Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 17

MARZO 2024 | CUENCA, ECUADOR

Afuera, todo lo demás…

Autorretrato con su hija, de Marie Louise Élisabeth Vigée Lebrun. / Imagen libre de derechos intervenida por Juan Contreras.

 

—Nina, hoy vamos a la casa de la abuela Silvia. Te voy a poner este abrigo para que estés muy guapa.

—Bela Shivia, shí, bela Shivia.

La madre hace malabares para que se deje introducir esa tela con doble forro de lana palo de rosa por los brazos.

—No, no, dice Nina. Quita, quita, no, no. —Al final, la madre no logra ni abotonarlo.

—Bueno, Nina, está bien. Te lo dejo abierto, pero te lo dejo. En realidad, no necesitamos abotonarlo, porque en la casa azul el amor se guarda del frío. Afuera está la niebla, el viento de las seis de la tarde, las montañas, pero adentro, Nina, verás que todo huele a chocolate. La abuela prometió que prepararía el chocolate caliente que tanto nos gusta y eso nos mantendrá abrigadas.

Recorrer la casa no toma mucho tiempo, pero requiere de todos los sentidos. Sus paredes son proyecciones de recuerdos, momentos fotografiados con instantáneas sepia. Sus escaleras son desiguales. Sus escalones crecieron a libertad.

—¡Cuidado y te tropiezas con uno que te quiera tomar del pelo, Nina! Ah… Son traviesos los escalones, como dientes chuecos y atrevidos. Pero no te asustes, a esas rodillas lindas las cuida mamá.

Nina se mira las rodillas, mira a mamá y mira los escalones. Quiere subir de todas formas.

—Mijita, déjala que explore, no le va a pasar nada —dice la mamá de la mamá, mientras sirve las delicias en la mesa.

Otra vez quema el vientre y quema el ombligo. La tensión es un incendio silencioso que arde por dentro. Pero la casa azul guarda el amor del miedo. Afuera están los sonidos de animales nocturnos, la oscuridad en los caminos, las voces antiguas de los árboles. Así que la madre escucha a su mamá y deja que Nina emprenda su hazaña. Eso sí, va detrás de ella, con las manos atentas, porque no es malo ser precavida, se dice. Y lo logra: Nina llega al segundo piso. Sus ojos cantan victoria, ríe a carcajadas. Y ahí se extasía con el aparador de los relojes. ¡Qué dorados!, ¡qué bonitos! Toca el vidrio.

—Dame, dame, mamá.

—No puedo, Nina, esa era la colección de tu bisabuela Letty. Tiene llave, no puedo abrir.

En segundos Nina pasa de la risa al llanto, hace el ademán de botarse al piso. La madre se pone a la altura de sus ojos; hacen contacto visual. Respira profundo e intenta conectar con su emoción.

—Entiendo que estés frustrada, tú querías jugar con los relojes de la bisabuela. Mamá está aquí para consolarte. —Le abre los brazos, aunque también ella está encendida y con el vientre en llamas.

¿Hasta dónde puede llegar Nina con su madre? Ambas se lo preguntan. Entonces la madre se distrae. Mira hacia arriba, hay una parte del techo que es de vidrio. Esas escaleras llegan al cielo, ¡qué poético!, piensa. Nina percibe que su mamá ya se le fue, aunque esté a su lado. Lleva sus manitos a los ojos, se seca las lágrimas, se levanta, acepta los brazos de la madre.

—Mamá, cuquin, cuquin. —Eso significa seno. Ah, sí, volver al seno, a la matriz, se abrazan.

—Eres mi alimento, Nina, y yo soy el tuyo.

Miran el vidrio estrellado. Todo brilla afuera, porque la luna tiene forma de canción de cuna y, adentro, el amor alimenta al amor.

—Ya vengan —dice a todo pulmón la abuela Silvia. —A comer, a comer.

Y ya está. Hay una casa azul, donde el amor se guarda en el amor. Afuera, lo demás, todo lo demás.

Isis Córdoba Moscoso (Machala, Ecuador, 1991). Es máster en Estudios Avanzados de Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Barcelona, y licenciada en Comunicación Social y Literatura por la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Autora del libro Erotismo y Biopolítica en Misales, relatos eróticos de Marosa di Giorgio. Ha colaborado con revistas literarias e imparte clases de Literatura en la ciudad de Cuenca. Además, es miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de El Oro y es la ganadora del III Concurso Nacional del Libro Leído Leer me hace feliz, realizado por el centenario del natalicio de Alfredo Pareja Diezcanseco, en 2008.

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