Kathe Astudillo: «Reírte de ti misma, eso es muy sanador»
Por: Jacinta Aguirre Abad

Kathe Astudillo es una comediante de stand up y activista por los derechos de las personas con discapacidad. Fotografía de Jaime Villavicencio e imágenes libres de derechos, intervenidas por Juan Contreras.
Mis ojos se posaron inmediatamente en un video que preguntaba: «¿Qué es lo más caro que traes puesto?». En la escena, una mujer se acerca hacia la cámara, lee con atención la pregunta que parece flotar frente a ella y su rostro se torna pensativo. Entonces, con una sonrisa pícara, muestra su pierna con aparatos de ortopedia. Me desternillé de risa.
Así descubrí Ejemplo con manzanas, la cuenta de Instagram manejada por Kathe Astudillo, comediante de stand up y activista por los derechos de las personas con discapacidad. Empecé a seguir con atención sus publicaciones: celebré su sarcasmo, su activismo tenaz, sus observaciones agudas y sus críticas sin filtros. «La discapacidad no tiene nada que ver con la personalidad, sueños, vicios y gustos de una», dice al final de otro video mientras baila, ríe y bebe.
Kathe, cuéntame un poco sobre ti. ¿Quién eres fuera del escenario?
Tengo treinta y seis años. Soy comediante, desde hace un año y medio. Soy activista por las personas con discapacidad y promuevo la accesibilidad. Soy una persona muy curiosa y, para bien o para mal, no tengo filtros cuando hablo. Soy mánager de datos y trabajo en el mundo de los números.
¿Por qué decidiste hacer stand up? ¿Qué te motivó subirte a un escenario?
En mi cuenta de activismo Ejemplo con manzanas, visibilizo las barreras que tenemos las personas con discapacidad. Por ejemplo, parece algo muy trillado y simple, pero si no hay rampas, no puedes movilizarte.
Un día vi que había un curso de stand up dirigido por Juan José Bermeo. Entré con la idea de aprender a hacer videos chistosos para mi cuenta. Para graduarme debía pararme en un escenario. Pensé: «Bueno, ya. Por esta vez», pero me encantó.
Soy una persona muy nerviosa cuando toco el piano en público o tengo que realizar presentaciones en el trabajo. En cambio, en el stand up no me pasa eso; son nervios bonitos. Puedo ser yo: me puedo quejar, reír o hablar de lo que sea. Es donde me siento más auténtica.

Afiche de la presentación de Kathe Astudillo, en la Sala Alfonso Carrasco de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, en octubre pasado.
¿Crees que se ve con sospecha o extrañeza que una persona con discapacidad haga chistes con respecto a su cotidianidad o condición?
Sí, es muy curioso cómo reacciona la gente. Cuando estamos con otros chicos haciendo comedia y llego, la gente a fuerza se calla, porque llamo la atención, porque soy diferente. Pero eso es un punto a favor.
También he notado que la gente se pone rara cuando toco temas de sexualidad, de Tinder y de las relaciones. Yo me río y digo: «Miren sus caras». Así se empieza a naturalizar el tema. Las personas, sin maldad, piensan: «De eso no puede hablar ella» y se sorprenden cuando lo hago. Nos ven como si fuéramos angelitos. Como si eso no hiciéramos las personas con discapacidad.
¿La sociedad ecuatoriana está preparada para el tipo de humor que haces?
Siempre hay públicos para todo, pero sí es complejo con ciertos temas y, mientras más pequeñas son las ciudades, es más difícil. Por ejemplo, con el mismo show con el que en Cuenca me va superbién, en la Amazonía no pego ni cromos. Por otro lado, Quito ya tiene una cultura del stand up establecida y es hermoso presentarse ahí. Hay muchos íconos allá que llevan años haciendo esto y que, por suerte, abrieron camino.

Kathe Astudillo es parte del colectivo cuencano Cuy Comedia. Fotografía de Jaime Villavicencio.
¿Hay algún límite con respecto al humor cuando se trata de discapacidades?
Es una línea —no sé si tan delgada—. Es muy diferente visibilizar lo que sucede, reírte de la cotidianidad a burlarte de la persona. Hay algunos humoristas que solo dicen «lisiado», «cojo» y ya. Ese es el chiste. Fin. Todos se ríen. Es el humor más fácil, pero lo complejo y lo interesante está en explorar otros temas.
