La memoria, un derecho que duele en un continente que olvida
Por: David Larriva R.

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
Justo cuando parecía que el gran proyecto laboral que había venido construyendo podía despuntar, fui despedido; las razones no aportan al relato. El hecho es que terminé abruptamente fulminado por mi jefe, a quien había acompañado por años en lo que creí una cruzada cultural histórica.
De pie, frente a la biblioteca en la que dos horas antes tenía mi oficina, me encontré solo, sin trabajo ni ahorros… Entonces, recordé un viejo consejo que se había perdido en mi memoria: si yo tenía un problema del calibre que fuese, debía buscar en los libros la solución o, por lo menos, el consuelo, porque alguien ya habría pasado por las mismas angustias: intrigas venenosas, funcionarios resecos, algún sombrío encuentro con la muerte o la ignota distancia del destierro… Todo, todo ya habría sido sufrido, cantado y escrito antes de que yo tuviera uso de razón.
No se me ocurrió inmediatamente algún relato épico o lírico parecido al galimatías de mi propia historia. Pero, no sin cierta pretensión nostálgica, tomé al azar uno de los libros que tenía cerca: una amarillenta edición comentada de Cantar de mio Cid. Para la tercera estrofa del más añejo castellano, ya me estaba sintiendo igual de vejado y desterrado que don Rodrigo Díaz, ya me había consolado con uno de sus versos. Lo leí como quien canta un salmo apoteósico: «¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señor!».
La afirmación fue terapéutica y profética: encontré consuelo en el recuerdo de un tipo muerto, hace casi mil años; un tipo que también tuvo un exjefe un poco… voluble. Me figuré que, tanto como él, yo emprendería un camino de aventuras y me sentí menos solo, incluso comprendido por la voz de algún juglar milenario.
Este lance transtemporal de palabra al que fui convidado por la suerte o por el dolor reveló inusitadamente mi carnet de membresía de la humanidad: la certeza de pertenecer a toda la especie. Después de todo, el conjunto de la literatura publicada es la prolongación de la memoria contenida en infinitas lecturas y conectada con la esencia de la condición humana. Y, aun así, pensé, ya listo para recoger mis cosas, que este simple alivio también les es negado a varios millones de personas que no tienen servicios de salud dignos, ni escuelas adecuadas, ni salarios suficientes, ni seguridad, ni acceso a la información… ¿No es particularmente cruel negar incluso la posibilidad de encuentro o de reconocimiento? ¿No debería ser el acceso a este acervo de memoria colectiva uno de los ineludibles derechos inscritos en nuestro cuaderno de garantías al nacer? No hablo del derecho a la lectura, que lo reduciría a las sociedades letradas, sino del derecho a la memoria.
No me sorprendería que haya quién diga que sobran derechos y derechohabientes, pero, de no ser por la particular situación en la que me encontraba (entre el privilegio y el paro), no me habría percatado tan contundentemente de la impostergable necesidad de reivindicar el derecho a recordar y olvidar, como acciones dignificantes y reparadoras.
Si recordásemos al ridículo Hitler haciendo pucheros al momento de hablar en público con su trajecito Hugo Boss, tal vez no permitiríamos la impunidad del ICE y su aberrante obsesión por los uniformes ni las payasadas de Milei o Trump. O si volviésemos a escuchar las manidas tonterías de Franco o Pinochet, con sus vocecitas de corneta, no permitiríamos que cualquier adolescente con TikTok replique su misoginia y su clasismo. Y no se diga lo que significaría recordar a Álvaro Noboa, sudando la gota gorda, luego de cargar un colchón por cinco metros, mientras trataba de recordar el Padrenuestro, en una de las escenas más denigrantes de la política ecuatoriana (revísenlo: es incluso peor que la de Álvaro versus el huracán o Álvaro versus Correa)… Entonces, tal vez —solo tal vez—, no tendríamos a su estirpe instalada en Carondelet ni figurando en las peores y más vendidas revistas de negocios.
Es cierto, no podemos recordarlo todo; es un hecho. La capacidad humana para retener las percepciones del pasado es generalmente limitada. Solo existe un caso documentado de memoria perfecta e infinita en Latinoamérica: un campesino argentino (¡vaya ironía!) de principios del s. XX, un tal Ireneo Funes. Más que un privilegio, la memoria de Funes fue una condena. Recordar un día completo, con cada uno de sus detalles, le llevaba un día completo, y recordar cada hoja de cada árbol que había visto, o todas las formas de las nubes, le impedía hacer generalizaciones, clasificar, definir conceptos. Funes casi no podía saber, solo retener información. No podía olvidar.
La memoria de la que hablo —y que considero debe ser un derecho— no es solo un acto de retener información: es un ejercicio de selección consciente y colectiva. En esa selección hay autonomía y dignidad del individuo y del conjunto, es una especie de arquitectura propia de la construcción del saber. «La información es una forma pornográfica del saber», dice Byung-Chul Han en La salvación de lo bello, cuando se refiere a la información desnuda que queda cuando el pensamiento ha perdido su doble vertiente dialéctica: recordar y olvidar.
