Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 32

JUNIO 2026 | CUENCA, ECUADOR

Mujeres

Por: Santiago Vizcaíno Armijos

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

Este es un fragmento de uno de los textos que conforman Campamento de ecuatorianitos, ganador del Premio Aurelio Espinosa Pólit 2026.

Hasta hace un par de años, mi madre y yo vivíamos con la abuela. La madre de mi padre. Murió de insuficiencia renal. Sufrió mucho. La llevábamos a diálisis tres veces por semana. Tardaban seis horas en limpiarle la sangre. Creo que ella se mantenía viva por el cariño que nos tenía. Había días en los que no tenía ganas de ir. Se resistía. Nos daba lástima tener que obligarla, pero tampoco queríamos que se muriera. Es decir, no queríamos sentirnos culpables. Más de lo que ya nos sentíamos por tenerla así. ¿Por qué sentimos culpa cuando alguien que queremos enferma? Es ridículo, pero inevitable. Las pocas veces en las que recuerdo haber estado enferma cuando niña, la abuela y mi madre se estresaban mucho. Probé muchas y horribles aguas de hierbas, y soporté el olor de los más poderosos ungüentos. Me pasaban un huevo blanco por todo el cuerpo y luego lo abrían en un vaso para inspeccionarlo detalladamente. Decían que estaba espantada o que alguien me había ojeado, lo que quiere decir que alguien me había mirado mucho y con malicia, y eso hacía mucho daño. Por eso, yo lloraba como loca y me portaba como una gran malcriada, decía mi madre. El huevo formaba una especie de ojo blanco y baboso, un animal que se movía dentro del vidrio como una medusa, como agua mala. Dicen que a veces el huevo olía mal y me llevaban donde un señor muy feo que siempre usaba sombrero. Me soplaba una especie de alcohol fuerte, que llamaban alcanfor, en el cuerpo, mientras me golpeaba con unas ramas gruesas de una hierba desconocida, o hacía el amague de que lo hacía, como espantando espíritus malignos que se le escapaban en el aire; o sea que yo estaba endemoniada o llena de energías negativas que me llevarían a lugares oscuros para hacerme daño. Daba miedo, mucho miedo. Yo lo odiaba.

Lo raro era que luego yo dormía plácidamente. Cansada de tanto miedo, supongo. Y al otro día era una niña buena y obediente. Mi abuela me amenazaba siempre con llevarme donde el hombre del sombrero; el curandero, le decía. Y sí era cierto porque yo me curaba de ser malcriada, llorona y tonta. Yo no sé si uno de niño puede ser tonto. Será porque ser tonto es una cosa que no se piensa. Quien es tonto, es tonto y punto. Uno conoce tanta gente tonta, pero no sabe definir lo que es ser tonto, solo sabe que es tonto y punto. Es como el mal aliento. Nadie quiere decirte que lo tienes. Es insufrible; sin embargo, uno tan natural.

Una vez mi mamá no llegó a la casa a dormir. Mi abuela estuvo sentada en el sillón toda la noche. Yo me quedé dormida temprano. Era una niña. La abuela no había pegado un ojo. Estaba furiosa. Decía que mi mamá seguramente había conocido a un hombre malo, de esos que no le dejan a uno llegar a dormir, que le hacen cosas malas. ¿Qué serán las cosas malas que le hacen los hombres malos a uno que no le dejan llegar a dormir?, pensaba yo. Lo cierto es que llegó en la mañana y se acostó junto a mí. Yo me desperté y le dije: mamá, qué mal te huele la boca, y ella dijo: la boca es lo único sincero que tenemos; luego me abrazó y se puso a dormir muy plácidamente. Todavía el valor de la mentira no me era revelado. Mentía a veces para obtener lo que quería, pero con esa ingenuidad sin sentido de culpa propia de los niños. Me daba cuenta de que los grandes mentían y luego se arrepentían y la cagaban con más mentiras para sostenerse o para sostener a los otros. Es francamente perverso. Mi madre le decía a mi abuela que su enfermedad era pasajera, que con unas cuantas diálisis se pondría bien. Estuvo tres años asistiendo a diálisis hasta que se cansó. Dijo: ya no puedo más, hijitas, la muerte me llama. ¿Por qué sufren por mí, por qué me obligan a vivir? Sufría mucho la abuela cuando tenía que ir para que le limpiaran la sangre. Mi madre me explicaba y me decía que sus riñones ya no funcionaban, y entonces tenían que limpiarle la sangre porque esa era la función de los riñones. A veces soñaba que la abuela se desangraba a mares y la encontrábamos en un gran charco en su cama como a una yegua vieja y enferma. La abuela a la que me refiero era la madre de mi padre, no la madre de mi madre. Cuando papá nos dejó, mi abuela también se quedó sola. Es un decir. Él era su único hijo. Pronto empezaron los problemas con sus riñones y mi madre no tuvo más remedio que traerla a vivir con nosotras. Independientemente de lo que mi padre le había hecho a mi madre, ellas se llevaban bien. De hecho, mi abuela no le perdonó a su hijo jamás el hecho de que hubiera dejado a mi madre. Tampoco él hizo muchos méritos por redimirse. Simplemente se borró. Nunca he entendido cómo los padres pueden borrarse de sus hijos, así, sin más. Ir a vivir su vida sin ningún remordimiento.

