Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Ninari Chimba Santillán o cómo ser luz, encariñarse e incomodar

Por: Issa Aguilar Jara


Achik, su primer nombre significa «luz». Ninari, el segundo, quiere decir «el retorno del fuego». Aunque todos los nombres tienen detrás una razón de ser, pocos se empeñan —con o sin intención— en honrar su significado. Achik Ninari Chimba Santillán tiene 26 años y es docente de primaria hace más de 10. Es una mujer indígena ecuatoriana de los pueblos Panzaleo y Otavalo, es cantautora, actriz y se asume bisexual y ecofeminista. «Tengo un mix de culturas que atraviesan todo mi ser», dice, y va esparciendo la luz y el fuego de sus nombres por el mundo. Ha vivido en Quito por 25 años y tiene tanto por decir desde su lucha y su artivismo, que es imposible no embelesarse en la escucha.

Ninari Chimba Santillán es docente, artivista y ecofeminista. / Cortesía.

De todo lo que haces, ¿existe algo que sea lo que más disfrutas?

Difícil pregunta. Creo que más allá de lo que puedo disfrutar, porque en realidad disfruto de todo, lo que más me recarga y me llena es ver a las guaguas pequeñitas manifestar una convicción a los cinco años. O sea, cuando las escucho hablar sobre defender a la Pachamamita o sobre las injusticias, es cuando esa esperanza que, a veces, parece utópica, muestra un espejo muy posible. Y esos son los momentos que más disfruto.

Para las personas que no han escuchado o les resulta novedoso el término ecofeminismo, ¿podrías explicarles qué significa desde tu perspectiva?

Yo siento que se trata de una reparación o de recoser el vacío colonial y la ruptura humano-naturaleza. Históricamente, se creó el aillu o la familia extendida que implica a los seres humanos y no humanos, pero, cuando esta comunidad se rompió y se generaron vacíos con intereses muy claros que dejó la colonialidad a través de sistemas de opresión racistas, patriarcales, extractivistas, clasistas y capitalistas, el hueco se fue haciendo más y más grande. E incluso siento que, mientras más crece, va cobijando a muchos de los feminismos. ¿Nos hemos puesto a pensar qué comen o qué respiran las feministas? La mayoría de feministas hegemónicas, blancas y mestizas no han sentido la necesidad de ver atrás y reconocer sus raíces originarias. No han sentido esta urgencia porque hay mucha comodidad y esos mismos vacíos nos han ido rompiendo poco a poco el corazón que compartimos con la Madre Tierra. Por ejemplo, las compañeras hablan de la importancia de los recursos naturales, mientras que nosotras jamás podríamos llamarlos «recursos», porque esta palabra resulta muy violenta con todo el bagaje que tiene y por cómo ha permitido permear el extractivismo y el genocidio. Yo me asumo ecofeminista y le pongo un apellido a mi lucha: indígena. Justamente, para dejar clara mi cosmovivencia y que se sepa desde dónde hablo.

A propósito, ¿cómo has vivido tu lucha feminista en un país como Ecuador?

A ratitos, la experiencia ha sido un poco desoladora porque, como sabrás, no hay muchas mujeres indígenas que nos asumamos feministas. Algunas personas me han alejado, incluso los amigos de mi comunidad. Y yo entiendo, pues a veces es difícil tomar postura desde la ciudad o la urbanidad, desde un lugar que nos ha oprimido. Si bien no es obligatorio asumirse de alguna forma, creo que es necesario que ocupemos los espacios hegemónicos, es una responsabilidad involucrarnos con un movimiento mundial que lucha por nuestros derechos. Yo busco incomodar y eso me ha mantenido militando desde el feminismo. En el contexto mestizo mi lucha ha sido otra, porque el racismo es muy sutil y, como no hay una escuela antirracista en Ecuador, ni siquiera se lo reconoce como una problemática. Llevo cinco años en una batucada feminista y he visto a muchas chicas indígenas que no se quieren sumar, porque no se sienten cómodas. Hace poco, fui honesta con mis compañeras y aunque las siento mis hermanas les conté que, al inicio, estuve allí sin sentirme feliz. Si bien yo sabía que era necesario ocupar estos espacios en las calles y tener representación, mis compañeras me daban una lectura de la comodidad, pues me sugerían que use pantalón en lugar de anaco, al momento de tocar. Luego, me di cuenta de que se estaba cimentando un discurso sobre nuestras cuerpas y nuestra identidad, que va muchísimo más allá de la estética. Sé que mis amigas me lo dijeron con cariño y sin darse cuenta, pero es así como se van construyendo espacios que nos aíslan y nos despojan de los lugares que también son nuestros: las calles, los parques, el arte, el estar con otras mujeres. Recuerdo que, cuando fui a la batucada con pantalón sentí ganas de llorar; el pantalón es cómodo y lo uso de vez en cuando, pero ponerme anaco es como tener a mi abuela junto a mí. Entonces, en la siguiente marcha le pedí a mi mamá que me acompañe y fui con mi anaco y mis tambores. Por otro lado, y para ampliar mi respuesta a tu pregunta, nunca he sido parte de las colectivas LGBTIQ+ porque han sido súper racistas conmigo; he militado mi identidad sexual desde afuera. Más bien, dentro de los movimientos feministas me siento más acogida. En cambio, desde guagua he sentido que debo dividir mis luchas feministas, diversas y ecologistas, aunque yo prefiero habitarlas como una sola vivencia y por eso, creo en el ecofeminismo como algo integral y radical.

