Carteles para una marcha
Por: Agustín Molina A.

El 16 de septiembre de 2025, en Cuenca, 100 000 personas se manifestaron a favor de la defensa de Kimsakocha y de las fuentes de recarga hídrica que se ven amenazadas por el proyecto minero Loma Larga. Fotografía de Jaime Villavicencio.
Nota previa: La primera versión de este texto se terminó de escribir el 14 de septiembre de 2025, dos días antes de la marcha por el agua, a la que asistieron alrededor de 100 000 azuayos. Hoy, 14 de octubre, puedo contar que, el pasado 25 de septiembre, el Gobierno nacional inició el proceso correspondiente para la suspensión de la licencia ambiental del Proyecto Loma Larga, otorgada a la empresa minera Dundee Precious Metals. Esto resultó apenas una medida paliativa y de estrategia engañosa. Seguimos reclamando, con total atención, la anulación de los informes y las consultas fraudulentas, y la cancelación definitiva de todas las concesiones ubicadas en las zonas de recarga hídrica del cantón Cuenca. La «victoria definitiva», como le llama el Cabildo Popular por el Agua de Cuenca, llegará cuando el Gobierno nacional haya hecho lo pertinente, desde sus competencias y no a través de mentiras esquivas o de arrojar responsabilidades al Gobierno Autónomo Descentralizado del cantón Cuenca y al Gobierno Provincial del Azuay, tal como lo hizo, siniestramente.
Mientras redacto esta nota, nos encontramos en el día número veintitrés de un paro nacional, liderado por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE). En estos veintitrés días hemos sido testigos del abuso de la Fuerza Pública. Aquellos que juraron protegernos, con estrategias de guerra, han acechando las movilizaciones pacíficas que buscan dignidad y el cumplimiento de las propuestas de campaña. Ante los atropellos del actual Gobierno, la resistencia social corresponde a voces que no se dejaron silenciar y que salen valientes, día tras día, a asfixiarse entre los gases lacrimógenos que son utilizados sin contención en las calles de la sierra norte del Ecuador. Si bien, esta nota parece deslizarse por un costado, enunciar y hablar son formas de sumarnos al conflicto, con presencia afectiva y con un uso constante y auténtico del arte y el intelecto.
Hace algunas ediciones, esta maravillosa revista me había invitado a responder: ¿Para qué sirve la poesía? En aquella ocasión, escribí un ensayo inmerso dentro de una experiencia que presencié como participante en un recital de poesía, cuando un señor del público se apoderó del micrófono, dejándonos saber a todos sobre su entusiasmo creativo. Ahora (y siempre) estoy de su lado. A lo mejor, ahora atravieso una nueva pregunta que me llevará a nuevas respuestas que suscitarán a su vez nuevas interrogantes.
La labor del poeta radica, ante todo, en resistirse al silencio que nos condena. Esta vez, la misión sigue intacta. La poesía sirve para muchas cosas adyacentes que podrían abordarse en más de un ensayo. La poesía no está al servicio de nadie ni de nada, pero ayuda para escribir con indignación, como lo haría alguna vez Jaime Gil de Biedma: «Adelantaron las lluvias, y el Gobierno, reunido en consejo de ministros, no se sabe si estudia a estas horas el subsidio de paro o el derecho al despido, o si sencillamente, aislado en un océano, se limita a esperar que la tormenta pase y llegue el día, el día en que, por fin, las cosas dejen de venir mal dadas».
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En un meridiano recodo, unas cuantas rocas se golpeaban con la marea tomebambosa hasta volverse espuma. Allí, se había estancado la corona del, a veces, mal señalado Remigio Crespo Toral. El remanso había creado un segundo de desvío, permitiendo que la corona del cuestionado se enmarañara entre los pajonales, crecidos a expensas de la humedad de la orilla. Noventa años después, alguien pasó por ahí. El agua seguía su cauce, deformando con sutileza la geografía de la naciente ciudad. La corona, casi descompuesta, descansaba en la marea del tiempo y encontraba una nueva formación de la materia. La idea iba tomando cuerpo: parecía que la corona estaba hecha de hueso, pero no del cráneo que alguna vez la custodiara. El río se había llevado a otro fantasma.
Y así, en la construcción de esta ficción —que se tienta a ensayar una comprobación de perennidades—, reconocemos que los escritores y escritoras de Cuenca, y en especial sus poetas, son seres causativamente (vaya palabra tan vieja) acuáticos o bien vinculados de manera vital-imaginativa con el agua que los circunda. Resulta que esa belleza también alimenta a la población y es motivo de una reflexión profunda, íntegra y silenciosa. A partir de la posibilidad del poema, el lenguaje vuelve verosímil a la belleza, para todos y todas cuando no sabemos cómo traducirla. Sobre esa traducción sin nombre ni memoria trata este texto. A la intuición que devuelve la imagen de una vida llamémosle agua, pero precisamente llamémosle (y por qué no) restitución.
