Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 29

NOVIEMBRE 2025 | CUENCA, ECUADOR

Si el río dejara de correr. El circuito cultural Imagen en Movimiento como cuenca cinematográfica

Por: Josué Durán H.

Entre varias actividades culturales, Imagen en Movimiento presenta un ciclo de cine gratuito que se enfoca en las problemáticas ambientales del Ecuador.

Si dibujáramos un mapa del Ecuador, seguramente la mayoría optaríamos por trazar su contorno, esa forma reconocible que articula buena parte de nuestro imaginario de nación. La discordancia, sin embargo, llegaría a la hora de rellenar esa silueta. ¿Cuáles tendrían que ser los contenidos de un mapa representativo? Las respuestas nos abrirían así al conflicto de la política. Quizá algunos ecuatorianos citadinos empezaríamos ubicando los grandes centros poblacionales, trazaríamos las provincias y marcaríamos sus capitales. Habituados a conocer el país a través de sus carreteras, agregaríamos las troncales que lo recorren de norte a sur y algunas de las rutas transversales. Tal vez, terminaríamos recordando a las Galápagos y las ubicaríamos en un recuadro, en una esquina. Un dibujo bastante sesgado.

Alternativas hay varias: un mapa climático lo teñiría según las temperaturas promedio o el caudal de precipitaciones; uno hidrográfico perfilaría a las lagunas y a los grandes ríos con sus innumerables afluentes; también se podrían mapear las diversas lenguas y las poblaciones que las hablan. Si el mapa lo dibujara un turista, aparecerían sitios emblemáticos, patrimonio de la humanidad, y atractivos naturales; en cambio, una minera china o canadiense señalaría únicamente yacimientos minerales y recursos exportables: oro, cobre, petróleo, madera. Uno podría preguntarse, ¿puede contener la historia? y, en caso de que pudiera, ¿se deberían marcar los escenarios de los conflictos bélicos de la independencia o de las guerras con el Perú?, ¿resultaría pertinente incluir las movilizaciones populares que han determinado el devenir de la nación hasta su forma contemporánea, garantista de derechos?, ¿se deberían resaltar las masacres perpetradas por el Estado o por los poderes fácticos? Finalmente, podríamos preguntar si un mapa puede explicar las migraciones, como las de tantos conciudadanos que viajan a España o Estados Unidos, o las toneladas de materiales pétreos y productos agrícolas que se han fugado en nombre del capital extranjero.

Comparten esta preocupación cartográfica cuatro documentales proyectados como parte del circuito cultural Imagen en Movimiento —que se ha presentado, desde el 2 octubre hasta el 20 de noviembre, como un esfuerzo interinstitucional de la CCE Azuay, el GAD Municipal de Cuenca y la Prefectura del Azuay, con el apoyo de la Cinemateca Nacional del Ecuador Ulises Estrella—. Todos procuran reimaginar el Ecuador, a través de nuevas maneras de dibujar su mapa. Probablemente, esta coincidencia temática se origina en la necesidad de territorializar el discurso de la defensa del agua y la ecología, en situaciones y narrativas concretas. El ejercicio de imaginar aparece como una forma de emancipación, en el dibujo del mapa de un territorio está la disputa por su relato. A través del agua, estos documentales se enraízan en una región que, a su vez, se ve moldeada por su cauce. Se trata de una coincidencia afortunada, pues permite pensar en una continuidad que, más allá de la diversidad estética de las películas, enlaza los conflictos que se presentan con un discurso más amplio, sobre la nación y su relación con la naturaleza, sus recursos y la conservación. Escuchar con atención las piedras que traen nos empuja a repensar quiénes somos: habitantes del río, bebedores de su agua, ciudadanos interdependientes y vulnerables, es decir, comunes.

Nueva alianza, Queremos nuestra agua (2024) de Eriberto Gualinga

En la primera escena de este documental, Gaby y Cristian, dos jóvenes de las comunas La Chiquita y Awá de Guadualito, dibujan un mapa de Ecuador, en el que ubican la provincia de Esmeraldas, así como sus comunas. Los acompaña el director, Gualinga, quien señala el pueblo de Sarayaku, comunidad amazónica, de donde proviene. Entonces, traza una línea que, al pasar por Quito, conecta estas comunidades. De esta manera se construye simbólicamente la alianza que da forma al documental, una alianza entre comunes —ciudadanos, comuneros, filmógrafos— que resisten ante las avanzadas del extractivismo transnacional. Gualinga cuenta cómo su pueblo lleva décadas enfrentando el avance de los proyectos mineros y de tala; señala que no se imaginaba que, al otro lado de la cordillera, otros ecuatorianos estuvieran pasando por lo mismo.

