería indagar más sobre investigaciones forenses, pero con una visión de derechos humanos, es decir, ¿qué hay más allá de quienes ejercen violencia? Así que aprendí a narrar la ausencia en un periódico.

¿Cómo se ha ejercitado tu empatía al trabajar con estas fuentes?

A veces converge la tristeza de las historias que contamos con la tristeza propia. No podría compararme con el familiar de una persona privada de la libertad, pero las historias ajenas nos permiten no negarnos a la nuestra. Si bien el periodismo tiene un rol de servicio, también tiene un elemento muy personal que nos ayuda a reconocernos y esto exige una sensibilidad que se va desarrollando con el tiempo. De pronto, muchos no coinciden conmigo, pero creo que es un oficio en el que deben doler las historias; me refiero a mostrar las ausencias más allá del llanto, que puede ser revictimizante.

¿Te blindas de algún modo cuando sabes que una reportería te va a romper?

A veces, sí; a veces, no. Hace poco estuve en el «cementerio del COVID-19» en el cantón La Libertad, no fui con ningún amuleto y la energía fue innegable. Tengo muchos amuletos que usualmente me regalan las personas que me quieren, casi siempre uso malaquitas; ando a llevar esta estampita del Divino Niño Jesús que me regaló mi mamá. Y soy mucho de ritualitos, ¿sabes? Hago rituales por las personas que no conocí en vida, pero sobre quienes escribo. Siento que me orientan desde otra dimensión, pues tengo un respeto muy profundo por su memoria. Construir memoria, además de contenido, es cuidar a quienes ya no están.

¿Qué significa la memoria para ti?

He encontrado en la memoria, no solamente un acto de recordar el pasado, sino de reconstruir con un sentido de cultura y apego. Como ecuatorianas y ecuatorianos estamos traumados con todo lo que sucede, pero hacer el ejercicio de recordar nos da la capacidad de conmovernos.

«Construir memoria, además de contenido, es cuidar a quienes ya no están», dice la periodista Karol. Fotografía cortesía de Karen Toro.

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Karol colabora con medios nacionales e internacionales, ha ganado varios premios importantes por su trabajo, como la Mención de Honor del Premio José Peralta 2024, por su libro Ausencias: Nombrar al Ecuador profundo, publicado por Kikuyo Editorial. Pero no habla sobre eso, se enfoca, más bien, en contarme que retomó el baile profesional: salsa y música urbana, y que eso la pone feliz.

Recuerda también el texto «El informe Rettig (o “recado de amor al oído insobornable de la memoria”)» del escritor chileno Pedro Lemebel. Que lo lee mucho, dice, por lo presente que está en su literatura la intención de reavivar la memoria; y yo pienso que no podía ser de otra manera. Karol sabe mucho de esto: todo el tiempo recuerda, junto a las familias que entrevista, los olores, los sabores, las comidas que les gustaban a las personas que ya no están. Luego, intempestivamente, me dice que su plato favorito es la salchipapa y trata de rehacer un poco su voz entrecortada. Se rompe varias veces en medio de la conversación, pero sigue.

El 9 de junio de 2024 presentaste tu libro en la FIL de Quito, en una sala completamente llena, donde mucha gente se quedó fuera. Quisiera preguntarte dos cosas: ¿cómo viviste ese día? y ¿qué significa nombrar, cuando bien sabemos que ponerle nombre a algo lo vuelve eterno? Hablo de aquello que sucede, por ejemplo, con las personas desaparecidas o las personas privadas de la libertad que, cuando se las nombra, dejan de ser una estadística. 

No recuerdo bien ese día, tuve resguardo policial y todo fue muy abrumador. Pero sí recuerdo que fue un momento de mucho agradecimiento, lloré porque estaban amigos que no veía hace años y me acompañaron las personas de la Asociación de Familiares y Amigos de Personas Desaparecidas en Ecuador (Asfadec). Por otro lado, dos palabras que uso mucho son no desapegarse. Por eso Ausencias se llama así, porque en un contexto de tanta violencia nos preocupamos por lo urgente: contar la violencia. Pero nos dejamos de preguntar: en un contexto de muerte, ¿quién sigue contando la vida? Contar la vida es también nombrarla, es rejuvenecer los recuerdos… los sueños.

