Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Tres provocaciones en clave narrativa para pensar el libro en el Ecuador del fin del mundo

Por: Galo Pineda

 

 Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

La literatura y el libro no son lo mismo

Estuve en la biblioteca durante nueve años.
Fueron nueve años de firme infelicidad.
Jorge Luis Borges
Un ensayo autobiográfico

Antes de lanzar mi contrargumento y con una cerveza en la mano, suspendí la mirada sobre la pared del bar. En alguna esquina remota de mi memoria, sobre una pizarra verde empolvada de tiza, estaban dos círculos intersecantes. Los había copiado con la gorda punta de un lápiz en mi cuaderno; se veían como dos pasas de higo que formaban un cuesco de durazno en medio. «No son bolas, son diagramas de Venn», nos dijo la señorita del Segundo B.

Un par de pupilas ciegas, un cielo con dos soles… eso fue lo que quisiera haber visto, pero yo era un niño prosaico y feliz, así que, en lugar de ponerme creativo le agarré gusto a eso de clasificar las cosas. Veintidós años después, de vuelta «en el café de los intelectuales [cuando] la cosa se estaba poniendo kafkiana» y luego de varios sorbos de chisme literario, se había vuelto absurdo (y aun peligroso) seguir defendiendo posturas sobre el cisma literario-editorial. Mi interlocutor, magnífico poeta y pésimo funcionario público, defendía su lugar en el ecosistema editorial.

En una servilleta (perfecto lugar común) dibujé, no mucho mejor que en mi infancia, los círculos: «En el primero —dije—, pones la crítica (condescendiente o belicosa), la academia, los géneros literarios, los talleres de escritura y lectura, las traducciones, los simposios, los diálogos interdisciplinares, las tertulias, los recitales para los pocos amigos fieles y los enemigos acres, la queja sobre las mesas mal armadas en las ferias del libro, la curaduría de esas mismas ferias, el canon al que todos odian y al que aspiran en secreto, las excentricidades (a veces insufribles), hasta los guiones de cine… En el otro, van las imprentas, las editoriales, las imprentas que se creen editoriales, la logística de la distribución de libros, las importaciones que no le importan al Estado, los impuestos, los costos del papel, el marketing librero, las librerías monopólicas y las independientes, los libros escolares y sus mafias, los libros religiosos, las publicaciones jurídicas, las revistas científicas, los libros informativos, los informes estatales, etc. Y en medio, justo en medio y solo restringido al medio, el libro, objeto anfibio, fetiche y mercancía. Entonces, te pregunto —tomé un sorbito de cerveza para hacer una pausa dramática, antes de mostrarle mi diagrama—, ¿a cuál de estos conjuntos debe atender el Estado? ¿Se vale que un escritor de literatura, un poeta ¡vaya! —incluso si es extraordinario—, solo por serlo, esté legitimado para administrar dinero del Estado en el sector editorial?… por lo menos, hay un conflicto de intereses».

Me miró airado desde el otro lado de la mesa, ahora era personal. Habíamos llegado a un punto muerto, jamás nos pondríamos de acuerdo respecto de si bastaba ser buen lector de Borges para ser director de una biblioteca o inspector de aves y conejos de un mercado.

Es más importante la circulación que la producción

Mi espíritu ocioso engendra tantos monstruos fantásticos
[…] que para contemplar a placer su ineptitud y
singularidad he comenzado a escribirlos.
Michel de Montaigne
De la ociosidad

Nolite arbitrari quia venerim
mittere pacem in terram;
non veni pacem mittere, sed gaudium.
Jesús de Nazareth

Mateo 10:34
Libro de Kells

Las madrugadas son heladas en Cuenca y es sabido que justo en esas horas, como todo el mundo se guarda del frío, el Maligno aprovecha para hacer travesuras. Debió haber sido en noviembre de 2015, al fragor de las fiestas, cuando el Titivillus hizo de las suyas, aprovechando que la Dirección de Cultura del Municipio tenía la atención puesta en la apertura de la Escuela Central (y su flamante bodega de libros). Aunque este pobre diablo, encargado de atormentar a escritores, correctores, comunicadores e imprenteros trabaja mucho, hacía años que no había conseguido un escándalo notable en la ciudad. Así que, en la víspera del aniversario treinta de su último hito, «la noche de los giles», decidió darse un gusto.

No sé de la naturaleza de los afectos demoníacos, pero si son como el espejo invertido de los nuestros, puedo entender su frustración: todos sus gazapos y pequeños errores de sintaxis, todas las discordancias de género y número, sus líneas viudas y huérfanas, sus sabrosos dobles espacios, las mayúsculas sin tilde y sus voluptuosas comillas gringas, en fin, todo su trabajo encerrado en una bodega solo para los ojos de nadie.

Delgado como una hoja de papel, se escurrió hasta el subsuelo de la Escuela Central. Con la oreja apegada a la pared, ubicó las tuberías recién colocadas y sembró ahí una trizadura. Como el demonio disfruta de toda clase de promesas y acuerdos truculentos, hizo un pacto consigo mismo (porque la gente ya no cree en esas bobadas), con un plazo caprichoso para ver si alguien lograba distribuir los miles de libros que dormían un poco más abajo que los esqueletos descubiertos en el mismo edificio.

Puesto que, seis años después, la susodicha bodega seguía ocupada (además con nuevos títulos), hizo estallar la tubería por la noche. El Titivillus chapotió, sálpico, hiso barquitos con las páginas sueltos, se gindó de los estantes, y buseó sin qué nadie lo viera.

Sucumbieron más de 3500 ejemplares. El espanto fue generalizado, pero el Municipio respondió con celeridad: se repararon las tuberías de inmediato, se cuantificaron los daños; además, los medios cubrieron la noticia y todos los trabajadores del libro y la cultura nos dimos las respectivas condolencias, reclamos y justificaciones.

