Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

División Palermo, el humor sigue siendo una lanza muy afilada

Por: Marcelo Cruz

Estamos en el mundo y con los ojos en la noche.
Poema VI, Jacobo Fijman

División Palermo es una serie argentina de comedia que se transmite por Netflix. Cortesía.

Apelo a los recuerdos de mi madre para abordar este texto. Según ella, nací de manera prematura (sietemesino). «Con tal mala suerte —me dice—, que eso provocó un atrofiamiento leve en el lado derecho de tu cuerpo; por eso, tu cojera». Yo la escucho…

La primera vez que un doctor me dijo discapacitado tenía ocho años, desde entonces mi mundo se basó en cuidados y terapias. Escuchaba con frecuencia conceptos como activación motora, rehabilitación física y otros más. No fue hasta que un compañero de escuela me gritó: «¡Patojo!», que dimensioné, con cierto dolor, todo lo que los médicos y mi mamá quisieron explicarme. Hasta entonces, creía sufrir una «enfermedad» que superaría gracias a la terapia y el tratamiento.

A los dieciséis años, realicé los trámites para obtener el carnet del CONADIS. La doctora encargada me dijo: «Tienes un porcentaje bajo para ser discapacitado. Eres normal en apariencia». Cuando pregunté qué quería decir con eso, obtuve como respuesta el silencio.

Qué caso tenía hacer una terapia, si yo no era discapacitado para los doctores. Quise explicarles a mis compañeros…, pero para ellos yo era el «cojo» o el «especial»; el que iba al arco, porque no podía correr; o al que elegían de último: el lastre. Yo corría, no era el más rápido, pero lo hacía. Marqué goles, pocos, pero los hice… Nada era suficiente, todo mi esfuerzo resultaba inútil. Durante una clase de Educación Física, el profesor —lleno de buenas intenciones— le dijo al grupito que estaban equivocados, que yo era valiente y un ejemplo, porque, pese a mi «condición», competía.

Hoy reflexiono sobre la palabra discapacidad, este término que contiene un territorio de significaciones que se hallan en disputa. Le tengo tirria a los discursos sensibleros, aquellos que infantilizan, que atan, merman, porque están plagados de expectativas y échaleganismos que encasillan entre la condescendencia o la superación: héroe, guerrero, valiente. Son el resultado de lo que se denomina inclusión discursiva, donde existe la palabra, pero nada más.

Pese a que el concepto ha evolucionado de manera significativa, no podemos negar que aún queda un sesgo muy marcado por el discurso médico, el cual, aunque no lo parezca, construye una mirada social y una narrativa sobre una condición. Fue tortuoso afrontar la niñez y la adolescencia bajo dos miradas: la médica y la social. La primera me decía que mi discapacidad física apenas era un porcentaje y la segunda me veía como una anomalía dentro de lo establecido.

La Constitución del Ecuador garantiza y protege los derechos de las personas con discapacidad. Por su parte, la Ley Orgánica de Discapacidades (LOD) determina quiénes son sujetos de derecho y beneficios, según: «la proporción que establezca el reglamento».

Me quedo a medio camino, como diría Cabral: «No soy de aquí, ni soy de allá». Tengo todo cuanto la norma me dice que debería tener alguien sin discapacidad. Sin embargo, de vez en cuando me resuena el grito de mi compañero. Entonces, aplico la enseñanza que me dejó uno de mis programas favoritos, 31 Minutos: prendo la tele y descubro «un mundo nuevo y fácil […] no necesito amigos que me hablen, es la pantalla la que cumple esa función».

División Palermo, ver para vernos

División Palermo es una serie argentina creada por Santiago Korovsky. En ella, seguiremos a Felipe —interpretado por el mismo Korovsky—, quien por azar o malentendido es el nuevo integrante de una guardia urbana, un grupo que lo conforman diferentes personas con discapacidad. A simple vista, un trabajo fácil, una idea de marketing lanzada por la municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, para demostrar inclusión.

En principio, podríamos decir que esta serie trata sobre inclusión forzada. Pero, advierto, no es un producto para quienes se ofenden rápido o están contagiados de lo políticamente correcto. No, su puesta en escena demuestra que va con todo y contra todo, además toca temas tabúes, como la sexualidad y la misma discapacidad. Eso es lo valioso: critica todo lo criticable.

Según Marcelo Cruz: la «puesta en escena [de División Palermo] demuestra que va con todo y contra todo […] no es un producto para quienes se ofenden rápido». Cortesía de Netflix.

Las aventuras de la guardia nos ponen frente a una buena dosis de humor negro, sólidamente establecido por el contexto de la historia e interacción de los personajes. División Palermo no cae en lugares comunes, se ríe de ellos y nos muestra cómo el humor sigue siendo una lanza muy afilada —si se sabe usar— para cuestionar al entorno que margina y excluye. Esta serie rompe con los arquetipos clásicos y perfila de manera adecuada a todos sus protagonistas. No recurre a gags gastados y fáciles.  Pone sobre la mesa la consigna de que nadie es lo que aparenta y, sobre todo, que la comedia es un mecanismo analítico que necesita de la realidad.

La idea base se sostiene gracias a subtramas serias, incluso con pequeñas dosis de crudeza —que me recordaron a Tarantino—. A través de ellas, Korovsky da un mazazo a todas las personas e instituciones que quieren ser o se creen inclusivas, pero que se manejan bajo la misma normalidad, normativa y moralidad de siempre. División Palermo, a lo largo de sus dos temporadas (disponibles en Netflix), apela a la inteligencia del espectador, se toma su tiempo para plantear una idea y vincular a sus personajes, para, a través de sus formas y sus cuerpos, construir un elemento humorístico. La trama le saca jugo a las diversas situaciones (juega con el absurdo y lo cotidiano) y su guion remata con el manejo del lenguaje (juegos de palabras, dialecto, la jerga del entorno). Todo este conjunto deja el campo listo: la risa o la carcajada escapan involuntariamente, así como la empatía y la crítica. División Palermo nos permite ver, para vernos. En palabras de su creador: «Usamos el humor para reírnos, sobre todas las cosas, de las personas que queremos ser inclusivas. Y también de las problemáticas que las personas con discapacidad atraviesan. Son ellos riéndose de sí mismos y de los otros».

Las dos temporadas de la serie están disponibles en Netflix. Cortesía.

Voy a parafrasear a Eugenia Vanoni, autora de Cartografías de la discapacidad (2006), cuanto mayor sea la visibilidad de las personas con discapacidad, mayor será la interrogante y la búsqueda de la inclusión. Solo así se dará la posibilidad de compartir un entorno de y para todos.

La discapacidad ya no puede ser pensada como algo que le ocurre a otro y que solo le incumbe a él y su familia. No. Es una realidad que nos atraviesa y nos compete a todos. Hay que pensarla desde el nosotros, el colectivo o la multitud. El cambio de paradigma es innegociable e impostergable. Lo repito, la discapacidad es una realidad; compartimos y existimos a la par que las personas con discapacidad. Como diría Didi-Huberman, «Son luciérnagas que persisten con su brillo en la oscuridad».

Marcelo Cruz (Quito). Es escritor, periodista y conductor del programa literario El galpón de los cuentos vivientes. Ha colaborado para varias revistas nacionales e internacionales como: Espora (México), La Ninfa Eco (Inglaterra) o Revista Bagre (Ecuador). Actualmente dicta el taller de escritura: El trueno nutre al rayo. Es fiel seguidor de la frase: «¡Lean mucho! ¡Vivan más!».

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