Mateo Maccari: «Nadie siente el fútbol como un argentino»
Por: Issa Aguilar Jara

Mateo Maccari juega como volante titular en el Club Deportivo Cuenca. Fotografía de Jaime Villavicencio.
Cuenta la leyenda que un mediocampista o volante juega en una posición parecida a la del baterista de una banda: no se le exige demasiado como al resto, aparece poco en las fotos, pero es esencial para que todo funcione como un gran engranaje. Mateo Maccari aprueba esta analogía; tiene veinticinco años y, hace apenas uno, llegó como titular al Club Deportivo Cuenca, uno de los más importantes del austro del Ecuador.
El futbolista argentino nació en Rosario, provincia de Santa Fe, y juega al fútbol desde los cuatro años. Volviendo a las leyendas, no solo comparte la ciudad natal con Lionel Messi, sino que —con la diferencia generacional que amerita— se formó en el mismo club y con el mismo director técnico: en el Newell’s Old Boys, en la época de Ernesto Vecchio.
Más allá de esa coincidencia, Maccari se ha formado un nombre propio. Es el primero de su familia en alcanzar una representación internacional, por eso sabe que un futbolista sale de Argentina, pero Argentina jamás sale de él.
¿Cómo has vivido este primer año en el Deportivo Cuenca y tu adaptación a la ciudad?
La verdad, el club y la ciudad me sorprendieron. Cuando recibí el llamado de que vendría a Ecuador, no tenía una idea clara de con qué me encontraría, pero todas han sido experiencias muy positivas. Luego de estar acostumbrado a vivir la locura de Argentina, donde todo es tan acelerado, quizá la vida aquí es más permisiva: tenés más tranquilidad, más paz. Me siento muy cómodo, Cuenca es mi casa y estoy contento de estar acá.
¿Qué significa para vos representar los colores del «Cuenquita»?
Le agarré un cariño enorme a Cuenca y al equipo. Siento que estoy en deuda por todo lo que me han dado, por abrirme las puertas en un momento complejo para mí y brindarme la confianza para jugar en un club tan importante para Ecuador. Es esa confianza la que me hace querer demostrar lo que sé y que los hinchas se sientan representados con mi juego.
¿Qué dice tu familia ahora que eres titular en un equipo internacional?
Mirá, vengo de una familia muy futbolera. Mi padre Guillermo Maccari y mis hermanos Bruno y Thiago, todos han jugado al fútbol, así que, antes de los partidos suelo tener una conversación con ellos. Creo que lo sufren más que yo, lo sienten un montón. Igual y trato de tranquilizarlos, pues uno, además de querer ganar, debe disfrutar de lo que hace. Pero bueno, así somos como familia.

Mateo Maccari, en la cancha del Estadio Alejandro Serrano Aguilar, luego de su entrenamiento con el Club Deportivo Cuenca. Fotografía de Jaime Villavicencio.
Si bien tu migración no ha sido forzada, como es el caso de otras personas, imagino que estar lejos de casa es un proceso complejo. ¿Cómo lo llevas?
Y bueno, no es solamente la familia, son los amigos con los que compartí toda mi infancia y mi adolescencia, siempre se los extraña. Compartir las experiencias, un almuerzo de fin de semana… pero, son las cosas que tiene el fútbol: sus pros y sus contras. La distancia es más llevadera con la tecnología, aunque siento que la gente que me quiere percibe mi tranquilidad y ese sentimiento se lo traslado a ellos.
Cuéntame sobre Ernesto Vecchio. Leí que los chicos que entrenaron con él lo quisieron mucho y sintieron bastante su muerte. ¿Cómo lo recuerdas?
Cada vez que hablo de mis inicios, trato de mencionarlo siempre, porque todos los chicos que lo conocimos desde que éramos chiquitos, lo vimos como una figura paterna. En Argentina, desde los cuatro hasta los once años, tenés una formación llamada baby fútbol, en cancha de siete. Por lo general, nos mantenemos con el mismo técnico durante todo ese tiempo. Compartí muchos años con Ernesto, fue como mi familia, y mi mamá y mi papá también lo sintieron así. Lo recuerdo a tiempo completo, no solo porque me enseñó a jugar al fútbol, sino a disfrutarlo y verlo como un deporte que, sobre todo, se aprende en la medida en que lo compartes: son muy pocas las personas que te enseñan esas cosas.

