Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 18

ABRIL 2024 | CUENCA, ECUADOR

El peligro de la historia única, ¡a color!

Por: Juan Pablo Rueda

Imagen generada por Juan Pablo Rueda con la IA Midjourney. Cortesía.

Cuando tenía 24 años decidí atentar contra mi sanidad mental, deliberadamente escogí escribir y diseñar una novela como proyecto de grado. Es decir, en cuatro meses tenía que sentarme a redactar un librito de 482 páginas, editarlo, ilustrarlo y, por supuesto, sacarme un documento teórico que explicara las decisiones tomadas a lo largo del proceso. No era un desquiciado. Era un escritor que había cometido el error de estudiar Diseño y entonces intentaba desesperadamente casar esos dos mundos. Por eso, cuando vi la posibilidad de hacer un proyecto cien por ciento propio, decidí traer a la vida la historia que había estado creando desde que tenía diez años: una novela de fantasía épica con magos, elfos, demonios, hadas, enanos, gigantes y centauros llamada Las Estrellas de Ophrame.

Todavía recuerdo ese primer día, sentado con mi tutor y sus otros cuatro tutorandos. Levanté el pecho muy orgulloso y presenté mi idea. Uno de mis compañeros levantó la mano y me sugirió buscar un video, la conferencia de Chimamanda Adichie llamada El peligro de la historia única. No me dijo más. Un par de horas después, esta brillante escritora nigeriana me retrató de pies a cabeza. Como ella, mi primer instinto a la hora de sentarme a escribir mi propia novela había sido anclarme a las historias con las que había crecido: Harry Potter, Las crónicas de Narnia, El señor de los anillos, Percy Jackson… mis personajes tenían nombres como Lizzie Craftone (craft + one), porque los había creado cuando veía a Lizzie McGuire y a Sabrina Spellman (spell + man). Eran blancos, rubios, vivían en un contexto folclórico europeo y tenían que lidiar con tormentas de nieve, dragones, unicornios, reyes y reinas. La idea de escribir una novela de fantasía que representara el patrimonio cultural colombiano, un mundo sin estaciones, elfos o monarcas, un mundo que mostrara mis raíces y contexto de origen nunca se había cruzado por mi cabeza. El inmenso poderío de Hollywood me había convencido de que la ficción, o por lo menos la que más me interesaba escribir a mí, se veía de una única forma.

En ese momento tuve que revisar todo mi trabajo anterior. Para la clase de diseño editorial había desarrollado un cómic que evidentemente partía de El jorobado de Notre Dame. Para mi primera entrega de ilustración había hecho un cuaderno de bocetos de súper héroes que solo se inspiraban en los héroes más populares de Marvel y DC. De vez en cuando veía pinceladas de anime, de mitología japonesa o china, pero, a nivel generalizado, mi capacidad de expresión artística pasaba por un túnel que me llevaba a voces blancas europeas. A pesar de conocer la literatura colombiana, la había anclado a un plano académico. Autores y movimientos que estudiaba, pero no leía por placer. Ya. Sé que puede ser controversial, pero siempre he distinguido entre dos planos: la gran literatura que hace pensar es arte y la literatura que entretiene es diseño gráfico. No por eso le resto valor ni puntos de creatividad. Tienen objetivos diferentes, los dos son válidos y muchas veces se cruzan en el camino (¿quién no sabe que el mismísimo Salvador Dalí diseñó el logo de Chupa Chups?). Pero si yo estudié Diseño, es evidente cuál es mi inclinación literaria a la hora de sentarme a escribir.

Para mi novela era muy tarde. No podía sentarme a replantear las bases con un tiempo tan limitado. Y la verdad tampoco creo que se nos pueda prohibir inspirarnos en otras culturas para escribir, tan solo considero que debemos comprometernos también a no olvidarnos de los lugares que nos formaron. Le tengo un amor y cariño muy profundo a Ophrame. Pude hacerle una revisión y diversificar un poco el contenido, pero a gran escala permanece el hijo de un escritor colombiano que nunca vio voces como la suya narrando las historias que quería contar.