La Chiquita y Awá de Guadualito son comunas regadas por el río Chiquita que sufren la contaminación causada por las palmicultoras de la zona. Desde inicios del siglo XXI, grandes explanadas de terreno han sido compradas —algunas a través de la extorsión— por corporaciones dedicadas al monocultivo de palma aceitera, una especie africana, conocida por su rendimiento para la producción de aceite de bajo costo. Max Haiven ha llamado a este producto la «grasa del imperio», porque, además de tener un impacto negativo en quienes la consumen, se produce a nivel global y a través de procesos destructivos —su cultivo requiere altos niveles de pesticida—, en los que las poblaciones aledañas se convierten en «sacrificios humanos», en nombre del dios del progreso. En Esmeraldas, la filtración del pesticida hasta el río Chiquita ha causado la desaparición de las especies nativas y la desecación de los cultivos, lo que ha empobrecido a los comuneros.

El film empieza describiendo las demandas judiciales —amparadas en la Constitución de 2008 y los derechos de la naturaleza— que las comunidades esmeraldeñas plantearon ante las palmicultoras. A pesar de un fallo favorable en 2017, negligentemente el Estado no ha ejecutado las sentencias. El documental utiliza una estrategia narrativa que permite al espectador moverse entre dos tiempos: por un lado, el taller de videocine dictado por Gualinga en su primera visita a las comunas; por otro, Gaby y Cristian, otrora alumnos del taller, ya adultos, observan el material grabado. Además de testimonios del ecocidio, se muestra también la resistencia de las comunas ante la devastación de su mundo. Gualinga define el cine como una herramienta de disputa, pues: «La lucha ya no es solo con machetes, con lanzas, sino que hay que saber el lenguaje de afuera, de la prensa, de los medios». Ahora bien, el resultado más interesante es la complicidad creada entre el director y los alumnos: un hombre kichwa amazónico, un muchacho negro y una joven awá crean una alianza entre comunes, como primer frente ante el extractivismo.

Cómo leer la historia en la hidrografía, La vida de un río (2024) de Jorge Juan Anhalzer y Naia Andrade

Con un tono más bien didáctico, Anhalzer y Andrade vuelven a recorrer la ruta de Pichincha hasta Esmeraldas, en esta ocasión siguiendo la estela de un río. El protagonista de este documental tiene muchos nombres: Moradero, Pita, San Pedro, Guayllabamba y, finalmente, Esmeraldas. Las primeras tomas nos muestran a un hombre en avioneta sobrevolando los páramos en los que nace el río y desde ahí se construye una voz en off omnipotente que, con un tono amigable, aunque algo infantilizado, narra y explica. Las altas montañas —se nos dice— son los taitas y mamas del río, las nubes son los abuelos, el glaciar es su placenta y los riachuelos son sus guaguas. Esta retórica personifica a la naturaleza, quizá humanizándola exageradamente. En todo caso, desde este punto de partida, se traza un dibujo serpenteante, el perfil del río desde la alta montaña hasta su desembocadura en el Pacífico.

A medida que avanza, el documental adquiere complejidad, muestra las diversas interacciones entre ecosistemas y usos humanos. Desde los pantanos que, como esponjas, retienen el agua lluvia, pasando por los cultivos de papa y el peligroso pesticida que derraman hacia el caudal, hasta llegar a la ciudad. La narración hábilmente interconecta la historia humana con la forma del río, mostrando, por ejemplo, las acequias para el cultivo y el cuidado del ganado o las intervenciones que desvían el caudal en la estación de Pitatambo, para su canalización y potabilización para Quito. Se muestra la contaminación del agua causada por la basura, la falta de tratamiento de las aguas servidas y la filtración de lixiviados, desde el basurero municipal. Resulta significativo que, al hablar de la capital y el «Machángara nauseabundo», se lo contrasta con las buenas prácticas de purificación de aguas negras ejecutadas en Cuenca. Se menciona también el riesgo latente de la minería y sus posibles filtraciones; ya en Esmeraldas aparecen nuevamente las palmicultoras.

