Cosas de poetas
Por: Alexander Ávila Álvarez
…solo el futuro vuelve a visitar el pasado.
Ocean Vuong
Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
—Detengan el envío… —escuchamos la voz del director extenderse desde el hall de ingreso hasta cada ángulo de la oficina de diseño del único medio impreso de la región.
—Si no llega esto hasta las doce, don Edgar, no podrán enviarnos el semanario para la noche, como pasó hace un par de ediciones. ¿Qué ocurre esta vez? —replicó Samuel, el diseñador del semanario.
Edgar Romero, el director y principal periodista, no tuvo que responder. Todos vimos a don Gilberto entrar y entendimos el porqué.
—No estaba perdido ni muerto, señores. Solo me fui a entregar unos periódicos y me invitaron a comer… y me quedé —dijo don Gilberto Flores, el canillita del semanario, con su sonrisa pícara habitual y el rostro inflamado.
Tenerlo de vuelta, además de tranquilizarnos —pues si bien ya se había ausentado antes de manera repentina, nunca había sido por tanto tiempo—, también parecía devolver a la oficina ese ambiente despojado y de camaradería que don Gilberto llevaba consigo a donde fuese, con su humor sin filtros e inocencia perenne que le hacían un hombre auténtico y con un carisma atípico. No por nada, en el pueblo se lo quería de la misma manera en que se lo repelía.
—Desde esa ocasión han pasado alrededor de dos meses, mi amigo. Su familia le ha estado buscando por todos lados: centros de detención, morgues y cantinas. Incluso el Cuerpo de Bomberos anduvo rastreando su cuerpo en quebradas y las orillas del río. Hasta de la Secretaría de Cultura nos llamaron, pues tanto a ellos como a nuestro compañero y también editor suyo, aquí presente, —Edgar Romero me miró —les dejó plantados.
Edgar Romero era un soñador de algún lugar de la Sierra con el que compartimos la misma pasión: apostar por las malas ideas. Él, al montar un semanario impreso en medio de la Amazonía, en plena primavera de las redes sociales; y yo, al fundar una editorial en un país donde se respeta más a un narco o a un youtuber que a los maestros. De ahí, el estrecho vínculo que se formó entre los dos, pese al poco tiempo de conocernos y pese a experimentar el mundo desde dos horizontes tan distantes el uno del otro.
Gilberto Flores no respondió. Se sentó lentamente en uno de los sillones, ayudándose con sus manos para no perder el equilibrio. Pese a su debilidad, no perdía el brillo de sus ojos azules y el semblante amistoso por el que mucha gente, pese a su apariencia desalineada y sus excesos, le tenía simpatía. Una vez que se acomodó, nos miró a todos y con la mano temblorosa sacó de su bolsillo del pantalón unas monedas y un papel arrugado.
—Tenga, don Edgar. Por los periódicos que llevé la última vez. Ya le completaré el saldo con las próximas ventas.
Edgar Romero, tajante como solo él, movió la cabeza y salió de la oficina. Samuel detuvo el envío del mail con la próxima edición del semanario y yo saqué de la impresora el machote de prueba.
—Casi se hace famoso, don Gilberto. Mire. —Le indiqué al hombre la última página, que estaba dedicada estrictamente a él. Junto a una foto suya, decía:
SE BUSCA
Nombre: Gilberto Oliverio Flores
Edad: 72 años
Estatura: 1,52 m
Tipo de sangre: A (+)
Fue visto por última vez, el domingo 2 de agosto de 2015, en el parque del barrio Sangay, al sur de la ciudad. Vestía una camisa celeste y llevaba consigo una mochila con periódicos y una botella de plástico transparente. Menudo, de contextura delgada y piel clara; su pelo liso es una nube blanca.
Informes al teléfono: 099 666 1943 o en el Semanario La Voz del Alba.
Gilberto Flores permaneció inmóvil por un par de minutos contemplando la nada que se desvanecía en esa página, recordando tal vez aquella pérdida que nunca pudo superar y que le llevó a encerrarse en un cuarto, por meses, para caminar en círculos y escribir sus primeros poemas. Todos dedicados a Marisol, la chica con la que robaba orquídeas del invernadero de su jefe. Ambos las vendían a los turistas para sumar unos billetes extras al escuálido sueldo que recibía y, así, poder enviar unos centavos a su casa y tomarse una cerveza con ella, en alguno de los salones de los pueblos vecinos, a donde se escapaban cada domingo —porque permiso no tenían, porque siempre estuvieron juntos, como un misterio proscrito—. Muchos años después, en estas mismas oficinas, don Gilberto me mostraría esos mismos poemas, en unas hojas anilladas que una samaritana imprimió para que tocara puertas, timbres, ventanas o lo que fuese, a fin de que alguien le ayudara a hacer un libro.
Cuando volvió de su retraimiento, me entregó el papel que había sacado con las monedas, y me dijo:
—¿Habrá cómo sumar estos poemas al libro?
Él no sabía que ese libro ya había llegado de la imprenta hacía unas semanas, y al parecer no recordaba que juntos, después de elegir las tres palabras que más le gustaban de sus textos, habíamos formado el título de su obra. Tampoco se percató —o no lo hizo notar— que en la parte inferior de la última página del machote de prueba que revisó hace un momento, justo un párrafo abajo de su foto, se encontraba la portada del libro que siempre quiso publicar.
En el fondo, yo sabía que el anhelo por publicar su poesía, más que suyo, era de quienes lo leyeron y veían en él cosas que ni él mismo notaba. Para don Gilberto, sus versos estaban más allá de la escritura, más allá de los libros y más allá de la poesía misma. Su vida y el destino que seguía, tan sereno, despreocupado y feliz, eran su mejor rima. Quizás, por ello no saqué de mi escritorio un ejemplar de sus libros, para ponerlo en sus manos. Tal vez, porque hay lenguajes que hablan desde ciertas omisiones. Tal vez, porque existen misterios en los que se teje la evidencia de que algún día pisamos esta tierra.
Apenas me vio guardar en mi bolso el papel con sus nuevos poemas. Miró hacia la calle, como quien abre un camino, y avanzó lentamente y con su sutil cojeo hacia ahí. En eso, las campanas de la iglesia comenzaron su tercer repique anunciando la misa del mediodía.
A don Gilberto Oliverio Flores no lo volvimos a ver.
Alexander Ávila Álvarez (Ecuador, 1986). Es escritor, autor de varios libros de poesía y fundador del sello Sur Editorial. Fue compilador de la antología Lengua de Tayos. Literatura escrita en Morona Santiago (CCE-NMS, 2021). En 2020, ganó la I Convocatoria de Periodismo Narrativo, otorgada por el portal Los Cronistas. Textos suyos aparecen en distintos medios periodísticos, antologías y portales especializados en literatura. Actualmente, es becario de la maestría en Literatura de la Universidad Andina Simón Bolívar.