¿Por qué crees que en un país mestizo, con catorce nacionalidades indígenas, habita una buena parte de población profundamente racista?

Como profesora vinculo esta situación con el sistema educativo que nos ha enseñado a vivir desencariñadas. Quiero decir, si nos arrancan de raíz comenzamos a vivir desencariñadas y con una constante crisis existencial que, a mí parecer les atraviesa a la población mestiza y a la población indígena más joven. Son cositas que se dan por una ruptura antropocéntrica que ha contribuido al desencariño con la lucha, la vida, las resistencias y las memorias históricas, colectivas, familiares y comunitarias. Esta ruptura funciona como la mejor herramienta para que vivamos el fenómeno del espejo del vampiro: queremos vernos rubios, blancos, ojiazules. Este antropocentrismo está arraigado desde la primera infancia y construye nuestras personalidades y autoestimas. Al haber un desencariño muy fuerte y una baja autoestima colectiva, no avanzamos a preguntarnos: ¿de dónde vengo?, ¿de dónde vienen mis padres?, ¿de dónde viene mi plato de comida?, ¿de dónde vienen mis raíces mestizas e indígenas? Cuando no nos encariñamos con los procesos y las luchas, el aire le atraviesa a la gente, pero no se convierte en tierra ni en semilla. Decía mi abuela que humanamente no podemos con todo y es cierto, pero también decía que podemos conversar con los apus, con la chacrita, con las plantas… al sanar este antropocentrismo impuesto, sanamos también los vacíos y aprendemos otros tipos de lenguajes no humanos que nos ayudan a sostenernos en el presente y en el futuro; comprendemos que hay un mundo vivo que nos protege del desamparo y la soledad universal.

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La luz y el fuego de Ninari no están solamente en sus nombres, sino en sus genes. Su madre María Laura Santillán y su padre Luis Fernando Chimba fundaron la escuela intercultural bilingüe Yachay Wasi en Quito, soñaron con otra educación posible para sus hijos y para los niños de las comunidades. Ninari Chimba dice que en esta unidad educativa que ahora es su lugar de trabajo, se busca «una crianza bonita, feliz, segura, cariñosa y respetuosa con nuestros saberes, pues cuando las crianzas son diversas y hay mucho por hacer, una aprende a hacer de todo».

¿Cómo haces para contagiar eso que llamas encariñarse o encariñamiento?

No tengo una metodología, creo, pero me he dado cuenta de que no siempre es consciente, aunque la mayor parte del tiempo, sí. Debo decir que Ninari también es una guambra que está aprendiendo, sin embargo busco ser lo más coherente posible. Cuando hablo de encariñamiento evoco a todas las warmikunas humanas y no humanas que me acompañan; en las conferencias a las que me invitan, trato de que esas mujeres hablen a través de mí y lleguen al corazón de quienes escuchan. Mi hermano dice que mi táctica para llegar a la gente es llorar (risas). Yo siento que pienso muchísimo en mi abuela paterna Rosa María Simba Lema. Ella siempre me contaba cosas, y con eso, me daba la apertura para que pudiera pensar. En medio de su firmeza hablaba con tanto cariño. Lo que quiero decir, es que el encariñamiento no es algo romántico o dulce o compasivo, sino más bien, se trata de un proceso cargado de firmeza, de rabia digna, que demanda justicia y le apuesta a un grito colectivo en el que sintamos dolor y nos removamos por dentro. Justamente por eso, yo siempre acabo por llorar. Lloro mucho.

