Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

La celebración del tiempo perdido: editar a paso lento

Por: Camila Corral Escudero

Atelier UIO, Entrópica Editorial, Kikuyo Editorial y Recodo Press son algunos de los proyectos independientes que desafían las lógicas de estandarización, velocidad y repetición que suelen celebrarse cuando se habla del «crecimiento»​ del sector editorial ecuatoriano. Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

En septiembre del año pasado, la Cámara Ecuatoriana del Libro presentó su informe anual, correspondiente al 2024, en el que celebraba el crecimiento y la expansión de la industria editorial del país. «La producción editorial ecuatoriana en pleno auge», anunciaban las primeras páginas del documento, apoyándose en un dato contundente: desde 2020 el número de títulos registrados habría crecido un 75 %. La evidencia proviene principalmente de los registros de ISBN (International Standard Book Number) que gestiona la misma institución.

La noticia fue recibida con entusiasmo por algunos —incluso alcanzó un tímido y fugaz espacio en los telediarios y la prensa escrita—, pero también fue mirada con escepticismo por quienes no se sentían invitados a la fiesta. Particularmente por personas que han hecho del oficio de editar libros de manera independiente y de tender puentes hacia los lectores su quehacer diario.

Aunque sin llegar a suscitar el siempre deseable debate público, existió un cuestionamiento a esa proclamada vitalidad editorial y sospechas de que las cifras podrían esconder realidades mucho menos alegres. ¿Qué era exactamente lo que celebrábamos? Resulta difícil compartir el entusiasmo en un país sin una Ley del Libro, sin un Plan Nacional del Libro y la Lectura que convierta en acciones concretas la política pública emitida en 2024, sin una red de bibliotecas y sin ferias del libro institucionalizadas. Para ese entonces, la Feria Internacional del Libro de Cuenca acababa de ser cancelada por segunda ocasión, pocos meses después, la Feria Internacional del Libro de Quito se convertiría en objeto de disputa. Mientras tanto, aumentaban los costos de producción por la subida de aranceles a las importaciones desde Colombia, se aprobaban reformas normativas con impacto en la gestión cultural territorial y numerosas librerías independientes continuaban sosteniéndose en condiciones de extrema fragilidad.

Pero volvamos al informe. Otro de los hitos destacados era el avance de la digitalización, que alcanzaba el 54,8 % de los títulos registrados, así como el aumento de las publicaciones clasificadas como «no comercializables», que llegaban al 59 %. Según la Cámara, esto «podría atribuirse, en gran medida, al auge de la producción académica y de acceso abierto». Dos auges simultáneos en el documento que durarían más bien poco. Apenas unas semanas después, circuló con alarma la noticia de que el Ecuador encabezaba la lista de países cuyas publicaciones habían sido excluidas de la base de datos Scopus, pues se había probado que incurrían en prácticas deshonestas o depredadoras.

Reportaje de Ecuavisa (octubre, 2025).

No es la primera vez que me detengo sobre esto, en noviembre de 2025, conversé con el editor y escritor Andrés Cadena, para la revista Rocinante y a propósito de estos mismos datos y de las aparentes contradicciones que revelaban. Procurando no repetirme, vuelvo a ellos porque fueron el punto de partida para pensar un problema que lo excede y que tiene que ver con el régimen de mirada al que nos obliga la hiperproducción. La idea, profundamente arraigada en nuestro tiempo, de que más siempre es mejor se ha vuelto tan hegemónica que rara vez nos detenemos a preguntarnos si la multiplicación de libros, publicaciones o contenidos produce necesariamente más lectura, más experiencias estéticas o mayores posibilidades de apropiación y circulación significativa.

Lo que escribo aquí no es nada nuevo, recuerdo el ya clásico Los demasiados libros de Gabriel Zaid (2012) —una colección de ensayos publicada originalmente en 1972 y revisada en varias ocasiones—, donde el autor se extiende sobre un temor que nos resulta familiar, el de que cada vez hay más ejemplares, títulos, escritores y editores, pero cada vez menos lectores. Pienso también en Michael Bhaskar (2018), quien plantea que, si durante gran parte de la historia humana uno de los desafíos más grandes fue asegurar la transmisión y el registro de la información, hemos sabido resolverlo con tal eficacia que hemos creado un nuevo problema: el de encontrar lo que verdaderamente importa en medio de tanta saturación.

