Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

El mundillo cultural tiene un pacto patriarcal (y la rima no es de chiste)

Por: Issa Aguilar Jara

 Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

A la memoria de Nathaly Mafla y Monika Silva.

A las mujeres víctimas de violencia de género que, desde lejos, observan cómo mujeres con poder político, económico y/o social (o no) usan el discurso feminista a su favor.

Hubo una vez un poeta pendejo que me propuso enviarme fotos pornográficas suyas y de su esposa. En plena pandemia, en abril de 2020, sin que yo se lo pidiera, sin conocernos personalmente, sin ningún tipo de cercanía o confianza: a través de un mensaje en Messenger. A Luis Carlos M. lo funé en redes sociales el mismo día de su aparición deshonrosa. Cuando se dio cuenta, me rogó, insistentemente y antes de bloquearlo, que borrara la publicación. Escribí ese post con las manos hechas un nudo y la garganta igual. Tuve ganas de llorar, me sentí culpable, confundida, furiosa… han pasado seis años, lo reescribo y revivo la ira. No era la primera vez que lo hacía, me enteré después.

El guayaquileño exhibicionista tampoco es el primero ni será el último, no es un caso aislado. Es tan común como corriente, por supuesto. Pero mi experiencia es solo la punta del iceberg de casos mucho más graves. La escena cultural, el mundillo (que muta de mundo por ser una cosa pequeña e insignificante), la onda, o como gusten llamarle los involucrados que se creen superiores por pertenecer a algo, mantiene un pacto patriarcal que crece como un absceso: cuando se remueve, fluye un río de pus.

En 2024, por ejemplo, mientras se desarrollaba la II Feria Internacional del Libro de Cuenca, hubo un Ernesto C., un poeta invitado que acosó durante todo el evento a mi amiga, otra invitada. Detengámonos acá para hablar de patriarcado, esa palabra que yo no entendía hasta que me tocó a mí; esa que le incomoda sobremanera a un montón de hombres que sienten, muy de cerca, la posibilidad del escarnio público.

¿Han escuchado sobre aquella cosa horrorosa llamada espíritu de cuerpo? Los militares y los policías la usan mucho —especialmente a conveniencia—, pues nació entre sus filas, enraizada a un tono oscuro de lealtad y orgullo, cuando se trata de protegerse entre ellos. Es lamentable, pero el espíritu de cuerpo se ha trasladado a los trabajadores de la cultura bajo la misma tonalidad. No importa qué tan señalado por violencia de género esté el músico indie que en sus presentaciones grita, a voz en cuello, que nos quiere lindas, libres y locas; que se viste con minifaldas o puperas, o que performa de remedo de Bukowski, para sentirse un poquito importante… Da igual ­—de todos modos, le seguimos invitando a todo—, porque, de ser ciertas las acusaciones, la justicia lo determinará, no nosotros, sus amigos de pelo en pecho, que sabemos la calidad de persona que es. Porque crack, porque genio, porque maestro, porque ahora cualquier mujer puede mentir cualquier tontería y siempre le van a creer por ser mujer, ¿verdad? ¿Eh? ¿Y a nosotros? ¿Nadie nos cree? A nosotros también nos matan, a nosotros también nos pegan, ¿eh?, ¿eh?, ¿eh? Chicos, amigos, chavorrucos, viejos: ustedes son de manual.

Al escritor agresor, en la última feria del libro lo protegieron más que sus abogados. Los organizadores lo invitaron, aun conociendo sus antecedentes aberrantes; le sugirieron a mi amiga que hiciera pública su denuncia, es decir, que se revictimizara. Luego, gracias a la presión de Las Voladoras, un colectivo de mujeres trabajadoras de la cultura, desde la FIL, se lanzó un comunicado oficial en el que le exigieron al acosador disculparse públicamente, cosa que, por supuesto, jamás ocurrió. Él sigue intocable y sus repetitivos escándalos no pasan de un chismerío que dura una o dos largas noches. Muchos hombres son cómplices en toda medida, a veces, sin intención, pero no dejan de serlo. A diferencia de las mujeres que creamos bandadas de pájaros, sólidas y organizadas, para protegernos de los depredadores. Ustedes siguen impunes y nosotras seguimos rotas. Hay una diferencia abismal entre lo uno y lo otro.

Con dinero público y sin sangre en la cara

Cuando pensaba que nada podía salir peor, me encontré con videos en los que Luis Carlos M. y Ernesto C. participaban como invitados del Festival Internacional de Poesía en Paralelo Cero 2026, un encuentro literario de larga data en Ecuador. Mientras husmeamos en redes, algunas imágenes en el teléfono llegan como un fucilazo que dejamos pasar o en el que nos detenemos. Confiando en la supuesta madurez del director del festival, me detuve en estos videos y escribí un comentario en el que felicitaba su gestión y la de su equipo, pero reprochaba la invitación a agresores, a vista y paciencia de todos. ¿Su respuesta? Eliminar los comentarios de inmediato. ¿La mía? Decirte en este espacio, señor director, que en tu casa puedes hacer y deshacer como te plazca, tener los invitados más violentos o cuestionables del mercado. Pero, si tus encuentros están organizados con fondos del Estado, puedes gastarte la huella digital de cada uno de tus dedos borrando comentarios, que usaré, sin cansarme, mi legítimo derecho de reclamar.

