BiblioAzuay o cómo una biblioteca puede descentralizar la lectura
Por: Andrea Rojas Vásquez

BiblioAzuay es la biblioteca móvil de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay. Esta recorre parroquias rurales para que las comunidades que carecen de bibliotecas públicas adecuadas puedan acceder a libros infantiles. Fotografía cortesía de BiblioAzuay.
La primera vez que tuve la ambición de leer y escribir pensé que, al aprender a usar el lenguaje de los adultos, me ganaría un lugar en las conversaciones de las que me sentía expulsada. La segunda vez —la que transformaría mi vida— ocurrió porque mi mejor amiga de la infancia, que era una pulga lectora, tenía la generosa manía de encaramarse a mi hombro, abrazarme y contarme con urgencia todo lo que había leído. Salvo un par de enciclopedias, no tenía una biblioteca; ella sí. Y fue a través de ese espacio y de esos libros prestados que descubrí que podía jugar con la materia misteriosa e inasible del lenguaje. Creo que, de no haber sentido la ilusión de tener una voz en la mesa y de no haber conocido una biblioteca cuando era niña, hoy no tendría la sensibilidad ni el gran manto de esperanza que recubre todo lo que miro. Aunque confieso que, a veces, mi esperanza tiene apenas el espesor de una gasa bajo la cual las heridas respiran en secreto.
Pienso en eso ahora que tantas cosas alrededor de la cultura se desmoronan bajo el aplauso, la indiferencia o el silencio. En una época como esta, en que los recortes presupuestarios debilitan el ecosistema del libro, parece oportuno recordar cómo conocimos una biblioteca y por qué sigue siendo necesario defender el acceso público a los libros. Y, de paso, preguntarnos también a quién podría beneficiarle que, en un momento tan crítico, solo la gente capaz de pagar pueda leer.
Acordémonos de que, durante siglos, en Ecuador, los libros y los espacios de lectura fueron privilegios reservados para unos pocos. Las bibliotecas públicas comenzaron a surgir lentamente desde finales del siglo XVIII y nunca han dejado de ser dos cosas: refugios para quienes no tenían libros en casa y espacios amenazados por disputas económicas y políticas. Según El Telégrafo, en 1792 se creó en Quito la primera Biblioteca Pública del país y Eugenio Espejo se convirtió en su primer bibliotecario. Décadas más tarde, en 1882, surgiría la Biblioteca Pública del Azuay, impulsada por el rector Juan Bautista Vázquez.
Proyectos de bibliotecas móviles y comunitarias como BiblioAzuay, de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, son la extensión de una tradición que defiende el acceso a la lectura para que no sean solo las personas de la élite y la urbe quienes lean. En el caso de esta iniciativa, la idea es aproximar los libros a las personas de la ruralidad, quienes, pese a alimentarnos, son quienes más sienten la crudeza de un Estado que, además de ser un padre abandónico, administra la cultura desde el centro y mira de soslayo las periferias.

Actualmente, el equipo de BiblioAzuay está compuesto por Marily Román, en la coordinación; Leandro Vera, músico y mediador de lectura; y Dennis Pesántez, en la logística. Sin embargo, su quehacer es posible gracias al aporte de varios trabajadores de la CCE Azuay, incluidos choferes, gestores y comunicadores. Fotografía de Jaime Villavicencio.
¿Qué hace BiblioAzuay?
Veamos.
Me reúno con Marily Román, comunicadora y coordinadora del proyecto; Leandro Vera, músico y mediador de lectura; y Diana Ramón, maestra de la escuela Remigio Astudillo y testigo de la iniciativa. Marily, quien sostiene los embates de la gestión y los trámites burocráticos, es la voz más seria, firme y crítica; Leandro y Diana, en cambio, me hablan con un entusiasmo que me hace sospechar que guardan un sol en los pulmones, un sol que, varias veces, se asoma entre sus dientes y me hace sonreír también.
Diana me comparte varias fotografías después de nuestra conversación. En una aparece un aula de paredes desnudas que funcionaba como bodega. En las siguientes imágenes, veo el aula con dibujos, colores, libreros artesanales pintados; formas que dan vida a un espacio de lectura que conmueve por la sencillez y el significado que contienen. La escuela Remigio Astudillo queda en la parroquia Luis Cordero Vega, en Gualaceo. Es multigrado. Tres docentes trabajan con todos los cursos. Diana recuerda que, cuando BiblioAzuay llegó por primera vez, la escuela no tenía un espacio destinado a la lectura. Después comenzaron a mover mesas, a limpiar y refrescar el lugar para las visitas de la biblioteca móvil.
La sala de lectura que la escuela Remigio Astudillo, en Gualaceo, creó a partir de las visitas del equipo de BiblioAzuay. Fotografía cortesía.
BiblioAzuay nació en 2019 como un proyecto ganador de la red de bibliotecas públicas Iberbibliotecas. Hasta el 2026, BiblioAzuay ha trabajado con más de 30 mil niños, niñas y adolescentes, recorriendo casi todos los cantones y el 98 % de las parroquias rurales del Azuay. Marily, explica que la idea era sumar carnetización electrónica y sistemas de préstamo en línea. Sin embargo, después de las primeras visitas, el proyecto se replanteó. «No tenían acceso a señal de celular, mucho menos internet», recuerda. Así, el proyecto cambió sobre la marcha. Las matrices digitales terminaron siendo registros que se llenaron manualmente. «A veces desde la institución o desde el escritorio se piensa en proyectos sin tener mayor conocimiento de lo que pasa en territorio», afirma Marily.
