Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Entre turbantes y tranvías: reflexiones sobre el estilo

Por: Andy Cambisaca Maldonado

 

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

¿Cuál es el límite entre ser arriesgado o ser un suicida? ¿Entre estar un poco cansado o estar triste? ¿Entre la vanguardia y la locura? ¿Entre ser extravagante y ser estúpido?

En el tranvía veo tipos desaliñados y no entiendo bien por qué, pero sé que tienen estilo. El estilo no es algo que se pueda definir o a lo que se pueda llegar: cuando lo ves simplemente sabes que está ahí; así como también reconoces cuando alguien intenta tenerlo y no ha terminado de apropiarse de él. Cada mañana, en el tranvía, también veo a burócratas, oficinistas y cajeros. Todos tienen estilo, uno espantoso, pero lo tienen: esos pantalones ahorcando las canillas, camisas haciendo lo propio con el cuello y sus peinados herméticos con gel. Si yo intentara apropiarme de aquello, no lo conseguiría, estoy seguro. Como esa gente que se transforma en hippie por episodios. Fuman marihuana y repiten ideas cliché, sobre los viajes por Latinoamérica que nunca realizarán. Esos pantalones psicodélicos —que, al final, el tiempo terminará regresando a donde sea que pertenezcan— están sucios por decisión y no por los gajes del nomadismo. Para ser hippie, se necesita algo más que un pantalón y una camiseta psicodélica.

Cuando salgo a la calle despeinado, la gente dice que tengo estilo. Cuando tengo una cerveza de litro en la mano, la gente dice que tengo estilo. Pensaba que tenía que ver con la moda, pero no importa lo que use. Lo he comprobado. A veces, me pongo prendas aleatorias: blue jeans simplones —no de los que ahorcan las canillas, pero tampoco los de basta ancha— y camisetas llanas, que no tienen grandes etiquetas ni colores llamativos. Entonces, nadie nota mi presencia; pero, en otras ocasiones, cuando uso el mismo pantalón con esas aburridas camisetas, resulta que tengo estilo. Es extraño lo del estilo. No importa cuánto sentido tenga —o no—. Tal vez, lo que importa es lo disruptivo que puedas llegar a ser; porque, cuando salgo a la calle despeinado, la gente dice que tengo estilo. Cuando tengo una cerveza de litro en la mano, la gente dice que tengo estilo. Cuando vomito y me quedo dormido en la calle, ahí está: «Ese es tu estilo».

Hace tiempo, un amigo me llevó a una reunión en una casa vieja, a las afueras del centro. Estuvimos ahí un rato, cuando mi colega subió a fumar en la terraza y lo acompañé. Yo no fumo, pero no conocía a nadie en el lugar. De pronto, mientras hablábamos, del tendedero de ropa, una bufanda me cayó en la cabeza. El estilo, como destino, cayó en mis manos —o, bueno, en mi cabeza—. Lo tomé como una «señal de los cielos» —porque literalmente lo fue— y decidí amarrármela a modo de turbante. Estuve así toda la noche. De repente, empezaron a llamarme El Musulmán. A todos les importaba ese retazo de tela mal envuelto en mi cabeza. Luego, me dieron unas gafas negras, como de mosco. Lo admito, fue sorprendente. Cuando hablaba con la gente, bailaba con la gente, comía con la gente, me decían: «Oye, Musulmán, ¡gran estilo!». Yo ni siquiera los conocía. Me sentía estúpido. Fui El Musulmán y un estúpido toda la noche. Devolví la bufanda al tendedero de la terraza, asenté las gafas sobre una mesita de la sala, abandoné a mi camarada y regresé a casa: aún estúpido, pero sin estilo.

De regreso, pensé en el estilo que tienen los gatos, en el de Canelo esquivando golpes, y en Julio Denis1 diciendo que no estaba dispuesto a publicar cuentos que tuvieran «fallas de estilo». Pero ¿qué es el estilo? —se preguntará el lector (si es que alguien lee esto en algún momento)—, pues es algo que tienes o, más bien, es algo que los otros creen que tienes. Y lo tienes aún más cuando el otro enuncia que es así.

¿Cuál es el límite entre ser extravagante y estúpido? Tal vez, son unas gafas negras y una bufanda sobre la cabeza. O no, en realidad el límite no existe, lo imponen los ojos de quien mira. Tal vez, sean las gafas, la bufanda y los ojos de los demás; las decisiones deliberadas que se toman, con base en cómo pinte el día.

Entonces, que este texto tenga sentido —o al menos algo de estilo— depende de ti. Lo cual es triste, porque he visto paredes blancas con más estilo que la mayoría de personas. No sé si me entiendes. ¡¡Mírame!! ¡¡Tengo estilo!! Y este texto lo tiene ¿o no? Ojalá tú decidas que sí, de lo contrario Julio Denis estaría decepcionado.

1 En 1938, Julio Cortázar publicó Presencia, su primer poemario, con el pseudónimo Julio Denis.

Andy Cambisaca Maldonado. Es licenciado en artes escénicas, bailarín, intérprete y aficionado de la escritura. Su trabajo se basa en la construcción de textos escénicos y la traducción de los mismos al movimiento. Su proceso creativo consta de exploraciones en la notación coreográfica y floorwork.

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