Educados por la antena: Una crónica del sentimentalismo televisivo ecuatoriano
Por: José Boroto

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
Cuando yo era guambra, wifi no había. No existía ningún YouTube ni ningún Disney+ que, para amenizar la tarde, te pusiera al alcance de los dedos todas las de Alicia en el País de las Maravillas, Los Simpson o algún romance zombie-nosequé. Uno no tenía el poder de selección que actualmente tienen los pelados. A nosotros nos tocaba ver lo que estaba dando y, a veces, lo que había chance de sintonizar, con la patoja antena que irisada se elevaba entre las tejas de la casa vieja, para robar la señal y poder medio verle al Marquitos, de Tv Clips, en Telerama.
La tele me acompañó de una manera que no se me hace muy fácil explicar y, por eso mismo, me siento a escribir este texto. Yo de pelado no era muy brillante. Mis profes, mis padres, mis compañeros y hasta yo mismo considerábamos al José como un pelado con potencial, pero sin mucha potencia. La escuela me parecía aburrida y mis taitas, pocas veces, se mostraban muy interesados en cambiar eso, así que desarrollé una amistad con la tele del cuarto y una bronca con el sistema educativo que aún siento como profe.
A veces, me pregunto si de niño aprendí más en la escuela o frente a la pantalla del televisor que tardaba tres minutos en prenderse, que pesaba más que las culpas que cargo ahora y que llenaba el ambiente de una estática que, acompañada de un audible «ñiiiiii», me hacía sentir que de ahí salía magia (sí, esa magia se sentía en las yemas de los dedos y, a veces, daba descargas eléctricas). Lo cierto es que, mientras en clases me enseñaban que la «suma con llevadas» era el gran misterio del universo, que el Himno Nacional del Ecuador era el segundo más hermoso del mundo (después de, presuntamente, haber perdido la final del mundial de himnos nacionales, contra Francia, en penales) y que la pinche mitocondria es la fuente de energía de la célula; yo ya había visto a Carl Sagan explicar que el cosmos es infinito y que nosotros somos apenas polvo de estrellas, ya le había oído al Bernard explicar las influencias barrocas de Elton John en el piano, a Mariaca dar el secreto para un perfecto patacón y a Goku y Krilin una cátedra de lealtad, amistad y resiliencia. De pelado, odiaba ir a la escuela porque, entre un profesor con una vara llamada La Chilindrina (porque hacía llorar a los preguntones) y un científico con un suéter de cuello alto, hablándome de galaxias y mi lugar en el universo, ¿a quién iba a creerle más?, ¿a quién iba a darle la atención que tanto me cuesta dar?, ¿quién iba a querer que habitara mis recuerdos, cuando tuviera 43 años de edad?
La educación formal para mí siempre será un trámite incómodo. Desde esos profesores que dictaban sin vernos jamás a los ojos; pasando por los que usaban mapas donde la Unión Soviética todavía aparecía pintada de rojo; hasta el profe de Física que escribía con tizas que, antes de que se acabara la explicación, terminaban explotando en la frente del payaso que había interrumpido, con un eructo, la primera clase medianamente interesante del año. Cómo carajos iba a competir esa pedagogía con la de Beakman, quien metía una rana de peluche en un microondas para explicar la radiación. Qué chance tenía el profe de Filosofía, que se dormía mientras hablaba, apestaba a Lark y apenas alcanzaba a leer y explicar el reglamento del colegio, frente a Seiya y Shiryu, que ya me estaban enseñando sobre sacrificio, justicia y amistad cósmica, con un soundtrack que todavía me pone la piel de gallina.