El documental recuerda a los conquistadores españoles, a la Misión Geodésica Francesa, a los Yumbos de Guayllabamba y a las pirámides caranquis, además de la orogenia andina, el surgimiento de la cordillera, una experiencia formativa en la vida de los ríos. La avioneta narrativa viaja así por el territorio como por los milenios. Llega entonces hasta la represa de Manduriacu, donde converge toda la contaminación acumulada que se condensa en una pestilencia insoportable. Con esta agua, se nos dice, se cultiva el alimento que sembramos y se riegan los manglares donde crecen los peces que luego devoramos. Lo que al río le damos, el río nos devuelve, se sentencia. Hacia el final de la película, la cámara se aleja del mapa y la silueta del río se conecta, entonces, a un sistema circulatorio, en un cuerpo humano.

Voces que cantan en la laguna, Ozogoche (2023) de Joe Houlberg

La estrategia de Houlberg es mucho más sutil. No hay aquí documental participativo ni exposición que domine el relato. En cambio, el espectador se enfrenta a imágenes lentas y morosas, planos intimistas y secuencias poéticas de interpretación incierta. La película nos acerca a una comunidad kichwa, en la provincia de Chimborazo, que habita al borde de las dos lagunas de Ozogoche. En vez de consignas, esta película proporciona escenas microscópicas en las que el director se esconde, procurando un material fílmico puramente observacional. En un ambiente dominado por la presencia del agua y el frío, seguimos las interacciones cotidianas de Sisa, una niña que vive con sus abuelos. Los grandes temas aparecen a través de breves perfiles, como gestos; el tiempo narrativo lento imita los ritmos de la vida rural en la alta montaña. Sisa recolecta flores amarillas o descansa sobre la hierba junto a su cachorrito; Sisa canta en el coro de la escuela o cuchichea con sus amigos sobre los inminentes viajes migratorios de otros miembros de la comunidad; Sisa, recostada en su cama, observa videos de TikTok en los que aparece su tío Pato, arropado en abrigos inmensos, soportando el frío de los países del norte.

El mapa de esta película está atravesado por flujos migratorios. Por un lado, de sur a norte viajan los miembros de la comunidad en busca de sustento económico. Es más, ya desde infantes aprenden que ese destino los espera y son preparados para soportar los padecimientos de un viaje irregular y peligroso. La abuela de Sisa, por ejemplo, le pregunta si a ella le gustaría viajar a Estados Unidos. Igualmente, en el coro de la escuela cantan los niños: «Esta pobreza que estoy sufriendo me ha obligado a emigrar. / Dejo a mi padre, dejo a mi madre, solo Dios sabe si volveré. / Tierra lejana, voy a partir sin esperanza de regresar. / Mis hermanitos son pequeñitos, ellos no saben si volveré». Por otro lado, de norte a sur viajan los cuvivíes, aves suicidas que, huyendo del frío del norte, llegan hasta la laguna de Ozogoche, en la que se sumergen al final de su ciclo vital.

Al borde de la laguna, cantan los cuvivíes, cantan los niños, canta el coro de la iglesia y canta el abuelo Feliciano, recitando la Biblia. Voces humanas y voces naturales se confunden, al tiempo que las distancias entre unas y otras se desdibujan. El retrato de nuestra especie que este film devuelve se aleja de los mitos modernos o del egocentrismo antropocéntrico; como los cuvivíes que repiten atávicos gestos suicidas, los seres humanos que aparecen están lejos de ser libres o autónomos.

La naturaleza y la política, A cielo abierto, derechos minados (2009) de Pocho Álvarez

Intag, Limón Indanza, Nanegalito, El Pangui, Victoria del Portete… En el mapa de Ecuador que conjura Álvarez, se marca con estrellas la historia de la resistencia popular frente al avance de la minería. Inicia con la aprobación de la Ley Minera, a finales de 2008, la resistencia que esta recibió y la respuesta militarizada del Estado. Así, el film propone una radiografía de esta problemática que se remonta a inicios de los ochenta.

A través de entrevistas, material de archivo y textos explicativos, se reconstruye una historia que enfatiza la disputa —tanto dentro como fuera de las comunidades— que han mantenido poblaciones, sobre todo rurales, históricamente marginalizadas, contra la minería transnacional en contubernio con fuerzas estatales e incluso paramilitares. La película comienza mostrando las heridas causadas a un manifestante en Victoria del Portete, durante las primeras movilizaciones frente al avance de la minería en Kimsakocha.