Al igual que Lionel Messi (izq.), Mateo Maccari (der.) se formó en el Club Atlético Newell’s Old Boys con Ernesto Vecchio. Imágenes libres de derechos.
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En marzo de 2026, Mateo fue suspendido durante cinco fechas, por una infracción involuntaria cometida en la cancha, contra el jugador Johan García del Barcelona Sporting Club. Por supuesto, no fue su mejor etapa, pues, además del accidente, varios usuarios de redes sociales hicieron lo que mejor saben: crear una horda aleccionadora.
En un contexto de señalamientos incesantes en redes sociales, las personas somos juzgadas y juzgamos sin conocer los detalles ni las dos versiones de una historia. Esto se avivó un montón, sobre todo, en el último Mundial de Fútbol. ¿Cómo viviste la acusación de personas que se autoperciben jueces, durante esta experiencia tan difícil?
Fue un momento bastante difícil para mí. Cerré algunas redes sociales, porque veía todo el tiempo la imagen de la infracción y los comentarios, entonces traté de alejarme un poco. Así como la tecnología tiene tantas ventajas, también permite que la gente con acceso a internet haga mucho daño. Transcurridos algunos meses, solo puedo decir que, quienes me conocen saben cómo soy y esa es la tranquilidad que me queda. Cuando pasó, más allá de que sabía que había cometido un error, también sabía que lo cometí sin ninguna mala intención. Recuerdo que, cuando la prensa me preguntó sobre esto, dije: «El día que yo entre a una cancha para lastimar a un compañero de profesión, ese será el día en el que deje de jugar al fútbol». Me mantengo en esto, nadie está exento de que algo así le suceda; ahora me siento más tranquilo, porque en su momento me comuniqué con Johan y conversamos de la mejor manera.
¿Cómo fue el apoyo del club en ese instante?
La verdad, para sacarse el sombrero. La contención que tuve esos días fue hermosa. El apoyo de los chicos, del cuerpo técnico, de todo el equipo que conforma el club, hizo que pueda recuperar la calma en la cancha. Siempre me sentiré muy agradecido.

Desde hace un año, Mateo Maccari vive en Ecuador y dice que Cuenca es su casa. Fotografía de Jaime Villavicencio.
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Durante la entrevista, le conté a Mateo algo que él no sabía. Somos vecinos en el mismo condominio, yo vivo en el tercer piso y él en el segundo. Siempre lo escuchamos gritar y emocionarse como nadie con los partidos de fútbol. «A veces, nos has hecho brincar del susto —le digo—, pero somos felices, tu alegría es contagiosa». Cuando se entera, se ríe. Luego, se disculpa, explica que cuando está solo siente la libertad de gritar hasta quedarse sin voz. Le pido que no se disculpe, porque imagino todo lo que pasa por su cabeza y por su corazón con el fútbol.
Figuras como Maradona o Messi han marcado un antes y un después que colocó a Argentina en la cima y la convirtió en un país futbolero por excelencia. Además de ellos, ¿qué tiene el fútbol argentino que atraviesa la cultura a nivel mundial?
Nadie siente el fútbol como un argentino. Yo no soy padre, pero si tuviera un hijo o una hija, lo primero que haría sería inculcarle este deporte. Las familias argentinas no piensan en otro deporte que no sea el fútbol: por lo que representa, por la historia y el legado de algunos jugadores que han trascendido mundialmente. Si vas a una escuela allá, vas a ver que lo primero que hacen en el recreo, es armar una pelota con un trapo y construir los arquitos con botellas o con piedras, para ponerse a jugar. Esta pasión por el fútbol, a uno, se la provocan desde chiquito.
Así también, la selección argentina de fútbol provoca pertenencia colectiva y pasiones divididas. Quiero decir, aunque existen muchos hinchas que la apoyan en otros países, igual hay detractores; lo vimos con intensidad el mes pasado, entre acusaciones de que la FIFA los favorecía y otras conspiraciones o cuestionamientos. Sin modestias falsas, ¿qué crees que les hace falta a las otras selecciones que sí tiene la de Argentina?
En mi opinión, no fue el mejor Mundial de Argentina en cuanto a nivel de juego. Pero, sucede que, cuando los argentinos no lo estamos logrando, sacamos esa actitud, esa garra y ese corazón para no darnos por vencidos. Creo que todos lo vimos en los partidos de la selección. Me refiero a que, cuando los jugadores estaban en desventaja, nunca dieron por finalizado el partido, lo intentaron y fueron para adelante como unos locos. Hubo veces, vos sabés, que parecíamos estar eliminados, pero en la cara de los jugadores yo veía que algo iba a pasar. Eso, para mí, es amor; eso pasa cuando vivís en Argentina y vivís pensando en este deporte tan lindo. Si no se acaba el partido, siempre habrá una oportunidad.

