Carolina Mella: «El reto no es contar la verdad, es que alguien quiera escucharla»
Por: Rosalía Vázquez Moreno

Carolina Mella es una periodista nacida en Manta que, actualmente, presenta el noticiero de la mañana en RTS, reporta para France 24 y escribe para el diario español El País.
Por diecisiete años, la periodista manabita Carolina Mella ha construido una prolífica carrera en la televisión ecuatoriana, una que no solo incluye su paso por canales como Ecuavisa, Teleamazonas o RTS, sino el desarrollo de investigaciones como Los caminantes, con la que, en 2021, ganó el Premio Jorge Mantilla Ortega. Aunque Carolina me cuenta que actualmente presenta el noticiero de la mañana en RTS, que reporta para France 24 o que escribe para el diario español El País, cuando me habla de su carrera, también me explica cómo la TV estrechó el lazo que une a su familia: «Veía que mi papá se comía todos los noticieros. Entonces, a veces, prefería las noticias a las caricaturas. Crecí con eso que todavía está en mi padre, en mis hermanos y en mí. Me da mucho chiste, si mi hermano mayor viene a mi casa, prende las noticias».
Cuando se habla sobre televisión no se pueden evadir las anécdotas sobre la intimidad familiar o los afectos. Aunque en cierto modo el streaming aún nos convoca, es la señal abierta la que históricamente ha juntado familias o comunidades, la que ha formado sensibilidades generacionales y reflejado posturas y vicios nacionales. Es evidente que hablar de la TV es hablar en primera persona, esto lo sabe, mejor que nadie, Carolina. Por eso, para esta entrevista, decidimos charlar no solo sobre nuestra relación con la televisión, sino también sobre los retos que enfrenta el periodismo, en un Ecuador atravesado por la violencia y la desinformación.
¿En qué consiste tu dieta televisiva?, ¿ves canales nacionales o prefieres el streaming?
Siempre he hecho zapping en las noticias. Sí, lo siento. Soy una enferma. Mi dieta consiste en los noticieros de canales locales y los de fuera. A veces veo, France 24, BBC o los videos del diario El País. Por ejemplo, cuando estoy tratando de informarme sobre lo que está pasando entre Israel y Palestina, visito ciertos medios o el contenido de algún periodista. Me gusta mucho el trabajo de Johnny Harris, esas historias que son netamente para YouTube, tipo explainers.
Soy como el resto de las personas: navego en Netflix o en alguna plataforma para decidir si ver alguna película o meterme en alguna serie. Si me engancho, estoy feliz. Pero, básicamente, veo noticias. El papá de mi bebé siempre me pregunta: «¿Le vas a poner noticias todo el día?».
Estadísticas recientes nos dicen que «Los ecuatorianos dedican en promedio 4 horas y 20 minutos diarios a ver señal abierta, consolidándola como la principal fuente de entretenimiento e información». En este contexto, ¿qué deudas tienen los canales de señal abierta con nosotros?
Creo que, a veces, dan por sentado al público, lo subestiman y tratan de entregarle lo más sencillo, lo que tiene que ver con la crónica roja, el sensacionalismo o los chismes. Por ejemplo, Visión 360 era un programa que se transmitía a las diez de la noche y, desde mi experiencia, la gente hacía el sacrificio de quedarse despierta, hasta muy tarde un domingo, para verlo. No era telebasura ni usábamos la fórmula básica para atraer a los espectadores, estábamos tratando de contarles problemas. Los mandábamos a dormir con problemas y, aun así, la gente nos veía.
Está bien que haya cosas que pueden ser más sencillas, porque finalmente la televisión es entretenimiento, pero, sobre todo en los últimos años, ha faltado más equilibrio en la programación. Yo creo que ahí está la principal deuda.
Cada cultura tiene sus propios fenómenos televisivos. En nuestro caso, ¿quién no vio Mis adorables entenados? Sin embargo, más allá de la ficción, las transmisiones de señal abierta también nos permitieron ver la huida del expresidente Lucio Gutiérrez o las clasificaciones a los mundiales de fútbol. La TV es poderosa, pero, ¿crees que aún tiene el poder que siempre tuvo?, ¿crees que podría perderlo?
Todavía tiene ese poder. Un ejemplo muy claro fue la pandemia. Sé que muchas cosas han cambiado muy rápido desde entonces, pero la televisión volvió a tomar mucha fuerza, porque la gente que consumía lo que se estaba posteando en redes iba a la tele, para saber si ese video que estaba circulando era fake news. Lo mismo ocurre cuando son elecciones. Aunque la gente esté viendo el teléfono, tiene la tele prendida.
Sí es verdad que se ha perdido el espacio ganado por las redes sociales, pero, muchas veces, internet tiene esa atención no por presentar otras voces, sino porque son los mismos medios transmitiendo a través de la web. Finalmente, solo se ha doblado la pantalla.