Ahora, reducidos a nuestro presente herido de «progreso», si lo que buscaban era otra razón para cuidar las fuentes hídricas frente a la amenaza minera y gubernamental —y así marchar este 16 de septiembre—, aquí tienen una nueva: el entusiasmo y la responsabilidad que surgen de poder trabajar en una de las bibliotecas públicas más antiguas de la ciudad me permiten ofrecer esta comprobación —aunque parezca más una sospecha— bibliográfica de la relación entre la poesía cuencana y sus aguas: páramos, ríos, lluvias, acequias y la propia ciudad, creadora de un imaginario que durante más de diez décadas ha ido goteando imágenes. Cada imagen es una frase y cada frase puede ser un cartel: úsenlas. Esta es una defensa proporcional al nivel de amenaza simbólica: si enfermas al agua, enfermas el paisaje. La tensión de estas imágenes, generadas por la poesía, lucha con la empedernida ceguera y su desesperación. La táctica de la poesía siempre será gobernar en equilibrio su propia naturaleza, contraria a la conducta extractivista que impera en el aire, misma que requiere de técnicas deshonestas y persecuciones que nos condicionan a ubicarnos constantemente en un sentimiento de emergencia. La poesía ya no resiste, de hecho, está en plena capacidad ofensiva, porque podemos utilizarla como mecanismo de respuesta al sentimiento de desarraigo contra el que luchaba Simone Weil. Actualmente, quieren vernos separados y desmemoriados, pero más unidos y lúcidos nos van a encontrar. Recuerden que gobernar no es solo administrar recursos, es abrirle paso a la fuerza vital de la naturaleza, de manera afectiva y responsable. Para nosotros, ese gobierno es el del agua y hoy lo recordamos gracias a la sincronía del canto, del pensamiento y el poder del lenguaje de nuestros poemas.
Quiero aclarar que las exigencias espaciales del documento me obligaron a transformar la cualidad silenciosa del verso —su extensión y sus saltos— en una cadencia sostenida en la prosa, donde las pausas descansan en la puntuación. Esta decisión responde a una lógica de espacio, nada más. Pido tolerancia a las autoras y autores, que aquí se encuentran, por haber ajustado el formato de sus versos. Como en toda pesquisa, algo o alguien quedará relegado; por eso, repito que la metodología de selección responde únicamente a los libros disponibles en la Biblioteca Municipal Daniel Córdova Toral y a la presencia de poetas nacidos o vinculados con la ciudad de Cuenca.
Finalmente, vale mencionar que las citas recogidas abarcan 115 años, desde las más antiguas de Honorato Vázquez y Miguel Moreno (1908) hasta las más recientes, como de Paola Cando (2023). Con este aporte, podemos evidenciar que, por más de un siglo, la importancia estética del agua ha sido determinante en la poética paisajística y discursiva de la ciudad y su campo semántico. La atención contemplativa se transforma en expectación, y esta, en acción inmediata, como resguardo de lo inefable y más delicado. Por eso marchamos, en situación de resistencia y memoria. Ante el actual escenario, la poesía es una legítima arma. Y para aquellos que todavía no lo entienden: sépanlo bien, ni hoy ni mañana ni en cien años más: #KimsacochaNoSeToca

Durante la marcha del 16S, se vieron carteles con los versos sugeridos en este artículo. Para leer la selección completa, da clic aquí. Fotografía de María Laura Lozano de Voces Azuayas, cortesía.
