Contra la balcanización de la (pequeña) escena
Por: Leonardo López

«…el crecimiento del sistema literario también ha expuesto debilidades estructurales y tensiones: […] Cada autor o colectivo vela por su supervivencia, defiende su isla, su pellejo». Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
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¿Una crisis sociopolítica que estimula la creatividad? ¿Efectivas políticas culturales (o servidores públicos por fin haciendo su trabajo)? ¿Privilegio de clase? ¿Talento? ¿Santa Ana iluminando las cabezas de la gente (ya ven que ser curuchupas sirve de algo)? ¿Buena educación formal e informal? ¿Coagulación del trabajo cultural de las generaciones pasadas? ¿Tonga1 en el sector? Es temprano para afirmar. Lo cierto es que —al momento que escribo esto— el sistema literario en/de Cuenca está en horas altas, gracias a cierto valor en las propuestas y a su profusión. También hay que decir que, debido al tamaño de la escena —es claro que la ciudad está lejos de ser una metrópoli o una gran urbe—, este auge representa, por lo menos, algo curioso. No notarlo es un error.
Ahora, mucho y bueno no siempre son términos que se vinculan; tampoco es verdad que de lo bueno poco. En general, hablar de bueno (o malo) es una tarea turra y subjetiva (que viene llena, sobre todo, de odios y amores en niveles irracionales y condescendientes, de eso sabemos bastante). Se debería, más bien, referir a la coherencia de la propuesta como lo cenital, como la belleza y calidad misma. Esto, para mí, es lo único que puede ayudar, hoy —donde hay abundancia—, a definir las fronteras entre lo que está dentro del sistema literario2 de la ciudad y lo que, en evidencia, no. Porque es cierto: se está trabajando mucho con la palabra y no todo es coherente, bello o bueno; no todo debería ser salvado del olvido, del fuego, de la segregación. A su vez, esta profusión ha desmonopolizado y desacralizado el libro, lo que ha generado que públicos más amplios —que no son parte de las élites intelectuales— se acerquen a él (y a la literatura).
Ojo: no me refiero a la literatura como un conglomerado de libros-autores de diversos géneros —una concepción, para estas alturas, rancia—, sino a una estructura que se teje alrededor del libro: convocatorias para publicaciones, ferias y congresos de literatura, conversatorios, talleres de escritura, clubes de lectura, revistas especializadas y transdisciplinares, canales de distribución del libro más funcionales, pululación de editoriales y librerías de diversos tamaños, y —por supuesto— las y los autores que están construyendo (y publicando) proyectos literarios con periodicidad.
Nótese que no hablo de escritores y escritoras con cédula cuencana. Eso no importa (o no debería). Hablo de lo que está pasando aquí: de lo que, al mismo tiempo, se está convirtiendo en problema.
¿Problema a pesar del auge? Sí. Ya que el crecimiento del sistema literario también ha expuesto debilidades estructurales y tensiones: una aporía que, considero, se funda en la balcanización de la escena, nuestro nacer viciado, como dirían los constitucionalistas.
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De forma simple: hay mucha gente que está haciendo cosas con la palabra. La abundancia es sana; sana porque hay mucha escena: el público tiene más opciones hacia dónde ir, una gama de qué leer, cómo hacerlo y con quién. La cosa está fresca. El monopolio del libro, incluso, se va notando menos. Esto mismo libera a los autores/gestores en tanto hay mucha oferta y el público debe decidir a dónde quiere ir. El autor/gestor no debe nada. Está haciendo su trabajo: producir, escribir, mediar, acercar. El público es quien debe responder y su poder, hoy, refiere a la democracia cultural.
Asimismo, que las y los autores trabajen desde su propio punto de enunciación teórica, ideológica y espacial no es un problema; la literatura y la gestión son tareas que requieren cierto alejamiento. Eso hay que decirlo. No hace falta que exista un gremio para que las y los autores digan cosas con coherencia. El quid del asunto, por el contrario, está en que por sí solo el sistema literario no puede establecerse como tal. Hace falta algo que no es iluminación divina o suerte. Es el engarzamiento con otras instituciones que están llamadas a formar públicos, a validar un fenómeno cultural y a generar condiciones para la producción y distribución de los proyectos. Yo creo, como Dubois (La institución literaria) que la literatura no existe, sino que la hacen existir.