En este mundo actual de inmediatez exacerbada, donde parece que la empatía ya no es rentable y la ultraderecha avanza rápido, ¿cómo has sentido que reciben los ecuatorianos las investigaciones de largo aliento sobre derechos humanos?

Tiene sus matices. En Ecuador es muy difícil que la gente entienda que quienes ejercieron violencia tienen derechos. Aunque también me he preguntado: cuando escribimos, ¿qué tanto caemos en la construcción de la buena víctima? Es muy complejo no legitimar la violencia sobre otros y también es difícil ver para otro lado cuando existen, al menos, 51 víctimas de desaparición forzada desde el inicio de la declaración de conflicto armado interno, en enero de 2024. En estos expedientes se registran niños y adolescentes, y no hablo solamente del caso de los niños de Las Malvinas, donde Steven Medina, Nehemías Arboleda y Josué e Ismael Arroyo no cometieron ningún delito y, sin embargo, se creó una opinión pública orquestada por el gobierno, para que la gente piense que «los militares no pudieron asesinar, de la nada, a niños».

Quiero decir, las historias que contamos sí permiten humanizar, pero igual he pensado en cómo llegar a la gente que no piensa igual. A los periodistas nos ha faltado una estrategia para llegar a esos otros públicos. En ese sentido, rascar, rascar, y publicar y publicar, es necesario porque permite contar las historias desde otros enfoques: la esperanza, por ejemplo, que es lo que más necesitamos ahora.

¿Cómo batallas con quienes dicen hacer periodismo, pero son mercenarios de la información? Te lo pregunto frontalmente, porque tú y otros tantos colegas invierten tiempo, dinero y arriesgan su vida para hacer investigación, mientras otros opinan, tergiversan o mienten, pero lamentablemente son líderes de opinión.

Es jodido, porque además de que reciben fondos públicos, realmente creen en lo que opinan. Ahora, como gremio (si todavía cabe el término), siento que estamos muy fragmentados. Mira, yo no cuestiono ni la rabia ni el odio que son inherentes al ser humano, pero, si la motivación principal para hacer periodismo es la rabia o el odio, no tiene ningún sentido. Es triste, hay muchas personas que no han superado sus percepciones del pasado y no les importa la situación actual del país, atacan de forma muy direccionada y eso hace que dejen de ser una voz para convertirse en una alfombra. Sin señalar a alguien de manera personal, me da mucha bronca que nosotros tengamos que invertir hasta una triple jornada para realizar una investigación, frente a colegas que no son capaces de verse al espejo. Es complejo, como te decía, en el periodismo ecuatoriano la batalla de egos sigue reinando. Aunque sí hay alternativas: pienso en la publicación en la red, que nos ha facilitado el tener mucho más alcance.

¿Por qué crees que ha escalado tanto la violencia, la antipatía y el olvido en la gente? ¿Has percibido algún patrón desde la reportería?

Sí. Creo que uno de los mayores efectos de la violencia es la fragmentación, y no solo de las bandas criminales, sino del tejido comunitario. Hace algún tiempo acompañamos un taller de infancias en Esmeraldas, donde el psicólogo especializado en trauma les pidió a los niños que dibujaran imágenes de lo que más les afectaba. Luego les pidió que, en el lado contrario de la hoja, dibujaran lo que sueñan. Lo que más les asustaba eran los sicariatos, incluso, hubo niños que dibujaron cómo asesinaron a sus padres, porque lo atestiguaron. Lo más doloroso es que, el lado de los sueños casi todos lo dejaron vacío. Se concluyó que había mucha ausencia de futuro en estas niñas y niños, además de una forma de adaptación a la violencia para lograr sobrevivir.

Lamentablemente, Ecuador es un país tan convulsionado que una se pregunta: ¿Qué queda del país que alguna vez conocimos? Y ojo, que esta es una visión citadina, porque si vamos a los márgenes nos damos cuenta de que ese Ecuador ya estaba allí hace mucho tiempo.

Este país no protege a sus infancias, las criminaliza abiertamente. El Estado las deja solas frente al reclutamiento y otros tantos tipos de violencia. Por otro lado, en ese mismo taller, muchos niños y niñas nos hablaron del derecho a soñar y del deseo de permanecer en Esmeraldas. Por eso, la esperanza que encuentro está en las infancias, pues son participantes súper activas en la construcción de la memoria histórica. Siento que, en medio de sus pérdidas, hay mucho que se moviliza. La gente nunca se queda quieta.

