Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

El Conejo Malo, la música en tiempos de crisis y la acumulación del capital

Tengo quince y como mucha gente de mi edad estoy atravesando lo que más tarde llamaré «mi fase rebelde», ya saben: flequillo largo sobre mi ojo derecho, camiseta de rayas, pantalones entubados, Converse y mucho pop-punk en mi iPod. He creado una idea de mi identidad con base en algún rasgo unidimensional que, aunque ahora importa demasiado, no importará en algunos años; en otras palabras, tengo quince y soy —o quiero ser— rockera.

Cuando pongo un pie dentro en mi primera fiesta, o sea una matiné en la casa de alguien, veo desde mi lugar en el umbral de la puerta, que las ventanas están cubiertas con fundas de basura que crean una falsa noche dentro de la habitación, donde no hay alcohol a la vista, pero sí adolescentes ligeramente ebrios. La música, ese beat inconfundible de reguetón, retumba y rebota en cada una de las cuatro paredes. Cuando llega a mis oídos, insolente e invasivo, me recuerda que todos tenemos quince y, de alguna manera, estamos pasando por una versión propia de esa fase rebelde que esperamos nos dure toda la vida, aunque en el fondo, sabemos que no será así.   

Cuando veo la escena desde acá, desde mis treinta, es diferente. Claro, tiene una capa de nostalgia que la enternece lo suficiente como para que empiece a sentir el peso de mis años, aun así, no deja de ser un poco ridícula. Éramos demasiado jóvenes, teníamos granos en la cara y la ropa que entonces nos parecía cool, hoy nos causa vergüenza ajena, vergüenza de eso que ya no somos.

La verdad es que ya no recuerdo quién estuvo en esa primera fiesta —o en las que llegaron después—, no recuerdo qué celebrábamos entonces, ni la locación exacta o algún acontecimiento relevante. Sin embargo, hay algo que sí recuerdo, algo que se quedó tatuado en mi memoria para siempre: la música, esa que se convirtió en la banda sonora de mis primeros roces con la bohemia y la diversión, esa que tuve que aprender a bailar, esa que permanece enterrada en algún lugar de mi cerebro, hasta que un DJ la resucita y me convierte en zombi que recita versos que no sabía que sabía. Esa música era (y es) el reguetón… y yo odiaba el reguetón.

Bad Bunny, El Conejo Malo. / Imagen libre de derechos intervenida por David Riera.

Mientras mis pares aprendían ese delicado arte que hoy les permite perrear hasta abajo, sin que se les note el peso que los años y la falta de ejercicio ha agregado a nuestras rodillas; yo, rockera autoproclamada y audífonos todo el día: aprendía sobre indie, postpunk y el revival de garaje; y conocía a The Strokes, The Vines, Arctic Monkeys, Radiohead, My Chemical Romance, Panic! At the Disco, The Cure y Joy Division. Nada de eso se podía bailar en pareja, nada de eso era parte del repertorio de ningún DJ en ninguna de las fiestas a las que iba, pero me hacía tremendamente feliz.

Como toda rockera de quince me negué a escuchar reguetón. No, esa música infecciosa, viral, febril, pelvis en movimientos circulares, sex appeal con beat de dem bow no era lo mío. Mientras escribo este texto me pregunto: ¿cómo le explico a mi yo adolescente que Bad Bunny es uno de los artistas que más escuché en el 2021 —y que, seguramente, será uno de los que más escucharé en el 2022—?, ¿cómo le explico que «te lo pongo» es parte de nuestro vocabulario musical? Bueno, como muchas de las anécdotas que se cuentan en el 2022: todo empezó con la pandemia… y con Marx. Pero vamos por partes.