¿Quiénes? Ya hablé de los escritores/gestores (y del trabajo que vienen haciendo; es posible relevar culpas). Así que paso a la academia. No es un secreto que, en las aulas de clase, la literatura ecuatoriana —peor la cuencana— no existe como un problema teórico ni como una inquietud de quienes enseñan. Acaso es un corpus afianzado en nombres certeros que no generan duda de su importancia. La academia, en este terruño, ha sido y es incapaz de ver lo que está sucediendo en temas de producción y mediación del libro. ¿Las razones? No importan. ¿Los efectos? Que el sistema literario local no logre trascender hacia una formalidad prescriptiva y, por ende, que muchas y muchos autores tomen el tranvía directo al olvido. Si la academia no inserta en su pénsum a la literatura actual, si no es capaz de problematizar lo que está pasando, no habrá público.
El lector casual, como se sabe, desconfía de su instinto: va a la segura; es dueño y señor de los clásicos; no está formado para aceptar retos; sabe que la mejor literatura es la de España o la que se publica allá —ese complejito está vigente—; no reconoce como escritor o escritora al artista local: estos no se ven como Vargas Llosa o no hablan con esa superioridad moral que genera el centralismo cultural. En este escenario es donde la academia debería operar. Y no lo hace. De hecho, perpetúa aquel paladar negro.

En la sección Editoriales independientes de Ecuador, de Palier Café-libro, se puede encontrar lo más reciente de la producción literaria local y nacional.
¿Qué tiene que hacer un grupo de escritores/gestores emergentes para demostrar una importancia que, creo, viene coagulándose? ¿Es todavía temprano para merecer un estudio desde la academia, a pesar de que hay proyectos que se sostienen desde hace años? Los escritores escriben, los gestores logran proyectos, los editores editan, los mediadores hacen mediación. Pedir que los autores sean padre y madre, hijo e hija es un vicio que —a estas alturas de la búsqueda del respeto a la especificidad de profesiones/oficios en la línea de producción del libro— es un retroceso terrible. Es indigno que los y las escritoras migajeen un espacio. La academia está llamada a eso: a iluminar zonas nuevas, a abordar fenómenos, a pensar sobre lo que está pasando. Y, ojo: la academia no es solo la universidad (no hay tanta aura aquí como se piensa), es todo el cuerpo docente que tiene en sus manos la formación de lectores desde los niveles de educación básica. A propósito, no se debe esperar treinta años para descubrir el valor literario de una generación. Estoy pensando en quienes han escrito desde los noventa y aún no han encontrado un verdadero espacio hasta hoy.
Ahora sigo con las instituciones públicas. El problema fundamental de las instituciones públicas que giran en torno a la cultura, en Cuenca, es que —para bien o mal3— monopolizan la escena más formal de la literatura: ferias del libro, congresos y otros. Monopolizar es un eufemismo para decir instrumentalizar4. Incluso estas instituciones son quienes —con consenso o no, justas o no, pertinentes o no— estructuran condiciones de producción para los artistas (hablo de las dichosas políticas culturales). Lejos de pensar que la escritora o el escritor crea desde el margen o a pesar de las políticas, las condiciones sí presionan en su actividad y sí condicionan su potencial trabajo: por eso la escena es determinante, porque permite que el autor muestre su producto (venda, sea invitado a eventos, etc.) y pueda seguir creando5.
Y claro que estas instituciones han trabajado para generar una escena. Advertencia: esto no es un logro o un milagro, es la eficiencia del servidor. Y claro que han buscado mecanismos para organizar la escena de una manera coherente en términos curatoriales, los cuales nunca han quedado claros, a pesar de que hay cierta narrativa que busca validarlos. Hay que decirlo: nunca han quedado claros, nunca han sido claros. Peor aún: los objetivos nunca son revelados. ¿Vender libros? ¿Atraer turistas? ¿Generar diálogos? ¿Una vía hacia objetivos privados? ¿Qué?
