Cuando la memoria se sienta a la mesa: alimentación, cultura y envejecimiento en Ecuador
Por: María Alejandra Aguirre Quezada
Miguel Heredia y otras personas, en una comida campestre con choclo (c. 1930-1940), Fondo Fotográfico del INPC. Fotografía intervenida por Juan Contreras.
Hay memorias que merecen ser rescatadas antes de convertirse en silencio. No están escritas ni guardadas en archivos; permanecen en la voz de nuestros abuelos y abuelas, en sus manos, en sus recuerdos y en aquellos sabores capaces de reunir a una familia. Son relatos que reconocemos, pero que pocas veces nos detenemos a escuchar.
Hablar del envejecimiento en Ecuador es reconocer una evidente transformación demográfica. En 2024, 1,52 millones de personas tenían 65 años o más —lo que equivale al 9 % de la población— y más de 276 mil adultos mayores vivían solos (INEC, 2026). Detrás de estas cifras existen historias de vida, familias y, con seguridad, una mesa que alguna vez fue espacio de encuentro. Por ello, su comprensión exige prestar atención a las prácticas que hemos heredado y a las que corren el riesgo de desaparecer.
Nuestros abuelos y abuelas crecieron en un Ecuador diferente. Sus hábitos alimentarios estaban estrechamente relacionados con la disponibilidad local, las estaciones, la agricultura familiar y formas comunitarias de intercambio, como el trueque (Bojang y Manchana, 2026). Al recordar su infancia, evocan preparaciones de enorme valor cultural: las habas con queso, el mote recién cocido en olla de barro, las preparaciones con zapallo, panela y leche, las coladas de frutas o el capulí acompañado de durazno, entre otras.
De igual manera, destacan otras leguminosas como fréjoles, lentejas o arvejas que representaron alimentos disponibles, económicos y versátiles, capaces de contribuir a la alimentación de familias numerosas (Doma et al., 2019). Lo que hoy se reconoce como fuentes de proteína vegetal, fibra, vitaminas y minerales ya estaba presente en la mesa mucho antes de que la nutrición científica explicara su composición.
Sin embargo, recuperar la memoria no significa idealizar el pasado. Nuestros adultos mayores también vivieron carencias, inseguridad alimentaria, enfermedades infecciosas, limitaciones económicas y dificultades de acceso a servicios sanitarios. Algunas preparaciones contenían cantidades importantes de calorías vacías y determinados hábitos alimentarios fueron posteriormente cuestionados por la evidencia científica.
Hoy se comprenden mejor los efectos del consumo excesivo de grasas saturadas, azúcares libres, sodio y alimentos de alta densidad energética, así como la importancia de la fibra, los micronutrientes y los compuestos bioactivos presentes en alimentos vegetales (Doma et al., 2019). El desafío consiste, entonces, en establecer un diálogo entre la memoria y la ciencia, para conservar lo valioso y evitar que la tradición sea reemplazada sin reflexión.
Ese diálogo se vuelve urgente porque las condiciones de transmisión de los saberes alimentarios han cambiado. El núcleo familiar contemporáneo es más pequeño, el ritmo laboral más exigente y el tiempo destinado a cultivar, cocinar y compartir casi no existe. A ello se suma el impacto de la tecnología; los adultos mayores crecieron lejos de las pantallas y de la publicidad digital que hoy convierten la comida en un objeto de consumo inmediato. Una preparación culturalmente pertinente puede desaparecer, no porque haya perdido su valor, sino porque se modificaron las condiciones sociales que permitían prepararla.
En la población adulta mayor, existe además una dimensión dolorosa: la soledad. Como ya se dijo, una proporción importante de adultos mayores vive sola (INEC, 2026). Esta situación puede modificar rutinas, reducir la motivación para cocinar, disminuir la variedad alimentaria y entorpecer la organización de las comidas. Para una persona mayor con dificultades de movilidad, problemas de salud bucal, preparar una alimentación adecuada puede convertirse en una tarea compleja (Ship et al., 1996).