Desde 2010, ya se decía que la televisión y los periódicos iban a desaparecer. Bueno, los periódicos se fueron a lo digital y, después, la pandemia consolidó la televisión como la principal fuente para corroborar información. Eso no significa que la tele no enfrente retos para mantener una audiencia, sobre todo, porque siempre está pensando en los mismos espectadores: en gente como mi papá, que se sienta y pone la tele, pero además está escroleando. Se debe dejar de considerar solamente a esos espectadores y comenzar a formar nuevos públicos.
Hablando de programas de otro tono, como Historias personales o Visión 360. No hemos visto mucho de esto en años recientes. ¿Por qué crees que no se apuesta a este tipo de trabajo? ¿Por qué parece que los ecuatorianos no somos capaces de hacer una serie de ficción de éxito o de sostener un programa de periodismo de investigación?
He escuchado mucho que «el periodismo está en crisis», pero no está en crisis como tal; lo que sí está en crisis es el modelo económico con el que se sostenía. El periodismo sigue siendo esencial e incómodo. Y, en estos tiempos, es necesario. No sé si caló mucho el discurso contra la prensa que tuvimos durante muchos años, sobre todo con Correa, cuando comenzamos a perder credibilidad; pero creo que no se logra entender la importancia que tiene el periodismo para la sociedad. Vuelvo a la pandemia, la gente podía desacreditar todo, pero prendía la televisión para corroborar si era verdad lo que estaba en redes.
Se necesita de la audiencia para que los productores sepan qué queremos consumir. Por ejemplo, Te veo Ecuador era un programa que mostraba un país que, en un momento en el que todo está tan devastado y hay tanta desesperanza, te permitía pensar: «Este Ecuador también existe». Me asusta saber que hemos perdido la capacidad de conversar con otros, la confianza. Si alguien se te acerca, te asustas, porque prendes la tele y todas son malas noticias. Pero, cuando veías ese programa, de repente, estabas en un lugar delicioso. Era una bocanada de aire fresco ver que nuestro país todavía es así y los ecuatorianos todavía somos así. Sin embargo, ese programa se canceló porque no se levantó el rating.
Por eso, la gente debe empoderarse de ciertos programas. No sé cómo tendría que hacerlo, probablemente en otras partes lo hacen desde colectivos, desde una organización social más participativa. Si te das cuenta, esto le hace falta al país, en todos los aspectos, desde la política hasta las cosas más pequeñas.

Carolina Mella en el plató de Te veo Ecuador, un programa que se transmitió en Teleamazonas.
Si un alienígena tuviera que entender al Ecuador viendo solo TV, ¿qué aprendería de nosotros?
Le daría mucha pena, no podría entender tanta violencia y cómo esa violencia se ha convertido en maldad. Probablemente, podría pensar que aquí no viven humanos.
Te lo decía hace un momento: desconozco este país. Necesito leer más al respecto de estudios sociológicos, antropológicos, alguna cosa así, para comprender lo que está pasando. Hemos visto las masacres carcelarias, donde, literalmente, toman un corazón con la mano, donde machetean cabezas. Hablo de la maldad de, a través de una ventana, disparar dentro una casa y matar a un padre o una madre delante de su niño o, directamente, asesinar niños. Yo no comprendo quiénes son estas personas o cómo se activó todo esto.
Quiero pensar que los ecuatorianos somos buenos, la gran mayoría lo son, pero no reconozco a esta gente llena de miedo. Por mucho menos hemos estado en las calles luchando, protestando, tratando de hacernos escuchar, de poner límites. Me parece que todos quieren seguir el guion de una vida de Instagram; quieren verse perfectos, aunque no sea así. No les importa lo que pase con tal de estar participando, es como estar dentro del plató. Aunque sean pobres, aunque tengan extremas necesidades, parecieran estar avalando todo lo que está ocurriendo durante una regresión de derechos.
Guillermo Lasso tuvo que hacer una muerte cruzada e irse por mucho menos de lo que está pasando ahora. Creo que es muy peligroso hacia dónde vamos. La política también es un reflejo de la sociedad que somos.
¿Crees que se está amplificando demasiado esta cultura del miedo, a través de la forma en la que se hace periodismo en Ecuador?
Sí, sin duda. Tengo que aceptarlo. Desde hace mucho tiempo tengo que cambiar el nombre de las personas de las que hablo en mis reportajes, porque la gente tiene mucho miedo. Antes, salías y te decían: «Grábeme, amigo» o «Yo tengo algo que decir, señorita, grábeme». Eso ya no sucede.
Es probable que nosotros estemos amplificando el miedo, a través de cómo contamos las historias, de la cantidad, los ejes, los puntos de vista, etc. Pero es muy difícil encontrar un equilibrio sin dejar de narrar lo que está ocurriendo. Creo que, a veces, se puede convertir en un dilema ético. Sí debería existir un debate y una discusión en las escuelas de periodismo. Quienes escribimos o hacemos reportajes debemos intentar autorregularnos, porque podemos hacerlo mucho mejor.
