Sobredosis de TV
Por: Juan Fernando Bermeo P.
Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
Nunca entendí del todo a Rogelio. Desde que éramos niños, tenía una fascinación —que rozaba lo enfermizo— por los televisores antiguos. No las pantallas planas que hoy dominan los hogares, no. Él veneraba los aparatos de tubo, esos cofres pesados de madera y vidrio que zumbaban como si guardaran voces atrapadas.
La primera vez que lo vi perderse en una pantalla fue en el funeral de su abuelo, cuando ambos teníamos algo más de 7 años. Mientras todos lloraban, Rogelio se quedó frente a una Zenith de 1978; veía una retransmisión de El auto fantástico, aunque no prestaba mayor atención a la trama. No pestañeaba. Me pareció extraño, pero pensé que era su forma de evadir el dolor. Sostengo que siempre se sintió atado a esos trastos, por alguna afinidad que lo hacía encontrar calma o seguridad en su antigüedad.
Y es que Rogelio, desde joven, coleccionaba en secreto viejos aparatos: televisiones de madera con perillas giratorias, radios combinadas con partes de antiguos monitores, incluso revistas y guías de programación de aquella época. Lo que para otros eran reliquias destinadas al olvido, para él eran tesoros sagrados. Recuerdo haberle preguntado una vez qué sentía al encender una de esas máquinas y él me entregó su respuesta, casi con devoción: «Es como revivir un mundo donde todo era más auténtico, donde cada sueño tenía su propia señal».
Con los años, su colección creció. Una Sony Trinitron del 85, una RCA Victor del 72, una Philco de 1990, con VHS incorporado. Cada una tenía su historia, su carácter. Rogelio las trataba como reliquias. Las limpiaba con devoción, las encendía con delicadeza, como quien acicala a un dios dormido. Decía que cada televisor tenía memoria, que absorbía lo que sus dueños veían, sentían o hasta lo que ocultaban. No tardé en notar un cambio inquietante en Rogelio. Su mirada se volvió esquiva, sus respuestas más escasas; pasó de la admiración a algo más parecido a un ritual compulsivo. Encendía y apagaba los televisores en secuencia, sincronizaba sonidos, ajustaba las antenas con obsesiva paciencia. Me contó que creía entender mensajes ocultos en aquellos programas que solo alguien con la paciencia de comprender el ruido y las interferencias podría decodificar.
Entonces, llegó la más grande de sus obsesiones: «el santuario», como empezó a llamar a su habitación, la que estaba amueblada con decenas de televisores apilados sin orden aparente, todos enchufados y mostrando imágenes de diferentes épocas. Era como un zapping entre programas viejos de variedades, telenovelas en blanco y negro, dibujos animados pixelados y anuncios publicitarios que ahora parecen de un tiempo demasiado lejano. La luz tenue de las pantallas iluminaba su rostro con reflejos cálidos, un poco hipnóticos. Un lugar sin ventanas, sin señal, sin tiempo. Allí alineó los televisores, como si fueran testigos de un juicio eterno.
Yo entré una vez. Solo una. Las pantallas mostraban programas de los setentas, ochentas, noventas: Dinastía, Los Magníficos, Hechizada, El Chavo del 8, Panorama, La Noticia, Chispazos, El Show de Bernard, Mis adorables entenados, Solteros sin compromiso, incluso, A todo dar. Todos aparecían intermitentes entre las transmisiones, como un intento de emitir señales desde un tiempo que ya no existe. Las imágenes se entrelazaban, se distorsionaban. Cada pantalla parecía contar una versión distinta de nuestra infancia, como si los recuerdos estuvieran siendo reeditados por una voluntad ajena. Rogelio los estudiaba, los interrogaba. Aseguraba que los episodios cambiaban, que mostraban cosas que no estaban en las grabaciones originales. El cuarto estaba más oscuro que nunca, como si la luz misma se negara a entrar. Las pantallas encendidas proyectaban un resplandor espectral y el aire olía a polvo viejo, a electricidad quemada, a tiempo detenido. Rogelio me guio entre los televisores, como un sacerdote en su templo, hasta llegar al fondo, donde se encontraba su creación más preciada: el receptor del tiempo.
No era un televisor común. Rogelio lo había ensamblado durante años, combinando piezas de distintas épocas: el chasis de una Zenith del 78, el tubo de rayos catódicos de una Hitachi del 82, el sintonizador de una Grundig alemana y un sistema de grabación modificado que, según él, podía captar frecuencias que ya no existían. Lo había rodeado de antenas caseras, bobinas, espejos y una maraña de cables que parecían venas conectadas a un corazón invisible.