La furgoneta comenzó a recorrer parroquias, iba colmada de libros, pinturas, cartulinas y herramientas de mediación. Con el tiempo se convirtió en una biblioteca itinerante equipada para atravesar caminos hostiles y llegar a comunidades donde el libro es un objeto de lujo. Al inicio, cuenta Marily, el equipo hacía «la vaca» para comprar materiales destinados a las actividades con los niños, niñas y adolescentes. Después llegaron campañas ciudadanas de donación como Comparte la aventura de leer, en 2023, y el catálogo pasó de poco más de 1000 ejemplares a cerca de 10 000, estos incluyen literatura infantil, juvenil, novelas gráficas e incluso textos en quichua. Con ese equipaje, visitan escuelas y comunidades distantes.
El equipo está integrado por Marily Román en la coordinación, Dennis Pesántez en la logística, Leandro Vera en la mediación lectora y conductores que rotan para cubrir las largas jornadas en la carretera. Lo que realizan, sin embargo, dista de la quietud y el silencio que suelen asociarse con una biblioteca.
En un día cotidiano, Leandro Vera llega a las escuelas con guitarra, títeres, instrumentos musicales y un kamishibai, un pequeño teatro de papel japonés utilizado para narrar leyendas, historias de terror o clásicos universales. Primero canta. Después cuenta cuentos. Más tarde se abre la biblioteca y los niños escogen los ejemplares que desean llevarse a casa durante quince días. «Leer no es una tarea, sino un disfrute, un goce», dice. Su trabajo consiste en romper la idea de que la lectura pertenece únicamente a las obligaciones de la escuela.
«Leandro Vera llega a las escuelas con guitarra, títeres, instrumentos musicales y un pequeño teatro de papel que usa para narrar». Fotografía de Jaime Villavicencio.
Leandro habla también de la reticencia que subyace en las escuelas de la ciudad. En algunos espacios urbanos el proyecto encuentra apatía. En cambio, en las comunidades rurales, la llegada de la biblioteca se convierte en una alegría enloquecedora, una fiesta. Los niños esperan la furgoneta, abrazan al equipo y preguntan cuándo volverán.
Diana recuerda especialmente una obra teatral realizada con los estudiantes de su escuela. Había máscaras, alas hechas a mano y personajes construidos junto al equipo de BiblioAzuay. Uno de los protagonistas era Jesús Atienza, un niño con labio leporino y dificultades de aprendizaje que terminó convertido en la estrella de la obra.
Hay actividades artísticas para comprender el libro. «No es solo el hecho de leer y ya», explica Diana. En el caso de la escuela Remigio Astudillo, se comenzó a sostener el espacio por cuenta propia. Padres y maestros compraron ejemplares, organizaron actividades y mantuvieron abierta la sala de lectura incluso cuando la biblioteca no les visitaba. Una madre de familia entusiasmada ayudó a gestionar recursos para que cada estudiante pudiera acceder a un libro sin afectar el presupuesto familiar. «Aunque la biblioteca no venga, nos preguntamos: ¿cómo seguimos?», cuenta la maestra. Allí reside una de las huellas del proyecto.
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«Hasta el 2026, BiblioAzuay ha trabajado con más de 30 mil niños, niñas y adolescentes, recorriendo casi todos los cantones y el 98 % de las parroquias rurales del Azuay». Fotografías de Jaime Villavicencio y cortesía de BiblioAzuay.
Comprender cuál es el panorama del ecosistema editorial ecuatoriano y cómo mejorarlo, sin duda, requiere de un análisis pormenorizado que no alcanzo a cubrir en este texto. Sin embargo, creo que BiblioAzuay como caso, deja al descubierto dos aspectos: el potencial transformador de un proyecto cultural y también la vulnerabilidad de este. Me quedo pensando en el comentario de Marily Román: «Está muy bonito inaugurar ludotecas… pero ¿qué pasa con la ruralidad?». Me quedo pensando, asimismo, en cómo la lectura está atravesada por limitaciones geográficas y cómo las condiciones materiales de acceso al libro siguen siendo tan frágiles, desiguales y casi siempre insuficientes.
Si bien en Ecuador ya existe la Política Nacional de Fomento a la Lectura, la Oralidad y Acceso al Libro, el problema es que, sin respaldo económico, sin la verdadera voluntad de quienes nos dirigen y sin la implicación de una ciudadanía que reclame el cumplimiento, esa política corre el riesgo de convertirse en un paisaje utópico que nos sigue dejando, una y otra vez, a la intemperie.
Virginia Woolf escribió en Horas en una biblioteca que «el lector verdadero es esencialmente joven, de intensa curiosidad, de ideas, abierto de miras, comunicativo». Defender bibliotecas es amparar también la vitalidad de quien lee y propagar su inteligencia. Defender una biblioteca es recordar que el sentido crítico y la participación de todas las comunidades requieren del estímulo, la presencia y el aliento.
Andrea Rojas Vásquez (Loja, Ecuador). Es escritora, periodista cultural y tecnóloga agroindustrial. Ganó el Premio Nacional de Poesía Ileana Espinel Cedeño (2021), la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la Casa de la Cultura Núcleo del Azuay (2025) y el Concurso Nacional de Poesía «César Dávila Andrade» (2025). Además, es autora de Ay mi conejito era tan picarón en ritmo de raro adagio (2018), Matar a un conejo (2020), Llévame a casa, por favor (2022), Furia (2023) y Una casita (2025). Sus intereses exploran la autoficción, la literatura y la moda.