Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 18

ABRIL 2024 | CUENCA, ECUADOR

Resistir bien (Reflexiones sobre Huaco Retrato)

Por: Camilo Chacón Herrera

 

Mi mente tiene la insana manía de conectar cosas a veces inconexas, es un afán reiterado de buscar coincidencias o enlaces. La mayoría no rebasan el espectro del pensamiento, pero en otras ocasiones, como esta, acaban plasmadas en un documento de Word.

«Huaco Retrato» de Gabriela Wiener. / Juan Contreras.

Ayer vi una comedia española en Netflix de esas que, comúnmente, sirven para reír un domingo, se llama «Espejo espejo», pero mientras miraba a los personajes discutir con su alter ego reflejo, no podía sacar de mi mente el libro Huaco Retrato (Penguin Random House, 2021) e imaginar a la escritora peruana Gabriela Wiener en el Musée du quai Branly, analizando su reflejo en el cristal.

Mi sombra atrapada en el cristal, embalsamada y expuesta, reemplaza a la momia, borra la frontera entre la realidad y el montaje, la restaura y propone una nueva escena para la interpretación de la muerte: mi sombra lavada y perfumada, vaciada de órganos, sin antigüedad, como una piñata translúcida llena de mirra, nada que puedan devorar y destruir los perros salvajes del desierto…

Huaco Retrato es el último libro de Wiener. En la página de Amazon reúne 179 calificaciones que promedian 4,3 sobre 5 estrellas. Desde el año pasado los bookstagrammer han hecho reseñas y recomendado con énfasis su lectura.

El huaco es una pieza de cerámica de origen prehispánico. Se le atribuye su creación a alguna cultura peruana de los Andes centrales. La descripción del libro de Gabriela Wiener en la página oficial de Penguin Libros dice: «Un huaco retrato (…) buscaba representar los rostros indígenas con la mayor precisión posible. Se dice que capturaba el alma de las personas, un registro que ha sobrevivido oculto en el espejo roto de los siglos».

La primera reacción que debe reprimir la autora en el museo francés, es la de reclamar todo lo exhibido como suyo y, en nombre del Estado peruano, pedir que lo devuelvan: « (…) una sensación que se vuelve más fuerte en la sala que lleva mi apellido y que está llena de figuras de cerámica antropomorfas y zoomorfas de diversas culturas prehispánicas de más de mil años de antigüedad».

Ahora bien, continuando con mi necesidad enferma de conectar la película española con la lectura del libro, debo señalar que en la primera, los personajes debaten con su reflejo sobre ser ellos mismos, deciden dejar de fingir por buscar encajar, salir del ropero e incendiarlo todo. Un proceso, la verdad, mucho más profundo del que esperaba para mi domingo destinado al cine. Entonces, cuando volví a Wiener imaginé la escena de su obra en la que reconoce sus facciones en el huaco, así como su color, su humanidad: «Esta vez mi reflejo de perfil incaico no se mezcla con nada y es, por unos segundos, el único contenido, aunque espectral, de la vitrina vacía».

Además, la sala del museo no lleva su apellido por casualidad, Gabriela está emparentada con el explorador Charles Wiener: «Un tatarabuelo es apenas un vestigio en la vida de alguien, pero no si este se ha llevado a Europa la friolera de cuatro mil piezas precolombinas y su mayor mérito es no haber encontrado Machu Picchu, pero haber estado cerca». Frente a las vitrinas del mismo museo parisino comienza a cuestionar sus raíces, a repensarlo todo: «Soy consciente de que intento construir algo con fragmentos robados de una historia incompleta». Pero, en ese proceso de aceptación y cuestionamiento de su genealogía, también reflexiona:

Durante mucho tiempo pensé que lo único que tenía de blanca era ese apellido, pero mi marido dice que mi mancha humana es inversa a la de Coleman, el personaje del profesor universitario de esa novela de Philip Roth, que quiere esconder su negritud. Mi identidad marrón, chola y sudaca intenta disimular la Wiener que llevo dentro.