Además, cuando la red familiar o de apoyo es limitada, el deterioro nutricional adquiere mayor riesgo. La malnutrición durante la vejez no tiene un único rostro, esta puede expresarse como pérdida involuntaria de peso o de masa muscular, desnutrición o fragilidad (Bojang y Manchana, 2026).
Esta realidad se encuentra estrechamente vinculada con la transición epidemiológica y nutricional del país. Las enfermedades no transmisibles (ENT) representan una parte importante de la carga sanitaria y mortalidad. Están relacionadas con alimentación poco saludable, inactividad física y factores metabólicos (Raynaud-Simon, 2009). Muchos adultos mayores conviven con una o varias de estas enfermedades y requieren tratamientos prolongados; en ellos, la alimentación se convierte en parte esencial del cuidado terapéutico.
Por otro lado, aunque la ciencia aporta evidencia, la persona mayor contribuye al contexto. Los patrones que priorizan alimentos naturales de varios grupos como frutas, verduras, leguminosas, cereales integrales y fuentes adecuadas de proteína se constituyen en un referente para una alimentación saludable. No obstante, las familias ya tenían parte de ese conocimiento en la forma de prácticas cotidianas. Una sopa de leguminosas no necesitaba llamarse fuente de proteína vegetal para cumplir esa función; una preparación con frutas locales no necesitaba ser definida como fuente de compuestos bioactivos para contribuir a una alimentación diversa.
En efecto, la alimentación siempre estuvo relacionada con la forma de vivir. Varias generaciones caminaron más, participaron en actividades agrícolas y realizaron tareas que implicaban mayor gasto energético. La vida contemporánea ha reducido esas demandas; nos movemos cada vez menos. Nuestros abuelos tenían un acceso reducido a información nutricional formal, pero mantenían una relación distinta con el territorio, el movimiento y la comida. Nosotros sabemos más sobre nutrición, pero conocer no siempre significa elegir mejor.
Sobre los hombros de los adultos mayores no solo descansan los años que nos precedieron; hay historias, sacrificios, conocimientos, formas de comprender la vida y una memoria alimentaria propia. En una época dominada por alimentos ultraprocesados, publicidad personalizada y decisiones nutricionales cada vez más aceleradas, quizá uno de los actos más revolucionarios sea volver a cocinar y comer juntos.
Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.
Referencias bibliográficas
Bojang, K. P.; Manchana V. (2023). Nutrition and Healthy Aging: A Review. Current nutrition reports, 12(3), 369-375. https://doi.org/10.1007/s13668-023-00473-0
Doma, K. M.; Farrell, E. L.; Leith-Bailey, E. R.; Soucier, V. D.; Duncan, A. M. (2019). Older Adults Awareness and Knowledge of Beans in Relation to Their Nutrient Content and Role in Chronic Disease Risk. Nutrients, 11(11), 2680. https://doi.org/10.3390/nu11112680
Instituto Nacional de Estadística y Censos. (s.f.). Resultados de búsqueda: adultos mayores. Recuperado el 25 de agosto de 2026, de https://www.ecuadorencifras.gob.ec/search/adultos+mayores+/
Raynaud-Simon A. (2009). Virtual clinical nutrition university: Malnutrition in the elderly, epidemiology and consequences. e-SPEN, the European e-Journal of Clinical Nutrition and Metabolism, 4(2), 6–9. https://doi.org/10.1016/j.eclnm.2008.11.002
Ship, J. A.; Duffy, V.; Jones, J. A.; Langmore, S. (1996). Geriatric Oral Health and Its Impact on Eating. Journal of the American Geriatrics Society, 44(4), 456-64. https://doi.org/10.1111/j.1532-5415.1996.tb06419.x
María Alejandra Aguirre Quezada. Es doctora en Nutrición y Ciencia de los Alimentos por la Universidad de Granada y se desempeña como docente titular en la Universidad Católica de Cuenca. Es alumni de la Escuela de Liderazgo para Mujeres en Ciencia y forma parte de la red GENIA, un programa de liderazgo orientado al fortalecimiento de las habilidades de mujeres científicas, académicas e investigadoras en áreas STEM. Ha participado en congresos nacionales e internacionales. Es autora de libros y artículos científicos.