El fútbol llega a Macondo (fragmento)
Por: Felipe Aguilar Aguilar
Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
Este texto se publicó por primera vez en Estudios, crónicas y relatos de nuestra tierra. II Tomo (María Rosa Crespo, compiladora; Casa de la Cultura Ecuatoriana «Benjamín Carrión» Núcleo del Azuay; 1999).
Lo insólito-risueño
El fútbol, en sus inicios, fue tomado casi como una necesidad fundamental. Incluso se afectó la producción. Es que, el día lunes se convirtió en un día de miedo por el peligroso aumento de ausencias en oficinas, talleres, colegios. Cada dos semanas, el miércoles era día de «descanso obligatorio», pues el Cuenquita jugaba a partir de las cuatro de la tarde y había que preparar el ánimo y cumplir una serie de actividades previas. Pero, lo verdaderamente extraño, en una ciudad de relojes siempre atrasados, era la puntualidad con la que el público llegaba al escenario de los encuentros. En efecto, los partidos oficiales se programaban a las once de la mañana, pero, dos horas antes, las dependencias ya estaban copadas.
Un día cualquiera, un equipo manabita —el Juventud Italiana— de economía muy precaria resolvió trasladarse a la Atenas en bus. Nuestras carreteras y nuestros vehículos le jugaron una mala pasada: a las nueve horas se informaba que, optimistamente, el equipo podría estar en Cuenca, recién, a las tres de la tarde. No hay problema, el público —fiel, paciente, comprensivo— se dedicó a buscar maneras de quemar el tiempo: aparecieron los naipes, los desafíos verbales, las apuestas necias, los chistes repetidos e interminables, se agotaron los fiambres, se acabaron cervezas y gaseosas, se consumieron todos los hornados, las guatitas, los encebollados. La ingestión de líquidos incrementó las necesidades urinarias, los sólidos estimularon las otras, y los otros servicios —que nada tienen de higiénicos— no daban abasto. Un despiadado sol aumentaba efluvios y sudores y, al comenzar el partido, a las cuatro de la tarde, los de la tribuna estaban un poco mareados; los de la general, sin eufemismos, totalmente borrachos. El encuentro se desarrolló en medio de un ominoso silencio, no se insultaba a los árbitros, no se pifiaba al rival, no se festejaban los goles. Y, hubo siete: el partido terminó cinco a dos a favor de Cuenca. Pero no valía, no servía para nada, ya que todos sabían que el partido era solo amistoso, pues había sido anulado por fuerza mayor.
Algo parecido sucedió en la final Nacional-Barcelona en esta Cuenca neutral. Se publicitó el encuentro como el más trascendente de la historia regional, como algo nunca visto, como algo que nadie debía perderse, poco faltó para considerarlo el espectáculo cultural del siglo. Por eso, a las tres de la madrugada —sí, leyó bien, no hay errores— se formaban colas impresionantes. La de general, luego de una serie de curvas, desembocaba en el Benigno Malo. La de tribuna terminaba en el Hospital Militar. Y, se repartía a discreción: draques con agüita de ataco, canelazos, gloriados, horchata con punta, camineras para tomar a pico, etc. A las seis horas se abrieron las puertas. A las ocho hubo que cerrarlas ya que las «aposentadurías del Alejandro Serrano» estaban colmadas. A partir de las once horas, un público adormilado, cansado, apático vio triunfar al Nacional. Pero, nadie aplaudió los goles de Estupiñán. Nadie acompañó en los festejos de los negritos esmeraldeños que, nuevamente, se consagraban campeones. Nadie consoló a los amarillos. El partido del siglo había sido un bostezo y su marco inolvidable: 15 000 mudos morlacos.
