¿Qué haces besando a la lisiada? Nuestra realidad es un loop
Por: Valeria Guzmán
Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
1. El salón de belleza y Rosalinda
Cada vez que llego a cortarme el pelo, la vieja televisión de caja, con una antena desvencijada y pésima imagen, está siempre encendida. Las telenovelas de antaño se suceden, una tras otra, como telón de fondo. Nada desarmoniza ese acompañamiento secreto de los personajes repetidos.
Nunca vi Rosalinda, pero en la pantalla la protagonista tiene la mirada perdida. Le pregunto a mi veci: «¿Por qué está así la chica?». Me responde: «Es porque tuvo a su hija en la cárcel y su suegra se la quitó». Enseguida pienso, por supuesto, en la depresión posparto y el salto a lo real. Pero, más allá, me resulta lógico, porque es el argumento repetido de las telenovelas de esa época. También María, la del Barrio, aturdida por una acusación de infidelidad, sale a regalar a su hijo recién nacido y entra en una especie de trance psicótico.
Esas tramas que no cuestionamos, pero que reconocemos, que aceptamos como pacto ficcional, por más retorcidas o traídas de los cabellos que nos resulten —para no salirme del salón de belleza—, están hechas para envolver al espectador en narrativas que parecen cotidianas, pero que al mismo tiempo son extraordinarias. Esa mezcla barroca de exceso y pretendida verosimilitud es lo que genera su fuerza y las hace poderosamente atractivas. ¿Acaso no les hubiera encantado venderle un billete de lotería a un multimillonario, que se quisiera casar con ustedes para vengarse de su familia vividora y que eso cambiara su suerte de un día para el otro?
2. Infancia, adolescencia y educación sentimental
No sé cuántas telenovelas habré visto entre mi infancia y adolescencia; sospecho que no menos de cincuenta. Vivía en un pueblo, los libros escaseaban, me la pasaba leyendo enciclopedias y, como siempre fui devoradora de historias, las telenovelas me daban alguna ventana al mundo, por muy patético que esto suene. Recuerdo que me llamaban más la atención aquellas que convocaban la otredad. Kassandra, por ejemplo —que, dicho sea de paso, me parecía un nombre fascinante—, tenía un contexto que se relacionaba con la realidad que yo vivía, pues los campamentos de gitanos, con sus circos y lecturas de tarot, solían asentarse en predios baldíos a las afueras de la ciudad. Además, las telenovelas terminaron por convertirse en un vínculo con mi abuela que, al igual que la peluquera, tenía la televisión encendida todo el día para sentirse acompañada. Vi varias telenovelas con ella so pretexto de visitarla.
Entre 1993 y 1996, Thalía protagonizó María Mercedes, María la del Barrio y Marimar, telenovelas que no han dejado de retransmitirse, en diferentes cadenas alrededor del mundo. Todas tratan «de la ascensión social de una chica bonita, pero de estrato bajo, que se casa con un hombre adinerado».
Vi las tres Marías (María Mercedes, María la del Barrio y Marimar) en más de una ocasión, porque se ofrecían en la televisión abierta y era lo que había para ver. La historia de los tres melodramas es muy simple: se trata de la ascensión social de una chica bonita, pero de estrato bajo, que se casa con un hombre adinerado. Quizá descubriremos que los orígenes de la protagonista no son tan bajos, quizá la agencia del personaje femenino tendrá sus momentos de brillo. El caso es que la historia mejor o peor escrita no ha cambiado mucho desde La Cenicienta de Charles Perrault, pasando por Elizabeth Bennet con su señor Darcy. ¿Les suena a la historia de Mujer bonita o a Scarlett O’Hara? Con los años, he llegado a descubrir que el Juan del Diablo de Corazón salvaje no es muy diferente al personaje de Heathcliff, en Cumbres borrascosas, ni tampoco es muy distinto Juan Reyes, el panadero de Pasión de gavilanes, mejor o peor descritos.
Desde los años cincuenta, en América Latina inventamos la telenovela y se la vendimos al mundo. Nuestra capacidad de sufrir, nuestras emociones exacerbadas, el desborde del neobarroco, la estética de lo kitsch. Pero creo —y no me dejarán mentir los allegados a mi generación— que a quienes vivimos los noventa nos tocó la más florida retransmisión de telenovelas de los ochenta, como Cuna de lobos, Rosa salvaje, Quinceañera, además de la nueva producción de telenovelas de los noventa, que se posicionaron en horarios estelares y fueron traducidas a muchas lenguas. Con Agujetas de color de rosa, todas soñamos con ser patinadoras; con El privilegio de amar, quisimos ser modelos; con Esmeralda, no es que quisimos ser ciegas, pero para ese entonces la telenovela me remitía a Marianela de Pérez Galdós.
A partir de la invención de la telenovela, entre tres y cinco generaciones hemos estado expuestas a los dramas, no ya dostoyevskianos, sino marianos, betianos o gavilianos. Sí, en más de una ocasión he deseado tener un hacha y me he imaginado como Raskolnikov matando a la usurera, también en más de una ocasión me han dado ganas de reírme con cinismo y euforia, a lo Paola Bracho, o de chirlear y jalar de las mechas a alguien en una escena digna de Soraya Montenegro.
El melodrama funciona porque engancha, porque hay pequeños o grandes conflictos que resolver, personajes enfrentados a la adversidad, buenos y malos muy tipificados. Los malos hacen cosas terribles: asesinan impunemente, inician incendios, provocan accidentes de autos, etc. Me parece que la escena más extrema que vi fue cuando una villana castraba a uno de los personajes —digna de ser imaginada por Kim Ki-duk—.
