Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 18

ABRIL 2024 | CUENCA, ECUADOR

Ocho agujeros crepusculares

Por: Leonardo López

 

Imagen libre de derechos intervenida por Juan Contreras.

Las pupilas empiezan a vibrar con espasmos leves, luego con unas voluntariosas ganas de ver, cosa que obliga al círculo oscuro a contraerse y dilatarse como el universo mismo: la oscuridad se va diluyendo hasta permear brotes de luz, los cuales recomponen —de forma lenta— una escena inmóvil, aunque pletórica, de árboles lóbregos, casetas de teléfonos vacías, marquesina enloquecida, publicidad de Coca-Cola, caldos Maggi y Movistar, postes de alumbrado público cortados por líneas de lluvia, una colección de edificios chatos y absurdos, autos que cruzan fugaces y señalética de tránsito en tonos rojos, azules y verdes.

Más adelante —después de que el párpado inmóvil, excitado por lo que ve, se cierra y se abre—, la lágrima peregrina, que ha caído hasta la moqueta, recula hasta meterse en la breve comisura del ojo; todo ello sin fuerza, más bien dinámica —al igual que una bailarina que ha ganado el tablado y las palmas del público—: porque llorar es humano, es lo que se hace cuando se está en torno al peligro, a la muerte, al padecimiento.

La sangre que empapa el cuero, tela, guata, esponja y los hilos del asiento del auto toma el camino, también, hacia la fuente: los ocho agujeros en medio del pecho se van cerrando fibra por fibra, tejido a tejido, vena por vena, vaso por vaso, célula por célula, ya que los plomos han agarrado el camino inverso: viajar hasta el infame cargador del arma —hasta ese momento un elemento externo, casi invisible, súbito—.

Asimismo, los cristales desparramados por todo lado —por dentro y fuera del auto— se coagulan de pronto, como un milagro salido de la mano del mismísimo Cristo Jesús o del Dr. Manhattan.

El grito corto —elemento último— regresa del olvido infinito de la noche y se mete por las fisuras de los labios, las grietas en las coronas de los dientes, la muela con tratamiento de conducto a medio terminar, la totalidad de la boca, la tráquea y pulmones hasta pintar, una vez más, la elegía de la desesperación.

En el exterior, las gotas de lluvia ascienden de los charcos —como dioses que salen de las lagunas universales— mojando, a la inversa, la mano extendida y severa del muchacho que cierra y abre los ojos —que se ocultan detrás de los espejuelos que, en la noche y de frente a la oscuridad del agua, figuran una escena radícula—. Esos ojos se cierran y abren otra vez al son de la flama que va desapareciendo y apareciendo mientras suelta y jala el gatillo que gotea aceite, óxido y agualluvia; al mismo tiempo, los tendones de su rostro se contraen hacia atrás haciendo crujir los dientes, primero, y luego abriendo bastante la boca para gritar un parlamento inentendible, pero ineluctable:

ocaP nod adnam et otsE

satal neic sal odagap rebah euq saíneT


El semáforo, única luz nocturna, lanza sus colores de manera que el ciclo corre hacia atrás —algo incomprobable—; y cuando la luz roja se estanca en esos treinta segundos eternos —que también se cuentan desde la tercera decena hasta el cero—, el auto de la víctima se estaciona suave y más autos se enlistan a lo largo de la calle.

La moto pequeña —que sirve habitualmente para dejar el pan en el vecindario, panes a quince centavos— se va alejando lentamente del vidrio del conductor y el muchacho logra hacer la reflexión inversa: de inicio reconoce a la víctima y luego ya no y luego el muchacho conduce metiendo los cambios desde la cuarta hasta la primera —desde los cien kilómetros por hora hasta los cero— como queriendo romper las leyes de la naturaleza: viajar al pasado, a un pasado no tan distante, a un pasado donde las llamadas del número desconocido que le muestra el siguiente blanco no existen, a un pasado donde la vida vale más que dos billetes de veinte dólares, a un pasado lleno de árboles de hojas anchas, de casas a ras de suelo, de maleza, de tienditas sobre la quebrada del Machángara, de fútbol con los amigos los domingos después del catecismo, de pastel al cumplir los doce, de sandalias ortopédicas para corregir unas piernas chuecas congénitas, de sangre, placenta, fórceps, cordón umbilical, dolor, gritos, olor a hospital, luz, oscuridad y la sentencia: «¡Ya mismo nace!».

***

Epígrafe retardado y manipulado:

Ahora bien: esta historia pasa de aquí a su comienzo, en la primera mañana de mayo [como puede ser cualquier día de 2023]; sigue a través de estas mismas páginas, y cuando llega de nuevo aquí, de nuevo empieza allá… Tal era su iluminado alucinamiento.

Pablo Palacio, Vida del ahorcado (1932)

Leonardo López. Publicó el libro de cuentos Ficción de origen (CCENA, 2019) y Lo fractal: dos relatos en clave noir (GAD Cuenca, 2021). Tiene la Mención de honor en el concurso de novela breve Miguel Riofrío 2020 con La narrativa: un ensayo sobre la forma y la Mención de honor en el premio de novela breve La Linares 2022 con Enseñar a fumar a las niñas. Ha ganado los Fondos del IFCI (2021) con la novela Ficción asociativa. Publicó el libro remake/conceptual Errores & dependencia (Editorial Blanca, 2022). Su último libro de cuentos es Apariciones de la Virgen en la lucha revolucionaria (Editorial Blanca, 2023).

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