En la casa, la tele era mi pariente más cercano. Al ser el tercer hijo y el último sobrino de la tanda, crecí más por mi cuenta, alejado de la socialización con los demás primos. Mis padres trabajaban y, como último hijo, tampoco estaban para darme cátedra. Jamás me faltó nada, me dieron mucho amor, pero era un amor práctico, el que viene con la experiencia ganada. Para ese punto, mientras no quemara la casa ni sacara malas notas en conducta, todo estaba bien. Ellos podían confiar en que la televisión cumpliría el rol de nana, tutora y consejera espiritual. Y a la final, eso tenía lógica. Si la tele había educado a mi abuelo Pepe con Bonanza y La Tremenda Corte, a mi papá con MacGyver y Yo amo a Lucy, seguro podía educarme a mí con Los Pitufos, Nintendo poder y, de vez en cuando, un poco de saberes financieros con Haga negocio conmigo (spoiler: ni a Polito ni a mí nos ha ido bien con esto de la economía).
Ya dije, pues, que antes del cable, del streaming y del apocalipsis del scroll infinito, nuestra vida giraba alrededor de lo que la televisión nacional decidía soltar. Era un menú fijo, pero totalmente random: dibujos animados emitidos en desorden, por la mañana; novelas mexicanas y venezolanas, por la tarde; noticieros a la hora de la merienda y algún programa de concursos con más gritos que premios. Ahí estábamos, como estudiantes disciplinados, tomando notas invisibles de todo. Los martes a las nueve de la noche, el Festival de los hombres duros era un ritual que debía respetarse (y, por respeto, comparto con usted, querido lector, que la canción que abría ese espacio se llama «Prelude No. 6 in D Minor» y todavía, cuando la escucho, me huele a pólvora y a Van Damme. Me hace sentir todo un macho morlaco, modelo ochentitrés).
Me acuerdo cómo los sábados me levantaba temprano, para garantizar el asiento y el pancito frente a la tele y cómo, con lo que iba aprendiendo, la sala se convertía en un laboratorio de ciencias clandestino. Beakman me enseñaba que, con un globo, una vela, sentido del humor y un ratón gigante, podía explicar la física mejor que cualquier maestro de secundaria; Ratabari me mostraba sobre historia y geografía con La máquina del tiempo; y, si tenía suerte, capaz Telecuenca estaba pasando, sin licencia, alguna película bien loca o un deporte que en la vida había visto.
Mis taitas tenían razón. Perdí la bola de tiempo viendo dibujos. Perdí tiempo con He-Man —al grito de: «¡Por el poder de Grayskull!»—, cuando aprendí que la masculinidad consistía en sentirse cómodo usando calzoncillos peludos, en no tener miedo de mostrar afecto a nuestros amigos o a ser juzgados por aferrarnos a nuestros valores, y que, para levantar piedras grandes, había que hacerlo con los cuádriceps, no con la espalda. Perdí tiempo con los ThunderCats, cuando aprendí que las familias no se juzgan y se apoyan, aun cuando no se vean iguales y claramente vengan de otra madre (ahora que lo pienso, esa lección también la aprendí con Mis adorables entenados), que las adaptaciones pensadas en las necesidades de otro son la esencia de la verdadera inclusión, que el movimiento giroscópico es la tendencia de un objeto giratorio a mantener su orientación, debido al momento angular, y que, si rompe esa vaina, Nueva Thundera se va a la mierda. Aprendí sobre el calor de un abrazo paterno, mientras soñaba con estar en los brazos de Danny Tanner. Entre gatos espaciales, momias y snorkels aprendí de vectores, de nihilismo y de fascismo. Entre El Capitán Planeta y Las Tortugas Ninja, aprendí sobre ecología, equidad social y arte renacentista.
Dicen que la familia es la primera escuela de emociones. Y, en esa escuela, yo hice las pasantías con la mejor trilogía de la historia de la televisión: María la del Barrio, María Mercedes y Marimar. Erik Estrada, en Dos mujeres, un camino, me enseño que no hay que ser guapo, sino tener carisma. Las telenovelas eran como un manual de emociones para principiantes. En las venezolanas, si la protagonista lloraba, tocaba llorar; si el galán sufría un accidente y quedaba con amnesia, uno debía tomar nota de que el amor verdadero siempre sobrevive al olvido selectivo. La consigna era clara: la justicia ganará. Las telenovelas mexicanas, en cambio, tenían ese toque pedagógico brutal, enseñaban que la pobreza era una condena estética que solo se resolvía, con la aparición milagrosa de un millonario de sombrero charro y piel blanca. Habiendo dicho eso, mi telenovela favorita fue, es y será la primera temporada de los Power Rangers.