Así pues, para nuestra formación sentimental, entendida como la formación o deformación de la sensibilidad amorosa y vital, ha sido más importante Betty la fea que García Márquez. Así como en definitiva ha sido más importante Manuel Alejandro que ha escrito más de quinientas canciones —con las que nuestros abuelos y nuestros padres se enamoraron— que César Dávila Andrade. En todo caso, los melodramas han sido efectivos. Ese repertorio visual, nos guste o no, se convirtió en una educación sentimental en la que los vínculos deben vivirse con intensidad, dramatismo y como una perpetua puesta en escena.
3. Del melodrama privado al espectáculo público
No sé si las telenovelas creaban los estereotipos sociales o simplemente los reproducían. En todo caso, está a la vista que el rol de la familia en la sociedad o el de la mujer como madre y esposa abnegada y fiel, y que ideas provida, moralistas o religiosas fueron potenciadas y auspiciadas por muchísimas telenovelas.
Todo esto, visto a la luz de los feminismos y nuestras luchas activas actuales, son cuestiones que están ahí alojadas en nuestro inconsciente y que tenemos que hacer conscientes para intentar deconstruir. Porque, como dice la lúcida Mafe Moscoso: «Los idilios heterosexuales de las telenovelas y culebrones en los que las reinitas latinas hemos sido socializadas son barrocos, y es en el despropósito, en lo aparatoso, en el desbordamiento, en la imposibilidad, en los intentos fallidos, donde emerge una sentimentalidad de manantial de pétalos de rosa y suspiros entrecortados que solo puede existir porque es profundamente exagerada en sus formas» (2022, s.p.). Así pues, a las «reinitas latinas», como nos llama Mafe, nos toca «subvertir esos delirios con los que crecimos».
Qué increíble que las preocupaciones de Orwell o Benjamin respecto del cine o la televisión, como medios de reproducción masiva, de propaganda y control, se estén cumpliendo como predicciones y que, además, se hayan trasladado, en menos de medio siglo, a internet.
Si la cosa se quedara en la forma desgarrada con que vivimos nuestros vínculos personales, la problemática sería compleja, pero no tan alarmante. El asunto es que el melodrama está instaurado en nuestras vidas de tal forma que la endeble línea argumentativa de la exacerbada sentimentalidad ha pasado a la vida pública y política orquestada por las televisoras. Como menciona Svenja Flasspöhler en su libro Sensible. Sobre la sensibilidad moderna y los límites de lo tolerable (2023), siguiendo a Norbert Elias, «la sensibilidad es un rasgo civilizatorio, una forma de sentir que trae consigo el control de las pasiones, un proceso de elaboración de sentimientos desde donde se anclan la vergüenza y el ridículo», lo entiende como un proceso no culminado que ha cobrado importancia fundamental en el siglo XXI. Puesto que el centro de las decisiones ha dejado de ser la razón cartesiana —cogito, ergo sum—, para convertirse en la emocionalidad, asistimos a un cambio radical en la forma de pensar lo público. Aprovechando esta coyuntura, una televisora mexicana asignó a la actriz con mayor popularidad para que se casara con el candidato en turno. Me escalofrío al descubrir que no estamos lejos de Fahrenheit 451, donde se elegía a los presidentes por guapos, casi como elegirlos por protagonizar un romance telenovelesco chimbo, en una boda por la iglesia televisada, para beneplácito de gran parte del pueblo mexicano.
De tal modo, el melodrama no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Ahora ya no necesitamos esperar, para sentarnos frente a la TV y que se detenga el mundo por el reprise del final de La usurpadora. Cambiarán los medios, pero algunos discursos seguirán siendo los mismos porque son efectivos, porque los estereotipos funcionan. Desde América llenamos el mundo de telenovelas. Ahora Televisa asesora a los chinos para producir pequeños melodramas que puedes ver en tu celular a través de ReelShort u otras plataformas. No verás los 150 capítulos de Kassandra ni los 335 de Yo soy Betty, la fea, pero devorarás, de 2 minutos en 2 minutos, las 2 horas —distribuidas en 35 capítulos— de La doble vida de mi esposo multimillonario. La misma fórmula de Cenicienta: contraste de clases sociales, valor aspiracional, identificación de deseos a través de los protagonistas.
Pareciera que el entretenimiento se ha vuelto más «democrático», que la producción audiovisual vive su época de esplendor y que ya no la actriz, sino la influencer puede llegar a ser primera dama.
Referencias bibliográficas
Flasspöhler, S. (2023). Sensible. Sobre la sensibilidad moderna y los límites de lo tolerable. Herder Editorial.
Moscoso Rosero, M. (2025, febrero 15). El despecho latino, la sentimentalidad exagerada, la purpurina. El Salto. https://www.elsaltodiario.com/el-rumor-de-las-multitudes/el-despecho-latino-la-sentimentalidad-exagerada-la-purpurina
Valeria Guzmán Pérez. Es poeta, lexicógrafa y docente. Actualmente, dirige el proyecto Mujeres al oído, audios de escritoras ecuatorianas contemporáneas y trabaja para la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Ha publicado los libros Efusiva penitente, Ofidias, Animalemas y un silencio tan blanco. Algunos de los premios que ha obtenido son: el Premio Filosofía y Letras de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, en poesía y en ensayo; el Premio Nacional de Poesía Tijuana; el Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco.