Fotografía cortesía de Jaime Villavicencio, intervenida por Juan Contreras.
Por: Paola Cando Bermeo
El primer salto al abismo no se olvida. Y es que, a veces, no viene del pensamiento intrusivo de encontrarse a gran altura y dar el paso —dominado por algún instinto de supervivencia no desarrollado—, sino de experimentar el vértigo previo a salir a escena, la forma de habitar lo desconocido con el cuerpo entero. De a poco, quien se lanza se aferra a la certeza de que, en algún punto, un colchón invisible abrazará el cuerpo. Después de que se da el paso: los dientes rechinan en una suerte de bruxismo empático, los ojos se entrecierran —queriendo ver lo que no se debería ver— y, de pronto, desde los tercios de la espalda, justo encima de los omóplatos, brotan huesos ligeros, plumas, a veces cutículas rígidas de quitina y venas que laten con fuerza y se aferran a la gravedad. Juana Estrella —la icónica actriz, dramaturga y directora de teatro cuencana— describe así esas «alas» que aparecen en el instante preciso, no para evitar la caída, sino para sostenerla. El juego de luces se apaga y, en medio de las tablas, bajo la luz del reflector, está ella: la artífice de abrir caminos, quien se ha lanzado al vacío durante cuarenta años, para que generaciones enteras podamos vislumbrar este poderosísimo acto, desde un espacio seguro, donde la carcajada, el llanto, las mil y una emociones retumban.
Juana define la actuación como una forma de vivir la incertidumbre con audacia y gozo; un gozo que, explica, se acerca a lo que muchas tradiciones religiosas nombran como experiencia trascendente —aunque en su caso no pase por la fe, sino por la escena—. Habla de la comunión con una misma, de un estado profundo que se experimenta en la primera persona, pero que inevitablemente se expande hacia los otros.
Juana Estrella, la icónica actriz, dramaturga y directora de teatro cuencana celebra cuarenta años de trayectoria en 2026. Fotografías: izq. cortesía de la artista y der. cortesía de Jaime Villavicencio.
Los diversos personajes que ha interpretado, tanto en cine como en teatro, poseen esa esencia casi divina que los convierte en catalizadores de múltiples experiencias. Desde una perspectiva que lo abarca todo, parecen reunir profesiones, voces y memorias distintas, necesarias para abrir espacios a generaciones ávidas de escenarios catárticos y deconstruidos, donde no existen tabúes ni se habla a medias tintas, donde la nostalgia no es una estrategia, sino una vivencia.
Juana se formó en los talleres que se dictaban antaño en el Banco Central, allí aprendió a construir personajes que rescatan la cotidianidad y la memoria. Recuerda, por ejemplo, a Anita de los Ríos, la protagonista de El monólogo de la Escoba, como una figura que emerge desde ese país de la prensa que hoy parece desdibujarse, entre la tinta de periódicos que, en el pasado, contaban historias sobre la cuencanidad, las festividades típicas, la chispa morlaca y la potencia de la mirada femenina al narrar el mundo.
En ese proceso de reinvención de personajes, cuenta Juana, hubo referentes fundamentales. Nombra a Osmara de León y a Atala Jaramillo como presencias decisivas: voces que, desde sus propios espacios, le permitieron construir una mirada crítica y sostenerse en un medio que, en sus inicios, no dudaba en etiquetar a las mujeres con prejuicios que hoy resultan evidentes, pero que entonces marcaban límites reales.
Juana Estrella construye personajes que rescatan la cotidianidad y la memoria. Fotografía cortesía de la actriz.
Cuando el abismo se volvió más profundo, la protagonista se enfrentó a pactos patriarcales que encasillan los cuerpos femeninos en los estándares de una publicidad rosa. Recuerda que, con la llegada de Los monólogos de la vagina, esperaba detrás de otras mujeres su turno, para decir en voz alta lo que durante mucho tiempo se mantuvo en silencio: la urgencia de vivir sin tapujos ni miedos el cuerpo que una habita, el absurdo de tener que pedir permiso para sentir y vivir el placer. Su labor la hace desde el gozo de ser mujer, a través de una intimidad que no se repliega, sino que se expande. A partir de entonces, recorrió el Ecuador desde la unipersonalidad y abrió espacios donde otras voces comenzaron también a reconocerse.
En esta deriva, la artífice se lanzó al segundo abismo, donde se atrevió a desmontar relatos heredados. Insistió en la necesidad de cuestionar las versiones oficiales y, así, reinventó a La Magdalena: una figura que se presenta ante el público desafiando las lecturas tradicionales, desplazando el lugar asignado y reclamando una voz propia.