La música en tiempos de crisis

No es una novedad que en tiempos de crisis volcamos nuestra atención a lo banal y trivial. Ya lo sugería el filósofo Blaise Pascal cuando se dio cuenta de que «toda la infelicidad del hombre [entiéndase que habla de la humanidad] se origina de un solo hecho: que no podemos quedarnos en silencio y solos en nuestra habitación. He encontrado que hay una razón muy real para ello, fundamentalmente, la pobreza natural de nuestra débil y mortal condición, tan miserable que nada puede consolarnos cuando la vemos de cerca».

Usualmente combatimos nuestra inevitable capacidad de conciencia con distracciones. Los existencialistas del siglo xx dirían que, ante el hondo misterio de nuestra existencia en un mundo profundamente injusto y roto —que de alguna manera asombrosa seguimos rompiendo de nuevas e insospechadas formas—, no quedan más opciones que distraerse con empeños con los que significar nuestro tiempo en este universo: religión, trabajo, ocio, familia… la lista sigue y sigue, y cambia según cada tiempo y cada persona; «pick your own poison», diría el adagio gringo. Nosotras y nosotros, los milenials, hijos e hijas de una transición interminable de crisis —hoy sanitaria y, aún, económica y de valores—, hemos elegido lo que quedó después de la inevitable exposición de los metarrelatos que atesoraban nuestros padres; en otras palabras, si ya no somos capaces de creer o distraernos con ritos y pactos como el matrimonio o la democracia, siempre podemos distraernos con el reguetón. Y es aquí donde entra Bad Bunny.

En febrero del 2020, el Conejo Malo sacó YHLQMDLG, uno de los homenajes más potentes que se han hecho al reguetón de inicios del 2000. Solo hace falta ver la lista de colaboradores que incluye a leyendas del género que van desde, the one and only, Daddy Yankee hasta Ñengo Flow. YHLQMDLG era y es un trabajo pensado para la pista de baile: reguetón puro y duro, diseñado específicamente para perrear hasta abajo, en medio de una multitud sudorosa, en alguna disco perdida por ahí. Ya saben, todo eso que, en marzo de 2020, quedó absolutamente vetado de nuestras vidas.

Después de que el primer confinamiento se extendió definitivamente, cuando todos nos vimos obligados a quedarnos en el insoportable perímetro de nuestra habitación, muchos aprendimos, como Pascal varios siglos antes, que eso de quedarse solos, en silencio con nuestros pensamientos, era absolutamente insoportable. La crisis existencial que inevitablemente se generó de nuestra imposibilidad de actuar ante lo que parecía el inicio del apocalipsis se manifestó de muchas maneras (o diré en varias distracciones): cocina, Netflix, fitness, retos de lectura… Nuestros hábitos empezaron a cambiar. En mi caso y en el de muchos otros, la principal evidencia estuvo en el giro de nuestros hábitos de escucha musical: todos quienes nos habíamos negado a darle una oportunidad al reguetón estábamos incursionando, por primera vez, en el género. Para muchos la puerta fue la nostalgia por los días del colegio, por los sonidos de ese reguetón old school con el que aprendimos a bailar. Hablo de la banda sonora de nuestra adolescencia, de esos momentos felices, menos inciertos y más simples que tanto añoramos en 2020.

Según estudios la música activa, al mismo tiempo y en ambos hemisferios, esas áreas de nuestro cerebro que están a cargo de codificar estímulos relacionados con la memoria, los afectos y las emociones; pero no se trataba de pura anatomía, no, otros estudios mostraron que nuestra forma de oír música en la pandemia evidenció que muchos elegimos canciones no solo motivados por el poder de la nostalgia, sino porque nos proveían de una sensación de unión que mermaba los sentimientos de aislamiento. Como le dijo la terapista musical Jessica Pouranfar a Vice: «a pesar de que todas estas cosas terribles estaban pasando en el mundo con la covid, las injusticias sociales […] todavía tenemos esa motivación innata de querer ser felices y cómo nos acercamos a la música refleja eso» (Terry, 2020, s.p.). En este contexto, no resulta sorprendente que YHLQMDLG haya dominado los playlists pandémicos a pesar de la ausencia de discotecas.

