El melodrama nos ha traicionado: ¡Viva la traición!
Por: O. Hugo Benavides
Ocurre que los hombres, el día una vez terminado, suelen despedirse de parientes y amigos y, aislándose en grandes cubos ad hoc, después de hacer las tinieblas, se desnudan, se estiran sobre sus propias espaldas, se cubren con mantas de colores y se quedan ahí sin pensamiento, inmóviles, ciegos, sordos y mudos.
Pablo Palacio, Vida del ahorcado (1932)

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
«¡Llegó la alegría del hogar!» o «¡Fue sin querer queriendo!» son algunas de las frases y situaciones que la televisión ha impregnado en la psique nacional. Más de la mitad de la población podrá reconocer fácilmente la música inicial del noticiero Televistazo, así como la de El Chavo del 8. Todo ello —frases, situaciones y música—, de alguna manera, ha sido incorporado en nuestra particular idiosincrasia y forma de ser, en eso que nos define como ecuatorianos y ecuatorianas.
La televisión, por casi un siglo, ha nutrido la cultura nacional y ha dado su particular giro y contribución a nuestro quehacer artístico. No hay duda de que nuestros logros en el mundo de la literatura, música y pintura son bastante espectaculares, con obras y artistas de talla continental y hasta mundial. Aunque no ocurre lo mismo en otras áreas, como la escultura, cinematografía —las últimas décadas podrían ser una gran excepción— o la producción de teleseries; dentro de esta realidad cultural y artística, la televisión se ha desarrollado como una especie de ente democratizador que ha llegado cada vez a un público más grande y que ha buscado, en el mejor de los casos, entretener e informar a la población. Por supuesto, este proceso no ha sido uno sin contratiempos o grandes complejidades políticas, sociales y económicas.
Como en otros lugares del mundo, se elevan serias críticas a la televisión ecuatoriana. Estas la definen como un objeto nefasto que busca embrutecer a las masas, mientras usufructúa financieramente. Tampoco es de menor importancia que la televisión, como ente mediático, resulta de gran interés para los grupos en el poder y oligarquías, así como para las grandes corporaciones y empresas transnacionales. Esto es aún más obvio y visible en los noticieros y programas educativos, donde los grandes intereses nacionales y transnacionales buscan controlar la información, además de las perspectivas políticas que se transmiten.
A pesar de todas estas complejidades culturales, políticas y financieras, en Ecuador seguimos utilizando la televisión como nuestro principal medio de entretenimiento e información. Incluso hemos sabido sopesar las limitaciones de nuestros noticieros con la información de otros medios independientes, en Twitter (X), TikTok, Instagram y Facebook, especialmente durante los momentos de mayor crisis política.
Consistentemente, a través de películas, teleseries, programas de concursos, tertulia o espectáculo, pero, sobre todo, telenovelas, hemos ido transformando y, en cierto modo, educando nuestra sensibilidad nacional. La televisión, para poder surtir su efecto y objetivo aglutinador, no puede alejarse demasiado de la media cultural de la población. Aun cuando existen programas específicos que buscan encasillarse en ciertos mercados, muchos no pueden darse ese lujo. La programación nacional se ha esforzado en entretener e informar de una manera en la que pueda ser culturalmente inteligible y traducible para la gran mayoría.
Sobre las telenovelas y la esperanza
En este sentido, las telenovelas se han vuelto un importante modelo a seguir en la región, precisamente porque las más exitosas han sido producciones foráneas. Inclusive en su transición de la radio a la televisión, los melodramas de mayor éxito han llegado desde otros países latinoamericanos. Las primeras en transmitirse dentro de Ecuador fueron venezolanas, luego vinieron las argentinas y mexicanas, para después seguir con las brasileñas, colombianas y norteamericanas (producidas por la comunidad latina en EE. UU.), hasta que llegaron los nuevos parámetros de las exitosas producciones turcas y coreanas.