El documental se enmarca en la denuncia de las políticas extractivistas sostenidas durante la larga noche neoliberal de finales del siglo XX y continuadas durante el gobierno de Rafael Correa. Sin embargo, señala, al mismo tiempo, la importancia de la Constitución de 2008 que fue el resultado del proceso constituyente liderado por Correa, especialmente de los artículos relacionados con los derechos de la naturaleza. El relato es complejo, puesto que intercala la denuncia de las promesas fraudulentas de las mineras transnacionales y sus estrategias de soborno a autoridades locales para fomentar la división social, con la defensa de figuras políticas del movimiento indígena (como Salvador Quishpe o Marlon Santi), quienes, desde 2016, convertidos ya en asambleístas, auparon y defendieron el retorno del neoliberalismo.

Un detalle me empuja a una interrogante. Álvarez utiliza fragmentos de un tema musical originalmente compuesto para la película Qué tan lejos, dirigida por Tania Hermida. El gesto podría ser involuntario o una provocación. En los créditos no se hace referencia al tema (cuyos derechos no le pertenecen a Álvarez), pero la tonada conecta a dos cineastas que, durante la década que siguió al estreno de este documental, defendieron abiertamente posturas opuestas. Álvarez ha sido un exponente manifiesto del anticorreísmo progresista, mientras que Hermida, asambleísta constituyente en 2008, ha sostenido la defensa del proyecto nacional popular de la Revolución Ciudadana.

Leída desde 2025, ya profundamente sumergidos en la avanzada del neoliberalismo autoritario (de filiaciones fascistas), esta brecha pareciera perder sentido. ¿Cuán opuestas son realmente las posturas de estos dos directores que, seguramente, ocuparon espacios parecidos durante los paros nacionales de 2019, 2022 y 2025? Acaso la nueva alianza entre comunes requiere el acercamiento entre estos sectores. Acaso es hora de sanar la herida y reconocer la necesidad de interconectar la lucha ecologista con los proyectos populares de redistribución de la riqueza.

El pasado septiembre, la ciudadanía cuencana se organizó para darle fuerza al Quinto Río, un movimiento en defensa del agua, en rebeldía frente a las redes extractivas que buscan hacer del páramo una mina a cielo abierto. Más de cien mil ciudadanos sumaron sus cuerpos en un torrente aguerrido y celebratorio bajo la consigna «Kimsakocha no se toca». Ahora bien, la continuidad de la disputa ante el poder corre el riesgo de diluirse en la espectacularización o en la reproducción de consignas vacías y señas identitarias. El éxito de la marcha bien podría ser una trampa si no somos capaces de sostener esta alianza entre comunes conscientes de la importancia de la preservación de la naturaleza. Kimsakocha es hoy un sello que empapela la ciudad y el recuerdo de la movilización una fuente de orgullo, cuya función, no obstante, terminará siendo consolatoria si damos paso, por ejemplo, a una nueva constitución que, traicionando a la soberanía ecuatoriana, devuelva a las manos de las transnacionales el control sobre los recursos naturales. Vale recordar que la defensa de la naturaleza lleva quinientos años riñendo con las redes imperiales que buscan expropiarla; no bastará para zanjarla un solo día de manifestación.

En ese contexto, la importancia de un festival como Imagen en Movimiento radica en su función como afluente que acaudala el río de la resistencia. Este espacio no solo ejercita la memoria, sino que se convierte en un punto de encuentro desde el cual refundar cotidianamente nuevos sentidos comunes. En una sala oscura, el proyector se enciende y las imágenes fluyen, a veces en rápidas sucesiones entre las que vibran los cantos rodados del testimonio, otras en secuencias lentas que invitan al espectador a sumergirse. La luz sobre el fondo blanco lo arrastra por un mapa inmenso, donde conviven quebradas y niños, canales de cemento y bosques primarios, cangrejos de agua dulce y centenares de envases plásticos, constituciones y pesticidas, plantas embotelladoras y movilizaciones populares. Como en el famoso ensayo de David Foster Wallace, el pez espectador alcanza a comprender: «Todo esto es el agua».

Josué Durán H. Obtuvo el premio Aurelio Espinosa Pólit en 2019, por su libro de ensayos El abandono de la experiencia. En 2022, publicó el libro de cuentos Altavoces submarinos, con el que ganó la Convocatoria Abierta para Publicaciones de la CCE Azuay. Ha escrito artículos sobre literatura, artes, cine y comunicación. Tiene una maestría en Investigación en Estudios Literarios de la Universidad de Ámsterdam y se graduó en Estudios Literarios, en la Universidad de Barcelona.

Scroll al inicio