Hablando de los Power Rangers y de la diversión de las patadas con bullying selectivo, recién caigo en cuenta de que, ahora, las series vienen con advertencias de contenido, sensibilidades culturales y hashtags de protesta para Twitter. En los noventa, lo único que aparecía antes del programa era un comercial de tabacos Montana, «Para los amigos». La tele antes era un festival de estereotipos: el machista gracioso que era extrañamente encantador, la secretaria ingenua y vacía que nos enamoraba, el héroe que solucionaba todo a golpes y el villano con risa exagerada y nacionalidad marcadamente no estadounidense. Nosotros lo absorbíamos como parte natural de la vida. Una vida dura y llena de chistes tan políticamente incorrectos que, si se transmitieran hoy, los trending topics durarían semanas. Tom y Jerry era una escuela de violencia doméstica; Popeye te enseñaba que la nutrición consistía en latas de espinaca y que los problemas se arreglaban a puñetes; y el Correcaminos nos formó en la frustración existencial, cuando vimos que, con los años, nos parecemos más a un coyote que fracasa, a pesar de los más sinceros esfuerzos, que a un ave que escapa ilesa de las trampas más elaboradas. Nadie usaba la palabra bullying, lo llamábamos entretenimiento para los guaguas.
Era otro mundo. No necesariamente mejor, pero más cínicamente inocente. Nos educaban sin pretensión de hacerlo y con la seguridad de que lo estaban haciendo bien. Quizá esa era su magia: la sensación de que todo era entretenimiento puro, aunque de paso nos dejara manuales equivocados sobre cómo amar, pelear o incluso vivir.
Ahora me descubro diciendo que extraño la tele de antes. Pero, si me esfuerzo, ni siquiera recuerdo qué ocurrió exactamente. ¿Fue en Plaza Sésamo donde aprendí a contar o fue Don Francisco con sus concursos? ¿Aprendí sobre química con Beakman o quemando papelitos en el patio, como todo guambra majadero, con mis amigos (que tampoco tenían amigos)? No importa, lo que extraño no es el contenido, sino la sensación de que todos veíamos lo mismo, al mismo tiempo, de que virtualmente estábamos juntos.
La televisión era como ese profesor mediocre que, aun sin ganas, te enseñaba algo que te iba a servir. Quizás no era lo mejor, pero era lo que teníamos y con cariño lo interiorizamos. Por eso, lo recordamos con afecto, aunque ahora lo único que nos quede sea una nostalgia confusa, medio inventada. Tal vez, no era mejor. Tal vez, nunca fue tan buena. Pero era nuestra. Y eso basta para defenderla, como si hubiera sido el último gran milagro cultural de nuestra generación, un milagro que nunca podrás experimentar en ningún HBO, o Netflix, o Amazon Prime. Aunque, si hablamos del Magis TV; ¡ele!, ahí sí es otra historia. ¡Hasta Los Monkikis encontré en esa cosa!
José Boroto (Cuenca, 1983). Se dedica a equilibrar la seriedad con el humor: ha sido profesor de Inglés en diversos niveles, coordinador académico en algunas instituciones educativas, traductor y creativo en agencias de marketing. Escribe desde que el internet era un guagüito rebelde con módem escandaloso. Disfruta dar forma a las palabras, como quien juega a mezclar rigor con imaginación, porque está convencido de que un buen texto puede hacer que, incluso, lo más aburrido suene interesante y lo más simple te haga reflexionar. Entre artículos, clases y traducciones, escribe como vive: a veces en serio, a veces en broma, pero siempre con la intención de dejar una sonrisa a quien lea y con el apuro que viene de jamás saber que pasará después.