Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 29

NOVIEMBRE 2025 | CUENCA, ECUADOR

Abuela agua

Por: Ana Abad R.

No hay nada en el mundo
más sumiso y débil que el agua.
Sin embargo, para atacar
lo que es duro y fuerte
nada puede superarla.

 Lao Tse

 Collage con fotografías del Parque Nacional Cajas y el río Tomebamba, cortesía de Rosalía Vázquez Moreno.

Toda mi relación con ella cambió, cuando por primera vez escuché que la llamaban Abuela Agua. Aunque me sorprendí ante esta extraña manera de referirse a uno de los cuatro elementos de la naturaleza —como me habían enseñado a denominarla mis maestros de Ciencias Naturales—, pronto fui arrullada por el ritmo y la fluidez de una cascada de palabras de gratitud, de alabanza y de amor, palabras que produjeron un profundo movimiento telúrico en mi vida. «Abuela Agua —le decían apenas susurrando—, gracias por convidarnos de tus cantos, de tus arrullos; gracias por la agüita que cae del cielo y por despertarnos con la suave lluvia de esta mañana».

No salía todavía de mi asombro, cuando alguien más tomó la palabra para continuar hablándole, con esa misma y tierna intimidad:

Abuela agua, limpia nuestro cuerpecito de toda dolencia, de toda tristeza; permite que nuestro corazón esté libre de miedos y sufrimientos. Tú, amorosa y poderosa Abuela, eres la medicina para calmar nuestra mente, clarificar nuestros pensamientos, alegrar nuestro corazón y limpiar nuestros quereres y nuestros desamores…

Por si esto fuera poco y mientras el dulce aroma del palo santo se desprendía del pequeño brasero, empezaron a cantar acompañadas de un tambor y una sonaja: «La bendición del agua / ay, qué siempre esté / La medicina del agua / ay, que siempre esté / La música del agua / ay, qué siempre esté / La alegría del agua / ¡ay!, que siempre esté…». De inmediato, algunas tomamos pétalos de rosas y otras, pepitas de cacao: ofrenda para depositarla sobre las aguas y culminar con la celebración del Killa Raymi, una fiesta que honora a las mujeres, a la fecundidad de la tierra, a la poderosa energía de la Luna, abuela de los cielos que gobierna el movimiento de las mareas y de las aguas.

Me habían invitado a una peregrinación, hacia la cascada del Cabogana, que terminó invocando su guía y protección, con la misma cadencia y dulzura con que comenzamos la caminata:

Agüita sagrada, elixir de la vida que viajas en nuestro cuerpo, en nuestras venas; Abuela generosa que fluye de manera permanente, que no se detiene ante ningún obstáculo, enséñanos a fluir y a seguir el ritmo natural de la vida. Abuela sabia que estás en perpetua circulación, por encima y por debajo de la tierra, así como en todas las formas de vida que en ti habitan, muéstranos el camino sagrado de la existencia.

Nunca antes se me hubiera ocurrido hablarle al agua, tampoco había tenido ninguna expresión de gratitud evidente, aunque, desde pequeña —como sucede con todos los avecinados en Cuenca y el Azuay—, un indescifrable, íntimo y personal vínculo con ella me envuelve y determina. Un vínculo que viene desde la misma agüita primigenia, desde el principio mismo de los tiempos de esta Nación, cuando, luego de una gran inundación, surgió el pueblo Cañari: los descendientes de la guacamaya y de la serpiente.

Esta caminata al cerro, a los páramos, a la cascada, sacudió mi vida, mis referencias intelectuales y espirituales, al tiempo que me abrió un nuevo sendero de aprendizaje alrededor de la ciencia y la espiritualidad de la naturaleza. Comprendí que el agua es mucho más que H2O; como nos ha mostrado el científico japonés Masaru Emoto, el agua tiene la capacidad de recordar las energías y las vibraciones a las que ha estado expuesta.