Las Estrellas de Ophrame: La Estrella Esmeralda de Juan Pablo Rueda. Cortesía.

Han pasado diez años desde que Adichie realizó su conferencia. El mundo ha empezado a presionar por más representación, por más diversidad en el cine, por crear referentes con los que pueda empatizar cualquier niño, sin importar dónde se encuentre. ¿Lo estamos consiguiendo? Bueno… si me lo preguntaran a mí, diría que estamos haciendo todo lo contrario. Hollywood está empujando por erradicar cualquier posibilidad de que las voces diversas, de que los libros como los de Chimamanda Adichie se adapten a la pantalla grande, de que la mitología andina, caribeña o nigeriana salga de las bibliotecas y enamore al mundo entero. Y lo peor es que la inmensa mayoría de la población los está aplaudiendo por ello. Le hemos abierto las puertas a la era del racebending, lo celebramos y defendemos a capa y espada, porque creemos que es suficiente con ver un personaje de piel oscura para sentirnos identificados y crear modelos a seguir.

Para los grandes estudios de Hollywood, la fórmula es muy fácil. El mundo del streaming golpeó al cine como ninguna otra plataforma de entretenimiento lo había hecho antes. Lo que en el pasado era un hit garantizado se convirtió en un riesgo que pocos están dispuestos a tomar. ¿Por qué arriesgarme a hacer una producción original, cuando puedo apelar a la nostalgia y lanzar un remake que toque el nervio de la infancia de la audiencia con más capacidad financiera y garantizar un éxito comercial? Así empezaron el auge de la era del remake, las secuelas con 10 y 20 años de diferencia, y el fin de la originalidad. La fórmula salió tan bien que Hollywood se quedó sin proyectos de los 90 y ahora nos están contando que van a hacer remakes de Harry Potter, Crepúsculo, Moana y Cómo entrenar a tu dragón. ¡Están volviendo a hacer películas que salieron al aire en el 2000! Difícil, ¿no? Con tan poco margen de diferencia, ¿cómo van a enmascarar mejor esa codicia desquiciada? Digo, cualquiera de nosotros puede conectarse a Netflix, Disney + o Max y volver a sentirse niño. Pues, la respuesta es bien sencilla: van a pintarse como el motor de la innovación, porque ahora esas historias van a ser «diversificadas».

Tampoco podemos lavarnos las manos. Disney lo ha intentado. Lanzaron una película que contaba la historia de Nakku Harriet, una mujer de Uganda que se convierte en un prodigio del ajedrez y se tiene que enfrentar a un sistema que está en su contra para poder salvar a su familia de la pobreza. ¿Alguien la vio? Lo dudo. Fue un fracaso en taquilla. Disney lanzó también una película basada en Colombia que retrata el trauma generacional de una familia víctima del conflicto armado. ¿Y qué pasó? Encanto fracasó en taquillas, fue destrozada por miles de colombianos que solo supieron decir: «pues a mí me gustó más Coco». Mientras tanto, sus remakes de La bella y la bestia, Aladdín y El rey león recaudaron más de mil millones de dólares.

Entonces, ¿qué puede hacer el estudio para enfrentarse a una multitud que pelea por más representación, pero se rehúsa a verla? Muy fácil: meter esa representación en sus remakes. Ahora tenemos un Peter Pan indio, una Ariel negra y una Blanca Nieves latina. Y todos salieron a aplaudir la decisión, hicieron virales cadenas de TikTok donde niñas negras saltaban de felicidad al ver que la sirenita se parecía a ellas. Naturalmente, hablamos también de una Hermione negra en el remake de Harry Potter. Un Zeus negro en la serie de Percy Jackson. Confirman que Nico Parker, una actriz de ascendencia negra, representará a la vikinga Astrid en Cómo entrenar a tu dragón. Claro, decirlo así nomás, inmediatamente levanta antorchas. Criticarlo es un ataque a los cientos de niños que no se van a poder ver representados en el cine y la televisión.

