Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 18

ABRIL 2024 | CUENCA, ECUADOR

Fragmento de la novela El resto de los días1

Por: Camila Brandoni Allende

Fotografía de Jaime Villavicencio intervenida por Juan Contreras.

En Mar del Plata, Diana y yo habíamos compartido siempre el cuarto. A veces se hacía muy tarde y queríamos seguir jugando, así que para poder reírnos a carcajadas sin que nos escucharan, agarrábamos una almohada y nos la poníamos en la cara hasta que parábamos de reírnos. El sonido era opaco.

Así se escuchaban también los gritos de papá cuando discutía con mamá y yo estaba estudiando Derecho de las Sucesiones en mi cuarto.

—Si no podés vivir con semejante monstruo, andate vos y dejá de romperme las pelotas. Eso sí, te llevás a tu madre.

—Nadie puede seguir viviendo con vos de esta manera, Ricardo. Ni mi madre, ni yo, ni mis hijas. El que se tiene que ir sos vos.

—Mis hijas se quedan en esta casa.

—Tus hijas se van a ir más pronto que tarde. Diana se muda el mes que viene, por si no te habías enterado todavía. La otra se casa.

—Diana no se va a ir a ninguna parte. Eso es un delirio tuyo y de tu madre. ¿Quién le dio permiso a esa pendeja para que se fuera de la casa? Le sigo pagando todo.

—Ricardo, ¿me estás cargando?

—Y la otra se casa, como si tuviera un centavo partido al medio. ¿Se piensa que le voy a financiar la boda esa mocosa? Ustedes sigan viviendo en un cuento de hadas.

—No tenés ni la menor idea de lo que pasa en esta casa porque te la pasás en lo de la bruja esa.

Silencio. Dejé de escribir. Mi papá estaba susurrando algo. Escuché el llanto agudo de mamá, parecía el de un perro. Abrí la puerta de mi cuarto lo más silenciosamente posible y me acerqué a la suya, muy lentamente, pisando los tablones de madera del pasillo que sabía que no sonaban tanto. Papá estaba diciéndole algo, pero no llegaba a descifrar las palabras.

De repente, dejó de hablar. Me paralicé. No moví ni un dedo. La manija de su puerta bajó de un golpe y contuve la respiración. Era mamá. Me vio parada a un metro de la puerta, frizada, y me hizo un gesto de silencio con la mano. No me moví. Vi a papá atrás, acostado en la cama, leyendo el diario como si nada de eso hubiera pasado. Pero mamá tenía los ojos rojos y los cachetes húmedos. Cerró la puerta de un golpe. Se escucharon los pasos de papá. Mamá sostuvo la puerta con una mano y sacudió la muñeca con la otra para que me apurara. Me metí en mi cuarto a toda velocidad mientras ella forcejeaba desde el pasillo para que papá no abriera la puerta antes de que yo me escapara. Cerré la puerta. Yo todavía no había vuelto a respirar y me di cuenta porque inhalé mucho aire de repente, como si me hubiese olvidado de ese mecanismo. Solo escuché insultos y a mamá gritar; ya no era el llanto de un perro, parecía el de un oso. Volví a escuchar un portazo. Cuando abrí la puerta, mamá, en la otra punta del pasillo, al borde de la escalera, parándose. Se arregló la ropa y me mandó a meterme adentro con la mirada. Sabía que ella tenía que salir a hacer una compra antes de que Diana y la abuela volvieran del paseo. La escuché bajar a la cocina y no volví a escuchar otra puerta abrirse en todo el día.

Había que hacer algunas paradas en la iglesia antes de la boda. Esa última semana que recuerdo, hicimos la primera. Me pasó a buscar Gabriel con su auto. Yo estaba especialmente contenta porque ya tenía el vestido de novia. No había sido la tarea más sencilla del mundo: mi abuela gritaba que yo parecía una sanguijuela cada vez que salía del probador con cualquier vestido que no tenía las hombreras que ella hubiese esperado, mi mamá reclamaba lo mismo y Diana no paraba de repetir que estábamos en el año 1992:

—Mamá, estas hombreras así ya no se usan…

—Pf, mirá si no se van a usar —le contestaba mamá—, mirá todos esos vestidos que está trayendo la señora…

—Preciosos, preciosos… —confirmaba la abuela.

La vendedora iba y venía con más vestidos para apaciguar a las fieras. Cuando salí del probador con el elegido, que tenía mangas cortas, sin hombreras, pero el corte princesa que el público general esperaba, parecí contentar a todas las miradas.

Nos reunimos con el cura en su oficina. Hasta ese momento, nunca había imaginado que los curas tendrían oficinas. Cuando nos saludamos sentí el olor a jabón que siempre había sentido en los trabajadores de la Iglesia. De chica, le había preguntado a mamá por qué todos ellos tenían olor a jabón. Me respondió:

—Porque se bañan, a diferencia de lo que pasa en esta casa. Andá a bañarte por favor.

