Monda & Lironda

REVISTA AZUAYA ESPECIALIZADA EN CRÍTICA CULTURAL Y ESCRITURA CREATIVA

NÚMERO 33

AGOSTO 2026 | CUENCA, ECUADOR

¿Quién se comió el chumal? Crítica gastronómica mundialista

Por: John Valverde

Imágenes libres de derechos intervenidas por Juan Contreras.

El Mundial de Fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de alterar el orden natural de las cosas. De pronto, personas que jamás habían pronunciado la palabra offside discuten con solvencia sobre líneas defensivas; quienes no sabían que Costa de Marfil o Cabo Verde eran países de verdad, conocen de memoria el nombre de más de un jugador de sus selecciones. Así mismo, en las esquinas, en las pantallas de los bares y en las reuniones entre amigos, aparecen nuevas banderas gastronómicas. Allí, donde antes se celebraba con quimbolitos o chumales humeantes, fritada con papas sucias o empanadas de viento; hoy reinan las alitas BBQ, los choripanes, las milanesas y las hamburguesas. No es una tragedia nacional, claro está, pero sí una señal de los tiempos.

Tampoco es que el quimbolito haya perdido dignidad. Sigue allí, envuelto en su hoja, suave, paciente y probablemente más elegante que una cajita de papas con salsa de queso fluorescente. Pero el Mundial no pregunta por elegancia. El Mundial exige rapidez y cualquier cosa que pueda comerse con una mano, mientras la otra sostiene una cerveza o señala indignada hacia la pantalla del televisor.

Lo curioso es observar no solo qué sabores llegan, sino cuáles no. Porque si algo ha caracterizado a las últimas semanas, ha sido la tensión entre ecuatorianos y mexicanos. Las redes sociales hicieron lo suyo, amplificando desacuerdos y convirtiendo cada comentario en una batalla continental. Los tacos no lograron invadir nuestras mesas mundialistas. Las micheladas y el tequila tampoco desplazaron a otras bebidas de moda. Parecería que las disputas futbolísticas tienen consecuencias gastronómicas mucho más profundas de las que los sociólogos han estudiado.

Entretanto, hasta nuestros brindis han cambiado de nacionalidad. El tradicional «drake», compañero infaltable de celebraciones populares y reuniones familiares, ha cedido espacio ante el fernet con cocacola, como si de pronto todos hubiéramos descubierto que teníamos una tía argentina en nuestro árbol genealógico. Nadie sabe exactamente cuándo ocurrió el cambio. Tal vez fue una publicidad, un viaje, un primo que volvió de Quito o, simplemente, la certeza de que el fernet sabe mejor cuando juega Messi. No es la primera vez que Ecuador adopta costumbres extranjeras, probablemente tampoco será la última. La historia cultural de este país está construida precisamente sobre mezclas, préstamos y adaptaciones. Después de todo, ningún pueblo cocina únicamente con ingredientes propios. El problema aparece cuando la novedad se transforma en sustitución, cuando el intercambio deja de ser conversación y se convierte en olvido.

Porque, mientras discutimos si las mejores alitas son las picantes o las ahumadas, nuestros quimbolitos parecen retirarse discretamente a la banca de suplentes. Mientras celebramos con bebidas importadas, algunas tradiciones locales comienzan a parecer reliquias reservadas para las fiestas de pueblo o para las fotografías turísticas. Y una cultura que deja sus costumbres únicamente para las fechas especiales corre el riesgo de convertir su memoria en museo.

El fútbol ofrece una paradoja interesante: nos invita a identificarnos con otros países mientras fortalece nuestra propia identidad. Nos encanta sentirnos latinoamericanos, hasta que un partido se complica. Entonces, Colombia nos cae mal, México nos cae peor y Argentina se convierte, por unas horas, en un asunto de discusión familiar.

Quizá la enseñanza de este Mundial esté justamente allí. Somos latinoamericanos, incluso cuando los vaivenes del fútbol, mezclado con política, nos hagan discutir con colombianos, mexicanos o cualquier vecino temporalmente convertido en rival. Las fronteras del orgullo deportivo son mucho más pequeñas que las de nuestra historia compartida. También somos ecuatorianos, aunque la selección no haya llegado tan lejos como soñábamos. Sobre todo, somos un país que no debería descuidar sus raíces.

La globalización puede sentarse a la mesa, está invitada. Que lleguen las pizzas, las alitas y el shawarma, pero que no expulsen los sabores que nos trajeron hasta aquí. Porque los mundiales duran unas semanas. Las costumbres, en cambio, son el partido más largo que juega una sociedad. Y ese encuentro, todavía lo estamos jugando, con todo y sus pausas de hidratación.

John Valverde (Cuenca, Ecuador, 1970). Chef profesional por The Culinary Institute of America (1994) y bajo el aval de la Académie Culinaire de France (2010). Es licenciado en Ciencias de la Educación y máster internacional en Tecnología de los Alimentos. Desde 2013 hasta la actualidad ha trabajado como docente en la Universidad de Cuenca y como docente gastronómico e investigador del Arte Culinario Ecuatoriano en el Instituto Universitario San Isidro, del que actualmente es vicerrector.

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