Envejecer en Ecuador es sostener un país con las manos abiertas
Por: Blanca Llamuca Orozco
Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
Envejecer en Ecuador es aprender que el tiempo no cae: se acumula sobre los hombros como una montaña que todavía respira.
La mañana despierta antes que nosotros. Llega con el grito de los vendedores, la sirena que parte la calle, los pájaros que cruzan el cielo como si supieran un camino que ya no recordamos del todo.
Dicen que somos la tercera edad, pero somos un río que no dejó de moverse. Llevamos la corriente por dentro, aunque las rodillas nombren despacio la tierra. Todavía queremos pintar murales, escribir poemas, leer la luna, ensuciarnos las manos en la minga, inventar un futuro para un planeta que parece pedir auxilio.
Ser abuela es parecerse al árbol cuando la corteza se llena de grietas. Nadie mira que, bajo la madera, la savia sigue cantando. Las semillas conocen el trabajo del viento: parten cuando el árbol ya no puede hacerlo.
Hay días en que la vejez es una sala de espera interminable. Siete meses. Ocho meses. Un nombre escrito en una lista, una receta vacía, el miedo sentado al lado como otro paciente más. La angustia tiene el color de un hospital sin medicinas.
Si la vejez fuera una casa, habría ventanas donde ya no entra el arcoíris, platos servidos para quienes nunca llegan, rincones donde el silencio aprendió a vivir solo. Y, sin embargo, basta una risa de los nietos para que vuelva la luz a los muebles.
La memoria de una abuela no es un archivo. Es una perla que el mar esconde para quien todavía sabe bucear despacio. Brilla con la leche repartida al amanecer, con los zapatos lustrados en la puerta, con las calles donde caminar era una costumbre y no un riesgo.
Ahora muchas dejamos de caminar. La ciudad cambió de rostro. Las veredas aprendieron el idioma del peligro y los pasos comenzaron a quedarse en casa. Pero el corazón insiste en recorrer las mismas plazas.
No queremos que nos nombren pobrecitas. No somos una despedida. Somos quienes conocen el calendario de la luna, quienes aprendieron que la fuerza también puede tener el cabello blanco. Nos volvemos más tiernas, no más pequeñas.
Envejecer en Ecuador es sostener un país con las manos abiertas: una mano guarda la memoria, la otra empuja el porvenir. Porque un pueblo que olvida a sus abuelas olvida también de dónde nacen sus semillas.
Blanca Llamuca Orozco (Riobamba, 1949). Es una migrante de los años 2000, amante de las recetas, emprendedora de Lila en su Salsa, niñera y activista por los derechos de las mujeres y la comunidad LGBTTTIQ+. Es gestora del proyecto Nido Trans Amoroso (2024) y locutora de radio en el programa Historias Trans de la Radio Municipal FM (2026). Se dedica a la imaginación, la revolución y las letras, desde el nacimiento hasta las cenizas.