La tecnocumbia es el amor de una Diosa sexy y zurda
Por: Issa Aguilar Jara

Imágenes libres de derechos e imágenes generadas con ChatGPT, intervenidas por Juan Contreras.
Toda juventud es bella y también estúpida. Cuando veinteañera creía que la nueva música que yo escuchaba, sonaba en una isla desierta antes de mi descubrimiento. Nadie más podía tener el CD que lograba adquirir con los ahorros de mis mesadas. Me quería morir, si las entradas al concierto que tanto había esperado se agotaban antes de haberlas comprado: ¡Les odio, noveleros!, gritaba. Iba por la vida colgada de mi amargura, desnuda de la madurez que solo los años nos ofrecen. Algunos cuarentones se quedaron en este vuelo, por si acaso.
Somos presos de las modas y las odiamos; son ellas la analogía más cercana al amor romántico. En medio de esa vorágine del descubrimiento musical que sucede en la adolescencia, escuché música que, según mis amigos más adefesiosos, debía esconderse muy al fondo del cajón: Arjona y la tecnocumbia. Ese es tu guilty pleasure, pronunciaban como si las palabras les quemaran las encías. Yo no sabía lo que eso significaba, pero, cuando lo supe, me propuse gritar mis gustos a los cuatro vientos, porque, a mí, lo único que me avergüenza es robar. Con el guatemalteco nos abandonamos más o menos enseguida, pero a la cumbia no la solté nunca.
Fui de esa generación a la que sus papás la hicieron dormir en la unión de dos sillas y la cubrieron del frío con el saco de un traje, mientras ellos, medio ebrios, acababan de zapatear en la fiesta de la comadre. Fue allí donde la cumbia nos exorcizó a algunas niñas hasta llevarnos a las profundidades del abismo del amor por Gilda, Sharon, Tierra Canela y Selena. Si la imagen de las sillas no es un recuerdo vivo de tu infancia: tu amor por la tecnocumbia es producto de una moda. Lo escribo, lo sostengo y lo argumento.
Aunque otros nombres abrieron el camino, fue Selena Quintanilla la primera artista de tex-mex que ganó un Grammy y puso a este género, dominado hasta ese entonces por hombres, en un nivel extraordinario. No solo un desbordante talento la llevó al corazón del pueblo, sino su carisma, el milimétrico cuidado con el que confeccionó su propia estética, la declaración política de cantar en español e incluso su trágico asesinato en 1995. La reina del tex-mex moría a los 23 años y yo llegaba a Estados Unidos a los 7. Una edad muy prematura para irse y algo temprano para que una niña experimente la partida de su artista favorita. Vi decenas de veces las imágenes de su funeral en la televisión gringa, lloré y le rogué a mi papi que me llevara a despedirla en Texas. Él, al no poder cumplir mi deseo, me compró una muñeca a la que bautizamos: Selena. A partir de allí, yo, una niña migrante, germiné un amor indescifrable por la reina. Sabía que amaba a un ícono pop que no conocería jamás; vi su película —dirigida por Gregory Nava (1997)— y me creí la misma historia que cuenta la cantante colombiana Karol G en su documental: Selena nos enseñó a las niñas de los noventas que podíamos lograrlo todo, siendo mujeres, siendo latinas, siendo pobres, siendo migrantes.
El tex-mex y, más aún, la tecnocumbia, como su variante más cercana, es un género muy arraigado a la clase obrera. Aterrizar en Ecuador y su amor cumbiero es pensar, sin mucho esfuerzo, en las tarimas que se levantan en las periferias, en medio de lodazales o calores infumables. Por lo general, se trata de conciertos al aire libre, donde no hay localidades que nos separen por capacidad adquisitiva o etnia o género. A la cumbia la sientes, la bailas, la lloras, la gritas y la ríes en medio de la escasez, la delincuencia, la burla del poder y el fin del mundo que siempre está más cerca de nuestra orilla. Es innegable que existe un apego novedoso, raro, como de apropiación cultural, por estos géneros en las clases más acomodadas: los veo bailar como haciendo gala de su momento más humilde, más cholo, de algún modo, apadrinando la exotización. Desconfío cuando escucho a las chicas asegurar que quieren ser tecnocumbieras. Porque mira esos cuerpazos, dicen, porque fíjate en la ropa tan bella y brillosita, porque hay que ver cómo reivindican su cuerpo. Hablan de un sueño frustrado. Me imagino que un hada les habló al oído e impidió su ingreso a un grupo musical, que las salvaron de la precarización laboral en un acto milagroso.
