Festival Internacional de Cine Contemporáneo Cámara Lúcida: estar-juntos en el tiempo del cine
Por: Francisco Álvarez Ríos

El colectivo Guayaquil Analógico (Martín Baus y Libertad Gills) presenta un performance con proyectores Super 8 en la terraza de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, durante la 4ta edición del Festival Internacional de Cine Contemporáneo Cámara Lúcida. Fotografía de Lino Morejón, 2019.
En un tiempo dominado por el vértigo de las pantallas, cuando los algoritmos definen el gusto, cuando la circulación audiovisual se rige por lógicas de consumo rápido, montar un espacio que se detenga, que proponga mirar con atención y compartir en comunidad, es finalmente parecido a construir un refugio.
La digitalización del mundo ha cambiado radicalmente la forma en la que consumimos imágenes, un fenómeno que transcurre tan rápido e inadvertido, que apenas nos permite esbozar en la memoria aquello que ya ha cambiado. Para quienes trabajamos en el oficio de la exhibición y circulación de cine (festivales, clubes, salas alternativas), este fenómeno nos convoca a reflexionar sobre cómo continuará cambiando la práctica de acudir a la sala de cine, frente al actual fenómeno de la virtualización de la experiencia.
La dispersión digital no solo nos distrae, también nos aísla. Por eso, un festival o un cineclub debe preguntarse: cómo crear un espacio que no compita con el flujo continuo de las redes, sino que proponga otra temporalidad; cómo lograr que alguien, en medio de todo, decida salir de su casa, silenciar su teléfono y entregarse a una experiencia sin garantías. Resistir, como ha dicho Georges Didi-Huberman, «no es oponerse frontalmente. Es crear un intervalo. Una fisura. Un ritmo distinto» (superar el umbral, 2017). Ese ritmo distinto —más lento, más frágil, más atento— es lo que un festival todavía puede ofrecer y es una de las características que el Festival Internacional de Cine Contemporáneo Cámara Lúcida quiere conservar, pero también una que ha nutrido desde su nacimiento en 2016.
La programación de Cámara Lúcida abraza el cine de autor que explora los límites entre lo político, lo poético, lo experimental y lo contracultural. Su mirada curatorial se enfoca en obras no convencionales —documentales, ficciones periféricas, cine híbrido, cine experimental— y en películas que resignifican la realidad, desde perspectivas personales y sociales. Al apostar por filmes que replantean la forma narrativa, desdibujan las fronteras entre realidad y artificio, y cuestionan convenciones culturales, este festival internacional, nacido en el Azuay, propone una experiencia cinematográfica abierta y desafiante, donde autor y público dialogan sin prejuicios, sosteniendo una mirada expansiva sobre lo que significa filmar y mirar el mundo contemporáneo.
La comunidad de una sala de cine

Proyección al aire libre del cortometraje Las sombras, de Paulo Pécora, en el patio de la Escuela Central (Museo de la Ciudad), durante la 6ta edición de Cámara Lúcida. Fotografía de Francisco Álvarez Ríos, 2021.
«La sala oscura del cine es, quizás, uno de los últimos lugares donde aún se comparte una experiencia común del tiempo», afirma Didi-Huberman. Esta noción de compartir —de estar juntos en la espera, en el asombro o en la incomodidad— es precisamente lo que define la potencia colectiva del cine. Desde aquí se vuelve necesario interrogar la figura del espectador y la dificultad de convocarlo a la sala, no como un sujeto pasivo que consume imágenes, sino como una presencia activa que se expone y entra en relación. Convocar públicos implica hoy enfrentarse no solo a la sobreabundancia de contenidos, sino también a un progresivo desapego hacia la experiencia compartida. Las pantallas portátiles nos ofrecen comodidad, control y fragmentación, pero también nos alejan del compromiso sensible que implica mirar con otros. Es en este escenario en el que la tarea del festival va más allá de ofrecer una selección de películas: consiste en propiciar las condiciones para que la mirada colectiva vuelva a florecer.
Cuando un espectador entra a una sala oscura para ver una película, que no sabe si va a gustarle, está aceptando un pacto de apertura, de disponibilidad: eso es lo que forma comunidad, no la afinidad ideológica ni el gusto estandarizado, sino la disposición a una vivencia. A diferencia de los algoritmos que individualizan la experiencia visual hasta volverla solitaria, el festival propone mirar con otros, pensar con otros, estar-juntos en el tiempo del cine. Por eso, hacer un festival no es solo una cuestión de gestión cultural, es un acto poético, político y afectivo, uno que se niega a olvidar que el cine aún puede ser lo que alguna vez fue: una forma de mirar en colectivo el mundo para imaginarlo de nuevo.
En este contexto, Cámara Lúcida no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino abrir preguntas desde el cine mismo. Más que aplicar una lógica curatorial y una dinámica de gestión, busca afinar una disposición: dejarnos afectar por las imágenes y los sonidos, dejar que una película nos desplace, escuchar lo que aparece en los márgenes. No sabemos exactamente qué tipo de experiencia pueda surgir, pero confiamos en que algo sucede cuando las imágenes se comparten desde una presencia real. Por eso, programamos como quien traza constelaciones: no para cerrar sentidos, sino para activar resonancias. No organizamos funciones, sino espacios donde ver se vuelve un acto compartido, vulnerable, transformador, donde estar en presente con la mirada nos permita un sentimiento de amplitud, de libertad.
Insisto, no se trata de tener la respuesta, sino de sostener una pregunta abierta. Nos resistimos a pensar al festival como un evento que debe adaptarse a las lógicas del mercado o la productividad cultural. Preferimos pensarlo como un gesto, como una forma de hospitalidad. Porque creemos que la urgencia no está en acelerar, sino en sostener el cuidado, en crear condiciones para que algo significativo pueda suceder. Porque si hay algo que el cine todavía puede hacer, es recordarnos que otra percepción del tiempo, del cuerpo y de lo real, sigue siendo posible; el festival no solo presenta películas: suspende el ritmo del mundo para que otra relación con la imagen y el sonido sea posible.