En junio de 2024, en la FIL de Quito y con resguardo policial, Karol Noroña presentó su primer libro: Ausencias: Nombrar al Ecuador profundo (Kikuyo Editorial). En él se recogen textos relacionados con las masacres carcelarias y el crimen organizado. Imágenes ilustrativas libres de derechos e intervenidas por Juan Contreras.

Y tú tampoco te has quedado quieta, Karol. ¿Alguna vez se te ha pasado por la cabeza la idea de abandonarlo todo?

No. Nunca.

Me lo imaginaba… ¿Por qué sigues resistiendo tanto?

Siempre he creído que no voy a vivir mucho tiempo. Algo que me hizo entender el exilio es que hay cosas que son urgentes. Me he puesto a pensar: ¿Qué quisiera lograr con lo que he hecho, en un contexto tan complejo como este? Y la respuesta que se repite ha sido: Provocar algo, aunque sea mínimo. A veces, sí me he cuestionado hasta cuándo me dará el corazón y la vida para seguir contando estas historias; el dinero es una limitación enorme, claro, pero finalmente es el camino que escogí. Pero hay algo que es cierto, el periodismo es un oficio de mucho dolor. En mi caso me cuesta un montón ponerle límite a la indignación, así que me he preguntado: ¿Voy a poder vivir en alerta todo el tiempo?

¿Qué te han enseñado las familias de quienes ya no están?

Aunque las historias que yo cuento son desgarradoras y horribles, tienen de fondo muchísimo amor. Las familias se atreven a denunciar, porque no quieren que a los seres queridos de otras familias les pase lo mismo. Confían en que a futuro haya justicia y ese amor que veo allí, no lo he alcanzado a explicar, pues es demasiado puro.

Hemos hablado de las infancias y tu trabajo ha sido ampliamente reconocido por escribir sobre ellas. Me gustaría preguntarte: ¿Qué le dirías a la Karol niña?

Ay, le he dicho muchas cosas… Quizá, una de las más importantes que le diría ahorita es que hay una Karolita adulta que también está luchando por su vida y que está haciendo camino para honrar la vida de esa nena a la que le tocó lidiar con muchas cosas en soledad. De pronto, también le diría que ella siempre ha sido suficiente y que el camino no es tan solitario como parece.

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Escucho a Karol y no puedo dejar de pensar en la canción que escribió la argentina María Elena Walsh, popularizada en la voz de la Negra Sosa: «Tantas veces te mataron, tantas resucitarás, tantas noches pasarás desesperando. Y a la hora del naufragio y la de la oscuridad, alguien te rescatará para ir cantando». Como la cigarra, Karol se ha roto y ha resucitado. Tiene un tono bajito y usa mucho los diminutivos, pero en sus textos periodísticos levanta bastante la voz, aunque mantiene la ternura, que es precisamente donde parece radicar su fuerza.

En distintas temáticas y coyunturas, es la tercera periodista ecuatoriana que entrevistamos en Monda & Lironda. En febrero de 2026 —según los datos de la organización Periodistas Sin Cadenas—, hubo más de una veintena de agresiones a medios y periodistas en Ecuador, además de la intervención a Granasa, editora de los diarios Expreso y Extra. La misma fuente indica que, entre 2022 y febrero de 2026, se han registrado 310 agresiones a mujeres periodistas en el país. Karol Noroña no es un número más, han pasado tres años desde su exilio y ni ella ni ninguno de sus colegas cuentan con una protección estatal real frente a la libertad de expresión: un derecho mundialmente reconocido.

Issa Aguilar Jara (Cuenca, Ecuador). Es periodista, escritora, editora e hinchapelotas como si no hubiese un mañana. Ha escrito los libros de poemas Con M de Mote se escribe Mojigata (La Caída, 2018), Poliamor Town (Ganador de la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, 2020), Dos tragos de sinestesia (Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade, 2022) y La familia es todo, salvo sagrada, que se publicará en 2026 con la editorial Cadáver Exquisito. Actualmente dirige la Unidad Editorial y de Publicaciones de la CCE Azuay.

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