Una amiga entrañable fue parte de un grupo de tecnocumbia. Estábamos en la universidad pública y fueron pocos los ensayos que no la acompañé; me probé sus botas, canté sus canciones, amé su mundo de escarcha y, sobre todo, admiré su valentía. Aguantó machismo, discriminación, misoginia, comentarios obsoletos, novios muy tarados, pero con ese dinero pagó sus estudios y sostuvo a su familia. Bailaba como ninguna, era una diosa absoluta. A lo que voy es: hasta qué punto estas mujeres reivindican su cuerpo, cuando existe un mandato sobre la vestimenta que se debe usar, aunque se caguen de frío en medio de una feria de pueblo. No importa si su voz o su baile brillan más que su minúsculo traje, siempre habrá un borrachín morboso dispuesto a faltarles al respeto o un mánager que no reconozca su trabajo. Quizá el mandato es ese, pero la vida está llena de matices. También esas dos piezas llenas de escarcha las llenan del poder femenino para mostrar lo que se les pega la gana; son estrellas diseñadas para el pueblo y esa es la suerte universal. Nadie las va a querer por lo que no son. Su público no está prefabricado por ninguna industria. Las letras que cantan habitan la poesía en medio de su sencillez, es el amor lo que se come, se abandona, se reza y se recupera en un bucle de dolor en el pecho.
Ecuador tuvo una diosa de la tecnocumbia que, al igual que Selena, murió pronto y trágicamente en un supuesto accidente que después fue tipificado como femicidio. Aunque todo un país la adoraba, Sharon La Hechicera —que siguió, paso a paso, la estética y el ritmo de Gilda, la cantautora argentina de cumbia— llevó consigo el mismo estigma sexista. Ninguna cantante mujer está libre de esto, no se puede tapar el sol con un dedo. Más allá de la época, de la decisión libre de explotar o no su sensualidad, o del género musical elegido, avanzar laboralmente en el ámbito artístico, para las mujeres es un doble triunfo.
Como en una suerte de maldición, la triada mágica de Selena, Gilda y Sharon está marcada por los adioses terribles. Nos faltó mucho tiempo para gozar de su presencia, pero su música, el talento, las canciones eternas que parecerían embadurnar de sangre y escarcha nuestros corazones, los acordes con los que la cintura cobra vida propia, todo aquello vibra más que nunca. ¿Dónde estaban las chicas que querían ser tecnocumbieras cuándo más las necesitaba? No es tarde, les digo. Avisen y seamos amigas, que el tiempo no sepulte ningún deseo nunca más.
Si este género es una moda de hoy, crucemos los dedos para que se quede y marque el sintetizador de nuestras contradicciones cotidianas: mañana, pasado, para siempre. Cuidado, eso sí, que traten de blanquearlo, de apropiarse de él como se ha hecho con miles de manifestaciones artísticas que hoy fluctúan entre la tendencia, la banalización o el irrespeto a cualquier cultura y sus orígenes.
Sabemos lo difícil que es mostrar abiertamente una postura en estos días cuando hablamos tanto de derechos, pero la regresión, los termómetros o las censuras se tejen, muchas veces, en las propias luchas. Escuchar tecnocumbia, mi amor, es un acto político. Lo hacemos sentadas en las piernas de una Diosa zurda, resentida por todo lo que le ha tocado sobrevivir y tan sexy que te contagias, que te mueres y te vuelves a levantar, en una coreografía absolutamente gloriosa.
Issa Aguilar Jara (Cuenca, Ecuador). Es periodista, escritora, editora e hinchapelotas como si no hubiese un mañana. Ha escrito los libros de poemas Con M de Mote se escribe Mojigata (La Caída, 2018), Poliamor Town (Ganador de la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, 2020) y Dos tragos de sinestesia (Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade, 2022). Actualmente dirige la Unidad Editorial y de Publicaciones de la CCE Azuay.