Una mujer indígena de los pueblos Panzaleo y Otavalo que ha dedicado su vida a accionar por un mundo más justo con las mujeres y los pueblos originarios. / Cortesía de Karen Toro y del medio digital La Periódica.

¿Quizá lloras mucho porque sientes mucho, no? Dicen que las lágrimas son una forma de valentía.

Sí. Mi papi dice que ese es mi fuerte: ser tan sensible que se siente que hablo desde el corazón y no desde una postura para mostrarme como la activista, la académica, la estudiada o yo qué sé. Él también me dijo: «Jamás debes hablar por ti, porque ahí es cuando se alimenta el ego que tanto nos ha pisoteado y no quiero que te consuma». Son palabras que las tengo muy presentes. Y mi discurso se manifiesta de muchas formas, a veces en llanto y otras, en enojo, pero intento que cualquier expresión se convierta en coherencia.

¿Por qué escogiste el artivismo como camino? ¿Lo escogiste o llegó solito?

Yo lo escogí. Pero fue de la mano de mi papá, mi mamá, mis abuelas y mi hermano. La música es como el kichwa: habla con las plantas, con la chacrita y con la gente que cada vez, se está quedando más sorda. Quizá el arte o el canto sean otros lenguajes que puedan llegar a moverles un poquito, sabes. Ha sido una decisión diaria y constante, además de que las mujeres indígenas siempre hemos sido músicas. Nacemos músicas y este legado se nos ha ido coartando, porque el sonido es poder, es viento… así que nos ha servido para reparar, para levantarnos y recordarles a todos que seguimos vivos. Que aunque nos maten, nos convertimos en música y en instrumentos que han sido olvidados por la academia: en pingullo, en tambores… y cuando nos convertimos en eso, somos eternos y la lucha sostenida por la música, también se vuelve eterna.

Batuka Batumbá y Wayunga Yachay son las batucadas desde las que Ninari pone en práctica su artivismo. / Cortesía.

¿Quiénes son las mujeres que sostienen tu lucha diaria, además de tu abuela y tu mami que tanto las has nombrado?

Cada warmi que ha pasado por mi vida, también ha encontrado en mí un lugar de descanso, de empuje o de soporte. Pienso en cómo hemos llegado hasta donde estamos y se lo debemos a las mujeres de territorio que siguen viviendo en la ruralidad. Una mujer fundamental para mí, es mi abuela materna María Rosa Santillán, sobreviviente de un intento de femicidio. Ella está muy presente desde el silencio, su sabiduría se manifiesta desde allí, desde su trabajo campesino; a veces sonríe y eso me llena un montón. Ahorita mismo, pienso en mis guaguas estudiantes, en las mujeres indígenas con las que fundamos una batucada, en las compañeras mestizas de la batucada en la que toco y que se han convertido en hermanas… y en la madre semilla como la fuente de todo, la madre de todas las luchas.

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Todo lo que representa ver a Ninari Chimba Santillán tocando los tambores en Batuka Batumbá, una colectiva feminista de batucada que acompaña los procesos sociales en Quito; verla crear Wayunga Yachay, la primera batucada de mujeres indígenas rurales del Ecuador; verla creer en las niñas como las tejedoras de un país más justo… se traduce en encariñarse y confiar en que la incomodidad se refuerza con cada golpe de todas las baquetas feministas del mundo.

Issa Aguilar Jara (Cuenca, Ecuador, 1988). Periodista y escritora. Ha escrito los libros de poemas Con M de Mote se escribe Mojigata (La Caída, 2018) y Poliamor Town (Ganador de la convocatoria de publicaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, 2020). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade, 2022. Su trabajo periodístico aparece en varios proyectos y medios de comunicación ecuatorianos. Su trabajo literario ha sido publicado en antologías nacionales e internacionales, además de compartido en varios encuentros y festivales. Es aspirante a magíster de investigación en Estudios de la Cultura por la Universidad Andina Simón Bolívar.

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