Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Manual de instrucciones para un cerebro que vino sin manual

Por: José Boroto

 

«Descubrí que la vida laboral, para alguien como yo, es […] como un eterno videojuego de supervivencia», dice José Boroto. Captura de pantalla del videojuego Job Simulator: The 2050 Archives. Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Buenas, buenas, soy yo de nuevo. Como ya sabrá, si alguna vez me ha leído, escuchado por ahí o conversado conmigo, nací en Cuenca: ciudad de iglesias, dulces de Corpus, erres arrastradas y diagnósticos tardíos. Ahí, donde me ven, pasé media vida pensando que mi distracción era parte del paisaje local: que, si me olvidaba la mochila, era culpa del frío; que, si llegaba tarde, era culpa del bus que no paró donde debía; que, si no escuchaba lo que me decían, era culpa de la campana de San Blas —que sonaba justo cuando me hablaban—, no porque mi mente estaba quién sabría dónde.

Así era yo, así salió este guagua: en la escuela, distraído; en la casa, huraño; y hasta especialito con la comida, con los juegos, con las texturas y los olores. «Rarito mismo es», decían todos, a veces en chico, a veces no tanto. Años después, ya de viejo, ya estudiado y con RUC, la ciencia, en un consultorio, le puso nombre a lo que mi abuela llamaba la bobería. Se ha llamado, pues, déficit de atención e hiperactividad. En casa no creían en psicólogos, pese a que yo terminé siendo uno graduado, con título y con un futuro brillante (en esas épocas, encima de todo, era bien ingenuo). Ironías del destino: estudié la mente, para intentar entender la mía, pero salí confundido y con obligaciones tributarias. Mi familia todavía piensa que la depresión se cura poniéndose durito y que la ansiedad se combate con ganas y un té de valeriana. Yo, a veces, trato de ser un familiar normal y ayudar. Los escucho, sin juzgar ni tratar de cambiar nada; intento ponerme en sus zapatos y poder hacer algo por ellos, mientras, mentalmente, hago cuentas sobre el arriendo, las contraseñas que no cambié, el tono de azul preciso para ese ultramarine que no mismo me sale como el de la caja; pienso en por qué huele a canela el sillón de la casa… «Ay, José, rarito mismo eres», me digo mientras trato de mantener la mirada, de una manera relajada, en la frente del otro y de no agarrar el teléfono, para tener algo entre mis manos que me permita prestar atención correctamente.

De ahí, buscando el sentido de la vida (spoiler alert: aún no creo que lo he hallado), terminé trabajando en oficinas, escuelas, colegios, universidades, agencias de publicidad, clases particulares. En todos esos trabajos y reuniones constantes, donde el ruido me rompía la concentración, como se rompe un vidrio al que le cayó un pelotazo, las miradas juzgonas y de rechazo se juntaban en mi cuaderno de apuntes, lleno de garabatos. Descubrí que la vida laboral, para alguien como yo, es menos la rutina cansina que agota y llena de hastío, y más como un eterno videojuego de supervivencia: mantener la atención mientras suena el celular de un colega, le llega un correo al de finanzas o alguien pregunta si ya entregaste el informe (¿qué informe?) y tu cerebro decide que es el momento perfecto para pensar en cómo darle soporte a un pokemon de papel y cartulina (la respuesta es espuma expansiva, siempre es esa). Todo esto, mientras empiezo el informe que tenía pendiente para ayer (el del Post-it que veo nueve veces al día, ese mismo).

Con el tiempo entendí que no era vago, como me dijo el profe de quinto, ni desinteresado, como creían mis taitas, ni de mal carácter, como más de una expareja me lo supo decir en más de una ocasión. Era mi cabeza corriendo más rápido que mi cuerpo y en una dirección opuesta a la que el mundo quería que fuera. Ya cuando la ansiedad y la depresión se subieron al vehículo conmigo, mi mente decidió que era el mejor momento para ver qué pasaba si íbamos en picada. Me quebré, me rompí, me rendí. Lloré, me paré y acepté que, solito, no podía. Terminé medicado, pero funcional. Trabajar desde casa se volvió mi salvación: el silencio, el café, el perro roncando al lado y el mishi recordándome que soy querido, el correo electrónico que no me mira con cara de juicio cuando respondo tarde y la firma que le puse diciendo que, si le escribo a una hora inapropiada, no debe responderme enseguida, que yo entiendo que la gente tiene horarios normales y tiempo personal. La comunicación digital me salvó la vida, literalmente. En persona, mi ansiedad tiembla. Aunque me vea todo sensato y chistoso, no he podido aún jugar un juego de mesa, en mi cafetería favorita, con gente con la que hablo todos los días por WhatsApp. Por pantalla, hasta parezco elocuente. Mi foto de perfil sonríe y se muestra segura.