Pero esta historia no empieza ahí; en noviembre de 2020, Bad Bunny estrenó El último tour del mundo, un álbum completamente antitético a YHLQMDLG, ya no estábamos frente a una ópera de perreo potente y volumen a tope, sino ante una obra más íntima de tempos lentos y notable experimentación. El Conejito no estaba incursionando en otros géneros, sino estirando las posibilidades creativas de su particular estilo trapero y reguetonero hasta el rock alternativo, indie rock, postpunk, rock en español y, según algunos críticos, pop alternativo, experimental o new wave. El último tour del mundo es, sobre todo, un disco de pandemia, no solo por el tiempo y las circunstancias de su nacimiento, sino porque, a diferencia de sus otros trabajos es, en palabras de Bad Bunny, «un álbum más sentimental, más relajado, de los que se pueden escuchar a solas en tu cuarto». Sí, Benito sabía, como Pascal, que necesitábamos algo para sobrevivir a la soledad de nuestra habitación; sabía que empezábamos a asomarnos al abismo y que, aunque la música es poderosa, como dice Pouranfar, para verdaderamente conectarnos con ella necesitamos que refleje nuestros estados emocional y físico. «A veces la gente que está ansiosa escucha música para que intencionalmente la calme, pero esto solo incrementa esa ansiedad porque esa música no calza con su estado emocional» (Terry, 2020, s.p.). No estoy segura si por eso El último tour del mundo, para mí y para muchos otros, se transformó no solo en una puerta al mundo del género urbano, sino en un paracaídas que, aunque no lo esperábamos, nos ayudó a sobrellevar la incertidumbre bailando o, al menos, a evadir los traumas y la crisis existencial que resultaron del encierro.

El último tour del mundo destaca por una combinación que incluye momentos de reguetón coreable —como los de «Te mudaste», «La noche de anoche», «Dákiti» o «Sorry, papi»— que se equilibran con instantes experimentales de corte rockero —con los tracks «Maldita pobreza» y «Yo visto así»—, trapero —con «El mundo es mío» o «Booker T»—, o popero —hablo de «Trellas», «Haciendo que me amas», «Antes que se acabe» o «Te deseo lo mejor», canciones de tempos lentos y llenas de sintetizadores—. Sin embargo, lo más decidor de este disco es, sin duda, la inclusión del villancico «Cantares de navidad» del Trío Vegabajeño. Contrario a lo que muchos creen, su presencia no es solo una mera demostración de Bad Bunny «haciendo lo que le da la gana» —y tal vez esta sea yo sobreanalizando un gesto trivial—; estoy segura de que no se trata de un gesto arbitrario, de una selección random, creo que con esta canción se evidencia la tesis económica del álbum. Lo que nos lleva a:

Bad Bunny y Marx (o formas de sobreanalizar y apropiarse del arte)

«Una de las habilidades más ingeniosas de la humanidad es ver conexiones».

Kirby Ferguson

Aunque a esta altura de la historia no es una novedad, creo que para seguir es indispensable recordar que los géneros musicales que englobamos en la etiqueta ‘urbano’ —hip hop, rap, trap, reguetón y más— son el producto de un escenario socioeconómico que ha determinado su temática y estética: el barrio (y no me refiero a cualquier barrio), hablo del «barrio bajo» que todos tenemos en nuestro imaginario, ese donde la desigualdad, la pobreza y la violencia están a la vuelta de la esquina. Como dice la antropóloga Claudia Vázquez Moreno, «Este espacio urbano se caracterizaba no solo porque distaba claramente de la opulencia de otros sectores de la ciudad, sino porque en él se había segregado a las minorías […] que vivían en estado de constante desempleo y sobrepoblación» (2019, p. 37).