- «Allí la vastedad, en torno y más allá, de la floresta atávica, a pleno ritmo y bríos de radiante, salvaje, bella vitalidad. Allí, gran maravilla, solo allí, cuatro ríos». J. Rafael Alvarado (Cuenca cantada por sus poetas, 1957)
- «¡Pronto!… murió una vida junto al río, él pasó, dejó su sentir… dijo que tal vez esté jugando a lavar errores en las piedras». Pablo Arciniegas Ávila (Altas contemplaciones comunes, 2007)
- «Cada ser humano es un hilo de agua cayendo en la cascada; su voz individual tiene valor en tanto alimenta el gran coro espumoso. No nacimos para la soledad y la montaña, nacimos para caminar abrazados». Jorge Arízaga Andrade (Corazón cuadrado, 1994)
- «Pongo un dique de fuego entre tu voz y mi terror; te limito los pasos; te abandono y me marcho… vuelvo al río del alba y los venados; yo quiero ser, cantando, un torrente en pie sobre los lomos de azúcar de mi tierra». Rubén Astudillo (Diez, al revés del tiempo, 1969)
- «Estar entre la inmensidad de las manos y el agua: concluyendo un nombre». Eugenio Crespo Reyes (Mi humano vacío, 1991)
- «Ven, mínima presencia sucesiva, amoldamiento puro y asexuado. Ya en la verde capucha de las ranas o en deslizamiento azul de peces, con zapatillas de húmeda bacteria». César Dávila Andrade (Obra poética, 2007)
- «Y sobrevino el pavor: las ciudades arrancadas de raíces, los ojos de sus cuencas, los ríos de sus cauces, las manos de los brazos, las amapolas de su perfume, las bocas de su aliento». Pablo Estrella Vintimilla (Poesía. Dos variaciones de Hiroshima, 1985)
- «Por eso habías hecho de la indocilidad del tiempo una gran piedra para sentarte a esperar las lluvias. Siempre supiste aguardar, sobrellevar la deshora, como precio justo por los hermosos días venideros en que reiniciarás tu amistad con la tierra, no por atropellarse, el río arriba más pronto al mar». Efraín Jara Idrovo (In memoriam, 1980)
- «La tierra, se hizo estéril, maltrataron su seno hasta cansarla, el agua está contaminada, el pan se ha vuelto piedra, el trigo, nada». Teresa Cordero Tamariz (Mujer es poesía, 2004)
- «Y arriba del alto cerro caía el agua golpeando, CHORRO de barba plateada era el abuelo del campo». Inés Márquez Moreno (Antología de poesía cuencana de mujeres, 2022)
- «El río volverá al frío, y no podrán, y no podrán, y no podrán». Alberto Ordóñez Ortiz (Las llaves impares, 1986)
- «Dejándome llevar de la tormenta, orgulloso, veré surgir del agua y despertar al son de mis cantares, tribus, pueblos y razas como despertó América, en la espuma». Remigio Romero León (Leyendas Olvidadas, 1915)
- «Agua que haces temblar, de amor, el germen; agua, que las raíces desalteras; agua, en cuyas moléculas se duermen las floraciones de las primaveras». Remigio Romero y Cordero (Condoricamente, 1977)
- «Toda el agua que he bebido o ha pasado bajo el arco de mi espalda. Todos los ríos que no he cruzado y en cuyo nombre levanto este vaso (la superficie de mi arteria se dilata para escuchar su paso)». Galo Alfredo Torres (La canción del invitado, 2008)
- «Si el agua fuera realmente agua, no distinguiríamos el llanto de la risa, pues cada estado sería el mismo estado fluyendo siempre en el caudal del olvido». Alexandra Vásquez (Lipocodyum, 2018)
- «Las mujeres se alejan amamantando palomas, llevan el rostro dorado y la retama de los ríos, han llenado de nombre su camino. Hemos ido juntas por las calles con la risa quemándonos los pies y fuimos bajando escalones, escalones, lluviosamente peregrinas hasta tocar el musgo de la ciudad dormida». Catalina Sojos (Cantos de piedra y agua, 1999)
- «Revienta la nube en lluvia y mis recuerdos se abren lentamente. Regreso a los encajes fríos, a mis montañas de tarde ¿cómo estará allá el cielo?». María Eugenia Zhañay de Govea (Lejos de Cuenca, 2011)
- «Para que sepan de nuestra agua, de nuestros bosques, de nuestro cielo; para que sepan de los sonidos en que habitamos, me pongo el sombrero del sol en secreto, abro las puertas de nuestras ciudades, digo… ¡vamos!». Juan Vicencio Rojas (El otro habitante, 2000)
Agustín Molina Arévalo (1994). En 2022, publicó su primer poemario El libro de la boca con Subte Editorial y, en 2024, ganó la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la CCE Azuay con Primer conteo de duendes y brujas. Como narrador, publicó Memorias Parroquiales Rurales (Municipio de Cuenca, 2017), libro que se tradujo al inglés por Tom Larsen (2019). Ha colaborado para revistas como Salud a la Esponja, Liberoamérica, Pie de Página, Gaceta República Cultura, Elipsis y Monda & Lironda. Como poeta, aparece en algunas antologías nacionales como 90 revoluciones (Mecánica Giratoria, 2015) y Panamericana: Diario de ruta (Municipio de Cuenca, 2019). Desde el 2022 es responsable de la Biblioteca Municipal Daniel Córdova Toral.