Esa había sido la única vez que había compartido la reflexión con alguien y fue la última. Pero ahora, a mis veintidós años, todavía sentía el olor a jabón cuando me acercaba a uno de ellos. Ese aroma a limpieza perpetua que no deja de ser claramente perceptible para los demás. ¿Ellos lo sentirán? ¿Habrán hablado del tema alguna vez? En el mundo entero había más de trescientos mil sacerdotes, según información que había recibido mi tía de la Radio Católica. Algunos de ellos tiene que haber hablado del tema.

—Bienvenidos. ¿Gustan una taza de té o café?

—No, gracias, Padre. Venimos de una tarde a puro mate.

El Padre Jorge sonrió. Me hizo pensar en esa otra vez que entonces también guardaba en el recuerdo, la vez que pasé por la iglesia y uno de ellos me preguntó si quería confesarme y yo le dije que sí por compromiso. Esa vez había dicho que uno de mis grandes pecados era contestar mal y envidiar el perro de Fabiana. Era chica. El recuerdo me sacudió y pensé: ¿qué diría hoy?, ¿cuáles son mis pecados?, ¿podría casarme, si dijera la verdad?, ¿alguien dice toda la verdad alguna vez?

—Eso está muy bien. Bueno, entiendo que han decidido sellar su amor ante los ojos de Dios.

—Así es, Padre.

—Muchísimas felicitaciones, celebro esta hermosa decisión.

Las palabras del cura salían de su boca tan limpias como su aroma.

—Muchas gracias, Padre.

—Antes que nada, quiero decirles que me siento honrado de hacer la bendición. Pensar que los conozco desde que eran así… —con la mano marcó la altura de un gnomo—. Cuéntenme un poco más cómo se dio este encuentro.

Lo miré a Gabriel para dar por aprobado su paso al frente por la respuesta. Este lugar era realmente cálido. Las paredes tenían listones de madera verticales pulidos y encerados. En la habitación no había más que un pequeño Cristo en la pared, el austero escritorio, nosotros y la luz primaveral que entraba por la ventana. La voz de Gabriel era amable y tranquila, casi equiparable a la del cura. Entré en un estado de sedación que se potenció cuando me incliné levemente y me reencontré con ese aroma a jabón. Toda la ansiedad había quedado afuera de ese cuarto y, cuando nos despedimos, lo lamenté.

Mi mamá estaba planchando camisas. Le gustaba decir que era su actividad menos favorita, así que me acerqué a ofrecerle ayuda.

—No, dejame en paz —me contestó como si le estuviera reprochando algo. Debo haberla mirado muy extrañada.

—Mamá, ¿qué te pasa?

Seguía mirando la camisa, no quería levantar la vista. Tenía los ojos rojos.

—¿Mamá? —insistí.

Dejó la plancha a un costado, se puso la cara entre las manos y lloró como una nena chiquita. Se me rompió el corazón. Me acerqué a abrazarla. Tenía el cuerpo rígido y siguió en la misma posición mientras la envolvía y le preguntaba: «¿Qué pasó?».

Después de unos minutos así, quietas en la cocina ante la tabla de planchar, me largué a llorar yo también.

—Mamá, va a estar todo bien.

—No puedo más —me dijo, con voz ahogada.

Fue en ese momento que me di cuenta de que tenía unos moretones en el brazo.

—Te prometo que, cuando nos mudemos con Ariel, te venís a vivir con nosotros. Ya no falta tanto. Tengo la esperanza de que podamos volver a Mar del Plata.

—¿Y la abuela, qué? —me preguntó con desesperación.

—La abuela también.

Lloró con más fuerza porque pensaría que era un plan irreal. Para mí ya estaba en marcha, la rueda estaba girando. No tendríamos por qué volver a verlo nunca más.

1 Esta novela está basada libremente en el cuádruple femicidio de Gladys McDonald, Elena Arreche y Cecilia y Adriana Barreda, perpetrado por Ricardo Barreda, infame episodio de la historia de la violencia de género en Argentina.

Camila Brandoni Allende (Buenos Aires, 1990). Es licenciada en Artes Plásticas por la Universidad de Buenos Aires y magíster en Escritura Creativa por la Universidad Complutense de Madrid. Se formó en escritura dramática con Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu. En 2018 impartió un seminario de cine de terror y feminismo en Quimera Galería Buenos Aires y publicó su primer artículo periodístico en Página 12. Ha participado en equipos de gestión cultural y educativa pública, y ha colaborado en la edición de tesis y ensayos; entre ellos, El cine de lo sagrado de Bernardo y Mariano Nante (Editorial El Hilo de Ariadna). En 2021 produjo Querida Podcast, un espacio de entrevistas sobre referencias culturales en torno a la identidad. Terminó de escribir El resto de los días (2021) en España. Si quieres seguir leyendo, consíguelo aquí.

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