Pero estamos matando nuestras voces. Eso que nos están mostrando no es diversidad. Son personajes que fueron creados por personas blancas, pensados como personajes blancos, con voces blancas, que viven en contextos culturales y folclóricos europeos. ¿Vamos a ver alguna vez al espíritu marino Mami Wata que permeó la mitología de África occidental y luego llegaría a formar parte de los mitos de Haití y el Caribe? No. Vamos a ver a Ariel, la sirena de Hans Christian Andersen que retrata los problemas de un hombre blanco con la sociedad danesa en el siglo XIX, y ese va a ser el referente y voz que represente a las sirenas del Caribe. ¿Va un niño nigeriano a ver a Amadioha, dios del trueno de los Igbo, y descubrir por qué la parte oriental de su país le debe su nombre a esta figura mitológica? No, pero se va a ver representado en un dios griego que vive en el Empire State. ¿Voy alguna vez a ver mi segunda novela, ambientada en mi país y retratando a mi gente, en la pantalla grande? No, pero tengo que sentirme agradecido porque la princesa alemana Blanca Nieves ya no es blanca como la nieve, es latina y tiene la piel de tonos bronce.

El peligro de la historia única no se limita al color de piel de un personaje. La historia sigue siendo la misma. La voz sigue siendo la misma. La cultura que está inspirando a los niños sigue siendo la misma. Si Hollywood quiere recrear una historia, apelar a la nostalgia y diversificar la historia, puede hacerlo. Lo ha hecho antes. Cuando Donald Glover le preguntó a Marvel por qué Spider-Man no podía ser negro, el equipo creativo se sentó a crear un nuevo Spider-Man. Así nació Miles Morales, un personaje latino y afro que tiene su propia historia, que representa a los hijos de migrantes y a la población negra en Estados Unidos. Miles Morales es Spider-Man, pero no es Peter Parker negro. Y su historia fue tan potente que podemos decir, sin miedo, que es el súper héroe más exitoso creado en el siglo XXI. Cuando Ryan Coogler se sentó a replantear el personaje de Namor para la secuela de Black Panther, quiso representar un conflicto racial y cultural como el que abordó en su primera entrega. Para ello hizo que un personaje que era de la Atlántida en su historia original, ahora perteneciera a la cultura maya y su ciudad submarina se llamara Tlalocan. Nos mostró las consecuencias de la colonización y las cicatrices que deja en un pueblo.

Representación del libro Spider-Man: Into the Spider-Verse: The Art of the Movie (2013). Imagen libre de derechos intervenida por Juan Contreras. Cortesía.

Es hora de dejar de aplaudir la diversificación superficial y simple. Si seguimos apoyándola ciegamente, si creemos que una infancia con ídolos en la pantalla se limita al color de piel, nuestras voces no llegarán nunca a ser escuchadas. Y cuando esos niños se sienten a escribir, lo harán pensando que su patrimonio cultural es únicamente europeo.

Juan Pablo Rueda (Bogotá, Colombia, 1991). Estudió Diseño en la Universidad de los Andes. En agosto de 2016 publicó su primera novela Las Estrellas de Ophrame: La Estrella Esmeralda y en 2017 su continuación, La Estrella Iolita. Ese mismo año ayudó a redactar los testimonios de las víctimas del conflicto armado colombiano para el Centro Nacional de Memoria Histórica y trabajó como periodista para la revista Cromos. En 2018 se mudó a Madrid para estudiar un máster en Escritura Creativa, durante el cual desarrolló su tercera novela, Seis caminos en la niebla. Actualmente continúa radicado en España, escribiendo la siguiente entrega de su tetralogía de fantasía épica, La Estrella Titánita.

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