Para el filósofo chino Yuk Hui (2020), detrás de este fenómeno opera una noción de tecnología heredada de los procesos de colonización, modernización y globalización, que privilegia ciertas formas específicas de conocimiento como fuerzas productivas cada vez más atravesadas por métricas, estadísticas e indicadores cuantificables. La digitalización y el auge de las plataformas no han hecho más que profundizar esta tendencia. En la cultura monotecnológica que se nos ha impuesto, así es como Hui la define, la estandarización se ha convertido en una condición invisible que funciona a manera de pauta de consumo y producción. Las mismas interfaces, los mismos formatos, las mismas estrategias para captar atención, en resumen, una estética de la actualización permanente donde siempre parece necesario producir/consumir algo nuevo para permanecer visible, aunque finalmente sea más de lo mismo (Hui Kyong, 2016).

Quizás lo más alarmante del asunto sean sus efectos sobre la subjetividad humana. Poco a poco parece reducirse nuestra capacidad de sentir la propia experiencia; vamos perdiendo el espesor de la mirada y la posibilidad para captar el relieve del mundo, diría el artista y escritor Antón Patiño (2017). Nos encontramos, en cierto sentido, en una condición de despojo en medio de la abundancia. Frente a ello, parecería que la única respuesta es detenerse, y hacia allí es a donde buscaba llegar con mi perorata inicial.

No es casual —más bien sintomático— que la lentitud haya comenzado a reaparecer en distintos ámbitos de la vida contemporánea como alternativa a la hiperproducción. Slow food, slow media, slow press, bajo nombres distintos emerge la misma invitación a resistir a la velocidad vertiginosa que gobierna y erosiona nuestra experiencia. En el mundo del libro, esta sensibilidad ha encontrado una expresión particular en lo que algunos teóricos han comenzado a llamar edición lenta (Guerra, 2025), una práctica que desplaza la atención desde la cantidad de publicaciones hacia los vínculos, tiempos y relaciones que hacen posible un libro. Y es esa pausa una de sus formas más discretas de disidencia frente a la cultura obsesionada con la aceleración y la productividad.

En este desplazamiento, el libro deja de aparecer como un simple vehículo de contenidos para recuperar su condición de acontecimiento temporal y material entre cuerpos, territorios, saberes y lectores. Tonatiuh E. Trejo, editor del laboratorio editorial Esto es un Libro y fundador de la Facultad Colectiva de Contraedición, contrapone los insípidos McLibros —esas publicaciones producidas bajo las lógicas de la estandarización, velocidad y repetición— a la posibilidad de construir publicaciones lúcidas: libros capaces de sostener ritmos coherentes, ritualizados, elaborados con soberanía artística, situados, sustentables, cuya elaboración entraña en sí misma un acto político.

Buena parte de la producción editorial independiente ecuatoriana se mueve precisamente en esa zona de actividad artística, experimental y colectiva que suele quedar fuera del campo de visión de los indicadores. Frente al entusiasmo por los auges, las curvas ascendentes y las métricas de producción, estas prácticas editoriales parecen recordarnos que los libros existen y persisten en las relaciones que son capaces de activar. Allí donde los libros son también laboratorios, espacios de encuentro, dispositivos de mediación, ejercicios de memoria o formas de imaginación colectiva existen lecturas y vitalidad. Y, tal vez, esas son las noticias que vale la pena celebrar.

Referencias bibliográficas

Bhaskar, M. (2018). Curaduría. El poder de la selección en un mundo de excesos. Fondo de Cultura Económica.

Cámara del Libro. (2025). Estadísticas del libro en Ecuador 2024. https://www.celibro.org.ec/pagina/2025/09/03/estadisticas-del-libro-en-ecuador-2024/

Chun, W. H. K. (2016). Updating to Remain the Same: Habitual New Media. The MIT Press.

Guerra, J. T. (2025). La edición lenta como respuesta a la digitalización masiva de los ecosistemas de publicación de contenidos [Ponencia presentada]. Coloquio Lo digital en la edición y producción de contenidos: propuestas, respuestas y contradicciones.

Hui, Y. (2020). Fragmentar el futuro. Ensayos sobre tecnodiversidad. Caja Negra Editora.

Patiño, A. (2017). Todas las pantallas encendidas. Hacia una resistencia creativa de la mirada. Fórcola Ediciones.

Rocinante. (2025). La lectura: un asunto público, un derecho. https://xn--campaadelectura-2qb.com/contenido-revista-rocinante-205-noviembre-2025/

Zaid, G. (2012). Los demasiados libros. Debolsillo.

Camila Corral Escudero (Cuenca, Ecuador). Académica y editora. Ha participado en proyectos editoriales independientes como L’escalier Magazine, La Gaceta Cultural República Sur, Voces Azuayas, Gramatozoo Ediciones, entre otros. Dirigió la Unidad Editorial y de Publicaciones de la CCE Azuay, fue coordinadora del proyecto Casa Editorial de la Dirección Municipal de Cultura de Cuenca, docente en la Universidad de las Artes y coeditora de la revista Pie de página. Actualmente, es la jefa del departamento Biblioteca Municipal de Guayaquil.

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