—Este no transmite imágenes, —me dijo con solemnidad— las invoca.
Las pantallas mostraban escenas familiares, pero perturbadoramente distorsionadas. En medio de Plaza Sésamo, vi que un niño idéntico a Rogelio lloraba frente a un imponente Abelardo. En Mis adorables entenados, Rogelio aparecía en la cocina de Lupita, interactuando con los otros personajes. Incluso, podría jurar que vi a un anacrónico Rogelio participando en un concurso de La feria de la alegría. Las voces sonaban fragmentadas, como si vinieran de una dimensión donde el lenguaje se había roto. Le pregunté si eran montajes. Me miró con una mezcla de lástima y certeza.
—Son fragmentos de lo que fue. Ecos de lo que aún podría ser…
Según Rogelio, el receptor del tiempo reproducía programas antiguos, a la vez que los descomponía, los mezclaba con las emociones de quienes los habían visto y los proyectaba como reflejos de memorias colectivas. Decía que cada emisión era una capa de realidad, una hebra del tejido que une lo vivido con lo olvidado; que los televisores antiguos, al no estar diseñados para filtrar lo intangible, podían captar más que señales: podían atrapar instantes.
—Los programas nunca fueron ficción, —insistía— eran rituales. Cada episodio, cada risa grabada, cada pausa dramática… todo eso era parte de un código. Y si lo descifras, puedes cruzar.
Le pregunté qué significaba cruzar. No respondió. Solo encendió el aparato y me pidió que guardara silencio.
Durante minutos, las pantallas mostraron imágenes superpuestas: cumpleaños, discusiones, rostros que no reconocía, pero que sentía cercanos. Era como mirar dentro de un sueño ajeno. Rogelio movía las perillas y aplastaba los botones, anotaba cosas en un cuaderno, murmuraba frases en voz baja, como si estuviera conversando con las voces que emergían del aparato.
Cuando terminó, me miró con una intensidad que nunca había visto en él.
—Hay un umbral, —dijo— un lugar donde las imágenes y sonidos se entrelazan en un perpetuo eco. Allí todo se repite, pero nada es igual. Si logro sintonizarlo con precisión, podré entrar. No como espectador… sino como parte de la señal… para siempre.
El ruido y los destellos se volvieron insoportables para mí, sin mencionar que nunca me gustó la idea de aferrarme al pasado. Hui en cuanto pude y dejé el santuario atrás, con Rogelio viéndose como un villano de ciencia ficción, al que están a punto de detener.
No volví a entrar en esa habitación. Pero, desde ese día, supe que Rogelio ya no vivía en nuestro mundo. Vivía entre frecuencias, entre recuerdos que se niegan a morir. El receptor del tiempo era su nave para buscar ese mundo que, al parecer, existía entre todas esas variables.
Fue en una mañana cuando me anunciaron la noticia que temía: lo encontraron sin signos vitales en su santuario. Allí, frente a su preciado receptor del tiempo, se había atrincherado sin intención de salir. Pasaron los días antes de que alguien pudiera acercarse lo suficiente para hallarlo, sentado aún frente a la pantalla, con una mirada ausente y una sonrisa enigmática; como si en ese mundo de señales distorsionadas, hubiera escapado de nuestra realidad o encontrado una mejor.
Desde entonces, cada vez que me cruzo con un viejo televisor, siento cómo una atracción invisible me envuelve, como un susurro lejano de épocas ya olvidadas. Nostalgia, le llaman. Me cuestiono sobre si Rogelio logró encontrar ese lugar o señal que buscaba con tanta vehemencia o si, simplemente, quedó atrapado en ese vaivén infinito de memorias apócrifas que nunca debimos llevar a las pantallas.
Juan Fernando Bermeo P. (Cuenca, 1989). Es escritor, guionista, músico, docente, comediante y locutor radial. Además, es máster en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Barcelona; licenciado en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales por la Universidad de Cuenca; y miembro fundador del Club PEN Ecuador. Ha publicado los poemarios Metrópolis: cementerio de espadas (La Caída, 2018), Papelebría (Viz-K-cha Editorial, 2020) y Presagios de la vida en Nosgoth (Casa Editora de la Universidad del Azuay, 2023), y el libro de cuentos MEME (Manofalsa Editores, 2024). Aparece en Despertar de la Hydra (La Caída, 2017), Wiwasapa (2017) y Antología de poesía cuencana de cambio de siglo (XX-XXI) (Dirección Municipal de Cultura de Cuenca, 2022). En 2025 ganó la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, con la que será su primera novela.