Y, era fatal, tenía que suceder algún día: faltó árbitro. En los tiempos románticos del fútbol, siempre se presentaba algún aficionado masoquista que saltaba al campo de juego, fungía como juez de línea y colaboraba para que «el espectáculo tenga feliz culminación». Con el profesionalismo eso no era posible: había leyes que cumplir, principios que respetar, los árbitros estaban escalafonados, tenían sus jerarquías: estaban los de carnet FIFA, los de la FEF, los de AFA, los de segunda categoría, los aspirantes, los principiantes, en fin. Además, la Comisión de Arbitraje era rígida e implacable. No había nada que hacer, el partido debía suspenderse. Pero alguien se puso las pilas y tuvo una luminosa idea: los dos árbitros que habían asistido sí podían dirigir el encuentro sin necesidad de jueces de línea. Y, así se hizo. El Sr. Luis Bustos y el muy popular negro Díaz —estos dos Luchos pueden llegar a ser históricos— dividieron la cancha y las responsabilidades, multiplicaron los errores y las mentadas de madre. El final era previsible, el partido fue de nulidad absoluta. La FEF recibió una muy fuerte amonestación de la FIFA —ni siquiera los gringos habían tenido amonestación de la FIFA—, los árbitros fueron suspendidos por lisos, por atrevidos, por audaces. Sin embargo, veinticinco años más tarde, la FIFA estudia seriamente la posibilidad de introducir esta innovación que un día, por pura casualidad, en Cuenca ya se experimentó. Si sucede así, caramba, Cuenca será pionera del fútbol mundial del siglo XXI.
Un minuto para la gloria
Miguel Cartagena mientras despejaba el arco del «auténtico bombardeo» iniciado por el Peñarol de Montevideo durante su partido contra el Deportivo Cuenca en 1972. Fotografía cortesía del Deportivo Cuenca.
Se llamaba Miguel Cartagena. En los últimos tiempos del Juvenil, había sido el arquero suplente del Chino Rosas. Al formarse el Cuenca, obvio, pasó a ser sustituto de Adolfo Piazza. Piazza era un guardavallas que ya estaba de vuelta. Acumulaba mucha experiencia, pero pese al paso de los años, mantenía algunas de las virtudes que le hicieron un arquero de un buen nivel en la Argentina, la tierra de los mejores arqueros del mundo. Además, era líder; incluso, no era aventurado pensar que, en el Cuenca de los primeros años, era el auténtico director técnico —la bonhomía y la escasa experiencia del flaco Raffo así lo permitía suponer—.
Por lo tanto, Miguelito Cartagena estaba destinado a calentar banco. A ser suplente eterno. Sin esperanzas. Con ejemplar disciplina, sin embargo, entrenaba intensamente y todos los domingos cumplía el ritual: el buzo, las canilleras, la gorra, los guantes. Y esperaba. Pero, nada que ver. Piazza no sufría ni un rasguño. Cartagena seguía siendo eso que llaman un espectador privilegiado. Hasta que llegó el Peñarol de Montevideo. Sí, el cinco veces campeón de la Copa Libertadores. El que hizo grande a Spencer.
Se trataba solamente de un amistoso, pero un público febril llenaba los graderíos. Y se colmaban, ampliamente, sus expectativas. Cinco goles, tres de ellos a favor del equipo local hasta los veinte minutos del segundo tiempo. Y, allí, lo inesperado. Piazza cae mal. Piazza se lesiona. Piazza debe salir. Un murmullo de temor y de desconfianza se escucha en todo el estadio. Se ve venir la goleada, no hay lugar para la hazaña.
En su primera intervención Cartagena ignora olímpicamente las más elementales nociones de tiempo y espacio, y una pelota sin historia se encamina a su gol. Caicedo lo salva sobre la línea. Los uruguayos la ven fácil y empiezan un ataque despiadado, implacable, terrible. Un auténtico bombardeo. Y, entonces: el milagro. Cartagena despeja todo: con las manos, los pies, los glúteos. Gateando, saltando, volando. El murmullo compasivo se convierte en gritos de apoyo. Y, de júbilo. Los uruguayos no lo pueden creer.
Felipe Aguilar Aguilar (Cuenca, 1946). Es escritor, docente e investigador. Publicó: El Humor: Transgresión y crítica (Universidad de Cuenca, 2008), además de participar con estudios críticos y prólogos en numerosas publicaciones. Ha escrito para revistas como: Mundo Diners, Letras del Ecuador, Kipus, Cabeza de Gallo, Coloquio y más. Fue rector y profesor de Lengua y Literatura en el Colegio Nacional Herlinda Toral y también se desempeñó como docente en la Universidad de Cuenca, la Universidad Católica del Ecuador y la UDA. Se incorporó como miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana «Benjamín Carrión» Núcleo del Azuay en 1979 y como Miembro Correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua en 2019.