En el tercer abismo apareció El amado inmóvil, que nos transporta a los años ochenta, para desenmascarar verdades que duelen: crímenes sin resolver y una crítica profunda a los cuencanos y a la morlaquía. El secreto a voces, como sugiere la obra, permanece oculto en esta ciudad, gracias a los cuatro ríos que lo arrastran con su crecida, como si la memoria colectiva se negara a reconocerlo.
En el recorrido de esta artista también hace evidente que el arte en tiempos de crisis deja de ser un gesto ornamental, para convertirse en una forma de sostén, en lo que nos hace personas, en esta época en donde lo artificial prima. La creación —esa que, como señala, ocurre de manera constante en los humanos— requiere condiciones que la resguarden de la precariedad. Sin un amparo real, sin garantías que reconozcan al artista como trabajador, la escena se vuelve un acto de resistencia en peligro de desaparecer. Pensar el arte desde una necesidad implica situarlo en el campo de los derechos humanos: como parte del derecho a la cultura, a la libre expresión y a una vida digna. Solo así es posible fracturar los discursos que aún persisten y relacionan el deseo de ser artista con el temor heredado a la escasez.
La vida necesita espacios para dar estos saltos de fe que permitan que las alas se construyan en el aire mismo. Porque la catarsis, que se desprende de la trayectoria y la labor creativa de artistas como Juana Estrella, no es un privilegio, sino un derecho: uno que se disputa, que se encarna, que se ejerce sobre las tablas y en la vida.
Al dejarse caer en el dulce letargo de lanzarse al vacío, Juana Estrella no solo provoca emociones profundas en sus espectadores, también nos empuja a construir nuestras propias alas, para sobrevivir a lo irremediable del mundo o, al menos, para que nos atrevamos a caer.
Juana como la Detective Estrella en El amado inmóvil. Fotografía cortesía de Jaime Villavicencio.
En un mundo donde los lugares seguros parecen venir enlatados y empaquetados, y donde lanzarse al abismo se ha convertido en eslogan de autoayuda que intenta impedirlo a toda costa, mirar de frente a quien realmente se atreve a hacerlo adquiere otro peso. Acompañar el trabajo de Juana Estrella nos abre un abanico de sentires que van desde el deleite estético hasta el acto colectivo de reconocimiento: una forma de sostener a quienes han abierto senderos para que otros puedan habitar el arte como oficio y como vida.
Este mes, Juana celebra sus cuarenta años de trayectoria con una agenda que despliega varios momentos de encuentro con el público: del 23 al 30 de abril.
- Jueves 23: Inauguración de la exposición Archivo Memoria. Galería Informal, 19:30. Entrada libre.
- Viernes 24: Concierto de Funky Tu Madre y Los Guajiros. Vestíbulo del Teatro de la Casa de la Cultura Núcleo del Azuay, 20:30. After con banda de pueblo, castillo y DJ Sofi Cardoso. Aya Uma y Tres Marías, 22:30. Entrada libre.
- Lunes 27: Estreno de El velorio. Teatro Sucre, 19:30. Entradas en Librimundi y Meet2Go.
- Martes 28: Proyección de documental biográfico y conversatorio. Casa de la Lira, 18:00. Entrada libre.
- Miércoles 29: Regresa El monólogo de la Escoba. Teatro Pumapungo, 19:30. Entradas disponibles en Librimundi y Meet2Go.
- Jueves 30: Fiesta de cierre con Mishis del Sur. Pumaspungos Resto Bar, 21:00. Entrada libre.

Asistir es elegir estar presente en este espacio humano que tanto necesitamos, impedir que estas trayectorias se diluyan en la memoria y, sobre todo, experimentar en carne propia ese vértigo que, lejos de ser una consigna fácil, sigue siendo un acto revolucionario.
Paola Cando Bermeo (1995). Es magíster en Comunicación Transmedia y licenciada en Ciencias de la Información y Comunicación Social. Su obra poética y narrativa integra varias antologías nacionales, entre las que destacan Nuevas Voces de la Poesía Cuencana (2015), 90 revoluciones (2015) y El Diablo Verde (2023). En el ámbito internacional, sus relatos forman parte de la recopilación mexicana Fictología (Plétora), resultado de un concurso de relato corto. Colaboró con la revista Rocinante, dentro de la campaña Eugenio Espejo y, recientemente, fue incluida en la antología De Ángeles y Sirenas de la Academia Nacional e Internacional de la Poesía en la Ciudad de México.