Dar contexto al constante fanfarroneo que caracteriza a este género es indispensable para entender la tesis económica que, desde siempre, se ha desarrollado en la música urbana. No es casualidad que Bad Bunny, al igual que muchos otros reguetoneros o raperos, hable de dinero, autos y prendas de lujo («No sé si irme en el Mercedes o en el Maserati», «[…] Y yo te compro un Banshee / Gucci, Givenchy»). Para comprender esta particular obsesión por consumir y poseer, es necesario entender que es la capacidad adquisitiva la que eleva a los músicos del barrio hacia órbitas de bienestar social que antes no conocían, hablo de un estado que la mayoría de sus pares jamás experimentará y que está estrechamente relacionado con la supervivencia, porque no solo les permite escalar y mejorar su condición económica y calidad de vida; esta acumulación de capital se trata también de poner distancia entre uno mismo y la desigualdad y la violencia del barrio. Para ponerlo de otra manera y en palabras de Jay-Z, veterano del hip-hop: «You wanna know what’s more important than throwing’ away money at a strip club? Credit / […] Financial freedom my only hope / Fuck living’ rich and dying’ broke». («¿Quieres saber qué es más importante que desperdiciar dinero en un club de stripers? El crédito / […] La libertad financiera es mi única esperanza / A la mierda vivir rico y morirse quebrado»).

Libertad financiera, ¿acaso de eso no se trata la lucha de clases que Marx y Engels describieron en su manifiesto comunista? Si, como decían estos filósofos, «la historia ha sido una historia de luchas de clases, luchas entre clases explotadas y explotadoras, dominadas y dominantes, en los diversos grados del desarrollo social» (1948, p. IV), ¿resulta realmente descabellado afirmar que «Maldita pobreza» y «Cantares de navidad» evidencian, si no una postura, por lo menos el reconocimiento de esta lucha en El último tour del mundo?

Si escuchamos con atención, en este disco, Benito no solo habla de acumulación cuando presume sus posesiones o cuando nos cuenta que «Hoy cobré y hoy mismo lo vo’a explotar… / El precio ni vo’a preguntar…»; por el contrario, el insight más interesante aparece en «Maldita pobreza». En este track de corte más guitarrero —que me atrevería a decir, me recuerda mucho al rock en español de antaño—, El Conejo cuenta la historia de un personaje anónimo que quiere comprarle, a su novia, un Ferrari, una casa frente al mar, entre otras cosas («Picasso en toda’ las parede’ / Llevarte pa’ Francia, pero no se puede»). Esta premisa aparentemente banal se conecta con lo que advertían Marx y Engels sobre las sociedades capitalistas: la posesión y el consumo reducen «la dignidad personal a un valor de cambio» que se mide en la capacidad y la «libertad» de adquirir bienes. El track sigue y pronto se sumerge en temas demasiado familiares para nuestra generación. Versos como «Siete año’ estudiando hasta que me gradué… / Pero no encuentro trabajo en eso que estudié (nah)» o «Me dijo que busque trabajo, pero no consigo por más que aplique…», hablan de la actual crisis de empleo. Es sabido que entre los milenials «se han perdido oportunidades para establecer trayectorias profesionales a largo plazo debido a dos recesiones globales durante la última década: la crisis financiera global y ahora, la Covid-19» (Villanueva, s.f., s.p.). Lo que se suma a la sobrecalificación que tiene la clase media milenial con respecto a sus padres; la que, por cierto, no ha impedido que el desempleo retrase varios hitos que usualmente se alcanzaban a los treinta, por ejemplo, la compra de propiedades o la conformación de familias con hijos. Es en este contexto en el que, cuando el personaje de «Maldita pobreza» dice que quiere una casa, pero no puede; lo sentimos.