El diseño de los pósteres y de la identidad visual del festival se ha realizado, en su mayoría, por la artista cuencana Dianola Vázquez Moreno.
Cuando la cultura es solo un «adorno»
Más allá de la simplificación del concepto de gestión, hay una tarea silenciosa y constante: sostener el festival, hacerlo posible. Esa es la parte menos visible y tal vez la más compleja. Los festivales como Cámara Lúcida —autónomos, fuera de los grandes circuitos, fieles a una mirada— operan muchas veces desde la precariedad: con financiamiento inestable; con equipos que hacen mucho con poco; con políticas culturales que aún no reconocen del todo el valor de estos espacios como laboratorios de pensamiento, como territorios de escucha, como dispositivos públicos que permiten imaginar. En un país donde el arte y la cultura aún son consideradas «adornos» y no infraestructuras sensibles, gestionar un festival es también una forma de cuidar lo que aún nos permite mirar el mundo de otra manera.
En esa tensión entre fragilidad e insistencia, se hace evidente una doble deuda: la del Estado e instituciones de administración cultural con los festivales que abren preguntas necesarias y, a su vez, la de estos festivales con los públicos que se acercan, dudan, se incomodan y permanecen.

Algunas de las actividades realizadas durante la 8va edición de Cámara Lúcida (2024), fotografías de Geovanny Brito. (1) Marcela Cuevas en su Taller de Intervención en Celuloide y Herramientas de Terapia Fílmica. (2) Joe Houlberg habla con el público luego de la proyección de Ozogoche en la sala Cine Park. (3) Francisco Álvarez Ríos presenta Los hiperbóreos durante la inauguración de la 8va edición, en la sala uno de Multicines El Batán.
Esperamos también que la ejecución de la novena edición del Festival Internacional de Cine Contemporáneo Cámara Lúcida —que está programada desde el 24 de septiembre hasta el 3 de octubre de 2025, en Cuenca y, en sus extensiones, del 23 al 25 de octubre, en Quito, y del 29 al 31 de octubre, en Guayaquil— proponga reflexionar, más allá de la digitalización, sobre qué es lo que ha desmantelado los vínculos entre espectadores y audiencias. Actualmente, está claro que se crea una vastedad de obras cinematográficas sensibles y elocuentes, pero a costa de no ser experimentadas. Quizá, el problema no es el arte, sino la estructura. Quizá, el cine actual no se piensa para su público, sino exclusivamente para validarse en una industria de legitimación. Entonces: ¿cómo recuperar y conservar un ecosistema para que la experiencia cinematográfica y su público no se apaguen? Vale la pena sostener una sala encendida, aunque sea por unos días, para recordarnos que seguimos aquí, siendo refugio.
Francisco Álvarez Ríos (1991, Cuenca, Ecuador). Es un cineasta, curador, archivista y artista sonoro y visual. Actualmente, se desempeña como director y curador del Festival Internacional de Cine Contemporáneo Cámara Lúcida. En su trabajo cinematográfico, investiga la realidad y sus fugas desde la desmitificación de la literalidad del registro de lo real. También, explora la interpretación sonora, la instalación fílmica y el filme performance, prácticas de la tradición denominada cine expandido. Su obra ha sido exhibida a nivel nacional e internacional, se destaca su participación en el International Documentary Film Festival de Ámsterdam (Países Bajos), Festival des Cinémas Différents et Expérimentaux de Paris (Francia), CROSSROADS (EE. UU.), Festival de Biarritz Amérique Latine (Francia), el sexto Beijing International Short Film Festival (China), Rencontres Internationales Traverse (Francia), entre otros.