La cosa es que esta encarnación de Satanás sigue suelta y, por lo visto, sacó las cuentas, porque entendió que es más rentable moverse a otro nicho laboral: ahora se dedica a embodegar libros, dicta planes de circulación mediocres o sin sustento; ha echado abajo dos veces la Feria del Libro de Cuenca; ha hecho que los libros ganadores de premios agoten sus tirajes entre los familiares de los escritores y escritoras que han ganado un premio; fastidia a los diseñadores de portadas y a los correctores borrando números en sus roles de pago… o, peor aún, hace que sus bellezuras tengan el rancio olor de las buenas intenciones: hace que los libros financiados con dinero público se repartan como hojas volantes, para que cada lector ocupe su propia bodega en casa, o redacta titulares sobre ediciones agotadas y «precios accesibles».

Sus fechorías son viejas, en 1631, por ejemplo, hizo que un par de imprenteros ingleses, Robert Barker y Martin Lucas omitieran un «no» en una versión de la Biblia. Las consecuencias fueron graves, el gazapo les costó una multa, la pérdida de sus licencias y, para uno de ellos, la cárcel. El Ecuador contemporáneo es muy distinto de la Inglaterra del XVII: como ya es costumbre en nuestro país, el Titivillus y otros tantos íncubos y súcubos siguen impunes y sueltos por ahí.

Sobre los medios y los afines

Attachment leads to jealousy.
The shadow of greed that is. […]
Train yourself to let go
everything you fear to lose.
Yoda

La venganza de los Sith

Hay un encanto inexplicable en el fracaso, tal vez, solo sea un consuelo digno o el sedimento al fondo del vaso del judeocristianismo, quién sabe… Siempre que me siento derrotado acudo a un viejo texto que conservo, me ayuda a soltar aquello que parece ya perdido para siempre. Nunca lo he sentido tan próximo a mi vida, como ahora que ha desaparecido el Plan Nacional del Libro, el Ministerio de Cultura y cualquier asomo de marco legal, sobre el ecosistema editorial en el Ecuador. Se trata de una carta que llegó a mis manos a través de un primo segundo de Sofía Chiriboga, hija del ya casi olvidado novelista ecuatoriano Marcelo Chiriboga. Es una carta de rechazo ante la tentativa de financiar la publicación de su novela con dinero del Estado; la misma novela que más tarde sería su trabajo más célebre. En la epístola, después de una página y media de derivas y justificaciones, relacionadas con la guerra del 41, su remitente señala:

[…] Se me dijo alguna vez, durante una Mesa Redonda [sic] que la novela ecuatoriana es pesimista, lóbrega, carente de esperanza, de salida. Literatura de fracaso, de frustración. Literatura de vencimiento, de derrota: hay queja pero no afirmación [sic]. No creo que a la novela —creación de arte, producto de la sensibilidad a la par que de la inteligencia— pueda exigírsele que ofrezca soluciones y remedios para nada. La novela es significación creadora, imaginativa, artística: no es sistematización filosófica o política. No es planteamiento docente.

[…] este trabajo que Ud. me ha remitido podría elevar su nombre al panteón de nuestra América, siempre que, como un árbol que luego de podado renace con más fuerza, cuide Ud. este manuscrito, lo pode, lo haga enraizar, crecer. Por ahora, es necesario que siga trabajando en él, estoy seguro que encontrará [sic] el cauce que lo conduzca a formar parte del torrente que es el destino de la Patria.

Es claro que la novela de Chiriboga no estaba, a esa fecha, lo suficientemente madura como para formar parte de aquel «destino» del que, luego de unos años, sería parte constitutiva.

Esta pequeña esperanza me ha permitido en más de una ocasión seguir trabajando por el libro y la lectura; pero también me ha obligado a preguntarme sobre ese destino y, más aún, sobre esa patria. Tal parece, siguiendo tanto la novela cuanto la carta, que el Estado ecuatoriano ha conseguido trazar los fines, pero ha fracasado en la construcción de los medios. Dicho de otra manera, ha entendido la importancia de atender al sector cultural, pero ha fracasado (de ahí la sensación de derrota) en consolidar un marco normativo derivado y coherente para regir aquello que se entiende por cultura y, menos aún, para atender al universo del libro.

El subtexto de la carta lo dice claramente: la novela —y, por extensión, el arte— no es, en sí misma, suficiente para —ni debe procurar— remediar una patria rota. Pero lo que no puede pedírsele a la creación artística sí debe exigírsele a la política pública: la producción editorial (incluso aquella que no es literaria) financiada con el dinero de todas y todos debe preguntarse constantemente por sus fines, de tal manera que pueda consolidar los medios necesarios para alcanzarlos.

Así, el ejercicio que los administradores del fisco deben hacer pasa necesariamente por identificar sus fines y sus medios: ¿los catálogos editoriales son fines en sí mismos o medios para el ejercicio de derechos culturales [LOC, Art. 5]? ¿Son los escritores medios para crear bienes culturales o son esos bienes medios para el ejercicio de derechos? ¿Los libros son el fin del trabajo editorial o un medio para la expresión artística, la memoria, la educación, la investigación y el diálogo intercultural?

Me pregunto si Chiriboga podría o querría publicar en un país que, al igual que en La línea imaginaria, procura definirse y falla; un Ecuador que ha prescrito su destino en la Constitución, pero no ha conseguido remediarse.

Las últimas líneas del papel amarillento que mantengo guardado en un ejemplar de Diario de un infiltrado dicen: «Recuerde el indispensable consejo de Tolstói: si desea narrar el mundo, narre primero su aldea. Afectuosamente, Benjamín Carrión. 20 de abril de 1956».

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