El humor que perpetúa estereotipos nos cuesta mucho a las personas con discapacidad: te friega tener amigos, pareja, conseguir un trabajo, etcétera. No es un capricho, no es un: «Ay, no digan eso porque me siento mal». Hay consecuencias. La burla nos invisibiliza porque puede retratarnos como monstruos, como angelitos o «pobrecitos».
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Para esta entrevista, Kathe y yo decidimos vernos en Sucre Salé. Sin embargo, en el breve trayecto del parqueadero a la cafetería, sorteamos una gran cantidad de obstáculos: un taxista que bloqueaba la rampa; accesos resbaladizos y mal diseñados; gente que no cedía el paso y ornamentos colocados sin ningún sentido en las veredas.
¿Has tenido algún tipo de barrera física, social o logística para presentarte en shows de stand up?
Constantemente. Mis compañeros del colectivo de comedia se fijan en qué tan accesibles son los lugares en los que nos presentamos, pero el 95 % de las veces los escenarios tienen gradas y casi nunca hay rampas. Hay días en los que digo: «Bueno, ya nada, voy», aunque eso implique dolor. Otros días prefiero no ir. Yo quisiera asistir en la silla siempre. Porque a ratos me canso y, generalmente, en el stand up una va parada.
Aun así, siempre puede haber protocolos. Por ejemplo, en el Teatro Sucre hay muchísimas gradas entre el camerino y el escenario. Pero cuando me presenté ahí, los organizadores colocaron a dos paramédicos, como si fueran mis guardaespaldas.
Otras veces, puede que no haya barreras para mí, pero para el público sí. Por momentos, siento que no soy coherente o que tengo un doble discurso, porque hablo de accesibilidad y me presento en lugares que no lo son. Lamentablemente, no hay muchos espacios que cumplan con estos requisitos. En algunos shows he podido contar con intérpretes de lengua de señas, pero no siempre se puede porque es un costo que debo asumir.
Supe que lograste incidir en el protocolo de un evento masivo. ¿Qué ocurrió?
Hace tres años, fui al Quitofest en silla de ruedas y con un amigo. El taxi me dejó veinte cuadras más abajo porque no quería subir al Itchimbía. Al llegar, los guardias no conocían los protocolos y me dijeron: «¿Para qué viene?».
Después de esa pésima experiencia, decidí escribirle al productor, Jalál Dubois. Él me respondió con mucha atención y preocupación, además, me pidió asesoría para la próxima edición. Al año siguiente, fui sola y todo fluyó: había señalización, la entrada preferencial funcionaba y los guardias estaban más sensibilizados. Nadie me cuestionó por qué estaba ahí.
Ecuador cuenta con veintidós normas técnicas sobre accesibilidad universal. Sin embargo, informes realizados por el Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades (CONADIS) han reportado un alto incumplimiento de estas. Video tomado de Ejemplo con manzanas.
¿Cómo abordas el discurso de la «superación» o la «lástima»?
Es complejo, porque capaz se lo hace con buena intención. Algunos dicen: «Eres una heroína», solo porque caminé tres pasos. Lo malo de decir que podemos «todo», de ponernos como héroes, es que significa que lo haremos todo: ver y resolver la vida, porque hay que ser valientes y no sé qué. Entonces, una verá cómo sube esas gradas.
Yo asumí esa carga intentando ser muy inteligente. Cuando hablaban de mi discapacidad, decían: «Sí, ella tiene esto y esto, pero es superbuena alumna. Así tiene cómo compensarlo». Y si no eres inteligente, entonces no vales ni un centavo. Eso te coloca mucho peso: no puedes equivocarte o debes tener siempre buenas notas, y no porque quieras, sino porque sientes que solo eso te puede salvar.
Es irónico: te ponen en un pedestal para ser una heroína, pero no para darte un trabajo, tener hijos, ser esposa o lo que sea.
¿Qué opinas de que se quiera usar a las personas con discapacidad como ejemplos de «superación» o como inspiración?
Cuando era muy pelada, la gente me decía: «Debes dar una charla de superación». Y yo respondía: «Ni que una ya supiera cómo es la vida». Creo que nadie sabe, como para que alguien te diga: «Haz esto, haz lo otro».