Sin embargo, la cosa no termina ahí, en la mera descripción de una realidad. En «Maldita pobreza» el personaje cuenta un sueño que incluye: comprar un «palo» para asaltar y, como medida más extrema, «…exploté el Capitolio… / Y a to’ eso’ cabrone’ con su monopolio…». Este reconocimiento de que la pobreza está enredada con la violencia —o que, de hecho, es una forma de violencia—, se junta también con la certeza de que está conectada con un sistema que, dadas las circunstancias inevitables de la lucha de clases, el conflicto entre clases explotadas y explotadoras podría terminar en un estallido (recordemos que el Capitolio es el equivalente gringo de nuestra Asamblea y, por tanto, mencionarlo puede interpretarse como el reconocimiento de la responsabilidad que deben asumir nuestros gobernantes ante la situación de este barrio mundial en el que nos han sumido las crisis).

Así El último tour del mundo reconoce la desigualdad, no solo en el anhelo de poseer y acumular la riqueza o en el afán de destruir el sistema para cesar la lucha, sino en el gesto final de reconocer, con la inclusión de «Cantares de navidad», que esa «maldita pobreza» que se intensificó como nunca durante la pandemia, ha estado aquí demasiado tiempo, como el dinosaurio del cuento de Monterroso. El último tour del mundo se estrenó el 27 de noviembre de 2020 y cerró su track list recordándonos que en Navidad: «Unos van alegres y otros van llorando / […] Hay quien tiene todo, todo lo que quiere / Y sus navidades siempre son alegres / Hay otro muy pobre, que no tiene nada / Solo que prefiere que nunca llegara» (Trío Vegabajeño). Como dice Claudia Vázquez, «en estas circunstancias de desamparo y desolación nació el hip hop [y por qué no el reguetón o El último tour del mundo] como un movimiento musical de protesta social contra la desigualdad económica, laboral» (2019, p. 38).

Mientras escribo esto no puedo evitar preguntarme si, tal vez, esta sea yo sobreanalizando algo trivial en medio de una pandemia mundial, pero, todo parece apuntar que, en este contexto, El último tour del mundo no solo sirvió como una vía de escape para sobrellevar y sobrevivir a la soledad existencial a la que nos enfrentó la covid, sino que, también, en uno de los momentos de mayor desigual y dolor, nos recordó que nos guste o no, la libertad financiera es nuestra única esperanza.

Referencias bibliográficas

Marx, K. y Engels, F. (1948). Manifiesto comunista. Editorial Universitaria. https://obtienearchivo.bcn.cl/obtienearchivo?id=documentos/10221.1/19671/1/19742.pdf

Terry, J. (2020). Is Pandemic Brain Changing Your Taste in Music? You’re Not Alone. VICE. https://www.vice.com/en/article/m7j8gq/pandemic-changing-music-taste-nostalgia

Vázquez, C. (2019). Identidades urbanas y la apropiación del espacio público: hip-hop en el Parque Calderón de la ciudad de Cuenca [Universidad de Cuenca]. http://dspace.ucuenca.edu.ec/bitstream/123456789/31869/3/Trabajo%20de%20Titulaci%c3%b3n.pdf

Villanueva, D. (s. f.). Cuatro de cada 5 desempleados son millennials o generación Z: Moody’s. La Jornada. https://www.jornada.com.mx/notas/2021/03/11/economia/cuatro-de-cada-5-desempleados-son-millennials-o-generacion-z-moody-s/

Rosalía Vázquez Moreno (Cuenca). Es licenciada en Lengua, Literatura y Lenguajes Audiovisuales por la Universidad de Cuenca y Máster en Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid. Es editora, correctora de estilo, escritora, lectora y fotógrafa aficionada. Le gusta el arte y le disgusta ser freelance, pero esas son dos cosas que van de la mano. Ha trabajado en algunas instituciones culturales como la Casa de la Cultura Ecuatoriana, la Bienal de Cuenca y el Festival de Cine La Orquídea. Sus textos han sido incluidos en Wiwasapa (antología artística, 2017) y Apenas memoria (cuentos de transición, 2020). Ha escrito para varias publicaciones como L’escalier Magazine o la Gaceta Cultural República Sur. Es cocreadora y guionista del proyecto educativo audiovisual Nano Lab. Le gustan los museos, el café y el rock ecuatoriano.

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