Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 32

JUNIO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Catalina Sojos: «La mejor venganza es una buena vida»

Por: Rosalía Vázquez Moreno

Catalina Sojos es una poeta y escritora cuencana que no necesita presentación. Entre sus obras están Tréboles marcados (1991), Brujillo (1997), Cantos de piedra y agua (1999) o Runas (2014). Fotografía de Jaime Villavicencio. 

Catalina Sojos me asegura que «La iconoclastia de los jóvenes hacia los viejos ya pasó». Aunque no se lo digo, discrepo. Desde marzo del 2024, todos los miércoles, los jubilados y jubiladas de Argentina protestan contra la reducción de las pensiones que impusieron las políticas motosierra del Gobierno de Milei. Asimismo, en marzo de 2026, las personas adultas mayores inundaron las calles de Quito para manifestarse contra la reforma Cootad, que afectó programas como 60 y Piquito o las Casas Somos, dirigidos sobre todo a este grupo demográfico. Cuando miro a mi generación y a la que le sigue —millenials y centennials—, no puedo evitar preguntarme si nuestro mayor acto de iconoclastia ha sido reemplazar el espíritu aguerrido y revolucionario que caracterizó al movimiento contracultural de 1960, por la pasividad con la que vemos el mundo arder.

Los baby boomers (quienes nacieron entre 1946 y 1964) han alcanzado la tercera edad en un panorama muy parecido al que querían transformar. En años recientes hemos visto germinar varios conflictos bélicos y políticos (desde Ucrania, pasando por Palestina, hasta el bombardeo a Caracas a principios de este año), el incremento de regímenes autoritarios en el mundo y Latinoamérica, y el retroceso en el ejercicio de derechos en nuestras democracias —como el corte agresivo de las pensiones en Argentina—. En este contexto, las personas adultas mayores se organizan para tomarse las calles una vez más. «Vale la pena que ustedes, los jóvenes, tomen la posta. Nosotros somos gente que ya cambió el mundo», me dice Catalina.

Ella aún exuda el espíritu contestatario de su generación. Lleva puesta una camiseta que no pasa desapercibida, es de la serie Game of Thrones. Para quienes aún no lo leen su poemario más reciente, Óleo (2025), este abre con una de las frases más icónicas del show de HBO: «Solo hay un dios y su nombre es Muerte. Y solo hay una cosa que le decimos a la Muerte: Hoy no». Catalina lleva ese lema en la espalda: Not today. Para ella «El asombro reside definitivamente en el día a día. Un día más en el que a la doña se le dice: “Todavía no”», me cuenta.

Catalina abre su poemario Óleo (2025) con un epígrafe de la serie Game of Thrones. Fotografía de Jaime Villavicencio.

Luego, nos explica que ese look de rockstar no es lo único que está estrenando. Lleva tres días sin fumar y, aunque su voz carraspea en ocasiones, su carisma inunda la habitación. Su presencia demanda atención y se resiste, como todas las personas adultas mayores, a ser invisibilizada. «Soy una persona que está en construcción», afirma. Y, tal vez, para mí, esa sea la mayor revelación de nuestra charla: nada está dicho, ni siquiera cuando el camino parece lo suficientemente largo como para una certeza.

Quiero partir de una idea algo convencional, para proponer un giro; en lugar de preguntar para qué sirve la poesía, quiero saber: ¿para qué te sirve a ti la poesía?

La poesía siempre, la vida entera, ha sido mi habitación propia. No solamente la poesía, sino la lectura de poemas y el intento de escribir. Yo no creo que sea poeta, no me defino así. Soy una aprendiz, como decía el Efraín Jara. Cada día, uno va descubriendo nuevos tesoros del lenguaje: la búsqueda de la palabra perfecta, aquella que no existe.

Hablando de tu propia obra, ¿tienes algún libro al que te cueste volver y alguno que sea tu favorito o al que le tengas cariño? ¿Cuáles y por qué?

Como decía mi maestro, Efraín Jara: «No hay una cosa más ridícula y más inservible que el arrepentimiento». De alguna manera, yo sí me vuelvo a ver en algunos textos. No quiero caer en el tema, por ejemplo, de Octavio Paz, que construía y reconstruía, volvía y revolvía un poema que no se acababa nunca o que terminaba totalmente diferente. Cada texto refleja la historia de cada uno, de una etapa que hemos pasado.

¿Hay algún libro propio que sea tu favorito?

En poesía, creo definitivamente que Cantos de piedra y agua define mi obra. Pero, Óleo, mi último libro, es el más íntimo, donde me estoy reconociendo a lo largo de mi vida y de las experiencias súper dolorosas por las que estoy pasando.

¿En qué se diferencia la Catalina más joven, con la de hoy? (y no solo en términos literarios).