Pero luego vi referentes como Francisco Aguilar, en México. Él tiene una discapacidad y me inspira, por las cosas que cuenta, lo que hace y cómo sortea sus barreras. Ahí es cuando digo: «Bueno, no soy una débil porque a alguien más también le está pasando». Cualquiera puede inspirar a otras personas. Mi mamá puede inspirar a otras mamás y así. Yo me inspiro en otros.
No eres un héroe por tener una discapacidad, pero hay que ser sinceros, sí hay más barreras para las personas con discapacidad. Y es difícil romperlas. A veces, lloro porque no quiero que nadie me vea en la silla de ruedas; a veces, odio la silla porque es pesada, porque la rampa no sirve. Eso no siempre se ve. La gente dice: «Ah, ella lo superó» y no, no es así. Cuando te ponen en un pedestal, parecería que todo es fácil.
En mi caso, al tener una discapacidad degenerativa, hago planes y, total, no son posibles por el dolor en mi cuerpo. Cuando escucho que no hay mejor plan que quedarse en casa, viendo la televisión, concuerdo. También quiero eso a veces, pero es feo cuando quiero salir y mis piernas no. Es muy difícil batallar con esa incertidumbre.

«A nivel personal, el stand up ha sido como una terapia». Fotografía de Jaime Villavicencio en el escenario de la cafetería Sucré Salé.
El humor es liberador, pero también político. ¿Crees que tu plataforma te ha ayudado a nivel personal o comunitario?
El humor es una herramienta potente para hablar de minorías, puedo hablar de cosas que nos afectan, naturalizar la existencia de otros cuerpos. El stand up me ha permitido inspirar. No es que yo sea una gurú, pero la próxima vez que alguien vaya a tener alguna actitud paternalista o discriminatoria, capaz se lo piensa dos veces.
Gracias a la comedia he armado una comunidad muy bonita. Siempre hago videos graciosos en los que estoy en pilates, rodeada de chicas guapas y esbeltas, mientras yo estoy tan oxidada, que no puedo ni levantar la pierna. Me han escrito varias a decir: «Oye, yo soy una vaga, te entiendo». También, una Navidad sorteé una Barbie en silla de ruedas y otra sin una pierna. Varias mamás y niñas se pusieron muy contentas. Entonces, sí veo un efecto, así sea en poquitas personas.
Con el humor, la gente abre un poquito más la mente y está más predispuesta a ayudar y a preguntar. La comedia abre el debate para hablar de estos temas. Capaz, vas en tu carro y piensas dos veces antes de tapar una rampa, porque vas a decir: «Ah, cierto. Sí importa».
A nivel personal, el stand up ha sido como una terapia, porque escribo sobre lo que me pasa y eso ayuda. Todas las personas tenemos una parte que no nos gusta, que queremos ocultar, que queremos disimular, que nos da vergüenza. El stand up nos permite hablar justo de eso. Aprendes a reírte de ti misma, eso es muy sanador. Nos ayuda a mostrarnos tal como somos. Te sientes menos vulnerable porque puedes decirlo en voz alta y sacar esos miedos…, aprender a reírte de ellos.
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En Ecuador se han registrado 495 792 personas con discapacidad, pero persisten prácticas discriminatorias y capacitistas que impiden su participación social en igualdad de condiciones. Kathe usa su militancia y su comedia para romper ese aislamiento, busca en lo común un punto de encuentro, una cotidianidad con la que podemos identificarnos. En nuestro diálogo, recorrimos situaciones, palabras, actitudes y algún que otro desconcierto para terminar haciendo lo más subversivo posible: reírnos de nosotras mismas. Kathe nos recuerda la importancia de abrir un espacio de reconocimiento mutuo, donde ningún cuerpo sea olvidado, frente a una sociedad que insiste en invisibilizarnos.
Jacinta Aguirre Abad (1993). Es lectora y correctora de estilo. Tiene estudios en Antropología y en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales. Le gusta investigar los cruces entre cuerpo, discapacidad, arte y educación. Integra la Comunidad Dis(lo)ca, donde promueve el activismo y los derechos de personas con discapacidad desde una mirada crítica e interdisciplinaria. Integra el grupo de investigación Kaleidos, Etnografía Interdisciplinaria, de la Universidad de Cuenca.