Aunque creamos que no, los temas en sí también se han transformado a través de las décadas. Ya no narran amores furtivos (como el de la empleada enamorada del patrón) o historias sobre identidades falsas o equívocas, sino que han sabido adentrarse en el centro mismo de la problemática social. Muchas exponen y toman partido en temas relacionados con las clases sociales, conflictos raciales, cuestionamientos sexuales y, en la última década, la narcoviolencia y/o narcocultura.
Las telenovelas han podido lidiar, a veces sutilmente y otras por medio de subterfugios, con problemáticas sociales que, de otra forma, han sido vedadas por las buenas costumbres y la moral nacional. Estos temas en algún momento prohibitivos —como la homosexualidad, racismo, aborto, entre otros— han sido expuestos ante la conciencia ecuatoriana y se han convertido en focos de discusión, logrando así escapar del radar y la censura oficial. Sin embargo, esto no significa, de ninguna manera, que estas producciones u otros programas sean entes exclusivamente liberadores, progresistas o que busquen informarnos de una forma neutral. Al contrario, su éxito siempre radica en su capacidad de sostener la atención, entretener y de sorprender al público, al mantenerlo a la expectativa del próximo capítulo y, sobre todo, de la próxima telenovela.
Por supuesto, esta realidad no es fácil de lograr. Aun con las transformaciones de cada producción y con las temáticas a tratarse, las telenovelas todavía mantienen una estructura melodramática que las grandes productoras buscan reutilizar, para lograr el máximo impacto. Es así como las diferentes producciones de la región no cambian negativa o caóticamente en la estructura narrativa primordial (por ejemplo, las brasileñas suelen desarrollar tramas raciales o sexuales, mientras las mexicanas pueden tener enfoques más históricos). Esta estructura melodramática central es compartida, desde las venezolanas hasta las coreanas, y es la que juega un papel fundamental en la educación sentimental del público. En última instancia, esta narración busca ahondar en los deseos reprimidos de sus espectadores, tocando muy sutilmente elementos inconscientes, para excitar aquellos puntos que normalmente no pueden tratarse tan abiertamente, a la luz del día o en forma pública.
Así, las telenovelas brindan a los espectadores de Ecuador todo lo que no tenemos: grandes recursos y opulencia; amor verdadero; familias abnegadas y sinceras; etc. Aunque, todo esto está estructurado dentro de un clima de conflicto, lucha e intriga; en última instancia, al menos alguno de los o las protagonistas logra obtener su objetivo final: la felicidad. Además, las telenovelas nos han ofrecido algo que nos ha eludido fantásticamente en las últimas décadas: un claro paradigma entre el bien y el mal. A diferencia de lo que nos toca vivir a diario en Ecuador, estas producciones sí nos dejan entrever quiénes son los malos y quiénes los buenos. Esto se denota de mil formas, no solo en las acciones y escenas, sino hasta en la música, vestuario y, sobre todo, en los monólogos internos de los villanos. Todo esto hace que la telenovela nos presente no una panacea total, pero sí un mundo más manejable, ideal y opuesto al que nos ha tocado vivir este primer cuarto de siglo en el país.
Los melodramas no solo nos han acompañado en este doloroso y sentimental devenir, sino que reflejan, de alguna manera, la realidad de la narcoviolencia y narcocultura que ha entrado en la sociedad ecuatoriana de una forma dramática e inmediata. Y, aunque pareciera lo contrario, esta representación nos alivia, por un lado, porque nos deja ver que no estamos solos, que la realidad del narco no es un mal nacional, sino continental, y que nuestros vecinos de Colombia, Perú o, por supuesto, México han vivido y lidiado con esta problemática antes que nosotros. Por otro lado, nos exime de la culpa, pero también nos da esperanza sobre nuestra capacidad de sobrellevar y salir de este particular flagelo histórico.