Una cuestión absolutamente común podría ser que me siento más madura, me siento más más estable, pero no es cierto. La Cata Sojos, la de siempre, sigue viviendo en mí. Tengo un texto que dice: «Mi cuerpo desata un vendaval de mujeres». Es verdad, a ratos soy una o soy otra. Y creo que la certeza de la edad madura te obliga más a vivir el instante, el hic et nunc, el aquí y ahora. Seguimos estrenándonos, permanentemente.

En la vida atravesamos momentos difíciles, desde los que pareciera imposible ver la otra orilla. Como todos, habrás pasado por un momento así, ¿qué le dirías a la Catalina de entonces?

«Mi rostro arañado por la muerte enseña que me estrellé contra la vida», ese era un texto que escribí a partir del accidente brutal que me despedazó la cara, cuando tenía 35 años. Ahora que tengo mi cara de 75, creo que pudiera decirle que me siento orgullosa, porque jamás se me pasó por la cabeza hacerme una cirugía. Cada cicatriz, cada arruga te va enseñando las luchas, las guerras que has tenido contigo misma. El diario vivir es una epopeya cotidiana: no estás peleando contra nadie, sino contra ti misma.

Me gustaría conversar sobre el oficio de la escritura en la actualidad, sobre todo, de qué significa hacer literatura en el panorama de las IA, que nos ofrecen eficacia y productividad a la hora de expresarnos, o de las redes sociales, que suelen pedirnos ser una marca, autopromocionarnos y postear constantemente. ¿Qué le dirías a la gente que está empezando a escribir y a leer en este escenario?

Creo que no hay que satanizar nada. Las redes sociales, la IA son una herramienta más. Una herramienta a la hay que tenerle tino. Poetastros ha habido la vida entera. Aquel que se cree poeta es un ignorante, es un imbécil. Así de simple. Y las redes sociales están plagadas de imbéciles.

Yo, por ejemplo, dejé de escribir en las redes. Me di cuenta de que era inútil. Antes tenía mis artículos en El Mercurio, en Voces Azuayas, con la Casa de la Cultura, algunas revistas, pero era una época en la que la palabra se masticaba, se devoraba, se le tenía respeto. No me interesa para nada escribir y publicar en el Facebook o en el Instagram. Más bien, estoy volviendo mucho a la lectura en el papel, me gusta más. Para mí, este rato, leer es la salvación, es un refugio enorme. Por ejemplo, encontré un libro empolvado de la Almudena Grandes, ¡madre mía!, Malena es un nombre de tango: una delicia.

También disfruto mucho con los libros digitales, pero yo no escribiría así. No, no me interesa.

La gran ironía es que esta revista es digital.

[Catalina suelta una carcajada] Tienes toda la razón.

Catalina tiene 75 años. Cuando le pregunto quién es hoy, responde que todavía está estrenando nuevas etapas en su vida. Fotografía de Jaime Villavicencio.

En esta edición queremos hablar sobre cómo es envejecer en Ecuador. ¿Qué crees que les debe el Estado y las generaciones jóvenes a las personas adultas mayores?

Cuando me dijiste sobre lo que iba a tratar, la única palabra que me vino fue estigma. Envejecer en el Ecuador es un estigma. Es loquísimo porque llegas a esta edad con una cantidad total de estereotipos y de prejuicios. Entonces, vos estás estrenándote de esa manera, pero hay una compasión, una compasioncita, y una invisibilización de la persona.  Te topas con un Gobierno totalmente indiferente hacia vos, en todos los sentidos, y te encuentras completamente desprotegido, desvalido. Este es el momento en el que uno debería cosechar y no sentirse culpable de envejecer. Culpable, asustado y con pánico de que pase algo, porque no tienes el seguro social, porque tienes que esperar ocho meses, ocho años para que te dé el infarto.

En el caso de los hospitales privados te atienden, pero tienes que vender la casa para que te operen. Son realidades durísimas las del adulto mayor, en todos los sentidos: en el plano social, en el de salud y en el cultural. En Ecuador parece que no tienes nada que dar, mientras tanto, en Europa, la gente mayor está recién empezando a vivir, son parte de la vida cultural, de las verbenas. En nuestro país, hay una mentalidad totalmente chiquitita, provinciana.

***

Actualmente, la población de personas adultas mayores de nuestro país afronta la incertidumbre de un cuerpo o una mente que se debilita o enferma en medio de una crisis de salud y de pensiones. Según reportes de Ecuador Chequea (2026), la «Confederación Nacional de la Salud del Ecuador (Consade) sostiene que […] apenas dos de cada diez pacientes en hospitales públicos acceden a tratamientos y medicinas». Mientras, el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) ha visto un incremento en el número de jubilados y jubiladas que se contrasta con el descenso en la cantidad de afiliados. En Ecuador el «51,8 % de trabajadores está en la informalidad, sin RUC ni afiliación al seguro social. Esto reduce la base de aportantes y limita el crecimiento de ingresos del sistema» (Expreso, 2026). Por esto, varios pacientes de la tercera edad se han visto obligados a volver a las calles para protestar o para trabajar.