En todo esto, me olvidé de contarles que, ya hace algunos años, vino el Sebas a mi vida. Convertirme en padre me hizo entender que el miedo también puede ser amor con uniforme de pesadilla. A veces, cuando juega, veo cómo se apasiona en su propio mundo y pienso: «Por favor, que no herede esto de mí». No quiero que su mente se disperse, que el ruido lo agobie, que sienta ese vacío que yo sentía cuando todos terminaban algo y yo apenas comenzaba, que no se sienta solo cuando sus gustos sean diferentes a los de los demás. Pero también pienso que, si hereda algo, ojalá sea la imaginación infinita que viene con el caos, la capacidad de crear mundos mientras otros hacen listas y la certeza de que el verdadero éxito está en ir por el mundo asombrados y maravillados, con esos detalles que, por distraídos, vemos y conectamos.

Con la Tati, la cosa es diferente. Ella me ancla a un mundo que se me hace distante, pero hermoso. Me enseña que el amor no es solo acompañar, sino aprender a leer los silencios de un cerebro que siempre está transmitiendo en otra frecuencia. A veces me da miedo que mi distracción la desgaste, que se canse de repetir lo mismo tres veces o de verme paralizado por cosas pequeñas. Pero ella tiene una paciencia que parece de otro planeta y un corazón que bombea esperanza. Yo no soy muy bueno entendiendo emociones, pero con ella me he acercado a sentirlas, y ese es un mundo al que no quiero meterme sin ella como guía, compañera y pareja.

Cuenca sigue igualita. Llueve a las tres de la tarde, los carros tocan el pito sin razón en cada esquina, la nueva terminal terrestre sigue en veremos y yo continúo medicado y agradecido con las cartas que me vinieron. No me curé, porque a la final no hay de qué curarse. Más bien, me puse durito y me adapté. Ya entendí que no voy a funcionar como los demás. Ahora busco existir a mi manera y aprender más sobre mi entorno.

Hablando ya más en serio, el Estado todavía nos debe espacios de salud mental accesibles para todos —sin trabas y estigmas laborales—, trabajos que no castiguen la distracción y políticas que entiendan que no todos procesamos el mundo igual. Sí es necesario bajarle un chance a la trivialidad de ser diferentes y empezar a considerar que gestos chicos pueden significar mucho para otros. Mientras eso y los carros voladores lleguen, yo tengo mis herramientas rebuscadas, probadas y aprobadas: la pastilla matutina que viene con el desayuno y los primeros garabatos de la mañana; la libreta de pendientes que nunca completo, pero que cada día decoro; el humor como escudo ante un mundo agresivo; y una familia que me recuerda que, incluso con la mente hecha un remolino, se puede vivir con amor, comprensión y ternura.

No todo es superación. A veces, es solo una supervivencia elegante y funcional, lo más cercano a la paz que alguien que vino sin manual puede soñar tener. Y me encanta.

José Boroto (Cuenca, 1983). Se dedica a equilibrar la seriedad con el humor: ha sido profesor de Inglés en diversos niveles, coordinador académico en algunas instituciones educativas, traductor y creativo en agencias de marketing. Escribe desde que el internet era un guagüito rebelde con módem escandaloso. Disfruta dar forma a las palabras, como quien juega a mezclar rigor con imaginación, porque está convencido de que un buen texto puede hacer que, incluso, lo más aburrido suene interesante y lo más simple te haga reflexionar. Entre artículos, clases y traducciones, escribe como vive: a veces en serio, a veces en broma, pero siempre con la intención de dejar una sonrisa a quien lea y con el apuro que viene de jamás saber que pasará después.

Scroll al inicio