Del carácter cuencano
Por: Jorge Dávila Vázquez

Intervención de Juan Contreras sobre una fotografía, hecha por Manuel Jesús Serrano, de un óleo de Abdón Calderón (1954, Fondo de Fotografía Patrimonial del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural).
Se supone que los cuencanos somos extremadamente serios y que nos disgustan las bromas, las historias llenas de humor, las evocaciones de personas joviales, cuyo comportamiento es causa de alegres recuerdos y motivos de risa. Pero, en verdad, en el fondo de nuestro espíritu, arde la llama del buen genio y esta se enciende con el menor pretexto.
Reímos tanto los habitantes de esta región del país que, muchas veces, al recordar a algunas personas, hay pocas anécdotas que revelen esa seriedad. Por el contrario, hay matices, breves historias y multitud de «Te acuerdas de…» o «Cuando le dijo a fulano o a mengana que…». Desfilan las risas contenidas o abiertas y sonoras, los juegos de palabras, las bromas —francamente, llenas de imágenes, dichos, frases y pinturas de alegría— que resultan muchas veces sorprendentes, increíbles. Y no faltan los amigos y parientes que dicen: «No, no; yo creo que estás confundido. Él —o ella— jamás hubiera dicho o hecho tal cosa, si ni siquiera sonreía». La recurrencia a la equivocación, al recuerdo confuso y a otros recursos que esgrimen los cercanos, a quienes les interesa mantener esa imagen, por falsa que sea, es frecuente.
He conocido a personas de una gran seriedad —que ni sonreían siquiera—, pero que, en un momento especial de su vida, fueron la imagen misma del júbilo, de la risa, del jugar con las palabras, de la capacidad de divertir a propios y ajenos. He sentido, ante algunas de estas criaturas, un deseo enorme e imposible de diálogo; he deseado escuchar su anecdotario y apreciar la ruptura —o al menos la trizadura— de su imbatible seriedad. Me he preguntado cómo ocurrió esa situación de privilegio en que fueron capaces de sonreír y de lograr que sus contertulios rieran, de sembrar un poco de alegría en su entorno.
Este es un rasgo de carácter muy nuestro, la posibilidad de que esa seriedad se quiebre y el humor invada un ámbito de absoluta severidad.
En general, más allá de las excepciones que causan tanta curiosidad, el comportamiento del cuencano, por serio que sea o parezca, en el momento menos pensado, se matiza, se puebla de breves cuentos, de anécdotas, de pinturas de carácter y breves rasgos insólitos. Si hacemos memoria, recordaremos que, en el entierro de fulano o zutano, en una ceremonia, en alguna conmemoración cívica o religiosa, en una solemnidad o aniversario, de pronto hubo un no sé qué, como un breve movimiento, y un señor o una señora que parecían tallados en mármol o en hielo, fueron la causa de esos arranques de momentánea alegría.
He caminado largamente por la vida, con mis setenta y ocho años a cuestas, y me he topado en muchas ocasiones con personas dueñas de un aparente rigor, pero que alentaban un espíritu risueño que no se manifestaba sino excepcionalmente.
Y, a veces, ocurre que uno no llega a conocer directamente esos rasgos joviales, dotados, en muchas ocasiones, de cierta perversidad, sino lo hace indirectamente, cuando un amigo o un familiar lo evoca en su carácter menos conocido.
Recuerdo un sacerdote que tenía fama de bromista y al que los amigos le pedían que contara alguna historia del pasado, que involucraba a personas conocidas e incluso de renombre. Se negaba, «se hacía de rogar» —como decían antaño—, pero una vez que empezaba había una sola risa; más cuando el o la protagonista de sus chascarrillos, de sus pintorescas historietas, era alguien notable. Yo ya había reído muchas veces con sus cachos, sus irreverencias, su habilidad evocativa, hasta que me tocó ser padrino del matrimonio de una de sus feligresas. Entonces, él me dijo una serie de cosas, ante las que era imposible no sonreír. La gente del campo, que asistía a la ceremonia, estaba realmente admirada de que se dirigiera a mí, haciéndome preguntas, más bien terribles, ante las que no sabía si reír o no.
Así, pues, el carácter cuencano no respeta edades ni jerarquías, cuando ha de manifestarse lo hace con entera libertad y con irreprimible alegría. Esta es una reflexión que no tiene aspiraciones de ninguna clase y si consigue una actitud risueña por parte de ustedes, me doy por satisfecho.
Jorge Dávila Vázquez (Cuenca, 1947). Doctor en Filología por la Universidad de Cuenca. Crítico de literatura y arte. Columnista en diario El Mercurio de Cuenca. Primer recopilador y estudioso de la obra de César Dávila Andrade. Ganó el Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit, en novela y cuento, el Premio César Dávila Andrade del Ministerio de Cultura y Patrimonio, el Premio Nacional Eugenio Espejo (2016), la Presea Asamblea Nacional Dr. Vicente Rocafuerte (2020). Ha escrito narrativa, poesía, teatro, literatura juvenil y ensayo. En narrativa, es autor de las obras: Este mundo es el camino (1981), María Joaquina en la vida y en la muerte (1982), Los tiempos del olvido (1989), De rumores y sombras (1991), y Danza de fantasmas (2018); en poesía: Memoria de la poesía (1999), Árbol aéreo (2008), Temblor de la palabra (2009), Personal e intransferible (2017); entre otras obras.