¿Qué podemos aprender de la tercera edad que alcanzaremos tarde o temprano?

Ay, yo creo que no se puede aprender nada, si no es viviendo. Se supone que cuando llegas a la tercera edad eres sabio, pero no hay tal, es parte de la cuestión del mito.

Pero se puede aprender a amarse más. Y amarse sin miedo. A dejar de preocuparse por los hijos, los nietos, el marido. A volver a ti, mirarte al espejo y preguntar: «¿Qué quiero yo ahora de mi vida, del pedacito de time out que me queda?». Creo que después de todo lo que se ha vivido, la mejor venganza es una buena vida.

Siempre fuiste contestataria y rebelde en una Cuenca clasista y machista. ¿Cuál ha sido tu legado y el de las mujeres de tu generación en este respecto? ¿Qué le dirías a las mujeres que aún luchan?

Recién ahora estoy descubriendo que he sido contestataria, que he sido rebelde. Yo creo que cada quien tiene su propio camino, su propio sendero. La lectura sirve para la búsqueda de uno mismo, sin lugar a dudas. Porque no puedes ir errando. Siempre hay voces que están esperando en la biblioteca. Ese es un consejo que yo pudiera atreverme a dar. Aunque odio los consejos.

En su poema «Fruición» Catalina dice: «Asisto a la destrucción de mi cuerpo. El tiempo devora una a una las arterias. / Sostengo uñas y dientes con alambres y pastillas. / […] / No reconozco el movimiento de mis manos, sin embargo, escribo». Fotografía de Jaime Villavicencio.

¿Qué lecturas le recomendarías a las personas que están empezando a interesarse por la literatura?

Yo tengo una piedrita en el zapato y acá en el corazón: la Alicia Yánez Cossío. Yo llegué a la literatura ecuatoriana, entre otras cosas, con una novela suya que es una delicia: Más allá de las islas. Me encantaría recomendarla, porque es muy romántica, es justo como para la gente que está empezando. También, la lectura de autoras ecuatorianas, porque todavía están invisibilizadas completamente.

A finales del 2025, lanzaste Óleo, tu poemario más reciente. ¿Actualmente tienes algún proyecto literario en el horno?

No, actualmente que estoy dedicada a leer. Pero, cuando estuve en la Casa de la Cultura, en el Museo Manuel Agustín Landívar, como directora de proyectos y tal, yo escribí un diario, por años. Está ahí todo el tema de la burocracia, el tema horrible de las envidiocillas y de las competencias. Está también el acercamiento que tuve con el Jorge Enrique Adoum, con el Eliécer Cárdenas —obvio, las peleas con el Eliécer—, con el Oswaldo Encalada, con el Raúl Pérez, que marcaron mi vida.

Me pudiera estar interesando alguna cosa de eso. Pero no memorias. Para nada. Porque a nadie le importa la memoria de los otros. Pero, algún fragmentito no estaría mal. Tal vez.

¿Hay algo que no te hay preguntado y quieras decir a nuestros lectores?

Pienso que el Ecuador está pasando por una época de vacas flacas, una época de desprecio moral, económico. Es una época de una enorme indiferencia del ciudadano común. Hay un desencanto tan grande que se alimenta todos los días por las por las redes sociales, por los políticos. Hay una desvergüenza completa. Vos ves a un señor, un exmilitar, que viene a decir que quiere poner las dos torres de la Catedral. ¡Qué maravilla! ¡Que termine el Puente Roto también, pues!

El desencanto es muy muy muy grande.

¿Hay algo que te dé esperanza? Cuando la estás buscando, ¿dónde la encuentras?

Este rato, contigo.

Catalina Sojos posa en la terraza de su casa. Allí se despliega una privilegiada vista de la cordillera. «Este lugar —nos dice— es mi refugio». Fotografía de Jaime Villavicencio.

Rosalía Vázquez Moreno (Cuenca, 1991). Es escritora, editora y lectora. Publicó el poemario Sobre cómo hacer y deshacer una maleta (CCE Azuay, 2023). Además, sus textos aparecen en El Diablo Verde (2023), Apenas memoria (cuentos de transición) (2020) y Wiwasapa, antología artística (2017). Actualmente trabaja como editora de la revista digital Monda & Lironda de la CCE Azuay. Es máster en Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid y licenciada en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales por la Universidad de Cuenca.

Scroll al inicio