Sin embargo, es necesario contar todo lo que está ocurriendo y ese miedo también es real. El problema aparece cuando la política lo usa para otros fines. Estamos enfrentando un escenario de discurso político muy problemático y el miedo no es nuestro amigo, porque nos está sacando la valentía.
Ver la tele local es una experiencia colectiva de cultura, ¿qué perdemos cuando desviamos la mirada hacia lo global del streaming o la soledad del scroll?

Según Carolina: «Estamos enfrentando un escenario de discurso político muy problemático y el miedo no es nuestro amigo, porque nos está sacando valentía».
Perdemos el pensamiento crítico y la capacidad de debatir. Antes veíamos las noticias en familia y las discutíamos, porque ver las noticias era una cuestión colectiva.
Como periodistas, una cosa que siempre hacemos es conectar un hecho actual con algo que ha pasado antes, con una parte de la historia del Ecuador. Hoy, esto se hace desde redes, sin cara o con nombres cambiados. Así, se dice cualquier cosa. Cuando tienes que ver a la cara a una persona, por lo menos tienes un argumento.
Cuando no hay pensamiento crítico y falta contexto, nos metemos en la desinformación, en este mar de «datos» o palabras y emoticones, porque ni siquiera hay fuentes ni una noticia, solo gente creyendo cualquier cosa. Además, a muchos baby boomers les cuesta identificar cuándo un titular es falso, cuándo se topan con videos de conspiraciones o con algo creado con IA. Solo los comparten. Antes teníamos ese primer filtro, el debate sucedía entre varios tipos de personas, había distintos puntos de vista y, para opinar, tenías que crear un criterio. Nos falta ese debate, ahí también hay responsabilidad social.
¿Hay algo que no te haya preguntado y quieras decir?
Una de mis mayores preocupaciones es que nunca ha sido tan difícil contar algo que sea cierto —o sea, hacer trabajo periodístico—, por lo fácil que es posicionar una mentira.
La gente no lo sabe, pero existen frases que se repiten constantemente, frases bien estudiadas que se usan para hacer que una mentira parezca cierta. El más claro ejemplo es lo que ha ocurrido con la Corte Constitucional.
Estaba viendo unas estadísticas que mostraban que cerca del 45 % de ecuatorianos estaba de acuerdo con el discurso que afirma que la Corte tiene la culpa de la violencia. El problema que tenemos, como ciudadanos, es que no nos esforzamos por saber cómo funcionan nuestros organismos políticos. Aunque el ministro del Interior diga que la culpa es de los jueces corruptos que dejan sueltos a los delincuentes —lo que puede ser cierto en algunos casos—, ya hemos visto que el crimen organizado ha penetrado en la justicia o que los jueces no pueden hacer mucho, si la policía no entrega pruebas. No se entiende ese tipo de cosas.
Lo único que nos repiten es: «Sí, es culpa de los jueces», para, luego, poner sus rostros en una valla, porque también estamos en tiempos de acribillar, como lo hacemos en redes sociales. Creo que, como ciudadanos y ya que tenemos un teléfono con internet, debemos averiguar cómo funciona el Estado, para discernir qué es verdad y qué es mentira. Yo no creo que a la gente le guste que le mientan, y nos han mentido mucho, nos han mentido a la cara. Por eso, el reto no es contar la verdad, es que alguien quiera escucharla.
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Este ha sido el año más violento de la historia registrada del Ecuador, según el Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado, en nuestro país se contaron «4619 homicidios intencionales, esto representa un incremento del 47 % respecto al mismo periodo en 2024». Por esto, volver la mirada colectiva a la señal abierta, no solo para entretenernos, sino para, como sugiere Carolina, desarrollar nuestro pensamiento crítico y capacidad de debate, representa hoy un compromiso político y social. Prestar atención a nuestras propias historias, criticarlas y contarlas es un paso necesario para combatir el silencio, para apoderarnos de nuestro destino y, con suerte, recuperar nuestra valentía.
Rosalía Vázquez Moreno (Cuenca, 1991). Es escritora, editora y lectora. En 2023 publicó Sobre cómo hacer y deshacer una maleta, poemario con el que ganó la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la CCE Azuay. Sus textos aparecen en El Diablo Verde (2023), Apenas memoria (cuentos de transición) (2020) y Wiwasapa, antología artística (2017). Ha escrito para revistas como Inhaus, la Gaceta Cultural de República Sur, L’escalier Magazine y otras. En 2023, junto a otros poetas, colaboró con el artista Alexander Apóstol en la obra ganadora del Premio Adquisición de la XVI Bienal de Cuenca. Es máster en Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid y licenciada en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales por la Universidad de Cuenca.