Sus silencios, los acuerdos tácitos entre varones para encubrir conductas machistas y violentas, han minimizado dolores a menor o mayor escala, cuya interpretación siempre será subjetiva, personal, pero no por eso ajena a un problema que se repite una… y otra y otra y otra vez.

Me decía mi amiga, fabulosa escritora y poeta, Ángeles Martínez, que no me apersone con estas cosas, porque, cuando las alcantarillas se abren, las ciudades se desbordan. Que muchos de nuestros conocidos, e incluso amigos, tienen rabo de paja. Que hay que pensar en un cambio estructural, a fondo. Y, tristemente, esta sabia tiene razón. Tampoco he dejado de convencerme sobre el derecho a reivindicarnos que tenemos todas las personas, pues varios de mis amigos más queridos han estado cerca del escarnio público. No he sido yo quien les ha dado lecciones de moral, han sido ellos los que han cambiado el chip y, con ello, el rumbo de su vida. No seré yo quien prenda un feministómetro en este artículo, qué pereza sugerirle a un grupo de gente adulta cómo comportarse. Las lecturas las harán quienes hayan llegado hasta aquí.

Y, aunque el machismo apunta principalmente a los hombres, tampoco es una cosa ajena a nosotras. Las mujeres también hemos sido cómplices, hemos dudado de la palabra de otras mujeres. Y acá me detengo para la respectiva mea culpa, pues el contexto humano que nos atraviesa, no exime a nadie de las metidas más grandes de pata.

Sin embargo, es absurdo pensar que un día nos levantamos sin nada por hacer y, de repente, nos cuestionamos: ¿Y si me invento que me violaron? ¿No será de mentir que me agredieron? En una sociedad misógina que vuelca la culpa hacia nosotras, esto es casi como dispararse al pie de manera absolutamente consciente. Por último, si les cuesta tanto creer en nuestra palabra, si son hombres de ciencia, de datos duros y reveladores, piérdanse nomás por acá: Mapa 25N: la violencia machista.

Alguna vez le reclamé a un gestor cultural lojano sobre su cercanía con los escritores agresores y me contestó que él también es padre, que él también es hijo… entonces, supe que mi tiempo allí estaba perdido. Hablando de perdidos, ¿qué será de Mateo Kingman y Efraín Granizo? Ambos, músicos que no lograron ser apañados por sus pares, gracias a la magnitud de sus atrocidades, pero, sobre todo, a la valentía de sus exparejas para denunciarlos. Estos casos, también son sui generis en la medida en que fueron viralizados por la indignación generalizada de la escena. ¿Qué pasa, entonces, cuando la indignación no nos alcanza? ¿Qué pasa con las mujeres que se atreven a hablar, pero son pocos quienes les creen?

Escribí este texto precisamente desde la indignación. Entre otras cosas que no son nimiedades: los músicos, los escritores, los trabajadores de la cultura, en general, que le echan la pelotita a la justicia invisible de este país, son los mismos que se rasgan las vestiduras y salen a las calles para, en nombre del arte y la izquierda, pelear contra el régimen. Recuerden, amiguitos, que los feminismos también atraviesan su izquierda y viceversa. Si no lo han entendido, les tocará replantearse si su activismo se dirige a subsanar su ego o a una lucha social colectiva.

¿Odian la palabra patriarcado? Nosotras odiamos que jueguen a los misericordiosos y miren para cualquier lado, menos para el que correspondería si le hicieran caso a su lógica. Hubo Mateos, Efraínes, Luis Carlos, Ernestos y un sinnúmero de nombres, porque de nombrarlos mismo se trata, aunque algunos de sus apellidos estén protegidos por aquello de la justicia ecuatoriana: cosita astuta de sabor bien rancio. Hubo tantos, porque ya no existen más: se encargaron de borrarse a sí mismos. Y habrá más, es penoso, pero habrá más.

Lo que no hay es un protocolo real, y con ello una política pública, y con ello una ley efectiva que nos proteja de las pequeñas o graves agresiones. Ante escenarios así, seguiremos escribiendo, en medio del hartazgo, textos como este. A nosotras nadie nos borra, peor aún el miedo. Esta es su piedra de Sísifo: que nuestro único pacto sea con Dios o con el Diablo, no servimos a dos señores ni somos la marioneta de nadie.

Issa Aguilar Jara (Cuenca, Ecuador). Es periodista, escritora, editora e hinchapelotas como si no hubiese un mañana. Ha escrito los libros de poemas Con M de Mote se escribe Mojigata (La Caída, 2018), Poliamor Town (Ganador de la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, 2020), Dos tragos de sinestesia (Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade, 2022) y La familia es todo, salvo sagrada (Cadáver Exquisito, 2026). Actualmente dirige la Unidad Editorial y de Publicaciones de la CCE Azuay.

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