Mientras pensaba en todas estas cosas, guardé una vieja taza de Pokémon y una fotografía de mis mejores amigos que estaban en mi flamante exescritorio, con el consuelo de sentirme próximo al Cid Campeador y un poco más lejos de los Noboa. A mi alrededor, parecía que todos se habían olvidado de sus problemas, incluida mi propia deriva, para hablar del show de medio tiempo del Super Bowl. Poco pude decir ese momento del monumental espectáculo de Bad Bunny. Creo que, en el fondo, la aplastante efusividad con la que el show fue recibido tenía que ver con que se trataba de un ejercicio de memoria: otro relato sobre lo que nos han dicho que somos quienes estamos más al sur del Río Grande, desde I Love Lucy hasta Modern Family.
En ese momento, preferí no decir nada. Sentí que el Conejo Malo le hacía juego a un sistema tan adormecido que solo es capaz de deslumbrarse con la espectacularidad. Era solo un fármaco, no tan distinto de los versos del Cid. Pharmakon en el sentido que Derrida le da al término en La farmacia de Platón, al referirse a la escritura: veneno, medicina y chivo expiatorio. La diferencia está en la dosis. En la misma medida en que nos permite recordar, la puesta en escena sobre «lo latino» invisibiliza la historia política entre los Estados Unidos y los países latinoamericanos: una relación que ha pasado por procesos históricos de degradación, explotación y muerte.
¿Nos olvidamos del asesinato de Allende, Árbenz, Roldós, Goulart? ¿Del Plan Cóndor, de las petroleras estadounidenses en Venezuela, de las caritativas fundaciones que hicieron esterilizaciones no consentidas a mujeres indígenas en Perú, de la United Fruit Company que saqueó Centroamérica, del robo del Canal de Panamá, de la apropiación de Guantánamo, de la doctrina Monroe, de la ratería del territorio mexicano con el Tratado de Guadalupe Hidalgo…? Está bien, olvidemos al monstruo, al Calibán de Rubén Darío… En realidad, ni los Estados Unidos, ni Bad Bunny, ni el Super Bowl tienen la culpa de nuestra mala memoria (¿o sí?). Tal parece que somos nosotros quienes, en nuestro intento de escapar de lo que creemos de nuestro pasado, hemos cedido por trece minutos nuestra memoria a un músico puertorriqueño cuyo equipo de producción supo encontrar la dosis exacta del fármaco y el tiempo perfecto para entregarlo.
Se trata de un analgésico; lo necesitamos todos. ¿Vale la pena? ¿Debería olvidar mi cruzada cultural histórica, al ICE o a Videla? Claro que no. Esto encierra un peligro. Es el olvido lo que nos ha convertido en la raza más depredadora de la tierra, capaz de edificar su propia destrucción a punta de olvidar que, hace apenas nada en la historia del planeta, éramos una extraña torcedura en la cadena alimenticia. En la medida justa, olvidar es sanar, es tener una narrativa digna sobre tal o cual pasado. No se trata de meter la impunidad bajo la alfombra para dejar tranquilas las conciencias de unos cuantos, tampoco tiene que ver con la paz. Es preferible una guerra digna a una paz flemática.
Ejercer la memoria no es un viaje pendular entre el recuerdo y el olvido, sino un acto de dignidad elemental, una cualidad humana bidimensional y, finalmente, un derecho igual de inalienable que el derecho a la educación o a la salud. En este sentido, es lacerante (tanto como los hospitales desabastecidos y las escuelas ruinosas) ese pusilánime y vergonzoso ejercicio de memoria que el Ministerio de Cultura hizo con el Museo de la Memoria al ubicarlo en un subsuelo. Una flagrante vulneración de derechos de la que nadie habla y que debería mostrar escandalosamente las formas de tortura, asesinato y muerte de las fuerzas estatales del Ecuador.
En este punto ya había recogido mis cosas y me disponía a salir del parqueadero del último de mis extrabajos. Ahí, un enorme mural junto a la puerta muestra los rostros de Ismael Arroyo, Josué Arroyo, Nehemías Arboleda y Steven Medina. Lo veo desgastado; sin duda hay que retocarlo siempre, y con dinero del Estado. ¿Esa gigantesca presencia será suficiente para no olvidar que fueron asesinados por las Fuerzas Armadas del Ecuador, que el ministro de Defensa salió a decirles a los buenos ciudadanos que todo bien con el infanticidio, porque eran delincuentes; que el presidente dijo que eran héroes nacionales? ¿Vamos a seguir guardando el asco y la vergüenza en pequeños museos de sótano?
Recordé en ese momento, vagamente, otra cita, esta vez de la mitología hebrea: «No es de los ligeros la carrera, ni de los valientes la batalla; ni de los sabios el pan, ni de los entendidos las riquezas, ni de los hábiles el favor, sino que tiempo y ocasión acontecen a todos» (Eclesiastés 9:11). Yo añadiría que no es de los historiadores el pasado ni de los Estados la memoria. Es el derecho al que debemos aferrarnos como a un clavo ardiendo cuando todo parece venirse abajo. Salí finalmente del edificio como quien sale de Burgos, listo para olvidar lo que haya que olvidar.
David Larriva R. (Cuenca, 1993). Es corrector de estilo y editor literario. Autor de varios artículos de reflexión, creador y gestor. Paralelamente (o sea, en universos paralelos e imaginarios), es antropólogo, entomólogo aficionado, montañista, ilustrador y cocinero.