En ese momento hermoso de asumir sus raíces indígenas y de aceptar su fenotipo como una consecuencia irremediable y a la vez bellísima que la conecta con sus ancestros, escribe:

Todos tenemos un padre blanco. Quiero decir. Dios es blanco. O eso nos han hecho creer. El colono es blanco. La historia es blanca y masculina. Mi abuela, la madre de mi madre, llamaba a mi padre, el marido de su hija, «don» porque ella no era blanca sino chola. Me resultaba rarísimo oír a mi abuelita tratando con ese excesivo e inmerecido respeto a mi papá…

Y luego, llega ese momento de interiorización casi inevitable:

Durante mucho tiempo, de niña y adolescente, quise sentirme más Wiener que Bravo, porque ya intuía que eso me daría más privilegios o menos sufrimientos, pero mis evidentes rasgos físicos, el color marrón que me hace india en España y color puerta en Perú, me hicieron una Bravo más. Cuando vine a vivir a Madrid y supe lo que quería decir sudaca no me sorprendí. En Lima muchas veces había oído asociar mi color de piel con el color de la caca…

Tal como ocurre en la película, Wiener se desdobla y reconstruye cuando somete todo a la duda, cuestiona a sus ascendientes, se reconcilia con el pasado y se juzga a sí misma como una heredera de imperfecciones. Y es aquí cuando el mundo parece derribarse, el fuego lo consume todo y las simientes de su familia poliamorosa comienzan a tambalear, se descubre tan infiel como lo fue su padre y decide encarar sus errores sin excusas.

Un huaco retrato es la foto carnet prehispánica. La imagen de un rostro indígena tan realista que asomarnos a verlo es para muchos como mirarnos en el espejo roto de los siglos (…) Por eso la primera vez que le enseñé a mi novia española la serie de huacos eróticos creyó verme en todas las mujeres de barro que tragan penes más grandes que sus cuerpos, gozan a cuatro patas y paren niños.

Creo que hasta aquí les hablo del libro de Gabriela y de la peli española, porque si hago más spoilers, me matan. Pero me queda una sensación, un deseo de mirarme al espejo, de cuestionar la sangre que corre por mis venas, de alejarme por un momento de la piel blanca que me cubre y hurgar en los ancestros indígenas que, de seguro, tengo. Quiero investigar sobre ese mestizaje que me hizo quien soy y, sobre todo, quiero preguntarme: ¿cuánta sangre indígena corre en mí?, ¿qué he hecho para resistir?

En ese trance —nuevamente haciendo conexiones mentales— recuerdo un performance presentado en algún museo de Cuenca, Ecuador, donde un español echado en el piso, fue pisoteado por una chola cuencana. Inmediatamente relacioné la escena con la típica conversación entre cualquier latino con un español, en la que el primero acusa al segundo de saqueador y este responde: «Nada pudimos haber robado, si con tan solo poner pie en tierra firme ya era territorio español».

Hoy, reconozco que la resistencia no puede consistir en escrachar a un español que, como cualquier otro migrante, habita tierras andinas. No se puede drenar la rabia de todo un proceso de colonización y mestizaje, contra una persona (por el solo hecho de tener un gentilicio). Quiero decir, pienso en verdaderas resistencias como la de Wiener y su libro. Como las resistencias que se hacen desde Ecuador: la de la tiktoker otavaleña Ñusta Picuasi que interpreta diversos éxitos musicales en idioma kichwa, la de la periodista quiteña Gabriela Ruiz Agila con sus crónicas y su literatura que se desarrollan en territorio amazónico y en su última obra titulada «Caminar como mujeres amazónicas», la de la youtuber de origen saraguro Nancy Risol que muestra con orgullo su cultura, la de la escritora esmeraldeña Yuliana Ortiz Ruano y su trabajo sobre el racismo; la de todas las personas que están desempolvando la historia de indios, indias, cholos, cholas, negros y negras que contribuyeron con sus pueblos y no aparecen en las páginas que fueron escritas por los blancos. Estos son solamente ejemplos de las innumerables resistencias que se cuentan desde la literatura y las plataformas digitales. Quizá por eso, solo puedo concluir diciendo: resistamos como debe ser, resistamos bien.

Camilo Chacón Herrera (Maracay, Venezuela, 1978). Abogado y escritor venezolano residente en Cuenca, Ecuador. Dos de sus relatos fueron incluidos en la Antología Pájaros libres (Argentina, 2022). Fue uno de los ganadores del concurso Textos de la peste, convocado por la CCE Núcleo del Guayas. Además, ha publicado en las revistas Scientific (2018) y De Sur a Sur (2020).

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