Como mujer mestiza y urbana que soy, ese día decidí buscar, indagar, reconocer mis raíces indígenas y abrazarlas. Poco a poco, fui descubriendo que están entretejidas en nuestra piel, en nuestros hábitos, en nuestra lengua, en nuestras fiestas y tradiciones, que su presencia fluye en nuestro ser y en nuestro espíritu, con tal naturalidad que poco importa si somos o no conscientes de ello. La cercanía, el gusto y el cuidado que damos a la naturaleza que nos rodea es clara muestra de ello. ¿Cómo, si no, explicarnos que se haya despertado el Quinto Río de Cuenca, en estos oscuros tiempos que atraviesa el país y en medio de la criminal violencia de Estado que vivimos?

Treinta años de lucha por la defensa del agua y los páramos han sostenido los pobladores de Escaleras, Tarqui y Victoria del Portete, en Cuenca, y de los cantones Girón y San Fernando, comunidades aledañas a las zonas de recarga hídrica que alimentan ríos, lagunas y cascadas, desde donde viene el agua que tomamos todos en la capital azuaya. Treinta años la han cuidado de la ciega codicia de las empresas mineras y de la insensatez de gobiernos que, sin vergüenza alguna y haciendo gala de una crasa ignorancia, siguen manipulando leyes e irrespetando principios fundamentales de una democracia —como es el mandato popular—. Treinta años de exponer su propia vida, sin importar la soledad de su lucha o la persecución y criminalización sufrida, ante la indolencia de las autoridades locales y el alejamiento de los sectores urbanos que no hemos sabido estar a la altura de las circunstancias y sumarnos a esa voz altiva que, desde hace tanto tiempo, con toda dignidad y autoridad moral ha dicho: «La defensa del agua es la defensa de la vida». Treinta años de pensar en el bienestar y en la existencia de toda la comunidad cuencana y azuaya. Treinta años de horadar en la memoria y en la conciencia colectiva. Así, gota a gota, se han logrado transformaciones profundas, como despertar al Quinto Río de Cuenca.

Sin duda, la lucha de estas comunidades nos impulsó para que nos pronunciemos como colectividad, para que digamos, de manera contundente: ¡No a la minería! ¡El agua de Cuenca no se toca! ¡Eso es inobjetable!

Con las consignas: «¡No a la minería!» o «¡El agua de Cuenca no se toca!», el 16 de septiembre de 2025, 100 000 personas salieron a las calles para protestar por la defensa de Kimsakocha y de las fuentes de recarga hídrica que se ven amenazadas por el proyecto minero Loma Larga. Fotografía de Jaime Villavicencio.

Las decisiones tomadas en consulta popular, en un país democrático, son mandato de inmediata ejecución. Ningún tipo de interés puede cambiar los dictámenes de la ciudadanía en las urnas. El Estado y sus gobernantes están obligados a obedecer, a hacer todos los cambios administrativos necesarios, para que la decisión tomada se ejecute y ¡Cuenca ya decidió! Los apocalípticos tiempos a los que pretenden condenarnos y las actitudes anticonstitucionales de los gobernantes de turno arrasan todo sentido común, descartan toda evidencia científica, toda decisión judicial y el dictamen soberano del pueblo, además, ponen en peligro la vida —nuestra existencia— y evidencian esa seudodemocracia, esa «democracia de cartón» que vivimos.

La apertura del catastro minero sentencia de muerte al Ecuador megadiverso; al país de varias reservas de biósfera del planeta; a la nación de los cerros y montañas, de las aguas más transparentes del mundo, de las aves y los colibríes, de los osos de anteojos, de los anfibios, de las orquídeas; al Ecuador que ama la vida. Nuestro territorio ha sido puesto en venta y está en la mira de seres sin alma, sin entrañas, de verdugos que, en su insaciable codicia, no miran que el caudal del Quinto Río dirige su cauce a horizontes que se alejan del extractivismo.

Que la Virgen de las Aguas proteja Kimsakocha, la catedral natural de Cuenca, y que el Quinto Río no se disipe en la apatía o el cansancio.

Ana Abad Rodas. Como correctora de estilo, es parte de Quillca Editores y, como periodista, trabajó en el equipo de Ondas Azuayas. Actualmente, sostiene una columna de opinión semanal en el diario El Mercurio y colabora, como directora de contenidos, con el portal digital Voces Azuayas. Teje su vida alrededor del silencio, las palabras, el lenguaje y la comunicación.

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