Una invención latinoamericana

Las telenovelas latinoamericanas han sido dobladas a varios idiomas, pero también adaptadas.
La fascinación de las últimas décadas por las telenovelas turcas y coreanas reflejan otra clara realidad de nuestra existencia nacional: la de ser migrantes. Actualmente, se habla de que uno de cada diez ecuatorianos vive fuera del país. Si a esto además sumamos las cifras de décadas pasadas y que todos tenemos familiares o amigos que residen en el exterior, no sería sorprendente ver cómo el asombro por lo otro, lo foráneo y lo extraño sería un elemento muy íntimo de nuestra realidad.
Sin embargo, las producciones turcas y coreanas son en verdad nuestro propio producto, devuelto con otro tinte y sabor. Las telenovelas son una invención latinoamericana. Con mucho orgullo, sabemos que, a inicios de la globalización de la televisión, a mediados del siglo pasado, deslumbraron al mundo. Por ejemplo, el día de la transmisión del último episodio de Los ricos también lloran fue un día de luto nacional en Rusia. Además, las telenovelas hicieron que el árabe clásico volviera a su apogeo, cuando se tradujeron para venderlas a un mayor número de países en esa región. Tanta fue la popularidad que, medio en broma, se empezó a referir al árabe clásico como «mexicano». Esto sin contar la cantidad de personas en el continente africano que han recibido sus nombres de personajes de melodramas latinoamericanos que también han influido en las producciones de esos territorios, al igual que en las turcas y coreanas.
Las telenovelas nos enganchan, pero, sobre todo, delatan nuestros corazones y deseos más íntimos, exponen los secretos que hemos tenido guardados, los que las buenas costumbres no nos han permitido exteriorizar o desenterrar. Por eso, no es muy difícil entender por qué las producciones turcas o coreanas nos encantan. Estas también nos permiten sublimar personajes que no son blancos, porque, en última instancia, por más que idealicemos al norte, sabemos que EE. UU. y Europa no son nuestros aliados. En este contexto, ambas versiones nos ofrecen no solo un ideal blanco, que no es blanco y nos da esperanza de que algún día llegaremos a ser algo similar; también nos ofrecen masculinidades muy diversas. Los machos turcos barbudos se contrastan con los suaves hombres coreanos, permitiéndonos tener ambas caras de una misma moneda. Así el ideal nacional heterosexual y homosexual se puede entretener con ambas representaciones, mientras lidiamos con cotidianidades que no son ni lo uno ni lo otro.
Lo que nos salva, dentro de este mundo melodramático, no es el origen nacional de estas historias ni sus tramas, sino el deseo que delatan. Es obvio que la cultura turca o la coreana no tiene nada que ver con sus producciones, al igual que nosotros no vivimos la trama de las nuestras. Lo realmente esperanzador es que cada telenovela que vemos nos traiciona, al permitirnos distinguir aquello que no somos y anhelamos ser. Mientras esa traición se mantenga, nos queda una esperanza por la que vivir y luchar, porque ella no se contenta con las migajas dadas por nuestros políticos, con la violencia que nos oprime y con que nuestros seres queridos estén a merced de las injusticias históricas y sociales que nos ha tocado vivir. Las telenovelas importan porque nos delatan y es este rechazo que nos hace seguir luchando por un nuevo día.
O. Hugo Benavides (Guayaquil, 1968). Tiene dos maestrías y un PhD en Arqueología y Antropología, respectivamente. Trabajó más de 20 años como profesor titular en la academia gringa. Ha escrito más de 70 artículos y tres libros. Sus dos favoritos son Las políticas del sentimiento: Imaginando y recordando a Guayaquil (2006) y Drugs, Thugs, and Divas: Telenovelas and Narcodramas in Latin America (2008). Recientemente lanzó una nueva revista política/literaria: Cul-de-sac. Vive, escribe y lee en Nueva York, con su compañero de vida por más de 30 años.