Mateo Maccari mira la cancha del Estadio Alejandro Serrano Aguilar desde las bancas donde la hinchada colorada alienta a su equipo. Fotografía de Jaime Villavicencio.
Antes de que Argentina se enfrentara con Inglaterra en las semifinales, Lionel Scaloni, director técnico de la selección, le dijo a la prensa: «Es un partido de fútbol». En cambio, mucha gente vivió ese encuentro mundialista con un sentimiento de revancha. ¿Tiene el fútbol que ver con la historia y la memoria de un pueblo?
Creo que la respuesta de Scaloni fue para darle tranquilidad a la gente, a los jugadores, para que no sintieran la presión de ganar el partido por una razón determinada. Pero, la ocupación de las Malvinas sigue trascendiendo en la historia argentina, por supuesto, así que los jugadores, finalmente, lo demostraron en la cancha. Pienso que no lo vivieron como un partido más, porque entendían que, si ganábamos, sería una euforia y una locura hermosa, como lo fue. En lo personal, lo sufrí mucho. Con los chicos lo terminamos de ver en el vestuario, pues horas después debíamos jugar. Nos abrazamos, se nos cayeron las lágrimas, no podíamos olvidar que hay padres y abuelos que son veteranos de la guerra de Malvinas, entonces lo sentimos muy adentro.
En Ecuador existen comunidades racializadas y empobrecidas, donde viven niños y niñas que sueñan con jugar al fútbol, que tienen la esperanza de salir de ese entorno y ayudar a sus familias. Este deporte ha sido una posibilidad de salvación real, pues así la vivieron algunos jugadores de la selección ecuatoriana. Hubo también un chico bonaerense que salió de Villa Fiorito y les devolvió la esperanza a muchos chicos. ¿Qué les dirías a los niños y a las niñas que sueñan con esto?
El deporte, como bien dijiste, nos salva. Nos aleja de la calle, de las malas amistades. Mirá, en mi caso no me tocó vivir cosas duras en mi infancia, gracias a Dios; vengo de una familia en la que no hubo abundancia, pero vivimos tranquilos. Aunque sí te puedo asegurar que, a lo largo de los años, he compartido con compañeros que sí estuvieron en situaciones difíciles y vi cómo el deporte los alejó de tantas cosas malas; sobre todo, les brindó una familia que a lo mejor no tenían en casa. Son los compañeros quienes nos bancan en todo, a la hora de tomar decisiones o no tomarlas… el fútbol es un refugio ante la falta de amor, eso es real. Pero es un norte al que debemos acercarnos con mucha disciplina.

«El fútbol es un norte al que debemos acercarnos con mucha disciplina», dice Maccari. Fotografía de Jaime Villavicencio.
¿Crees que el fútbol o la percepción de la gente sobre el fútbol se está volviendo, en exceso, políticamente correcta? Hablo de nuevas reglas mercantilistas como las pausas de hidratación, por ejemplo, o del espíritu de competencia y la rivalidad que parecen estar mal vistas ahora. ¿Hace falta ese fútbol un poco más visceral?
Uno siempre quiere que arranque el partido y que no haya pausas, es un hecho. Al menos, nuestra cultura latinoamericana lo desea todo, en el instante. Hay reglas que han beneficiado al fútbol, que lo han vuelto más justo. Pero hay otras que lo dañan, como las pausas de hidratación, precisamente. Los futbolistas profesionales estamos preparados para estar mucho tiempo en la cancha, el entretiempo es suficiente para recuperarse. Y sí, hace falta que entendamos que la competencia y las rivalidades son sentimientos naturales en el deporte, inherentes al ser humano. En el fútbol es así: entrar a la cancha y estar dispuesto a que gane el mejor.
¿Cómo te ves de acá en diez años?
Espero seguir con esta profesión que tanto me gusta. Ojalá sea formando una familia: me veo entrando a la cancha con mis hijos, con mi gente en la tribuna… siempre con pensamiento futbolero, me veo jugando mucho tiempo más, Dios quiera que así sea.
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Conversamos con Maccari el 17 de julio de 2026, 2 días antes del partido final por la Copa del Mundo. Le pregunté si se vendría la cuarta estrella para Argentina y su respuesta me conmovió y me hizo morir de risa: «Ayyy, no me gusta mufarla, pero sería hermoso el bicampeonato. En Argentina, ahora mismo, hay mucha crisis y pobreza. Una alegría así, hace que el pueblo se una y que, por un ratito, olvidemos las penas. Estoy ansioso por ver ese partido… pobres los vecinos, ¿no?».

«Además de querer ganar, [uno] debe disfrutar de lo que hace». Fotografía de Jaime Villavicencio.
Issa Aguilar Jara (Cuenca, Ecuador). Es periodista, escritora, editora e hinchapelotas como si no hubiese un mañana. Ha escrito los libros de poemas Con M de Mote se escribe Mojigata (La Caída, 2018), Poliamor Town (Ganador de la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Azuay, 2020), Dos tragos de sinestesia (Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade, 2022) y La familia es todo, salvo sagrada (Cadáver Exquisito, 2026). Actualmente dirige la Unidad Editorial y de Publicaciones de la CCE Azuay.