El único recuerdo que tengo de mi padre es cuando me compró una bicicleta. Era una bicicleta de Barbie que tenía serpentinas en los manubrios y un cesto que colgaba del volante. Allí ponía mis muñecas. Las paseaba por todo el patio de la casa. Pero el recuerdo puntual era que él me sostenía del asiento para que no me cayera. Le había quitado las rueditas auxiliares. Me decía: mantén el equilibrio, mira al frente, no sueltes el volante. Yo miraba las serpentinas que volaban y bailaban al viento mientras pedaleaba. Estaba segura porque sentía que la mano de mi padre no me dejaría caer. Pedaleaba cada vez más fuerte porque confiaba. Entendí que la bicicleta, como todo lo que se aprende a dominar, es una cuestión de confianza. Y me reía, me reía muchísimo. Estaba tan emocionada que los mocos se me salían por la nariz y no me importaba. Solo éramos la bici y yo contra el viento, contra el espacio, contra todo lo que se me interpusiera. Hasta que ya no sentí la mano de mi padre. Y volteé la mirada para ver si él estaba allí, pero no. No estaba ni su mano ni él y yo había seguido un largo trecho sola. Tuve miedo, mucho miedo y, por supuesto, perdí el equilibrio. El volante se dio la vuelta porque lo solté ante el pánico. Y caí. Me lastimé las rodillas y los codos. Sangraba. También entendí que sangrar es parte de vivir. Aunque me ardía todo, no estaba triste ni acongojada, estaba feliz. Estaba feliz porque, aunque fueran unos pocos metros, lo había hecho sola. La que no estuvo feliz fue mi madre, que curó mis heridas, pero no le habló a mi padre en varios días.

Pero de lo que iba a hablar es de mi abuela. Tenía un puesto de aguacates en el mercado. Salía en la madrugada con sus aguacates y otras frutas. Tomaba un autobús desde su pueblo con sus canastas llenas de fruta madura o por madurar, ya que había gente que compraba aguacates duros, para madurarlos en su casa. Llegaba a su puesto del mercado de la ciudad y lo limpiaba con ahínco. Luego, iba poniendo los aguacates de acuerdo con sus variedades. Se veían relucientes. También había mandarinas, limas y toctes, que es como llamamos aquí al fruto del nogal. Un fruto muy duro que tiene dentro una carne más deliciosa que la de la nuez. Pero obtenerla resulta un trabajo de mucha paciencia. Eso la convertía en una cosa deseada, buscada, entre las paredes de una corteza insufriblemente dura. A veces, yo pasaba horas sentada en el piso del patio de la casa con un martillo. Partía los toctes de todas las formas posibles para que saliera esa parte comestible, que con suerte emergía con una bellísima forma de corazón. Luego iba escarbando con un mondadientes para sacar el resto. Juntaba todo en un pequeño plato hondo y me lo comía con panela en polvo. Es el sabor más delicioso que recuerdo de la infancia. Y, por supuesto, es el sabor que más me recuerda a la abuela. 

Ella era un hueso duro de roer. Nunca la vi sentada ni supremamente callada. Siempre tenía algo que decir. Le gustaba leer, recuerdo que le gustaba mucho leer. Tenía unos lentes diminutos que le colgaban sobre sus pechos. Como no tenía una biblioteca, leía todo lo que le cayera en sus manos. Su libro favorito era, sin duda, la Biblia, quizá porque no conocía otro. Caían en sus manos periódicos, revistas, volantes, folletos de testigos de Jehová. Todo lo devoraba. Pero no eran libros. Me arrepiento mucho de no haberle dado otro libro. Tenía la peregrina idea de que no necesitaba otro libro. Temía arruinarle la Biblia. Cuando volvía de misa, volvía a leer el pasaje que el cura había compartido para todos en la ceremonia. (…)

Santiago Vizcaíno Armijos (Quito, 1982). Ha publicado poesía, cuento, novela y ensayo. En 2008 recibió el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura del Ecuador en las categorías de poesía y ensayo, y en 2011, el Premio Pichincha de Poesía. En 2018 ganó la convocatoria del Sistema Nacional de Fondos Concursables del Ministerio de Cultura por su novela Taco bajo, publicada por La Caída en 2019. Dirigió durante casi una década el Centro de Publicaciones de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y, entre 2020 y 2021, fue curador de la Feria Internacional del Libro de Quito. Fue jurado del Premio Casa de las Américas en Cuba, 2022. Actualmente dirige el proyecto editorial Grado Cero y es coordinador de la Red Metropolitana de Bibliotecas. En 2024 recibió el Premio Iberoamericano de Cuento Ventosa Arrufaut y la Fundación Elena Poniatowska.

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