Asimismo, convocar a cinco o seis personas que no están vinculadas con el sistema literario local —ni conocen el trabajo desarrollado con el libro desde el territorio— contribuye a mantener el centro de validación intelectual fuera del contexto en que se produce la obra. Incluso sería importante que se declare la segregación, ¿no? Esta maniobra la pienso en términos de un colonialismo intelectual ad hoc; de la búsqueda de una internalización por el camino más indigno. ¿El efecto? Que quienes crean desde lo local sean sistemáticamente posicionados como invitados/migajeros6.
Uf. Profundizar en esta dinámica implicaría llegar a temas más complejos. Así que the end7.
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En el 2025, la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, el XV Encuentro sobre Literatura Ecuatoriana y Latinoamericana Alfonso Carrasco Vintimilla y la Dirección de Cultura y Recreación del GAD Municipal de Cuenca presentaron convocatorias abiertas para la publicación de literatura local y nacional.
Si no hay validación y la escena local está muchas veces concesionada a autores que sí valen la pena, porque son de otras ciudades, de otros países, de España, ¿qué le espera a quienes integran el sistema literario local? La respuesta es sencilla: supervivencia, sálvese quien pueda; otra vez: la balcanización. Eso supone depender, por ejemplo, de los fondos concursables estatales, lo que supedita la producción a la fe de que el Gobierno siga soltando dinero. Incluso, hay que tolerar una política que, en estos contextos, es macabra. Entonces, ¿cómo marcar una distancia ideológica —que incluso se insinúa en la obra—, si se depende del subsidio oficial? Los anarquistas sugerirán desestabilizar desde la panza de la bestia, pero eso es una pendejada impráctica. La producción y gestión literaria requiere sosiego, autonomía y tiempo para pensar, reordenar el caos y ponerle forma estética. Las palabras deben ser el único frente abierto.
La figura de la balcanización, en general, es por necesidad. Cada autor o colectivo vela por su supervivencia, defiende su isla, su pellejo. El resultado es una multiplicidad de propuestas que rara vez encuentran sostén o articulación común. Lo advierto: sin un compromiso real —no sé si esta es la palabra precisa— de la academia y las instituciones, para formar públicos y propiciar una escena diversa, el sistema literario local seguirá siendo lo que ya es: una manifestación pequeña, vibrante y curiosa, sí, pero jodidamente precaria.
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Es evidente que este texto no quiere ser exhaustivo ni erudito. Quiere, más bien, decir cosas porque sí y, al decirlas, subrayar que salvar distancias (aunque suene a misa del domingo) es una necesidad urgente: no para construir un canon —aún es temprano—, sino para evitar que el entusiasmo/profusión tape la estructura. Sin problematizar desde la academia, sin exigir condiciones mínimas y justas, el sistema literario local se vuelve puro decorado, pura efervescencia sin memoria. Y ya sabemos lo que pasa con lo que no se organiza: se convierte en anécdota o, peor, en el pie de página de alguna cosita por ahí.
Posdata
Que nadie se rasgue, tampoco, las vestiduras.
1 Aparente.
2 No quiero caer en el debate de lo que es literatura o no. Aunque, si de algo ayuda, entiendo la literatura en los mismos términos de Todorov (Los géneros del discurso): como un sistema donde la palabra no tiene un fin utilitario, sino un fin en sí mismo. Es decir: quedarían fuera de este campo los textos prescriptivos o de las ciencias duras; los que son producto del deber ser de una persona bajo el lema «Ya he tenido un hijo, ya he sembrado un árbol y ahora me falta escribir un libro»; los de propaganda y publicidad, como los escritos por x autor, dedicado al psicoanálisis o a la política, para fortalecer su negocio o candidatura; y los que no busquen, como fin adlátere al estético, construir un sistema.
3 No hacer una feria del libro como la del puerto es ganancia. ¿Agustín Laje dos veces? La plata del Miguel Donoso no disimula ciertas cosas.
4 Instrumentalizar también es una palabra bonita.
5 Esta perífrasis suena horrible, pero me gusta así. A estas alturas de la vida, no se escribe porque se quiere, sino porque se puede.
6 ¡Qué rica palabra!
7 Dejo fuera al periodismo cultural. Si hay un sector precarizado, es ese.
Leonardo López. Escribe y lee desde Cuenca.